Capítulo 1 #3
—Rob y yo vamos a probar suerte en los campos, señora, sí.
Tenemos licencias. Pero Luke no busca oro, sino a un hombre que le robó en California, un tal capitán Jasper Morgan, que sirvió en el Vigésimo Tercer Regimiento de Infantería de Su Majestad.
Nos han dicho que estaba por aquí, en algún lugar del río Turon, pero no hemos visto ni rastro de él.
En cuanto Luke vea que nos hemos instalado en una explotación, va a probar suerte en Bathurst. Supongo…
—Simon Yates se volvió para mirarla con curiosidad—.
No lo habrá visto, ¿verdad, señora? Me refiero al capitán Morgan.
—No —negó Dora—, no, no lo conozco. Nosotros, es decir, mi marido y yo…
—Contuvo el aliento, con la esperanza de que él no le hiciera más preguntas, y continuó con determinación—.
Mi marido y yo venimos de Sídney, señor Yates.
Nosotros también tenemos intenciones de reclamar una concesión aquí, pero…
hay tantos hombres buscando oro, miles… No podíamos, quiero decir, no queríamos unirnos a un gran campamento donde solo hubiera hombres.
Yo… No sería apropiado, ya que soy una mujer sola.
—No, señora. —El hijo del médico de la misión pareció aceptar de buen grado su excusa—.
Algunos de los buscadores traen consigo a sus esposas y familias, pero no muchos.
Es… Es una vida muy dura para una mujer.
Y, para una dama nacida y criada… —Se sonrojó.
Temía, desde luego, que sus palabras pudieran malinterpretarse y tomarse como una crítica—. Admiro su valentía, señora, de verdad.
Llegaron al arroyo, un trecho poco profundo de agua plateada, bordeado por un espeso cinturón de árboles y perfumado por el embriagador aroma de las mimosas que crecían en la orilla opuesta.
Simon Yates, con una cortesía impecable, invitó a Dora al borde de los árboles, pero antes se quitó la chaqueta y la extendió debajo de donde ella iba a sentarse. Luego se excusó para ir en busca de los caballos de carga.
—Verá, señora, los dejamos ir cuando presenciamos el accidente, y parece que se han extraviado. Aun así, no creo que estén muy lejos. Quédese donde está y descanse… Volveré en cuanto los haya encontrado.
Cumplió su palabra. Regresó unos quince minutos más tarde con los animales extraviados.
Después de atarlos, se dispuso a encender un fuego para cocinar, con la habilidad que sin duda le daba la práctica.
Luego, silbando alegre, sacó de las alforjas una olla ennegrecida por el humo y, a grandes zancadas, fue al arroyo a buscar agua.
Dora esperó mientras, poco a poco, se recuperaba de la conmoción del accidente.
Tenía que luchar contra las náuseas que amenazaban con abrumarla.
Al cabo de un rato, el sonido de unas voces la hizo levantar la mirada y descubrir que, por fin, el joven marinero llamado Luke y el mayor de los Yates bajaban por la empinada ladera.
Notó con gran alivio que Francis iba en uno de los caballos.
Aunque desplomado sobre la silla y con Luke tirando de las riendas, estaba vivo y consciente.
Se puso en pie y salió corriendo a su encuentro, aunque tuvo que contener un grito de consternación al ver que Francis llevaba el brazo derecho vendado.
Le habían hecho un cabestrillo con un cinturón y el faldón de una camisa.
Estaba pálido y muy alterado, pero él mismo se apresuró a tranquilizarla cuando estuvieron lado a lado.
—No pasa nada, mi amor. Estoy sano y salvo, gracias a la oportuna ayuda de estos buenos compañeros. Y no creo que tenga el brazo roto; solo magullado y un poco dolorido, eso es todo. Y también me han dicho que el carro se puede reparar.
Luke lo ayudó a desmontar.
—Hemos traído su tienda con nosotros, señora De Lancey —dijo con tono práctico mientras señalaba la lona que cubría la silla de uno de los caballos delanteros—.
Solo nos llevará unos minutos montarla, con lo que usted tendrá algo de intimidad.
Y, cuando el fuego esté encendido, cocinaremos algo para comer.
—Miró a su alrededor con un evidente gesto de aprobación—.
Parece un buen lugar para cazar. Cogeré un mosquete y veré qué puedo conseguir para la olla.
Se reunieron más tarde alrededor del fuego, en respuesta a una llamada de Luke.
Anochecía. En un asador de leña se estaba asando el cuerpo despellejado de un canguro joven.
Al mismo tiempo, la vieja olla negra borboteaba radiante sobre las brasas.
De repente, Dora se dio cuenta de que tenía hambre.
Durante su largo viaje por las montañas, ella y Francis no habían probado carne fresca, excepto en Sofala, donde, por una suma exorbitante, habían comprado algo de vaca que muy pronto se había podrido.
Ella nunca había adquirido ninguna habilidad en la cocina; en casa, antes de su boda con Benjamin Lucas, era su madre quien se ocupaba de todas las necesidades de la familia.
