Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Continuaron cansados, con Dora muy afectada de náuseas matutinas y alarmada por lo accidentado del terreno que tenían por delante.

Lloró con mucha amargura mientras ascendían por lo que parecía ser una suave elevación, con un sendero bien definido entre eucaliptos.

Terminaron topándose con el borde de un precipicio cuya caída vertical era de casi doscientos pies hasta el río.

En el barranco había hombres trabajando, con sus tiendas y cabañas de corteza cerca de ahí, a la orilla del agua, a la sombra de robles de los pantanos.

Y había más cabañas salpicadas a intervalos en el lado opuesto, donde otros hombres excavaban la ladera con picos y palas.

—Es el río Meroo —declaró Francis, con los labios apretados y tratando de ocultar su decepción—.

¡La fiebre del oro está aquí, ay, ante nosotros!

Bah, no tenemos más remedio que seguir adelante, querida.

Dicen que la zona alrededor del Louisa es más o menos llana y que hay algunas granjas en los alrededores.

—Se fijó en los ojos llenos de lágrimas de Dora y fue a arrodillarse a su lado en la parte trasera del carro—.

Ah, mi dulce amor, ¿qué he hecho al traerte a este desierto?

Yo… Dora, amor de mi vida, si me dices que volvamos, lo haré.

Te llevaré de vuelta a Sídney y te entregaré a tu marido, si ese es tu deseo.

Dora sabía que no podía afrontar esa posibilidad.

En caso de que Benjamin la aceptara de vuelta, le exigiría un precio terrible por la humillación que le había causado, y…

Estaba el bebé, su inocente hijo aún no nacido, concebido por amor, y Lucas lo reclamaría.

Miró a su amante y encontró nuevas fuerzas.

Cegada por las lágrimas, negó con la cabeza.

—No, Francis, hemos ido demasiado lejos. Hemos pasado por demasiadas penurias como para dar marcha atrás ahora.

Todo había comenzado de manera despreocupada, recordó.

Desde el día en que abordó el Galah en Devonport, ya se sentía desilusionada con Benjamin, repelida por sus torpes caricias, resentida por las exigencias que le imponía y temerosa de su temperamento incierto y sus ocasionales arrebatos de violencia.

Dora se mordió el labio inferior, pues lo sentía temblar.

Estaba lista para un coqueteo, incluso para una aventura clandestina, de modo que, en beneficio de su autoestima y satisfacción, desafiaría al odioso hombre con el que se había casado y se afirmaría de la única manera a su alcance.

Torció la boquita en una sonrisa irónica y enfadada.

Al principio había puesto sus ojos en el comandante del Galah , pero Red Broome no había hecho caso a sus insinuaciones.

La había tratado con un frío desprecio que no hizo más que aumentar su amargo descontento, pues golpeaba su orgullo desde la raíz.

Pero Francis De Lancey, el apuesto y caballeroso Francis, lo había cambiado todo.

Le había devuelto la confianza en sí misma, la había hecho sentir querida y admirada, deseable; mujer, no niña.

Dora no había querido enamorarse de él; desde luego, eso no formaba parte del plan, pues siempre había sido consciente de lo mucho que tenía que perder en caso de ir demasiado lejos.

Sin embargo, se había enamorado, no había podido evitarlo.

Los coqueteos se habían vuelto serios. La aventura fue más importante que la seguridad o la posición social que había anhelado con tanta intensidad.

—No podemos volver atrás ahora, Francis —repitió—. ¡No podemos!

Francis la abrazó con fuerza, posó sus labios en los de ella y rodeó con sus brazos el cuerpo rígido y cansado.

—Te amo, Dora, mi querida niña —susurró—. Te amaré hasta el día de mi muerte, ¡lo juro por todo lo que considero sagrado! Seguiremos adelante. Debe de haber un lugar para nosotros en esta vasta naturaleza.

Giró la carreta, azotó a los caballos exhaustos, los puso a trote y descendió por el camino que rodeaba la base.

En su nueva ruta había otros dos grandes campamentos mineros, pero cuando Dora y Francis ya estaban desesperados por llegar a su destino, tuvieron que remontar una cresta rocosa.

De repente estaban ante una extensa llanura verde, sin árboles y desprovista de asentamientos humanos.

Un arroyo la atravesaba a media milla de donde ellos estaban.

—¡Hemos llegado, querida! —exclamó un Francis eufórico, con lo que despertó a Dora de un sueño intranquilo.

La muchacha fue a sentarse en el pescante y él desplegó el tosco mapa que había dibujado con la información recabada en las distintas etapas del viaje—.

Creo que ese arroyo se llama Tambaroora, solo que no estoy seguro.

Lo que no veo son tiendas de campaña ni…

—Se interrumpió y maldijo entre dientes—.

¡Maldita sea, no somos los primeros! ¡Mira, hay jinetes ahí abajo!

¡Tres, y con caballos de carga! —Dora siguió la dirección del dedo apuntador y vio que Francis tenía razón.

