Los Olivos Chapter 2 #43
92%

Chapter 2 #43

No era un talismán. No era magia. Era simplemente la única manera que había encontrado de seguir funcionando cuando todo lo demás se había roto.

El sonido de la estática como prueba de que la señal seguía ahí, aunque nadie la estuviera usando.

Como prueba de que la conexión era posible, aunque no hubiera nadie al otro lado.

Lo sacó.

Lo encendió.

La estática llenó el claro. Era un ruido del mundo de fuera —de radios de coche, de comisarías a las tres de la mañana, de la vida que Ana tenía antes de entrar aquí— y por eso, en mitad de aquel sitio, sonaba obsceno.

Nemorak retrocedió un paso.

Uno solo. Pero fue suficiente para que Ana sintiera el margen.

Se puso en pie.

Agarró el walkie con una mano mientras con la otra buscaba el suelo a ciegas, sin apartar los ojos de la criatura.

Cerró los dedos sobre una piedra del tamaño de un puño.

No pensó. Hacía rato que había dejado de pensar.

Estrelló el walkie contra la piedra una vez.

La carcasa crujió, pero aguantó. La criatura avanzó otro paso, y el aire delante de ella se volvió más asfixiante.

Ana golpeó otra vez, más fuerte, con un sonido que le salió de la garganta sin permiso.

A la tercera el plástico reventó y la batería quedó al descubierto: un rectángulo gris sucio colgando de dos cables.

Le clavó el canto de la piedra encima. Con las dos manos. Con todo el peso del cuerpo.

La batería siseó.

Un humo agrio le subió a la cara y le quemó los ojos. Ana siguió apretando porque soltar significaba morir. Entonces, sin aviso, sin la cortesía de una chispa primero, la batería se incendió en sus manos.

Una luz blanca, demasiado intensa para mirarla, escupió fuego con un chillido eléctrico. El plástico se deformó pegándosele a la palma. El olor a quemado que notó era el de su propia carne. No lo soltó.

Ana esperó. Medio segundo. El medio segundo más largo de su vida, con el fuego comiéndole la mano y la criatura encima.

Lo lanzó.

El walkie cruzó el aire convertido en una bola blanca y aterrizó entre las patas de la cosa, en la maleza reseca.

Nemorak retrocedió otro paso. Con el fuego empujándolo por delante y el espejo reclamándolo por detrás, su forma empezó a tambalearse.

Las llamas se extendieron de árbol en árbol con una rapidez imposible. El calor llegó en segundos, sofocante y brutal. El humo empezó a llenarlo todo, espeso, cargado de resina.

Nemorak se contorsionó.

Después emitió un chillido agudo, que atravesaba el aire.

La forma perdió consistencia aceleradamente, disolviéndose hacia el espejo que la reclamaba. El marco giraba con su inscripción invertida llamando a lo que había salido de vuelta.

Los vecinos del residencial empezaron a gritar.

No todos. Los que ya no tenían nada de humano simplemente se disolvieron, como las cosas que son en realidad imágenes cuando la fuente de luz que las proyecta se apaga.

Los que todavía tenían algo dentro, los que Nemorak había preparado, pero no terminado de absorber, esos gritaron.

Con voces que eran las suyas pero que venían de un lugar muy profundo, el lugar donde habían estado escondidos durante semanas o meses mientras la bestia usaba su forma.

Ana corrió.

Hacia la salida del claro. Hacia sus hijos.

Corrió entre los árboles ardientes.

Las llamas alcanzaban los treinta metros de altura en algunos puntos, iluminando el bosque con una luz rojiza y vacilante. El humo espeso, cargado, hacía que cada respiración fuera un esfuerzo consciente y deliberado.

El suelo bajo sus pies: raíces, piedras y hojas secas que crujían y se deshacían. Los árboles ardían a su alrededor lanzando chispas que caían como lluvia. Una rama se desprendió a dos metros y golpeó el suelo levantando una nube de brasas.

Detrás: el rugido de Nemorak. Una mezcla de dolor y rabia que estremecía los huesos, la vibración de algo que está siendo forzado hacia donde no quiere ir. Alternando con ese chillido agudo.

Ana no miró atrás.

Se escuchaban los gritos de la comunidad a lo lejos, distintos tipos de gritos: los agónicos de los que el fuego alcanzaba, los confusos de los que volvían en sí y no sabían dónde estaban.

Un árbol gigantesco cayó a diez metros. El impacto hizo vibrar el suelo.

Ana lo esquivó y siguió corriendo.

El bosque ardía en todas partes a la vez y en medio de ese caos de fuego y humo, Ana corrió con una sola cosa en la cabeza: el camino principal del residencial. La puerta de hierro forjado. El arcén donde la estarían esperando sus hijos.

Salió del bosque cuando el cielo empezaba a virar hacia el gris del amanecer.

Los encontró en el arcén.

Los tres juntos. Cubiertos de ceniza y de sombras de humo. Marina con un brazo alrededor de Claudia y la otra mano sosteniendo la de Lucas. Los tres mirando el bosque ardiente a sus espaldas con esa expresión de quien ha visto mucho en poco tiempo.

Ana llegó hasta ellos.

Los abrazó. Los cuatro juntos. El dinosaurio de Lucas quedó atrapado entre los cuerpos. Marina no podía dejar de temblar. Claudia, durante un momento largo, simplemente dejó que su madre la sostuviera, sin decir nada, sin moverse.

