Chapter 2 #46
Y, en un piso pequeño del barrio de Vallecas, una niña llamada Lucía abrió la puerta detrás de su madre, dejó la mochila en el suelo del recibidor, se fue a su habitación sin cenar y se sentó en la cama.
Se miró las muñecas durante un buen rato, primero la izquierda, después la derecha.
Se tocó los cardenales viejos con el dedo.
Después, sin que nadie se lo hubiera enseñado, levantó la cabeza y miró al espejo del armario que tenía enfrente.
Y esperó.
EPÍLOGO
Doce años atrás, un residencial llamado Los Olivos ardió en las colinas al sur de Murcia.
Los informes oficiales hablaban de un incendio forestal de origen desconocido que había afectado a varias construcciones en la zona.
Los bomberos habían tardado dos días en controlarlo.
Los equipos de investigación habían encontrado los restos de un complejo residencial privado que no constaba en ningún registro oficial, lo que había generado una investigación menor sobre irregularidades urbanísticas que había sido archivada dieciocho meses después por falta de titular identificable.
Las personas que supuestamente vivían allí nunca habían aparecido en ningún registro.
No había víctimas identificadas.
En los márgenes del expediente, un investigador de la Guardia Civil había anotado a mano lo que nadie había querido incluir en el informe formal: que el único objeto encontrado en buen estado había sido un dinosaurio de plástico verde, de unos quince centímetros, con los ojos saltones y la cola ligeramente doblada.
El investigador había incluido una foto del dinosaurio en el expediente.
Luego había cerrado el expediente.
Luego pidió el traslado a otra provincia.
Lo que el expediente no recogió es que aquel dinosaurio de plástico verde había estado guardado, durante los doce años posteriores al incendio, en el cajón superior de una cómoda en una habitación de un piso de alquiler de Cartagena.
El piso era de un hombre llamado Anselmo Tovar.
Setenta y dos años cuando el residencial ardió.
Conserje en Los Olivos durante toda una vida adulta hasta la mañana en que se levantó, vio que del bosque salía humo y que la garita estaba vacía, y entendió antes que nadie del exterior que aquella era la última mañana del residencial tal y como lo conocía.
Anselmo estuvo a punto de quedarse. De volver a la garita y esperar instrucciones como había hecho durante doce años. Era lo que le tocaba. Era lo que se hacía en Los Olivos.
En lugar de eso, salió.
Caminó por la carretera comarcal hasta llegar al arcén donde, doce horas antes, una mujer se había sentado junto a sus tres hijos antes de morir entre las primeras luces del amanecer.
El cuerpo de la mujer ya no estaba: se lo habían llevado en helicóptero los servicios sanitarios alertados por una llamada anónima que ningún servicio había logrado rastrear.
Pero el dinosaurio sí estaba. Tirado de lado en el polvo, con los ojos saltones mirando el cielo gris.
Anselmo se agachó. Lo recogió. Se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta de conserje. Lo llevó consigo durante todo el día.
Esa misma noche, en la pensión donde durmió antes de coger el autobús a Cartagena, lo metió en una bolsa de tela y lo guardó. No se atrevió a tirarlo.
No habló de Los Olivos con nadie durante doce años.
Una sola vez, en el segundo año, intentó escribir una carta a un periódico nacional.
La empezó tres veces. La dejó, las tres veces, en la frase: «Yo trabajaba en un sitio donde a la gente…
». No supo exactamente cómo seguir, aunque lo intentó.
Las tres versiones siguen en una carpeta verde, debajo de la cómoda, junto a unas fotos antiguas y un sobre marrón con cuatro casetes de vídeo VHS sin etiqueta que él nunca quiso reproducir y que tampoco quiso destruir.
Una mañana de un martes de octubre, doce años después del incendio, Anselmo Tovar abrió el cajón superior de la cómoda, sacó el dinosaurio y lo miró durante un rato largo.
La cola seguía ligeramente doblada en el mismo ángulo en que la había encontrado.
Los ojos saltones intactos. Lo limpió con un paño.
Lo metió en una caja de zapatos junto con las cuatro casetes y la carpeta verde de las cartas inacabadas.
Después escribió, en un sobre nuevo, una sola dirección: la de la unidad de delitos especiales de la Guardia Civil de Murcia. Sin remite.
A las cuatro y media de la tarde, salió de su piso, caminó hasta la oficina de correos más cercana y depositó el paquete en el mostrador con la misma calma con que durante doce años había repartido las cartas que llegaban al buzón del residencial.
Cuando volvió a casa, encontró un sobre de pergamino color marfil bajo su puerta.
Dentro había una sola línea, escrita con caligrafía antigua, con la misma tinta y la misma mano que doce años atrás:
«Don Anselmo. Le esperábamos antes. Y lo seguimos esperando.»
Anselmo se quedó mirando el sobre durante un rato.
Después lo rompió por la mitad y luego en cuartos. Lo rompió hasta que entre sus manos hubo solo confeti color marfil. Lo tiró por el inodoro, tiró de la cadena y se sentó en el suelo del baño, con la espalda contra la bañera. Se quedó allí hasta que oscureció.
