Chapter 2 #47
—Llevaba dos meses muy nervioso. No dormía bien. Decía cosas. Y esta mañana lo hemos encontrado… —se detuvo—. No debería contárselo. No sin orden.
—Por favor.
La mujer apretó los labios.
—Se quitó la vida, agente. En el baño de su habitación.
Es la primera vez que pasa en esta residencia en los catorce años que llevo aquí, y le aseguro que tenemos protocolos.
Tenemos vigilancia. Pero Don Anselmo había mejorado mucho desde el invierno, los últimos meses estaba más tranquilo, y bajamos la guardia. Yo bajé la guardia.
—¿Dejó algo?
—¿Cómo dice?
—Una nota. Algo escrito.
La mujer volvió a dudar.
—Había un sobre encima de la mesilla.
—¿Para quién?
—Para usted, agente. Pone Para el agente que venga a preguntar . Lleva ahí desde marzo.
Marín tardó un segundo en darse cuenta de que la mujer estaba esperando a que ella reaccionara.
—Marzo —repitió.
—Sí. Lo escribió en marzo. Yo misma lo vi escribiéndolo.
Me dijo que lo guardara para el agente que viniera a preguntar por él.
Que si pasaban más de tres años y no venía nadie, lo tirara.
Le faltaban dos meses para los tres años.
Cosas raras de viejos, pensé yo. Lo guardé en su mesilla. No lo abrí.
—¿Lo tiene?
La mujer se levantó. Salió de la recepción. Volvió a los dos minutos con un sobre blanco, pequeño, cerrado, con una caligrafía temblorosa que Marín ya conocía perfectamente.
Marín se sentó en uno de los bancos del recibidor para abrirlo. La mujer se quedó en el mostrador haciendo que trabajaba, pero mirándola de reojo.
Dentro del sobre había una sola hoja, escrita por las dos caras. La caligrafía era la misma de las cartas inacabadas, pero más firme. Marín leyó la hoja entera. Dos veces.
Decía esto:
Agente:
No le voy a contar lo que pasó. Si está usted aquí ya lo sabe, y si no lo sabe del todo, lo irá entendiendo. Le voy a contar otra cosa, porque es la única que tengo ya derecho a contar.
Lleva usted toda la vida pensando que el mal viene de fuera. Que es algo grande, ruidoso, con una cara reconocible. Que cuando llegue podrá identificarlo, prepararse para él, plantarle cara. Eso es mentira. Yo también lo creí durante muchos años y por eso no hice nada cuando tuve que haberlo hecho.
El mal entra por el primer hueco que encuentra.
Una conversación amable que dura tres segundos más de lo que debería.
Una persona que se interesa por usted con una intensidad que un día se llamará atención y, dos meses después, dependencia.
Un favor pequeño que se siente como una excepción y que es, en realidad, el principio del sistema.
Un silencio compartido al lado de alguien que entiende lo que usted aún no se atreve a decirse a sí mismo.
Eso es. No hay más. Esa es la única forma que tiene el mal de entrar en una vida adulta, y aprende a hacerlo con una destreza que se afina con cada generación.
Lo difícil no es resistir cuando le ataquen. Lo difícil es decir que no a la persona que parece la única que le entiende.
Voy a pedirle que mire alrededor, agente.
Mírelo ahora, antes de seguir leyendo. La gente que tiene cerca.
Los que aparecen en su vida desde hace poco.
Los que insisten más de lo que insistirían si no necesitaran algo.
Los que coinciden casualmente una y otra vez, en sitios donde usted no esperaba encontrarse a nadie.
No me crea, pero compruébelo. Compruébelo durante una semana. Lleve la cuenta. Verá cosas.
Y después, agente, mírese al espejo. Mire bien. Mírese los ojos. Mire si son del todo los suyos.
Yo me los miré por última vez esta tarde. Por eso le escribo. Lo que vi me dio la información que llevaba dos meses pidiéndole al techo de la habitación. Por eso esta noche hago lo que voy a hacer.
Una última cosa, agente, y luego le dejo.
Si alguna vez, en cualquier momento de su vida, tiene la sensación de que llevaba años sin sentirse tan tranquilo, deténgase.
Pregúntese qué precio le acaba de cobrar esa paz, porque la paz que llega de golpe no es paz, es transacción, y siempre hay alguien al otro lado anotando lo que usted aún no ha empezado a pagar.
No me crea. Compruébelo.
Y cuide a los niños que tenga cerca. A los suyos y a los de los demás. Sobre todo, a los tímidos. A los que ya no piden nada. A los que sonríen como adultos.
Suyo,
Anselmo
Marín se quedó con la hoja en la mano durante un rato muy largo. La mujer de la recepción seguía haciendo como que trabajaba.
Cuando se levantó, dobló la hoja con cuidado, la metió otra vez en el sobre, y se guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta. Le dio las gracias a la mujer. Salió a la calle.
Hacía el calor seco y blanco de Cartagena en agosto, ese calor que no refresca, aunque pasen las horas. Marín caminó hasta el coche sin prisa. Antes de abrir la puerta se quedó parada un momento en la acera, con la mano en el tirador, mirando el escaparate de una farmacia que había justo enfrente.
En el cristal del escaparate, su reflejo le devolvía la mirada como tenía que devolvérsela. Una agente joven de uniforme, con el sobre en el bolsillo, parada en la acera.
A su lado, en el reflejo, junto a su hombro derecho, había un hombre.
Un hombre mayor, de pelo blanco, con una sonrisa amable de quien tiene tiempo y quiere ayudar.
Marín giró la cabeza.
A su lado, en la acera, no había nadie.
Volvió a mirar el escaparate.
El hombre seguía allí, en el reflejo. Sonriéndole.
Marín se subió al coche. Cerró la puerta. Apoyó las dos manos en el volante y respiró por la nariz, despacio, contando hasta cuatro.
Después arrancó. Salió de Cartagena por la nacional, en dirección al cuartel.
En el retrovisor, durante todo el viaje, no miró ni una sola vez.
Hasta el peor de los monstruos fue, primero, un niño.