Chapter 2 #41
De pronto, Elisabeth puso su mano izquierda contra la pared del pasadizo para sostenerse.
Sus articulaciones comenzaron a retorcerse de manera antinatural.
Los nudillos se pusieron blancos y los tendones sobresalían bajo la piel.
Sus ojos se oscurecían por momentos, llenándose de esa negrura que Ana ya conocía porque lo había visto antes, en Jorge, en los vecinos del claro.
Pero diferente.
Elisabeth lo sabía. Llevaba años sabiendo que llegaría este momento.
Y lo que Ana veía en su cara no era terror sino algo más parecido a la rendición de alguien que ha estado luchando durante veintiocho años y que en el momento en que finalmente suelta esa carga, siente que puede respirar por primera vez.
—Mi alma ya está perdida —dijo Elisabeth, con un tono de voz diferente, casi gutural—. Hace mucho tiempo que lo está. Solo quedaba decidir cuándo y cómo.
Miró a Marina con lo que quedaba de sus ojos antes de que se oscurecieran del todo.
Marina apretó el cuaderno contra el pecho.
—Cuida a tu madre —le dijo.
Marina asintió sin hablar.
Luego Elisabeth miró a Ana. Y en esa mirada, en lo que quedaba de ella, Ana vio algo que reconoció porque era exactamente lo que había sentido ella misma en los peores momentos: el amor incondicional de una madre que no puede proteger a su hija.
—Voy a reunirme con mi pequeña Sam —dijo Elisabeth luchando consigo misma.
Y colocó el cañón de la escopeta bajo su barbilla.
—¡Elisabeth! —gritó Ana.
El disparo llenó el pasadizo.
El sonido rebotó en las paredes de piedra y se multiplicó. La sangre salpicó las paredes. El cuerpo de Elisabeth cayó de golpe.
Marina gritó y enterró la cara en el pecho de Ana.
Ana miró el cuerpo de Elisabeth Varla en el suelo del pasadizo que ella misma había construido, en la casa que había sido suya antes de que todo empezara, rodeada de las fotografías de veintiocho años de esperas y registros.
—¡Corre! —dijo—. ¡No mires atrás!
Salieron corriendo hacia la puerta de madera al fondo del pasadizo. El cerrojo cedió de un golpe y el aire del bosque les golpeó en la cara al salir.
No miraron atrás.
Pero Ana escuchó, mientras corría, el sonido de las garras en el pasadizo avanzando sobre la piedra. Y supo que Elisabeth le había dado el tiempo exacto que necesitaban.
Ni un segundo más. Ni un segundo menos.
Corrieron entre los árboles a oscuras. Iban con los brazos por delante, tropezando con raíces que no veían, golpeándose con ramas que aparecían de la nada. El sonido de sus propios pasos y respiraciones se amplificaba por el silencio absorbente del bosque.
Poco después, desembocaron cerca del claro donde había comenzado todo.
Para Ana, la escena resultaba dolorosamente familiar: el escenario, las sillas volcadas en el suelo como cadáveres olvidados.
Las luces que antes iluminaban la fiesta ahora estaban apagadas, meciendose suavemente con la brisa de la noche.
Por un instante, Ana titubeó. La idea de buscar la salida del residencial la tambaleó con una fuerza brutal.
Tal vez podrían llegar a la puerta principal.
Quizás alguien, en algún lugar, podría ayudarles.
Buscó desesperadamente en su chaqueta, sacando el móvil.
La pantalla iluminó su rostro por un segundo, pero no había señal. Ni una barra. Nada.
—Mamá, por favor... —Marina susurró, con la voz rota, mientras tiraba suavemente de su mano. Estaba aterrada y apenas podía contener las lágrimas.
Ana apretó los dientes. El miedo a equivocarse la estaba desgarrando por dentro. Sus hijos, su vida, todo lo que quedaba de ella estaba en ese bosque oscuro. El tiempo corría en su contra, pero no sabía si tenía fuerzas para enfrentarse a lo que se escondía entre los árboles.
—¿Qué hacemos? ¿Y si no están ahí? —preguntó Marina con desesperación.
Ana tragó saliva. No podían permitirse dudar.
Miró el horizonte, los límites del residencial, la entrada al bosque frente a ellas.
Un crujido a lo lejos les recordó que no estaban solas.
El viento traía consigo un aullido lejano, pero no era de ningún animal.
Un ruido gutural, profundo, que parecía salir del propio corazón del bosque.
Sus hijos estaban allí. Esa cosa los tenía. No había elección.
—Tenemos que seguir. —dijo Ana.
No supo si hablaba para sí misma o para Marina. Pero en ese instante, el miedo de perder a sus hijos fue más fuerte que cualquier otra cosa.
Al pasar junto a las antorchas volcadas y apagadas, Ana se detuvo en seco, mirando alrededor.
El bosque que rodeaba Los Olivos se alzaba ante ella. Se agachó rápidamente, tomando una de las antorchas que aún conservaba una débil llama.
—Ven, vamos —murmuró, tratando de parecer más tranquila de lo que realmente estaba.
Cuando se adentraron en el bosque, el aullido aumentó su intensidad.
Las llamas de la antorcha iluminaban apenas unos metros frente a ellas. Las sombras parecían bailar alrededor, torcidas y deformadas. Cada paso resonaba en el silencio asfixiante del bosque.