El paquete con el dinosaurio y las cuatro casetes llegó a la unidad de delitos especiales de la Guardia Civil de Murcia tres días después.
Lo abrió un cabo que tenía la costumbre de tomarse el café antes que el correo, así que cuando llegó al paquete grande con el remitente escrito con caligrafía temblorosa de hombre mayor, ya estaba en el segundo café del día y se irritó al ver lo que pesaba.
Lo abrió encima de la mesa. Sacó la caja.
Sacó el dinosaurio de plástico. Sacó las cuatro cintas VHS.
Sacó la carpeta con las cartas inacabadas.
Leyó las dos primeras hojas. Movió la cabeza despacio, con esa media sonrisa cansada que ponen los funcionarios cuando reciben material de alguien que, en su criterio profesional, está claramente perdiendo facultades.
Lo metió todo en una bolsa de pruebas, etiquetó la bolsa con un número de expediente que asignó allí mismo, escribió en el margen posible deterioro cognitivo del remitente, archivar . Se levantó a llevarlo al sótano, donde llevaban veinte años acumulándose las cosas que nadie iba a abrir nunca.
Allí se quedó la caja durante dos años.
En el verano de 2010 entró en el cuartel una agente nueva. Veintiocho años. Recién llegada de la academia. Apellido Marín. El tipo de agente que llega con ganas y al que los compañeros más mayores observan con la resignación de quien sabe que las ganas duran, en promedio, dieciocho meses.
Marín fue destinada, durante su primer mes, a una tarea ingrata que el sargento le encomendó precisamente porque era nueva y para ver de qué pasta estaba hecha: revisar el archivo del sótano, descartar lo que ya no tenía valor probatorio, según los plazos legales, y catalogar el resto en el sistema digital.
Tardó tres semanas en llegar al expediente con la bolsa del dinosaurio.
Abrió la carpeta. Leyó las hojas. Releyó algunas. Vio el nombreLos Olivosrepetido en varias páginas y le sonó vagamente. Pidió a uno de los compañeros mayores que le dijera qué sabía del residencial. El compañero, un sargento primero a punto de jubilarse, la miró durante un par de segundos.
—Que en los noventa hubo un incendio. Murió gente. Nada más.
—¿Investigaron?
—Lo que se pudo. No hubo nada. ¿Por qué?
—Por nada.
Marín se llevó la carpeta a su mesa.
Leyó las cartas inacabadas durante la pausa del almuerzo.
Eran textos sin terminar, escritos con una caligrafía que se iba afinando a medida que el remitente —un tal Anselmo Tovar Carmona— ganaba precisión y volvía a perderla en oleadas, como si la mano le obedeciera mejor algunos días que otros.
Contaban cosas raras. Una vecina llamada Pilar muerta en un ascensor en extrañas circunstancias.
Niños que desaparecían y servían de alimento a un monstruo.
Un médico que firmaba certificados sin examinar nada.
Pasadizos en las villas. Un sótano lleno de cintas de vídeo.
Marín pidió un reproductor de VHS al sargento primero. El sargento primero le dijo que no quedaba ninguno en el cuartel. Marín se lo compró en una tienda de segunda mano del centro de Murcia el sábado siguiente, por treinta y cinco euros.
Vio una de las cintas el domingo, en su piso de alquiler, sola, con la luz apagada.
Tuvo que parar a los diecisiete minutos.
Salió al balcón. Se quedó allí un rato, fumando, con las manos temblándole de una manera que no le habían temblado en ninguna intervención policial real. Cuando volvió a entrar en el salón, no rebobinó la cinta. La sacó del aparato. La devolvió a su bolsa de pruebas. Las otras tres no las vio.
El lunes por la mañana, en el cuartel, buscó en el sistema el nombre de Anselmo Tovar Carmona. Localizó una dirección actualizada hacía tres años: una residencia geriátrica concertada en Cartagena, calle Carmen Conde. El expediente decía que estaba vivo. Ochenta y cuatro años.
Marín pidió media jornada al sargento. Cogió el coche. Condujo hasta Cartagena.
La residencia era un edificio bajo, pintado de un blanco que el sol había vuelto color hueso, con una buganvilla seca en la fachada y una recepción donde una mujer de unos cincuenta años atendía detrás de un mostrador con el ventilador apuntándole a la cara.
Marín mostró la placa. Preguntó por Don Anselmo Tovar.
La mujer levantó la vista del ordenador muy despacio.
—¿Es usted familia?
—Soy de la Guardia Civil.
—Ya. Pero le pregunto si es usted familia.
—No.
La mujer respiró hondo. Cerró la ventana del ordenador. Apoyó las dos manos sobre el mostrador.
—Don Anselmo falleció esta madrugada, agente. Sobre las cuatro y media. Lo encontró el celador del turno de noche.
Marín se quedó quieta un momento.
—¿Causas?
La mujer dudó. Miró a un lado, a otro. Bajó un poco la voz, aunque en la recepción no había nadie más.