Los oportunistas (Los australianos 14)
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Capítulo 1
No había querido dar el drástico paso de huir con Francis De Lancey, cavilaba Dora Lucas con tristeza mientras veía los tejados de Parramatta desaparecer en la oscuridad creciente.
Y habría preferido pasar la noche en la posada del pueblo para lavarse y cambiarse de ropa antes de continuar la marcha, viaje tedioso en esa carreta de bueyes cargada hasta los topes, sin sombra que la protegiera del sol ni refugio contra el frío nocturno o cualquier lluvia repentina.
Pero Francis, temeroso de que los persiguieran, había insistido en que debían seguir adelante.
Así que, agazapada en la parte de atrás de la carreta, Dora compartía el mismo miedo y temblaba.
Su marido, como ella bien sabía por amarga experiencia, era un hombre vengativo, atormentado por los celos, pero incluso Lucas se habría abstenido de montar una escena de haberla encontrado en el hostal Parramatta Arms, que siempre estaba abarrotado.
En cambio, en la carretera abierta, con solo Francis para protegerla…
Respiró con tristeza y sollozó. Sin quererlo, miraba atrás, a la espera de ver la temida figura de su marido al galope, decidido a vengarse.
Pero no se oían cascos ni se veía ningún otro vehículo en la larga y sinuosa carretera a sus espaldas.
De cualquier modo, Benjamin debía de saber a esas alturas que ella lo había abandonado.
Le había escrito una nota tan pronto como lo vio partir hacia el astillero naval y se la había dejado en la repisa de la chimenea del comedor, donde él la vería sin falta cuando regresara para el almuerzo.
Francis había insistido en que lo hiciera:
«Quiero que sepa que soy yo quien te quita de su lado —le había dicho con obstinación cuando ella quiso discutir—.
Es lo menos que le debo a Red Broome. De una forma u otra, le he causado más problemas de los que se merece.
Pero nunca me entendió, Dora, nunca quiso comprender que lo que siento por ti no es un simple enamoramiento.
Eres el amor de mi vida, mi dulce amor, y… ».
Dora recordaba que él la había mirado con toda su ternura, que la había abrazado y había apretado su fuerte cuerpo joven contra el de ella. «Ahora que llevas a mi hijo en tu vientre, no puedes quedarte ni un día más con ese viejo tan repugnante. Eres mía, eres mi amada. Lo sois tú y la criatura».
Dora se movió inquieta en busca de alivio ante las sacudidas del carro sin muelles.
Se daba cuenta de que había cometido un grave error.
No debería haberle dicho a Francis que el bebé que había concebido era suyo, nunca.
Y lo era, sin duda; los frecuentes pero inútiles intentos de Benjamin por dejarla embarazada solo la habían llenado de repugnancia y desprecio por su ineptitud.
Pero podía haberlo engañado. Él quería creer que era capaz de ser padre.
No hacía falta mucho ingenio para jugar con su vanidad.
Ella podía haber alegado que estaba embarazada con tal de librarse de los indeseados ayuntamientos carnales, y haber vivido con una razonable satisfacción en la gran residencia oficial que tenía asignada, libre de preocupaciones económicas y con la posición social que siempre había codiciado.
Benjamin se habría apaciguado y ella habría podido continuar su relación clandestina con Francis. Gracias a la eminencia del padre del joven y al leal apoyo de su familia, quizás habrían podido prolongar la situación durante años sin levantar sospechas.
Pero, en lugar de eso… Las pequeñas manos blancas de Dora se cerraron temblorosas a sus costados.
Había sido una tonta, se reprendió con amargura.
Había permitido que su corazón dominara su cabeza.
Aquella vez, cuando Francis pasó sus dedos inquisitivos por su vientre cada vez más abultado, mientras yacían juntos en una playa desierta, en un alborozado preludio a sus relaciones amorosas, ella le había dicho la verdad, aunque no estaba preparada para la reacción del muchacho.
«Nos fugaremos, cariño —había decidido él con una voz que no admitía réplica, a pesar de que vibraba de felicidad—.
Compraré una carreta, una tienda y provisiones, y nos iremos a los yacimientos de oro.
Lucas no nos buscará allí. Tendremos que vivir a la intemperie durante un tiempo, lo sé, pero estaremos juntos.
Y es primavera, no hará demasiado frío en las montañas.
En cualquier caso, velaré por ti. No tendrás que ensuciarte las manos, porque yo lo haré todo.
Te cuidaré con mucho mimo, mi amor, hasta que llegue tu momento y tengamos que buscar la ayuda de una comadrona.
Pero, hasta entonces, seremos libres, como gente itinerante, ¡con el cielo como techo!
Piénsalo, mi dulce Dora, será el paraíso, te lo prometo.
¿Y quién sabe? —Había echado hacia atrás su hermosa cabeza y se había reído, como el niño que era, recordaba ella—.
