Capítulo 1 #4
—Sí, a Dan y a nuestros socios, Tom y Frankie Gardener.
Cuando llegué a Sídney, fui a ver a la viuda de Tom; a su viuda y sus hijos pequeños.
Fue horrible. Me destrozó tener que decirle que Tom no volvería; y, sin embargo, no le conté lo que había pasado en realidad, no fui capaz.
Solo le dije que nuestra mina se había derrumbado y los había sepultado vivos.
A los tres. Y le di una bolsa de polvo de oro.
No tenía nada más que darle, ya veis. —Luke, con el rostro crispado, volvió a interrumpirse.
—¿Se derrumbó su mina, Luke? —le preguntó Francis en voz baja.
—Se derrumbó porque Morgan la voló, señor De Lancey —le respondió Luke con tristeza—, pero antes los mató a tiros a los tres. Luego se llevó el oro y escapó con él a San Francisco. Pero quizá sea mejor que os cuente cómo sucedió todo desde el principio.
Narró la historia con voz monótona y controlada, aunque del todo categórica. Dora escuchaba con creciente horror a medida que se desarrollaba el espantoso relato. Francis, que sentía la angustia de la joven, la cogió de la mano.
Dijo con vehemencia:
—Vaya tras él, Luke. ¡Vaya tras ese asqueroso cerdo asesino dondequiera que esté!
No sé en qué podría ayudarlo, porque… Bueno, mi querida muchacha y yo tenemos nuestros propios problemas, y hay razones por las que hemos tenido que dejar la ciudad de Sídney y venir aquí con los buscadores de oro.
—Dora sintió que los dedos de Francis apretaban los suyos—.
Necesitará dinero para pagar el pasaje al puerto Phillip, si Morgan se ha ido allí.
No es mucho, pero puede quedarse con todo lo que tengo.
Luke negó con la cabeza.
—No, señor De Lancey, no aceptaré su dinero. Es muy amable, pero…
—Estoy en deuda con ustedes —insistió Francis.
—No, mire… No hemos hecho nada que merezca una recompensa, señor.
—Luke sonrió y se puso en pie—. Ganaré lo que necesite o, si llego a descubrir que el pichón ha volado, trabajaré para pagarme el pasaje.
Pero… —Se volvió hacia sus jóvenes compañeros, de Rob a Simon, con una sonrisa cálida y afectuosa—.
Estos dos son buenos muchachos, dignos de confianza.
Únase a ellos, señor De Lancey, y reclame su parte con ellos.
La fiebre los alcanzará si llegan a tener éxito, pero habrán llegado primero, y los cuatro podrán cuidarse unos a otros. ¿Qué me dice?
Francis miró a Dora en silencio, como interrogándola.
Ella asintió sin dudar. Agradecida, pensó que la idea era maravillosa y que quizás los beneficiaría a todos, siempre y cuando ella pudiera desempeñar su papel.
La búsqueda de oro era, como había dicho Simon Yates, una forma de vida dura para una mujer.
Pero ella había elegido vivirla; había rechazado la oportunidad de volver a Sídney y al odioso viejo con el que se había casado.
—Estoy más que dispuesta, Luke —dijo con consciente seriedad—, si Rob y Simon también lo están… y tienen la bondad de enseñarme algunas de sus habilidades culinarias.
Los dos chicos se rieron a carcajadas.
—¡Que nuestra madre la oyera decir eso, ojalá!
—exclamó Rob—. Siempre ha pensado que somos unos inútiles en la cocina, ¿verdad?
Pero le enseñaremos lo que podamos y con mucho gusto.
Será estupendo tener la compañía de una mujer; quiero decir…
, perdone, señora De Lancey. Hace mucho tiempo que no veíamos a una mujer.
—Estrechemos las manos, entonces —sugirió Francis.
Mientras él la ayudaba a levantarse, Dora descubrió admiración en sus ojos, además de la adoración que solía leer en ellos.
Todos se dieron la mano y Luke dijo con alivio:
—Seguiré mi camino por la mañana. Eh… Solo quisiera hacerle una pregunta, señor De Lancey, y quizá usted pueda responderla.
Jasper Morgan compró un bergantín en San Francisco, el Banshee.
Es un pequeño barco de unas ciento noventa toneladas de arqueo.
Que yo sepa, no estaba en el puerto Jackson cuando llegamos allí.
Un trabajador del muelle me dijo que había sido confiscado por la aduana y luego vendido.
Él no recordaba bien el nombre del comprador, pero creía que era Lewis o Levis o algo así.
¿Sabe algo sobre esa venta o sobre el comprador, señor?
—No, Luke, lo siento —Francis movió la cabeza de un lado al otro con pesar—, ni una palabra.
—Solo era una idea —admitió Luke—. Al entrar en el puerto Jackson, pasamos junto a un bergantín que zarpaba cerca de los Heads.
Podía haber sido el de Morgan, pero estaba demasiado lejos para leer el nombre.
—Se encogió de hombros—. Supongo que ha sido una coincidencia, o tal vez solo imaginé el parecido.
Hay montones de pequeños bergantines en el puerto.
Por costumbre, se agachó a recoger un puñado de tierra con el que apagar el fuego. Dora se movió de inmediato y lo detuvo.
—Luke —dijo con tal vehemencia que ella misma se quedó sorprendida—, ¿no es eso tarea del cocinero? Por favor, déjeme hacerlo a mí.
El joven se apartó sonriente y Dora se arrodilló junto al montón de brasas incandescentes. Sus pequeñas manos blancas quedaron cubiertas de polvo, y sus uñas, ennegrecidas, pero el fuego ya se había apagado cuando Francis la ayudó a ponerse en pie.