Los Olivos Chapter 2 #45
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Chapter 2 #45

La plaza, a aquella hora, estaba en su mejor momento del día.

Una pareja joven discutía en voz baja junto a una farola.

Un grupo de chicos de instituto se pasaba un porro entre risas pequeñas.

Un hombre de unos cincuenta paseaba a un perro pequeño con una correa tensa.

Dos mujeres mayores hablaban sentadas en el otro banco, con los bolsos apoyados sobre los muslos, contándose algo con indignación.

Joaquín comía pipas y esperaba.

No tuvo que esperar mucho.

A la media hora, entró en la plaza una mujer hablando por teléfono móvil.

Treinta y cinco años. Vestido floreado, de buena calidad, ajustado de una manera que indicaba que la mujer dedicaba tiempo y dinero al cuerpo.

Bolso caro colgado en el codo derecho. Tacones rasos.

Pelo teñido, recién recogido en un moño bajo.

Hablaba por teléfono con una mezcla de hartazgo y autoridad.

—Que no, María, que no la voy a recoger yo. Que pille el metro como todo el mundo. Que tiene nueve años, no nueve meses.

Detrás de ella, dos pasos por detrás, caminaba una niña.

Joaquín la miró.

La niña tenía el pelo castaño claro, recogido en una coleta que se le había aflojado durante el día.

Pantalones cortos de chándal. Una camiseta amarilla con un dibujo descolorido por demasiadas lavadoras.

Una mochila pequeña colgada en un solo hombro.

Caminaba con la cabeza ligeramente baja, mirando el suelo dos metros por delante de sus zapatillas.

Joaquín se fijó en sus muñecas.

En la muñeca izquierda, debajo del puño de la camiseta, asomaba un cardenal viejo, amarillento. En la derecha, otro del tamaño exacto de un agarre de mano adulta. Y, debajo de los cardenales viejos, las sombras lilas oscuras de otros más recientes.

Madre e hija cruzaron la plaza por delante de su banco a una distancia de cinco metros. Ninguna de las dos lo miró.

—Pues le he dicho lo que tenía que decirle —seguía la mujer del vestido primaveral, sin bajar la voz, sin mirar atrás—. Que era una payasa. Y delante de todo el mundo, sí. Que aprenda. Tú la consientes demasiado. Por eso está como está.

La niña, dos pasos por detrás, no levantó la cabeza.

Joaquín dejó la bolsa de pipas sobre el banco. Se limpió las manos en el abrigo, una contra la otra, sin prisa.

Esperó a que cruzaran la plaza entera. Esperó a que enfilaran de nuevo la boca del metro por la entrada sur, la que estaba al otro extremo, justo enfrente. Esperó a que las dos siluetas empezaran a bajar las escaleras mecánicas hacia el andén.

Solo entonces se levantó del banco.

Se ajustó el sombrero de ala ancha un dedo más sobre las cejas, se metió las manos en los bolsillos del abrigo, y cruzó la plaza con la misma lentitud con la que había llegado.

Bajó las escaleras mecánicas. Eligió el andén de la línea uno, dirección Santa Justa. Se sentó en uno de los bancos metálicos al fondo del andén, donde la luz parpadeaba con un retraso de medio segundo entre tubo y tubo, dejando zonas de penumbra.

Esperó.

El andén estaba poblado de la gente habitual de un martes a las nueve y media de septiembre en Sevilla: trabajadores de turno vespertino volviendo a casa, parejas jóvenes con la piel todavía quemada por sol del fin de semana, un grupo de chicos de instituto que se reían.

Y al otro lado, sentada en otro de los bancos, la niña.

Joaquín la vio en cuanto se sentó.

Tendría unos nueve años. Diez como mucho. Estaba sola en el banco.

Detrás de ella, de pie, la mujer seguía hablando por teléfono móvil.

—Que no es mía, María, joder, qué pesada.

Que es tuya. Que yo se la cuido cuando puedo, y agradécemelo, porque otras no lo harían.

¿Sabes lo que ha hecho hoy esta? Ha llorado en el Corte Inglés.

Por una camiseta. La he tenido que sacar a rastras.

Con nueve años. Llorando en el suelo. Una vergüenza, María.

Pausa. La voz al otro lado debió de decir algo. La mujer del vestido floreado se rió. Una risa corta.

La niña seguía mirando al suelo.

Joaquín se volvió a fijar en sus muñecas y respiró por la nariz despacio.

—Que me da igual, María. Que se la lleves tú al psicólogo si tan preocupada estás. Yo no pago un psicólogo para que le diga a esta niña que tiene razón. Que la tengo en casa una semana al mes y ya es bastante. Bastante hago.

Pausa.

—Pues mira, te lo digo: yo no quería tenerla. Te lo digo a ti porque eres mi hermana y porque ya estoy harta. Yo no la quería. Y aquí está. Y aquí me toca aguantarla. Así son las cosas.

La niña no se movió. Pero algo le pasó por la cara —algo pequeño, un pliegue mínimo en la frente, una contracción de un músculo en la mandíbula— que Joaquín notó.

La niña había oído.

La niña había oído mucho antes, también. La niña llevaba meses, años quizá, oyendo a su madre decir esa frase con variantes. Yo no la quería . Yo no quería tenerla . Y aquí está .

Joaquín cerró los ojos un momento.