Había tres jinetes, cada uno con un caballo de carga, que trotaban a paso lento hacia la cabecera del arroyo.

—¿Y eso importa? —preguntó ella con un tono de impaciencia en la voz—. Solo son tres, y el arroyo es grande. No podíamos esperar estar solos, Francis.

—No —admitió él—, es cierto, querida. Bajaremos tras ellos.

—Fustigó a los caballos y comenzaron a descender por la pendiente, ganando velocidad a medida que el peso del carro los impulsaba hacia abajo.

Ansioso por reducir la distancia entre los jinetes que trotaban y ellos, Francis no intentó correr en una marcha estable.

Cuando Dora le gritó que tuviera cuidado, ocurrió el desastre.

Uno de los caballos tropezó, lo que provocó que el otro entrara en pánico y se soliviantara.

Con los dos animales atemorizados y descendiendo a toda velocidad por la ladera, todos los frenéticos esfuerzos de Francis por controlarlos fueron inútiles.

Las ruedas de un lado dieron contra una roca y los radios se rompieron, por lo que el carro volcó sobre un costado.

Dora consiguió agarrarse a la parte trasera del asiento, pero Francis salió despedido hacia delante.

Cayó a varias yardas de ahí con un ruido sordo y repugnante.

El eje se rompió y derribó a uno de los caballos, en tanto que el otro animal, presa del pánico, logró liberarse y salir a galope hacia el arroyo.

Muy conmocionada, Dora pudo saltar del asiento mientras el carro perdía la mayor parte de su carga.

Con las fuerzas que da el miedo y recogiendo sus faldas, corrió a traspiés hacia donde yacía Francis.

Cayó de rodillas a su lado, llorando su nombre, sacudida y horrorizada al ver que él no respondía a sus gritos desesperados.

Se dio cuenta entonces de que estaba inconsciente, inerte y retorcido sobre la hierba pantanosa, con un brazo por debajo y la oscura cabeza ladeada, como si…

—Ay, Dios mío —rezó en voz alta—, ¡querido y bondadoso Dios del cielo, consérvalo con vida! Por favor, Padre Celestial, ¡no me lo quites! Francis, Francis, mi amor más querido, háblame, ¡dime que estás vivo!

Dora había conseguido apoyar la cabeza de Francis en su regazo cuando, anunciados por el ruido sordo de los cascos, los tres jinetes, que iban de camino al arroyo, se detuvieron a pocos metros de ella.

El que iba en cabeza, un joven delgado y muy bronceado, con pantalones de marinero y camisa andrajosa, saltó de la silla.

Dejó su caballo y se arrodilló al lado de la chica.

Con delicadeza, le quitó del regazo la cabeza inerte y morena de Francis y, mientras murmuraba palabras tranquilizadoras, sometió al joven a un rápido examen.

—Creo que solo está aturdido, señora —le dijo—, pero vamos a asegurarnos de que no se haya roto ningún hueso. Rob —se dirigió a uno de sus compañeros—: ayuda a la joven a ponerse en pie, ¿quieres? Y luego, enderezad el carro tú y Simon para que podamos llevar a los dos al arroyo.

Aturdida, Dora aceptó la mano que le tendía el joven llamado Rob y se dejó llevar a la sombra de una saliente de roca. Él la dejó allí y se fue a ayudar a enderezar el carro, pero al poco gritó:

—Hay dos ruedas rotas, Luke. No podremos bajar el carro por la colina hasta que lo hayamos reparado. Y tendremos que matar al caballo, porque tiene las dos patas delanteras fracturadas, pobre animal.

Luke, que seguía prestando toda su atención al herido Francis, gruñó en señal de asentimiento. Momentos después, Dora oyó el sonido de un disparo y se estremeció. El más bajo de los jóvenes se acercó a ella y le ofreció su brazo.

—Vamos a montar el campamento junto al arroyo, señora —le dijo, compasivo—.

Enseguida tendremos un fuego encendido y la olla puesta.

¿Me permite llevarla? —La vio vacilar y le regaló una sonrisa amistosa—.

No se preocupe por su marido: Luke y mi hermano Rob lo llevarán, en caso de que él no pueda caminar.

Pero, como le ha dicho Luke, lo más probable es que solo esté aturdido y sin aliento.

Voló del carro a toda velocidad cuando los caballos se desbocaron, así que no es de extrañar que esté inconsciente.

De camino al arroyo, le contó que él y su hermano Robert eran de la isla Norte de Nueva Zelanda, hijos de Simon Yates, el médico misionero de la iglesia anglicana en Rangihoua.

—Luke Murphy es estadounidense. Ha venido aquí desde los yacimientos auríferos de California. Trabajaba como marinero en el barco que nos trajo, el Dolphin , y nos hicimos amigos de camino a Sídney.

—¿Y ahora están buscando oro juntos? —sugirió Dora.

El chico asintió.