Ana cerró los ojos.

Respiró el aire cargado de polvo.

Hemos salido. Estamos fuera. Todos.

Y ese pensamiento duró exactamente el tiempo que tardó el miedo en encontrarla.

No llegó de fuera.

Llegó de dentro. De ese lugar donde Nemorak había estado sembrando durante días. Nemorak había sido arrastrado de vuelta al espejo, pero la semilla que había plantado no había sido arrastrada con él.

La semilla.

El miedo más profundo de todo lo que Ana había sentido esa noche. Que después de todo esto, después de haber llegado hasta aquí, no fuera suficiente. Que hubiera algo que no hubiera podido proteger.

Ese miedo era el que Nemorak necesitaba.

Porque era el único miedo de Ana que no tenía defensa. Todos los demás los había enfrentado, los había llevado durante meses, había aprendido a funcionar con ellos. Este era nuevo. Este acababa de nacer en el arcén comarcal con el bosque ardiendo a sus espaldas y sus hijos vivos entre sus brazos.

Y fue exactamente por eso que Nemorak lo encontró.

La presión en sus manos aumentó sin que ella lo decidiera.

Los músculos se apretaban solos con una fuerza que no era la suya.

La presión aumentaba.

—Mamá... me haces daño —dijo Marina con voz temblorosa—. Mamá, para.

Ana quiso aflojar. Su mente se lo ordenó claramente.

Pero sus manos no obedecieron.

Su cuerpo empezó a temblar. No el temblor del frío o del agotamiento sino algo más profundo.

—¡Mamá! —gritó Lucas, intentando liberarse—. ¡Para! ¡Me haces daño!

Los niños se separaron de ella.

La miraban desde fuera del abrazo, aterrados.

Ana quiso hablarles. Quiso decirles: soy yo, sigo siendo yo, lo que estáis viendo no es lo que parece, no os asustéis.

No pudo.

Sus ojos comenzaron a oscurecerse poco a poco. Como cuando la luz se va apagando en un cielo de tormenta, cada vez menos cielo y más nube, cada vez menos Ana y más la cosa que usaba su forma.

Marina no gritó.

Buscó en los bolsillos de la chaqueta de su madre. Sus manos encontraron el frasco pequeño de vidrio.

El Néctar de Elisabeth.

Pequeño. Con ese líquido viscoso del color del ámbar casi negro.

Marina lo sacó. Se lo puso en la mano de su madre.

Ana lo miró.

Lo que quedaba de Ana en ese momento, el rincón todavía suyo que Nemorak no había alcanzado todavía, lo miró. Y entendió exactamente lo que su hija le ofrecía.

Entendió lo que hacer con él.

Entendió el precio.

Cogió el frasco con las manos temblorosas. Lo abrió. Se lo llevó a los labios.

Y se detuvo.

Un segundo. Solo un segundo, mientras miraba a sus hijos uno a uno. Lucas, con el dinosaurio apretado en el puño y los ojos llenos de lágrimas.

Claudia. La que en el último momento del claro había parpadeado y elegido a su madre.

Marina. Su hija de catorce años que había entendido lo que significaba el néctar y había elegido dárselo de todas formas.

Ana se lo bebió de un trago.

El líquido ardió en su garganta con el calor de algo que no está hecho para ser bebido. No un sabor exactamente. Una sensación. La sensación de una puerta que se cierra.

Y luego, despacio, todo se asentó.

El temblor cesó.

La presión en sus manos desapareció.

El oscurecimiento de sus ojos se detuvo.

Ana se recostó en el suelo. El cielo del amanecer se desplegó sobre ella. Ese gris que precede a la luz y que es en sí mismo una forma de luz, el gris que dice que la noche ha terminado.

El humo del bosque ardiente dibujaba columnas hacia ese gris.

Los ojos de sus hijos la miraban desde arriba.

Sabía lo que era el Néctar. Elisabeth se lo había dicho en el pasadizo. No eliminaba el miedo: lo enfrentaba. Obligaba a quien lo bebía a dejar de sentirlo completamente, sin posibilidad de escapar. Y la única manera de dejar de sentir el miedo para siempre era no quedarse para seguir sintiéndolo.

Era un veneno.

Un veneno con un propósito.

La espuma empezó a formarse en sus labios. Lenta. Con esa serenidad de las cosas que llegan después de que la última decisión ya ha sido tomada.

Ana miró a Lucas.

Siete años. Los ojos que se parecían a los suyos. Que seguirían mirando el mundo desde esa altura durante mucho tiempo todavía, que aprenderían a ver cosas que ella nunca llegaría a ver.

Le sonrió.

Lucas rompió a llorar en silencio, sin soltar el dinosaurio.

Luego miró a Claudia.

Claudia la miraba sin llorar, con esa expresión que Ana conocía: una fuerza que se hundía en lugar de estallar. Su versión más difícil y, por eso, la más honesta.

Luego miró a Marina.

No lloraba. La miraba con esa expresión que Ana tardó en identificar porque no era ninguna de las que esperaba.

No era dolor ni miedo.

Ana quiso decirle algo, pero las palabras no llegaron. El aire había dejado de entrar en sus pulmones con la suavidad de lo que se cierra sin violencia, con la paz de lo que ha terminado de manera natural.