Capítulo 2 #2
Luke apenas lo oyó. Sentía oleadas de náuseas, además de que el olor punzante en la cabeza se le estaba volviendo casi insoportable.
Quería hablar, explicar cómo se sentía, pero no le salían las palabras.
Para su consternación, sintió que se estaba cayendo del caballo.
Y, aunque Dickon extendió su manaza para agarrarlo, Luke siguió deslizándose hasta el suelo mientras hacía un gran esfuerzo, un inútil esfuerzo, por llenar sus pulmones de aire.
La niebla volvió a envolverlo. No podía ver ni moverse.
La voz de Edmund Tempest, áspera por la preocupación, se desvaneció en el silencio cuando Luke sintió que lo abandonaban los sentidos.
Despertó en una gran cama con dosel, entre sábanas de lino de dulce aroma y las almohadas más suaves bajo la cabeza. Llegó a sus oídos la voz de una mujer que parecía provenir de muy lejos, aunque el acento era un tanto familiar.
—Creo que está volviendo en sí —dijo—. Mira, tiene los ojos abiertos. Tráeme el cuenco de agua, querida Elizabeth. Le pondré una compresa limpia en la cabeza.
Una voz más joven y suave como la música respondió a la primera.
—Aquí está, mamá. Le levantaré un poco la cabeza, ¿te parece?
—Luke oyó el chapoteo del agua y sintió unas manos suaves que se movían alrededor de su cara y sus sienes.
Vio un rostro de piel como porcelana rosa y blanca y dos ojos de color azul oscuro que lo observaban.
Reflejaban ansiedad más allá de unas pestañas profundas y oscuras.
Entonces, la brillante luz del día, que llegó de algún lugar cercano, le causó un dolor tan agudo que se vio obligado a apartar la cabeza.
Los párpados se le cerraron por sí solos y la visión que había tenido se desvaneció en un instante.
—Estaba malherido, ¿verdad, mamá? —preguntó la voz joven—. Eddie dijo que se había dislocado el hombro y que Dickon se lo había colocado en su sitio. Ellos pensaron que eso era todo, pero esto parece peor de lo que suponían.
—Ha sufrido una conmoción cerebral —respondió con tono práctico la voz de la mujer mayor—. Pero estoy segura de que se recuperará tras unos días de descanso y tranquilidad. Aquí…
Luke sintió que una bendita frescura impregnaba su cabeza y aplacaba el dolor punzante. Se dejó hundir en la suave comodidad de las almohadas, contento de quedarse allí tumbado, con los ojos cerrados y arrullado por las voces susurrantes, en una paz extraña.
—Esperemos que no sea como nuestro último visitante, mamá —cantó la voz de la niña—.
Parecía un caballero encantador, tan… mundano y tan viajado.
¡Un oficial que había servido en la Caballería Real!
Y, sin embargo, Dickon está seguro de que fue él quien mató a nuestro querido Winyara, y sin motivo alguno.
El viejo Winyara no le habría hecho ningún daño.
—La gente les tiene miedo a los nativos.
Me refiero a quienes no los conocen. Los que han venido aquí desde California tienden a suponer que son como los nativos americanos, dispuestos a atacarlos sin provocación, y por eso reaccionan así.
—La voz de la madre adquirió un tono más agudo—.
Dickon sintió un fuerte rechazo por el mayor Lewis, ya lo sabes, Elizabeth.
—Dickon suele tener razón, mamá. Como no puede oír ni hablar, tiene otras formas de juzgar a las personas, formas que le enseñaron los nativos.
Yo confiaría en su juicio en cualquier situación.
—Hubo una pausa y luego la voz de la chica añadió en voz baja—: A Dickon le ha caído bien este joven.
Lo he notado por la forma en que lo llevaba en brazos después de que se cayera del caballo.
Ha tenido mucho cuidado de no hacerle daño.
Luke se dio cuenta de que la chica estaba hablando de él y se sintió animado por sus palabras.
Solo que… Estaba bastante seguro de que la primera parte de esa conversación era de su incumbencia, solo que no conseguía atar los cabos.
Habían hablado de alguien que había servido en la Caballería Británica, un mayor apellidado Lewis, pero ese nombre no le decía nada.
Era extraño que Dickon sospechara que el mayor Lewis había matado a un nativo y que…
¿Cómo se llamaba la chica? Ah, Elizabeth, sí.
Era extraño que la madre de Elizabeth hubiera desdeñado la idea.
Le dio unas vueltas al asunto y pronto lo descartó.
Las voces cesaron. Luke oyó un leve clic cuando la puerta se cerró y volvió a quedarse dormido, con la mente de nuevo en blanco y sin preocupaciones.
La voz de la chica lo despertó. Abrió los ojos y la vio colocar una lámpara de aceite encendida en la mesita, junto a su cama. Llevaba un cuenco humeante en una mano y una cuchara en la otra.
—Mamá pensaba que debía usted de tener hambre, así que le he traído un poco de caldo. ¿Se encuentra bien para tomarlo, señor Murphy?