Quizá nos hagamos ricos, y entonces todos nuestros problemas se acabarán.
Podría comprarte una gran casa en Sídney o una granja de ovejas en el campo; y, como en los cuentos de hadas, viviríamos felices para siempre, rodeados de nuestros hijos, sin necesitar nada más que el uno al otro».
Le había pintado un cuadro fascinante, recordaba Dora, y ella se había dejado llevar, a pesar de su buen juicio y del sentido común en el que, hasta entonces, había confiado para todas sus decisiones.
Pero la realidad, incluso en ese momento, al comienzo de su viaje hacia el río Turon, estaba resultando una desilusión.
Al ritmo al que avanzaban los bueyes, tardarían al menos una semana, o diez días tal vez, en llegar a Bathurst. Desde allí, el camino los llevaría a través del bosque de Roch por una empinada carretera de montaña, difícil para el tráfico rodado, según les habían dicho.
El carro se sacudió y Dora soltó un grito en señal de protesta.
—No te angusties, querida —le dijo Francis con una alegría que se había vuelto irritante—. Pronto pillaré el truco con estos malditos animales. Intenta dormir, mi amor, porque tenemos que seguir adelante.
Y él «siguió adelante», para creciente incomodidad de Dora.
Fueron días interminables, uno tras otro, y él no parecía nunca dominar los bueyes, por mucho ahínco que pusiera.
La carretera, más allá del río Nepean, estaba muy congestionada.
Los impacientes jinetes se abrían paso a empujones e iban dejando en su apresurada marcha nubes de polvo.
Todo tipo de carros, carretas y carruajes tirados por caballos obstruían su paso, mientras que la confusión se hacía más grande con tantos hombres a pie.
Eran de todos los ámbitos de la vida: médicos, clérigos y oficiales de barco que se codeaban con oficinistas, tenderos y humildes trabajadores; nuevos inmigrantes estadounidenses, ingleses y neozelandeses que se mezclaban con colonos de Adelaida y Perth, así como con desertores de los barcos que los habían llevado allí.
En vano, Dora buscaba mujeres entre la multitud heterogénea.
Casi todos eran hombres; amables en su mayoría, aunque impacientes por llegar a los yacimientos de oro y a la fortuna que estaban seguros de que los esperaba allí.
Al cabo de un rato, convencido de que estaban sumergidos entre una multitud, Francis relajó su cautela y, para alivio de Dora, se permitió pasar la noche en una posada a las afueras de Bathurst. Era un lugar rudimentario y estaba abarrotado de viajeros.
Todos exigían comida, bebida y una cama donde dormir, pero un generoso soborno al posadero le aseguró agua para que Dora pudiera lavarse y la dudosa intimidad de un hueco cortinado en la cocina, amueblado con una única litera estrecha y un sucio colchón de paja.
Después de esa experiencia, ella dejó de quejarse por pasar la noche en la tienda, pero a medida que ascendían por las montañas, el frío aumentaba.
La frágil tienda resultó incapaz de protegerlos de la primera lluvia pertinaz.
Francis, muy atento, se afligía por las penurias que la fuga les estaba causando.
Se sentía ansioso por aliviar la incomodidad de su compañera a como diera lugar, pero…
Triste, Dora se daba cuenta de que él no estaba más preparado que ella para semejantes condiciones.
Los bueyes marchaban a paso lento y, bajo el manejo inexperto de Francis, se volvían cada vez más rebeldes.
Dora le sugirió que los cambiara por caballos, cosa que Francis hizo por fin.
El muchacho consiguió intercambiar los animales con un grupo de buscadores de oro que regresaban a Sídney desde Ophir; según decían, con las fortunas hechas.
Pero no eran más que unos granujas. Salieron ganando con el trato, ya que los caballos eran animales agotados y medio muertos de hambre.
Tirando del pesado carro, avanzaban apenas más rápido que los bueyes.
En cambio, los nuevos propietarios de los mansos, para consternación de Dora, sacrificaron sus nuevas adquisiciones para comérselas, incluso antes de que ella y Francis los perdieran de vista.
Por fin llegaron al pueblo de Sofala, en el río Turon.
Pero había tanta gente ahí que no pudieron encontrar ningún sitio donde reclamar un terreno, salvo en las excavaciones secas de una ladera.
Según le dijeron a Francis, ahí sería necesario excavar un pozo de unos cuarenta a cincuenta pies de profundidad.
—Ve al río Meroo —le aconsejaron—. No está a más de treinta millas de aquí. O al arroyo Louisa, que es adonde está yendo mucha gente. Tú sigue hacia el norte. Es posible que llegues antes que la multitud.
Francis le dio la noticia a Dora:
—Tenemos que irnos, querida. Aquí no hay nada que hacer.