Los Olivos Chapter 2 #44
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Chapter 2 #44

Lo último que vio con claridad fueron los ojos de Marina, que no lloraban. La niña comenzó a tararear la melodía. La misma canción de siempre que le resultaba tan familiar.

Entonces Ana lo comprendió todo: Nemorak no había llegado a ellos en los Olivos. Nemorak habitaba en Marina desde que era una niña, esperando pacientemente el momento de volver a casa.

Acto seguido, dejó escapar su último aliento.

Lucas, aterrorizado, miró a su hermana.

Marina tenía el frasco vacío en una mano. Con la otra cogió la mano de Lucas, firme, sin emoción.

—Vamos —dijo Marina.

Su voz era la suya. Con el leve acento madrileño, con la manera específica en que pronunciaba las vocales abiertas. Eso era lo más aterrador. Que fuera exactamente la suya.

Lucas no se movió.

Miraba a su madre en el suelo. La espuma en sus labios que el viento de la madrugada movía levemente.

La sonrisa que se había quedado fija en su cara después del último aliento, una sonrisa que Ana no habría elegido consciente pero que el Néctar había puesto ahí, la paz de lo que ya no tiene que seguir temiendo.

—Lucas —repitió Marina—. Vamos.

Lucas miró a su hermana.

Sus ojos. Los ojos de Marina que eran exactamente los de siempre en la forma y en el color. Castaños, con ese punto más claro en el iris izquierdo. Pero que tenían ahora esa ausencia de profundidad que Lucas había visto antes sin saber que la veía.

En el árbol del bosque, la primera semana, cuando Claudia miraba el tronco sin parpadear.

En el claro, la noche de la Exultación, cuando los vecinos esperaban con los ojos en el altar.

Lucas conocía ese gesto. Lo había visto en Samanta cada vez que alguien la llamaba con un nombre que no era exactamente el suyo.

Lucas apretó el dinosaurio con las dos manos.

Luego miró a Claudia, que estaba de pie a tres metros, mirando hacia el bosque ardiente con esa expresión neutra de quien espera instrucciones.

Y comprendió.

No todo. Tenía siete años y no podía comprender todo. Pero comprendió lo suficiente.

Tres habían salido del bosque. Pero solo uno de ellos había salido siendo completamente el que había entrado.

Marina le apretó la mano.

—No tengas miedo —dijo, con la voz de Marina—. Ya estamos en casa.

Comenzaron a caminar los tres juntos, retrocediendo despacio hacia el bosque.

Al fondo, en la penumbra entre los árboles donde el fuego no había llegado todavía, la silueta del anciano de sombrero de ala ancha los observaba. Inmóvil.

El sombrero que había pasado de mano en mano desde mucho antes de que Joaquín existiera.

A lo lejos, el sonido de un helicóptero.

Acercándose. Las luces del aparato parpadeaban en el gris del amanecer.

Lucas se detuvo.

Miró hacia el cielo. Las luces del helicóptero. La señal de Raúl que había llegado tarde para salvarlos pero que había llegado. La señal de que alguien sabía dónde buscarlos, de que el mundo de fuera existía, de que había personas que se acercaban con la intención de ayudar.

Luego miró a Marina.

Luego al bosque donde esperaba la silueta del anciano.

Luego al dinosaurio en su puño.

El dinosaurio que su madre le había dado cuando tenía cuatro años, que llevaba tres años durmiendo bajo su almohada porque era el único lugar donde estaba seguro, que había sobrevivido a los trayectos en coche y a los cambios de casa y a las noches en que Samanta estaba en el rincón.

Lucas lo miró durante un momento.

Luego lo soltó.

El dinosaurio cayó al suelo de la carretera. De lado. Con los ojos saltones mirando el cielo.

Marina le volvió a apretar la mano. Esta vez más fuerte.

Y comenzaron a caminar hacia el bosque.

El sonido del helicóptero se acercó.

Se acercó más.

Y luego se alejó.

Y luego desapareció.

Y los tres niños entraron de nuevo en el bosque.

Y el bosque los recibió.

EL FINAL

Doce años después

El anciano encontró a la nueva familia un martes cualquiera de septiembre.

No la buscaba de manera activa. Ya la tenía. Llevaba semanas teniéndola, desde el momento en que el nombre apareció en el registro de la inmobiliaria que no existía en ningún catastro, desde que el sobre de pergamino había vuelto a salir con esa caligrafía anticuada.

Los Morales. Cuatro personas. Dos adultos, dos hijos.

Sevilla. Un matrimonio con el tipo de fractura que no se ve desde fuera pero que existe: esa distancia entre dos personas que comparten espacio sin compartir nada más, que han aprendido a moverse por el mismo piso sin rozarse, que han convertido el silencio en el idioma principal de la familia.

El tipo de fractura que Nemorak prefería. La que lleva tiempo abierta, la que ya tiene sus propias raíces, la que no necesita ser creada sino simplemente encontrada y amplificada.