El contenido del cuenco olía muy apetitoso. Luke intentó incorporarse, pero se quedó sorprendido y más que un poco avergonzado cuando el esfuerzo resultó ser demasiado para él. La moza tuvo que dejar el cuenco a un lado y acudir en su ayuda.
—Lo… Lo siento —balbuceó Luke—. Parece que estoy tan débil como un gatito.
Ella cogió el cuento y se sentó en el borde de la cama.
—No es de extrañar —le aseguró—, está bastante malherido. Mamá ha dicho que tiene una conmoción cerebral. Por cierto, yo soy Elizabeth Tempest. Según mi hermano, usted es Luke Murphy.
—Supongo que sí, señorita Elizabeth.
Al observarla a la luz de la lámpara, Luke vio que era una chica guapa: alta y delgada, con los ojos azules bien separados y una melena rubia trenzada con mucho cuidado alrededor de la cabeza.
Su vestido era sencillo: azul, como sus ojos, con el cuello blanco almidonado y los puños a juego.
Llevaba un delantal blanco por encima, quizá porque había estado trabajando en los fogones.
Él cogió el cuenco que ella le estaba ofreciendo y extendió la mano para alcanzar la cuchara.
—Puedo hacerlo solo —afirmó, ansioso por recuperar algo de su independencia masculina.
—¿Está seguro? Mamá ha dicho que debía darle de comer si usted no podía solo. Ella cree que usted quizá aún podría tener vértigo.
Luke negó con la cabeza, pero se sintió muy contrariado al comprobar que el vértigo persistía.
El techo de la habitación parecía subir y bajar de repente, en tanto que el otro lado de su cama describía extrañas e inexplicables rotaciones.
Pero se aferró con toda su obstinación a la cuchara, puso toda la fuerza de su voluntad y consiguió beber unos sorbos del caldo que empezaba a enfriarse.
Elizabeth Tempest lo observaba con gesto serio.
—Debería dejarme que lo ayude. Le tiemblan mucho las manos y terminará derramando el caldo si no tiene cuidado. Además, se me da muy bien: alimento a los terneros y a otros animales de la granja cuando están enfermos.
Ella torció los labios, como si intentara reprimir una sonrisa, y, de repente, Luke se encontró riéndose de la absurda comparación.
—Está bien, entonces —dijo él, y le entregó el cuenco sin parar de reír—. Haga como si yo fuera un ternero enfermo.
Ella también rio.
Estaba a punto de empezar a alimentarlo cuando entró su madre.
—Debe de encontrarse mucho mejor, señor Murphy —dijo con tono de aprobación—, si es capaz de reírse así. Me alegro mucho. Nos ha tenido bastante preocupados. ¿Cree que podría tomar un poco más de caldo? ¿O quizá té y pasteles?
—Nada más, señora, gracias.
—Ha dormido mucho tiempo —dijo la señora Tempest—. Casi veinticuatro horas. Iba de camino a Bathurst, ¿verdad?, cuando se detuvo para ayudar a Edmund y Dickon.
«A Bathurst», pensó Luke… ¿Iba de camino a Bathurst? Y si era así, ¿para qué? No recordaba nada de eso; el pasado era un vacío.
—Eh…, sí, eso creo —logró decir—. Debía de ir allí.
La señora Tempest lo miró con incertidumbre y luego, comprensiva, tras haber dedicado a su hija una mirada de advertencia, dijo:
—No se preocupe si ha perdido la memoria. La conmoción cerebral a veces tiene ese efecto. Estoy segura de que lo recordará todo dentro de poco.
Pero no recordaba nada, ni siquiera su nombre.
Ahora bien, como los Tempest lo llamaban Luke o señor Murphy, supuso que ese debía de ser su nombre, por lo que empezó a responder a él con bastante facilidad.
En otras veinticuatro horas, sus dolencias físicas ya habían remitido mucho.
Se dio cuenta entonces de que sus anfitriones necesitaban mano de obra, así que les ofreció ayuda.
Y se la aceptaron con gratitud. La finca de Pengallon era extensa y estaba bien abastecida.
Contaba con varios miles de ovejas merinas y mestizas, así como con un rebaño de vacas.
Había cientos de acres de tierra cultivable que comenzaban a mostrar signos de abandono.
Aparte del propio Tempest, que trabajaba tan duro como cualquiera de ellos, solo quedaban Edmund, Dickon y un nativo llamado Billy Joe.
Entre ellos debían ocuparse del ganado y las tareas cotidianas, de modo que la ayuda de Luke fue muy bien recibida.
Y, para su propia sorpresa, el muchacho descubrió que poseía algunas habilidades: era capaz de ordeñar las vacas de la casa, manejaba el arado con destreza innata y no necesitaba instrucción alguna en el arte de la herrería ni en las labores propias de los aserradores y carpinteros, gente que había abandonado su empleo para unirse a la búsqueda de oro.