Chapter 2 #42
Claudia parpadeó con ese destello, ese atisbo de ella misma a pesar de todo lo que Nemorak le había dicho noche a noche en el rincón de su habitación.
Sus ojos encontraron los de Ana.
—Mamá —dijo en voz muy baja.
—Corre —dijo Ana—. Ve con Marina. Ahora.
Claudia corrió.
Ana la vio llegar hasta el borde del claro, hasta Marina que la recibió y la sostuvo. Los tres niños juntos. Claudia, Marina, Lucas.
Ana los miró durante un segundo.
Luego se giró hacia el altar.
Los envió al camino principal mientras ella volvía al claro.
—Seguid el camino hacia la puerta de hierro —les dijo—. Salid y no os detengáis.
—No puedes ir sola —dijo Marina.
—Tengo que usar la llave. Es la única manera de que no puedan seguirnos.
—Mamá... —susurró Lucas entre lágrimas.
Ana se agachó frente a su hijo y lo miró a los ojos.
—¿Tienes el dinosaurio?
Lucas lo sacó de debajo del brazo y se lo enseñó.
—No lo sueltes. Pase lo que pase, no lo sueltes. Yo voy a volver a por ti. —Le sostuvo la cara con las dos manos un segundo—. Voy a volver a por ti, Lucas. ¿Me oyes?
Lucas la abrazó. Sus brazos rodearon su cuello. Ana lo sostuvo un momento más del que tenía. Luego lo soltó.
Y volvió al claro.
Sola.
Con la llave de latón en la mano.
El claro sin los niños era diferente.
La congregación seguía de rodillas. Los directores en el altar. Don Santiago ahora la miraba sin sonreir.
Y el espejo.
Su superficie era pulsátil. Lo que había en ella estaba en tránsito, entre el espejo y el mundo, empujando desde dentro con fuerza.
Ana avanzó hacia el altar.
Santiago se interpuso.
—La llave —dijo, mirando su mano—. Elisabeth te la dejó la primera noche. Hemos estado esperando a ver qué hacías con ella.
—¿La dejasteis entrar en mi casa? —preguntó Ana.
—Nos convenía que creyeras que alguien te ayudaba —respondió Santiago—. El miedo, solo, es comida barata. Pero una brizna de esperanza en mitad del horror… eso es lo más sabroso que puede probar Nemorak.
Ana lo miró.
—Entonces no sabéis lo que hace la llave.
Una pausa brevísima. El primer momento de incertidumbre en la cara de Santiago desde que Ana lo conocía.
—La llave abre el mecanismo del marco —continuó Ana—.
Pero la inscripción del marco está invertida.
Invertida significa que no contiene, sino que llama.
La llave no activa el cierre. Revierte la inscripción primero.
Y una inscripción revertida, durante la transición, cuando Nemorak está entre el espejo y el mundo, convierte la llamada en contención.
Santiago la miraba con esa atención.
—Sabes más de lo que deberías —dijo, riéndose por lo bajo.
—A Elisabeth le costó veintiocho años —respondió Ana—. Y acaba de morir para que yo pueda llegar hasta aquí.
Santiago dio un paso hacia ella.
Ana llegó al altar antes de que él cerrara la distancia. Alcanzó la ranura en el ángulo inferior izquierdo del marco, donde los tallados en espiral comenzaban.
La llave entró.
Giró.
El sonido que produjo no era mecánico. Era el de algo que llevaba décadas inmóvil y que, al ceder, liberaba toda la tensión que se había acumulado.
La espiral de tallados en el marco comenzó a cambiar de dirección. Visible, lenta, milímetro a milímetro, girando en sentido inverso.
La forma en el espejo se detuvo.
Y luego comenzó a retroceder.
No se retiró sin resistir.
Lo que salió del espejo en los segundos siguientes era el pánico concentrado de una entidad que no puede gestionarlo. Una expansión brusca de forma y oscuridad que apagó todas las antorchas del claro al mismo tiempo y heló el aire.
Y entonces Nemorak salió.
No completamente, al menos. La llave lo retraía, el espejo lo llamaba de vuelta, y en ese tira y afloja entre lo que quería y lo que el marco le permitía, lo que emergió fue una manifestación incompleta, parcial, que por eso mismo resultaba más aterradora que si hubiera salido entero.
Más de dos metros de altura. Una figura que no tenía la solidez de las cosas reales sino la consistencia inestable de algo que pertenece a otro orden de existencia y que en este mundo solo puede mantenerse a base de voluntad y de miedo ajeno.
Su piel, casi translúcida, dejaba ver lo que había debajo: no músculos ni huesos sino venas negras que latían como raíces enfermas, pulsando al ritmo de algo que no era un corazón pero que cumplía esa función.
Cada pulsación enviaba por esas venas algo negruzco, algo que no era sangre sino lo que la sangre sería si estuviera hecha de miedo en lugar de hierro.
Sus extremidades eran excesivamente largas. Sus dedos huesudos terminaban en garras negras que crecían y se retraían con voluntad propia. Cada dedo con demasiadas articulaciones: se doblaban hacia atrás, hacia los lados, en ángulos que ninguna anatomía conocida permitía.