Cuando los abrió, la niña ya no estaba mirando al suelo. Estaba mirando hacia las vías. Hacia el borde del andén.

Faltaban dos minutos para el siguiente tren. El panel luminoso del techo lo iba contando hacia atrás.

Dos minutos.

La madre seguía hablando por teléfono. Le daba la espalda a la niña. No la veía.

Un minuto y cincuenta y nueve segundos.

La niña se puso de pie.

Lo hizo sin prisa, con naturalidad. Recogió la mochila del banco. Se la colgó en un solo hombro. Caminó tres pasos hacia el borde del andén, despacio, deteniéndose justo donde la línea amarilla del suelo le marcaba un límite que ya había decidido que no respetaba.

Miró a las vías.

Un minuto y treinta y un segundos.

Joaquín se levantó del banco.

Cruzó el andén atravesando la masa de gente. La madre del vestido floreado seguía hablando por teléfono. Te lo juro, María, que un día la dejo. La cojo y la dejo en una comisaría, y que la recojan. La gente como esta niña no se hace adulta, María, te lo digo yo.

Joaquín llegó al borde del andén un segundo antes que la niña diera el paso.

No le tocó el brazo. No le tocó nada. Se puso a su lado, en el borde, mirando también a las vías. Tenía las dos manos en los bolsillos del abrigo.

Habló muy bajo. No la miró al hablar.

—Todavía no.

La niña se quedó quieta. No volvió la cabeza. Pero algo en sus hombros, en la posición de sus pies sobre la línea amarilla, se relajó.

—¿Cómo? —dijo la niña, también sin mirarlo, susurrando.

—Hoy no. Hoy no tienes que hacer eso. Hay otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

Joaquín no contestó enseguida. Esperó. Cuando el panel marcó Un minuto y dos segundos , se levantó muy despacio el sombrero de ala ancha. Solo unos centímetros. Lo justo para que la luz fluorescente del andén le diera de frente.

En la frente, justo encima del entrecejo, tenía un hundimiento pequeño, del tamaño exacto de una moneda. Una marca de nacimiento. Una concavidad blanda en el hueso que daba al lado derecho de su cara una asimetría sutil, casi imperceptible a no ser que uno se fijara.

Lucía se fijó.

—¿Eso qué es? —preguntó, en el mismo tono bajo.

—Es una marca con la que se nace. Y es la que la gente como tu madre, o como los niños del colegio, aprovechan. No la marca. La marca es lo de menos. Lo que eligen es a la persona que la lleva.

Lucía lo miró sin parpadear.

—Tú tienes una marca también —siguió Joaquín, bajando la voz un grado más—. La tuya no se ve por fuera, pero la llevas, igual que yo llevo la mía. Y ellos la huelen. Por eso eres la elegida.

—¿Por qué yo?

—Porque yo te lo digo. Y porque yo lo sé. Y porque cuando seas mayor entenderás que lo sabía desde antes de que tú llegaras a este banco.

La niña tenía los ojos muy abiertos, con esa fijeza que tienen los ojos de los niños que ya no lloran porque han aprendido que llorar no soluciona nada. Unos ojos que Joaquín ya conocía de sobra.

Cuarenta y dos segundos.

—¿Cómo te llamas? —dijo Joaquín.

—Lucía.

—Lucía. Bonito nombre.

—¿Y tú?

Joaquín sonrió. Una sonrisa muy pequeña, apenas un movimiento en una de las comisuras. La primera sonrisa que se permitía en mucho tiempo.

—A mí me llaman de muchas maneras. Pero tú, cuando me necesites, llámame el viajero. Que sepas que vendré.

Veinte segundos.

A lo lejos, por el túnel, empezó a oírse el rumor del tren acercándose. Una vibración baja primero, después un crescendo metálico que recorrió el andén entero. La luz de los faros apareció al fondo del túnel.

—Lucía —dijo Joaquín—. Vuelve al banco.

Lucía lo miró un segundo más. Después asintió.

Dio un paso atrás. Otro. Volvió al banco. Se sentó. Cruzó las manos sobre el regazo, encima de los pantalones cortos, con los dedos enlazados como antes.

El tren entró en la estación. Las puertas se abrieron con su pitido habitual.

La madre del vestido floreado, sin colgar el teléfono, sin mirar a la niña, sin haberse enterado de nada, le hizo un gesto borde con la cabeza y se metió en el vagón.

Lucía recogió la mochila, se levantó del banco y subió al vagón detrás de su madre.

Antes de que las puertas se cerraran, miró hacia atrás.

Buscó a Joaquín con los ojos.

Joaquín estaba en el andén, donde lo había dejado, con las dos manos en los bolsillos otra vez. Se quitó el sombrero de ala ancha muy despacio, con la mano derecha, y lo sostuvo un instante delante del pecho, ligeramente inclinado en su dirección. Un saludo. Una promesa. Las dos cosas.

Las puertas se cerraron.

El tren se fue.

Joaquín se quedó solo en el andén, con el sombrero todavía en la mano. Lo miró un momento y se lo volvió a poner. Lo hizo con un cuidado distinto del habitual, como quien se lo coloca por última vez antes de empezar a quitárselo del todo, durante los años que le quedaran.

Subió las escaleras mecánicas del andén con la tranquilidad de un hombre que ya no tiene prisa por llegar a ningún sitio porque ya ha llegado.