Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 2
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Capítulo 2

Serían unas doscientas cabezas de ganado, según los cálculos de Luke. Aparecieron de repente en la penumbra del atardecer y se abalanzaron hacia él. Era una manada indómita de grandes cabezas cornudas y gachas, animales que mugían mientras dejaban detrás una espesa y ascendente nube de polvo.

Sofrenó y miró a su alrededor en busca de un escape. Se dio cuenta de que el ganado iba hacia el río, el Macquarie, una franja de agua plateada a sus espaladas, a media milla. El río se había reducido a la mitad de su anchura y volumen por la reciente falta de lluvias.

O bien era un rebaño asustado o bien la sed llevaba a los animales a un frenesí repentino. Luke sabía que lo más prudente era apartarse con toda la velocidad que su cansado caballo pudiera alcanzar.

Hincó los talones y la montura respondió con lentitud, aún inconsciente del peligro.

Entonces, un grito de advertencia lo alertó.

Luke giró la cabeza y pudo vislumbrar a un hombre montado en un caballo pío que, frenético, le hacía señas.

Alcanzó a distinguir una ligera depresión en el terreno, en la dirección en la que gesticulaba el jinete.

Agradecido, se dirigió hacia ahí y llegó justo cuando la manada pasaba a toda velocidad.

Pensó que el líder, un enorme toro marrón de cara blanca como la luna, conocía el terreno mucho mejor que él, porque lo vio desviarse hacia la derecha.

El resto de la manada fue detrás, con una sola rezagada: una novilla de medio año que vino a rivalizar con él por su refugio.

Pero la novilla volvió a salir a toda prisa para unirse al resto y lo dejó ileso.

La granja de su padre en California nunca había tenido una manada de ganado vacuno.

Los pastos eran demasiado pobres para mantener más que las tres o cuatro vacas lecheras que la familia necesitaba para su propio consumo.

A pesar de todo, su instinto le decía que esa manada corría hacia el peligro, si no al desastre, porque se dirigía a toda velocidad a la empinada y rocosa orilla del río.

Lo que solían ser varios pies de agua, ahora eran rocas dejadas al descubierto por la sequía.

Luke recordaba haberlas observado cuando vadeó el río más abajo.

De hecho, se había sentido tentado de detenerse, con la esperanza de que el repliegue del agua hubiera dejado al descubierto algunas pepitas que hubieran permanecido ocultas en el lecho.

Pero había resistido la tentación y había seguido adelante, con el objetivo de llegar a Bathurst antes del anochecer.

Ya no tenía esa posibilidad, se dijo a sí mismo.

Lo único que valía la pena de hacer era seguir su instinto e intentar dar la vuelta al ganado en estampida; o, en caso de que eso no diera resultado, ralentizarlo.

Con voz y talones, espoleó a su caballo para que persiguiera a la manada.

Tomó el camino más corto, a través de la franja de árboles que ya había rodeado, y, por fin, se puso a la altura de las reses.

El caballo, avivado por la persecución, recuperó el aliento y se lanzó al galope, lo que permitió a Luke mantener el ritmo de la mugiente manada.

Pero no conseguía hacerla girar. Por muchos gritos y golpes en la funda de la silla de montar, el gran toro seguía adelante, reacio a desviarse de su camino y, por lo visto, sordo a los insignificantes esfuerzos del arriero por hacerse oír.

Oyó un disparo y una voz que gritaba algo que él no pudo entender.

Luke echó un vistazo por encima del hombro y descubrió aliviado que otros dos jinetes lo estaban alcanzando.

Uno era el del caballo pío que le había hecho señas con la mano; el otro, un gigante de barba negra, con sombrero de palma de col y montado en un gran alazán.

El gigante barbudo, que llevaba un rifle al hombro, detuvo con brusquedad a su caballo, apuntó al toro que lideraba la estampida y, para sorpresa de Luke, lo derribó de un solo tiro.

La estampida aflojó la marcha. Más disparos al aire consiguieron que la mayoría del rebaño redujera la velocidad y se diera la vuelta, solo que una veintena de reses enloquecidas parecían dispuestas a continuar la espantada hacia el río.

Luke se dio cuenta de que nadie estaba más cerca de esas reses que él y, sin pensarlo, galopó para interceptarlas.

Casi había conseguido ponerse delante cuando su caballo comenzó a flaquear y, al instante siguiente, dio un violento traspiés y cayó de rodillas.

Luke salió volando por encima de la cabeza de su montura y tuvo un aterrizaje torpe, desmañado y fuerte sobre el suelo reseco por el sol.

Lo envolvió una niebla negra que le impedía ver y oír nada.

Cuando recobró el conocimiento, no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado inconsciente. Jadeando y con el cuerpo destrozado por el dolor, distinguió a su lado al caballo pío y al jinete que se inclinaba sobre él.