Su cabello, si podía llamarse así, era una mezcla de sombras y humo que flotaba alrededor de su cuerpo con lentitud. Se disolvía y se reformaba continuamente, sin decidir qué forma mantener.
Y donde debería haber habido un rostro: el vórtice.
Carne giratoria, en constante cambio, girando sobre sí misma con una velocidad que variaba, que se aceleraba y ralentizaba siguiendo un ritmo que no era el de ningún proceso natural. Mostrando y ocultando.
Manos.
Docenas de manos emergiendo de ese vórtice y siendo reabsorbidas.
Manos de distintos tamaños: manos de adultos, manos de adolescentes, manos de niños pequeños.
Las manos de todo lo que Nemorak había absorbido durante décadas.
Retorciéndose en agonía durante el instante que duraba su aparición, intentando aferrarse a algo, intentando salir, antes de ser tragadas de vuelta.
El susurro que lo acompañaba era una frecuencia que resonaba en el lugar donde se almacena el miedo más antiguo. El miedo de la oscuridad total.
Los vecinos del residencial cayeron al suelo todos al mismo tiempo. Como marionetas a las que cortan los hilos simultáneamente.
Los directores también.
Don Santiago primero, con el gesto de quien escucha algo que no esperaba escuchar. Doña Inés, con los ojos muy abiertos. Don Manuel y Doña Elvira juntos, casi al mismo tiempo.
Y en el momento en que cayeron, en esa fracción de segundo entre lo que eran y lo que quedó, Ana los vio.
Sus caras de niños.
Adrián, ocho años. Sara, catorce. Sonia, diecisiete. Eduardo, nueve. Cuatro niños con sus propios nombres y todo lo que habían sido antes de que Los Olivos se lo arrebatara.
Cuatro vidas enteras reducidas a esto: instrumentos de algo que llevaba décadas usándolos y que ahora, en el instante en que ya no los necesitaba, los devolvía.
Luego desaparecieron y quedaron los cuerpos de cuatro adultos en el suelo del claro.
Nemorak avanzó hacia Ana.
Cada paso hacía vibrar el suelo. Las raíces del árbol de ramas torcidas se extendían a su paso, creciendo aceleradamente alrededor de sus huellas.
El vórtice en su rostro comenzó a girar más deprisa.
Y los rostros comenzaron a emerger.
Su madre. Los ojos desorbitados y la boca abierta en ese grito que Ana había imaginado mil veces desde el accidente.
El grito que nunca llegó a escuchar porque no estaba en el coche, porque había cancelado el viaje a última hora por un caso que no podía esperar.
Porque si hubiera ido quizás hubiera cambiado algo o quizás hubiera muerto también y durante años no había sabido cuál de las dos opciones le atormentaba más.
Su padre. La expresión de la última vez que lo vio, dos semanas antes del accidente, cuando discutieron por una tontería y que en ese momento le pareció suficientemente importante como para despedirse sin abrazarlo. Sin saber que era la última vez.
Raúl. Su cara, sus ojos, ese gesto específico que tenía cuando esperaba que ella tomara una decisión y confiaba en que fuera la correcta. Raúl que había llegado demasiado pronto. Raúl que había muerto para que ella supiera dónde buscar.
Raúl desapareció del vórtice antes de que Ana pudiera decirle nada.
Jorge. Los mismos ojos que años atrás la habían mirado de otra manera, mirándola ahora desde detrás de la cara de la criatura.
Los ojos de alguien que abrió una puerta y ya no supo volver a cerrarla .
El Jorge de los primeros años, el de las manos de cirujano y la sonrisa que bajaba las escaleras de dos en dos.
El Jorge de los últimos meses, el que se rindió a la química y dejó de sonreir.
Las rodillas de Ana cedieron.
Se arrodilló sobre el suelo frío del claro. No por rendición, sino porque la criatura le estaba robando algo. Simplemente estando ahí, a esa distancia, con ese vórtice girando frente a ella.
Luego vino Gonzalo.
La carita de Gonzalo en el vórtice, tan pequeña, tan frágil. Seis meses de vida. El nombre que no decían en voz alta porque decirlo en voz alta hacía que su ausencia fuera más real.
Ana cerró los ojos.
Nemorak se detuvo frente a ella. Su forma casi rozaba el rostro de Ana. El hedor, el calor extraño que emanaba de algo que no debería tener temperatura.
En el vórtice, la siguiente cara.
Marina. Sus ojos. El mentón que temblaba cuando tenía miedo.
Y luego la última cara.
La suya propia. Sus propios ojos mirándola desde dentro de la bestia con la misma desesperación que sentía en su interior. Ella misma, siendo consumida.
Ana jadeó.
Y entonces encontró lo que Nemorak no había calculado.
El walkie-talkie.
Todavía en el bolsillo interior de la chaqueta donde siempre lo guardaba.
El aparato que había encendido la primera noche en la cama mientras Ana intentaba dormir sin conseguirlo.
El que emitía la estática que la había acompañado desde aquel fatídico noviembre, desde la madrugada en que Gonzalo no respiraba, desde que había entendido que el mundo no iba a ser nunca exactamente el mismo.