Luego, a su llegada a Sídney, habían contratado sirvientes y un cocinero bien entrenado.
Con cierta vergüenza, observó a Rob Yates preparar con destreza lo que él llamó un damper, una mezcla de harina y agua cocinada a la perfección en una pala vuelta del revés.
Al mismo tiempo, con igual habilidad y pulcritud, su hermano sacó de su cinturón un pesado cuchillo de sierra, lo afiló en una piedra y se puso a cortar la carne de canguro.
Tanto la carne como el damper estaban deliciosos. Dora comió bien, sin náuseas.
Más tarde, sentados todos alrededor del fuego, mientras la oscuridad seguía cerrándose, se pusieron a charlar.
Los chicos Yates contaron cosas sobre Nueva Zelanda y su vida allí; Dora habló de Inglaterra con nostalgia, y Francis, de su servicio naval, que, para sorpresa de Dora, había abarcado doce de sus veintidós años.
El joven también había mencionado cierta guerra con los chinos en la que había resultado herido.
Luke Murphy guardaba un extraño silencio. Escuchaba con evidente interés, pero no aportaba nada a la conversación.
Francis se recostó y apoyó la cabeza en el regazo de Dora. Su pipa emitía una fina y fragante nube de humo azul.
—¿No tiene nada que contarnos? —le preguntó—, ¿sobre California y sus yacimientos de oro?
La expresión de Luke se endureció.
—A Rob y a Simon les he contado todo lo que podría ayudarlos a encontrar oro aquí, señor De Lancey —se defendió—.
Y ellos podrían explicárselo a usted si lo desea.
Yo seguiré adelante, señor, tan pronto como los vea instalados en una explotación que marche bien.
Eso podría ser mañana mismo, si este arroyo tan prometedor resulta como creo.
—Está buscando a un hombre que le robó, Francis —intervino Dora, pues recordaba lo que Simon Yates le había contado—. Así es, ¿verdad, Luke? ¿Un tal capitán Morgan, que sirvió en el ejército británico?
De pronto, Luke, con los ojos brillantes, se volvió hacia ella:
—Así es. Señora, ¿lo conoce? ¿Sabe dónde está? —Su rostro se ensombreció lleno de desánimo cuando Dora negó con la cabeza.
—No, Simon me ha preguntado lo mismo. Me temo que nunca he oído hablar de él, Luke. Lamento haberle dado falsas esperanzas.
—Estuvo aquí, o alguien que encajaba bien con su descripción.
Trabajó en una concesión minera en el Turon, pero se ha marchado; hacia Bathurst, me dijo un hombre, y también me dijo que podría haber ido a Victoria, porque aquí no le había ido bien.
—Luke se inclinó hacia delante para avivar el fuego y la luz reveló una tensa expresión en su agradable rostro joven—.
Tengo que ir tras él; a Victoria, si es necesario.
Francis lo miró con cierta perplejidad.
—Pero, si le robó, y supongo que eso habrá ocurrido en California, ¿no sería mejor que se quedara aquí?
Usted ha dicho que este arroyo es prometedor; podría dar…
, ¿cómo lo llaman?, un buen golpe que lo compensaría con creces por lo que Morgan le ha robado.
Si es un sinvergüenza, lo suficiente como para robarle, ¿qué posibilidades tiene usted de obligarlo a devolverle lo que le debe?
Y si es un oficial…, es decir… —No terminó la frase, pero las implicaciones eran bastante claras, y Luke se sonrojó.
—Jasper Morgan no solo me robó, señor De Lancey —respondió con tono áspero—.
Mi hermano Dan y yo estábamos asociados con él y dos australianos.
Trabajábamos juntos en una explotación, cerca del río Feather, y nos hicimos ricos, muy ricos.
La Casa de la Moneda de San Francisco pagó más de doce mil dólares estadounidenses por el oro que encontramos…
, que yo encontré, más bien. Morgan lo reclamó y se llevó el dinero.
Él… —Con el ceño fruncido, Luke miró uno por uno los rostros agrupados alrededor del fuego.
Se dirigió a Rob y Simon Yates y continuó—.
Nunca os he contado toda la historia. No se la conté a nadie a bordo del Dolphin, ni siquiera al capitán Van Buren, porque pensé que solo era asunto mío.
Mío y de Mercy, porque ella también estaba allí, en el barranco Windy.
Pero supongo que ahora puedo contároslo, y comprenderéis por qué tengo que ir tras Jasper Morgan, aunque sea lo último que haga en mi vida.
Veréis, es culpable de asesinato, y el asunto lo escuchó el comité de mineros donde ocurrió aquello.
Sí, vieron las pruebas con sus propios ojos, lo declararon culpable y lo condenaron a la horca.
He venido tras él para llevarlo ante la justicia.
Se interrumpió y Dora, que lo observaba, vio el brillo de las lágrimas en sus ojos oscuros.
Rob Yates rompió el silencio.
—¿A quién asesinó, Luke? —preguntó—. ¿A tu hermano Dan?