El olor de la noche había cambiado. Lo que antes era romero y tierra reseca era ahora más espeso, más animal: ese aroma a estiércol rancio que Ana olió el primer día desde el coche y al que había aprendido a no prestar atención. Solo que esta noche estaba más cerca. Mucho más cerca.
—Mamá, allí... —susurró Marina de repente, deteniéndose.
Ana alzó la antorcha, iluminando un pequeño objeto que sobresalía del barro. Era el gorro de lana azul de Lucas.
El corazón de Ana se detuvo por un segundo.
—¡Lucas ha estado aquí! —dijo Ana, sintiendo una ráfaga de esperanza.
Su hijo estaba en el bosque.
Con el gorro en la mano, ambas avanzaron más profundamente entre los árboles, pero el alivio fue rápidamente desplazado por el miedo. El bosque parecía hacerse más opresivo a cada paso. Oían crujidos, susurros y, de vez en cuando, el aullido lejano que les helaba la sangre.
Marina apretó la mano de su madre con más fuerza.
—Conozco este lugar, mamá —dijo en voz baja—. Es donde empecé a leer el diario de Elisabeth.
Entonces, de la nada, una voz femenina comenzó a cantar. Era un sonido suave y aterrador que se colaba entre los árboles. Parecía venir de todas direcciones a la vez.
Ana lo reconoció al instante. Era la misma melodía que Meryl canturreaba aquella noche en su cocina, la misma que Doña Inés tarareó en la iglesia.
El canto se entremezclaba con una risa macabra, inhumana.
—Corre, Marina. —susurró Ana.
Ambas echaron a correr. Los ruidos a su alrededor aumentaban, persiguiéndolas. Algo invisible se acercaba cada vez más. El bosque parecía retorcerse y cobrar vida a su alrededor. La voz seguía, alternando entre la melodía y la risa, cada vez más fuerte.
Ana, con la antorcha levantada, apenas podía respirar, pero no podían parar. Sabía que algo las guiaba. Era una fuerza oscura que las empujaba hacia el corazón del bosque.
Finalmente, llegaron a otro claro más amplio.
Ana se detuvo.
Lo que vio la dejó momento petrificada.
Los vecinos del residencial formaban un círculo perfecto en el perímetro. Treinta y dos familias. Todos de rodillas. Todos con la cabeza inclinada hacia donde estaba el espejo, con esa devoción que ya no era la de personas que han elegido algo sino la de instrumentos que cumplen su función.
Los directores en medio. Don Santiago, Doña Inés, Don Manuel, Doña Elvira. Cuatro personas que eran en realidad cuatro niños desaparecidos que habían pasado décadas siendo otra cosa.
Y Claudia.
Su hija mayor, de pie, junto a un majestuoso árbol de ramas torcidas en el centro del claro. Con los brazos a los lados, los ojos fijos en ningún sitio y el aspa de ceniza en la frente más oscura que antes.
Y Lucas.
Lucas en el suelo frente al árbol, sentado con las piernas cruzadas y los ojos clavados en el tronco, con el dinosaurio apretado en el puño y los nudillos blancos.
Ana apretó la mano de Marina.
—Quédate aquí —susurró—. No entres en el claro hasta que yo te diga.
—Mamá...
—Marina.
Marina asintió.
Ana entró en el claro.
Don Santiago la vio en cuanto cruzó el umbral de los árboles.
No había sorpresa en su cara. Solo la satisfacción de quien ve cumplirse algo que llevaba mucho tiempo preparado.
—Ana —dijo—. Llegas justo a tiempo.
Ana no respondió. Avanzó hacia el centro del claro, hacia Lucas, con la pistola levantada y los ojos moviéndose entre Santiago, los directores y la congregación arrodillada.
—¡Lucas! —le llamó.
El niño levantó la cabeza despacio. La miró. Sus ojos eran todavía los suyos, completamente los suyos.
—Mamá —susurró—. Samanta dice que no puedo irme. Dice que si me voy te pasará algo malo.
—Samanta no está aquí, cariño. Ven hacia mí.
Santiago dio un paso hacia ella.
Ana apuntó directamente a su frente y Santiago se detuvo. Un instante en que Nemorak, a través de Santiago, evaluaba el coste.
—Tus hijos han sido elegidos —dijo Santiago, con esa voz de predicador—. No puedes cambiar eso. El proceso empezó mucho antes de que llegarais aquí.
—Nosotros no elegimos nada —dijo Ana—. Todo esto es una maldita locura.
—Todos eligen —respondió Santiago—. Algunos simplemente no saben que están eligiendo.
Lucas se puso en pie.
Dio un paso hacia Ana. Luego otro.
Y el árbol crujió.
Un crujido que no era por la madera, sino por algo más orgánico, más profundo.
Como si algo que llevaba mucho tiempo contenido en el interior del tronco hubiera encontrado por fin una grieta por la que salir.
Las ramas se movieron sin viento. La tierra alrededor de las raíces se levantó ligeramente.
Ana disparó la pistola al suelo entre Santiago y ella. El impacto levantó tierra y astillas. La congregación no se movió. Santiago retrocedió un paso.
Fue suficiente.
Ana cogió a Lucas de la mano. Fue hacia Claudia. Le puso las manos en los hombros y la sacudió con fuerza.
—Claudia. Mírame. Ahora.
Claudia no respondió. Sus ojos seguían fijos en el tronco.
—Claudia —más fuerte—. Soy tu madre. Mírame.