El anciano del sombrero de ala ancha caminó por la acera y no miró a nadie en particular y nadie lo miró a él: invisible para quien no lo buscaba, perfectamente visible para quien ya lo había encontrado, que era exactamente el orden correcto de las cosas.

El piso de los Morales estaba en el tercer piso de un edificio de los años setenta en el barrio de Triana.

El anciano no entró. No necesitaba entrar.

La hija mayor tenía quince años y se había vuelto muy callada desde hacía meses, el tipo de silencio que los adultos confunden con madurez.

El hijo pequeño tenía ocho y desde hacía tres semanas hablaba solo en su habitación con alguien que no estaba ahí.

Desde exactamente el día en que los padres habían tenido la discusión más larga que él había escuchado nunca.

Ocho años. Una amiga imaginaria. Tres semanas.

El anciano sonrió.

No con malicia, sino con el reconocimiento de alguien que ha visto esto tantas veces que ya no lo sorprende pero que todavía lo encuentra, en cierta manera, hermoso en su regularidad. La precisión con que Nemorak encontraba siempre la grieta exacta. La eficiencia de siglos de práctica.

Sacó del bolsillo interior de su abrigo el sobre de pergamino.

Color marfil. Con el nombre de la familia escrito en el anverso.

Lo deslizó bajo la puerta del buzón número once.

Luego caminó.

El anciano del sombrero tomó el metro de vuelta hacia el centro.

Se sentó en el último vagón, que a esa hora estaba casi vacío. Enfrente de él había una mujer joven con auriculares y un hombre mayor dormido con el periódico en el regazo. En el asiento del rincón, un niño de unos ocho años miraba por la ventana del metro, hipnotizado.

El anciano miró al niño.

El niño no lo miró a él. Seguía mirando por la ventana: los túneles oscuros pasando a setenta kilómetros por hora, la luz intermitente de las lámparas de emergencia creando ese efecto estroboscópico que a los niños les resultaba fascinante.

El anciano observó al niño durante el tiempo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada.

Observó la manera en que sus labios se movían levemente, como si hablara con alguien que no estaba sentado junto a él.

Observó cómo inclinaba la cabeza hacia el asiento de su lado, que era exactamente el gesto de alguien que escucha a alguien que nadie más puede oír.

La madre del niño estaba en el asiento de enfrente, con el teléfono en las manos.

El anciano estudió la familia.

El padre no estaba. O estaba en otro vagón, o estaba en casa, o no estaba en ningún sitio porque ya no formaba parte de la ecuación, que también era posible. Hecho estadísticamente frecuente en las familias actuales.

Cuando llegue el momento, pensó, habrá un sobre.

Siempre hay un sobre.

El metro se detuvo. Las puertas se abrieron. La madre guardó el teléfono y le dijo al niño que era su parada. El niño se levantó con obediencia automática, y antes de salir se giró una vez, brevemente, hacia el asiento vacío donde había estado mirando.

Como despidiéndose.

Las puertas se cerraron.

El anciano del sombrero se quedó solo en el vagón con el hombre dormido, la mujer de los auriculares y los túneles pasando a setenta kilómetros por hora.

Sacó del bolsillo del abrigo un segundo sobre de pergamino.

Color marfil. La caligrafía en el anverso.

Lo sostuvo en las manos durante el tiempo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada.

Se acordó del niño. En la manera en que se había despedido de algo que nadie más había visto.

Reparó en que la cadena era más larga que cualquier cosa que pudiera calcularse. Que empezaba mucho antes de él y que terminaría mucho después de que él dejara de ser útil y alguien más recibiera el sombrero y el libro.

Pensó en que eso debería perturbarlo.

No lo perturbaba.

Las puertas se abrieron en la siguiente parada.

Subió las escaleras mecánicas de la boca norte del metro de Parque de los Príncipes a las ocho y cuarenta de la tarde.

Salió a la calle y caminó hasta la plaza, donde había unos cuantos árboles raquíticos, dos farolas antiguas y tres bancos verdes de hierro forjado mirando hacia el tráfico. Sevilla, en agosto, a esa hora, todavía tenía luz. Una luz horizontal y dorada que entraba sesgada entre los edificios.

Se sentó en el banco del medio.

Llevaba ochenta años haciendo esto. Llevaba ochenta años sentándose en bancos de plazas, en bancos de estaciones, en bancos de paradas de autobús, mirando pasar a la gente con la paciencia. Como una brújula. Solo había que esperar.

Sacó del bolsillo del abrigo una bolsa pequeña de papel marrón con pipas de girasol.

Empezó a comérselas despacio, escupiendo las cáscaras al suelo entre sus zapatos.

Era un capricho que hacía más amenas sus esperas.

La gente no desconfía de un viejo que come pipas en un banco.

Es una de esas cosas que aprendes con el tiempo.