—Creo que solo se ha quedado sin aliento, Dickon —gritó ese hombre—. Antes de moverlo, será mejor que comprobemos que no tiene ningún hueso roto.

Luke pensó, aturdido, que las mismas palabras, o casi las mismas, había dicho una semana antes, cuando tuvo que inclinarse de una forma muy parecida sobre el maltrecho Francis De Lancey. Quiso usar las pocas fuerzas de que disponía para sentarse, pero el desconocido negó con la cabeza.

—Quédate quieto, muchacho, hasta que te haya echado un vistazo.

El hombre exploró su cuerpo con manos hábiles y delicadas. Aun así, Luke soltó un fuerte grito de dolor al sentir que le tocaba el hombro izquierdo.

—Dislocado, al parecer. Baja de tu caballo, Dickon, y échame una mano para volver a acomodar esta articulación. No te preocupes por la turba; ahora no irá muy lejos, y Billy Joe podrá retenerla hasta que terminemos aquí.

El desconocido hablaba con una voz culta y autoritaria.

A juicio de Luke, era joven, solo unos años mayor que él mismo, y bastante fornido.

Aun así, se veía pequeño junto al tipo de barba negra con sombrero de palma de col, quien superaba a ambos en estatura.

El barbudo gruñó algo ininteligible y luego, sonriendo con una singular calidez, puso una enorme mano en el hombro lesionado de Luke y la otra en la parte baja de su espalda.

Repuso la articulación dislocada con un movimiento hábil que al herido le causó un dolor agudo, aunque solo por un instante.

Luego se sentó sobre los talones, sin dejar de sonreír.

Su compañero le hizo un gesto y dijo en tono amable:

—Este es mi primo, Dickon O’Shea, que tiene la desgracia de ser sordomudo.

Sin embargo, sabe leer los labios, así que no dude en hablar con él.

Yo soy Edmund Tempest y le estoy muy agradecido por su oportuna intervención.

Podríamos haber perdido la mitad de nuestro rebaño si usted no hubiera acudido en nuestra ayuda.

¿Puedo saber a quién debemos darle las gracias?

Luke consiguió incorporarse. El cielo estrellado giraba en círculos locos sobre su cabeza, pero se estabilizó y dijo:

—Me llamo Luke Murphy, señor Tempest. Soy de Sacramento, un lugar de California.

—Ah, ¿un buscador de oro?

Era más fácil admitirlo que dar explicaciones, así que Luke inclinó con cautela su cabeza palpitante.

—Imagino que viene de las excavaciones del Turon —sugirió Tempest—, ¿o quizá de más lejos?

—Un poco más lejos, señor —asintió Luke—. Voy de camino a Bathurst.

—Con su fortuna hecha, supongo. —Tempest no esperó la respuesta.

Se levantó de inmediato—. Tendremos que reunir el rebaño y llevarlo al río, pero eso no nos llevará mucho tiempo.

Por desgracia, la fiebre del oro nos ha arrebatado a todos nuestros pastores y ganaderos blancos, señor Murphy; por eso el ganado se ha vuelto loco.

Ya habían roto dos vallas antes de que nos diéramos cuenta de lo que estaban intentando, ya ve.

—Suspiró—. Este año, la lluvia vino demasiado pronto y, ahora, la sequía nos está afectando mucho.

Aun así, es posible que llueva antes de que perdamos demasiados animales.

Cogió el caballo pío por las riendas, puso un pie en el estribo y añadió cortés:

—Espere aquí un momento, por favor, y luego permítanos llevarlo a la granja. Mi padre querrá darle las gracias, y lo menos que podemos hacer es ofrecerle comida y una cama para pasar una o dos noches, hasta que se recupere por completo.

Luke, impaciente por seguir su camino, quiso negarse, pero la cabeza le dolía sin clemencia; además, dudaba de su propia capacidad para mantenerse en pie, ya no digamos para montar a caballo.

Murmuró un beneplácito, consciente de que su voz sonaba extraña incluso para sus propios oídos.

Cuando el gigante Dickon se quitó la chaqueta para colocársela enrollada bajo la cabeza, pudo recostarse y abandonarse.

Minutos más tarde, había caído en un sueño agotador.

No se movió de su lugar hasta que la voz profunda y agradable de Edmund Tempest volvió a despertarlo.

Cabalgaron juntos bajo la luz de la luna, con Dickon a pie. El toro al que el gigante barbudo se había visto obligado a matar iba atado a su caballo.

—Al menos, comeremos bien durante un tiempo —observó Tempest con sequedad—.

Pero mi padre no estará contento, puesto que ese maldito animal le costó una fortuna.

Es un cruce de cuernos cortos rojos con hereford, criado por los Lee.

Por suerte, tenemos algunos de sus descendientes en camino.

—Señaló hacia delante, donde unas luces parpadeaban tras una pantalla de árboles, y contuvo un bostezo de cansancio—.

Ahí está la granja, ya no queda mucho, señor Murphy.