Los Olivos Chapter 2 #40
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Chapter 2 #40

El anciano en distintas épocas, siempre con el sombrero, siempre con la misma cara.

Los directores más jóvenes, irreconocibles por la edad, pero no por los ojos.

Los vecinos del residencial: familias llegando, familias que no volvían a aparecer.

Treinta y dos entradas en el libro de registro. Ninguna salida.

Y apartada del resto, en el rincón más alejado del pasadizo, una foto en blanco y negro que Elisabeth había clavado hace años y que nunca había podido quitar.

Una mujer joven con una niña en brazos. Las dos mirando a cámara.

La niña con esa sonrisa sin reservas. La mujer mirando a la niña, no al objetivo, como si en el momento en que se hizo la foto hubiera decidido que eso era lo único que merecía ser recordado.

Marina la vio. Se detuvo.

Elisabeth pasó delante de la foto sin detenerse. Sin mirarla. Con esa eficiencia dolorosa de quien ha aprendido a moverse por los espacios que duelen sin ralentizarse.

—Espera —dijo Ana.

Había una televisión vieja en una mesa de trabajo.

Un televisor de tubo, gris, con pantalla curvada, conectado a un reproductor de vídeo VHS de los años noventa.

Junto al reproductor, una caja de cartón con cintas.

Veintitantas, calculó Ana. Cada una con una etiqueta blanca pegada en el lateral, escrita a mano con letra apretada y antigua.

—No tenemos tiempo —dijo Elisabeth.

—Un minuto —dijo Ana.

Cogió la primera cinta de la caja. La etiqueta decía:

ADRIÁN. 8 a. SESIÓN 1.

La segunda:

ADRIÁN. 8 a. SESIÓN 14.

La tercera:

SARA. 14 a. SESIÓN 3.

La cuarta:

EDUARDO. 9 a. SESIÓN 22.

Ana sintió un frío subiéndole desde la nuca. Había leído los nombres tres horas antes en su teléfono, debajo de las imágenes proyectadas por el software de envejecimiento de la Policía Nacional.

—Elisabeth —dijo Ana, sin girarse—. ¿Esto es lo que creo que es?

—Sí —dijo Elisabeth, en voz baja—. Lo grabó él. Joaquín. Las robé hace seis años y las he visto todas.

Ana cogió la sesión 1 de Adrián. La metió en el reproductor. Pulsó el play. La pantalla parpadeó, se llenó de la nieve azulada del VHS, y después se estabilizó.

Una habitación pequeña, sin ventanas, con paredes de piedra desnuda.

Una mesa de madera. Una silla. En la silla, un niño de ocho años.

Pelo rubio, peinado con raya a un lado, pantalón corto de los años sesenta, una camisa de cuadros.

Las manos atadas a los reposabrazos con una cuerda de esparto fina pero apretada.

Los pies, descalzos, atados a las patas.

Lloraba sin hacer ruido. Tenía la cara enrojecida de haber llorado mucho antes y la boca abierta en ese gesto que ponen los niños cuando ya no les quedan lágrimas.

Detrás del niño, en una mesa más pequeña, el espejo de obsidiana. Apoyado contra la pared. Sin marco aún, o con un marco distinto al que llevaría décadas después: más rudimentario, de madera oscura sin tallar.

Una voz fuera de cámara. Un hombre joven. Joaquín, treinta años más joven de lo que era ahora.

—Adrián —decía Joaquín, fuera de cámara—. ¿Quieres que pare?

El niño asentía con la cabeza, sollozando.

—Para que pare —decía Joaquín—, tienes que mirar al espejo. Solo un minuto. Y tienes que decir lo que ves.

—No quiero —decía Adrián, con la voz de un niño de ocho años—. Por favor, señor.

—Cuanto antes lo hagas, antes terminamos. Mira al espejo, Adrián.

El niño no miraba.

Joaquín, después de unos segundos de silencio, daba un paso hacia el niño desde detrás de la cámara.

Su mano —pálida, joven, firme— aparecía en el plano, agarraba la cabeza de Adrián por el pelo y la giraba hacia el espejo.

Adrián gritaba. Un grito agudo, infantil, sostenido durante tres o cuatro segundos, hasta que de repente se quedó callado.

Sus ojos, en el espejo, se quedaron quietos. Su cuerpo, sin embargo, comenzó a temblar de forma generalizada.

Y entonces —y eso fue lo que hizo a Ana retroceder un paso instintivamente del aparato— en la pantalla, durante unos segundos, los ojos del niño cambiaron de color.

Pasaron de un azul claro a un negro completo.

Una negrura absoluta, sin iris, sin pupila visible.

Después, los ojos del niño volvieron al azul.

Adrián parpadeó.

—Muy bien —decía Joaquín fuera de cámara, con una voz suave, casi paterna—. Eso ha estado muy bien, Adrián. Cada vez te cuesta menos.

—¿Puedo irme con mamá? —preguntaba el niño.

—Mamá ha tenido que irse, Adrián. Ya hablamos de eso. Pero puedes ir a tu cuarto. Te he dejado un puzzle nuevo.

Ana sacó la cinta.

Cogió otra. La de Sara, sesión tres. La metió.

La pantalla se llenó de la misma habitación de piedra.

Esta vez había una niña de catorce años.

Pelo rubio y rizado. Una falda de tablas.

Los ojos hinchados de tanto llorar. Pero también los nudillos partidos, y un corte en la mejilla.

Y, en el reverso de los antebrazos, marcas viejas de quemaduras circulares, redondas, ya cicatrizadas en distintos tonos: meses de sesiones acumuladas en su piel.

—Sara —decía Joaquín, fuera de cámara—. Esto va a ser la última sesión que haremos así. Te lo prometo. La próxima vez no te ataré.

Sara escupía hacia la cámara.

Joaquín se reía, suavemente, como un padre que celebra el carácter de su hija.

—Esa es mi niña —decía—. Por eso te ha elegido a ti, ¿sabes? Porque te resistes. Lo demás solo se rinden. Tú tardarás mucho. Y cuando finalmente cedas, lo que se quede contigo será mucho más grande que lo que cabe en ellos. Vas a ser muy importante en Los Olivos, Sara.

Sara cerró los ojos.

Y entonces, desde dentro del espejo, una mano fina —con dedos que tenían una articulación de más— se asomó por el borde superior del marco. Encontró el cuello de Sara y lo rodeó desde detrás, lentamente, sin apretar, como un padre que pone la mano en el hombro de su hija para acompañarla.

Sara abrió los ojos. Tenía la mano del espejo sobre el cuello. No gritaba, pero la cara se le transformaba: algo empujaba desde debajo de la piel intentando salir.

Joaquín, fuera de cámara, susurraba:

—Eso es. Déjale entrar.

Ana sacó esa cinta también.

Le temblaban las manos.

—Tenemos que irnos —dijo Elisabeth—. Se nos acaba el tiempo.

Ana sacó tres cintas, las que tenía más a mano: una de Adrián, una de Sara y la última sesión de Sonia. Las metió en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al walkie-talkie y a la llave de espiral.

Avanzaron. Elisabeth con la escopeta. Ana con la pistola. Marina con el diario de Elisabeth apretado contra el pecho, ese cuaderno que había empezado a leer hace días en el bosque sin saber todavía que era la historia de la mujer que caminaba delante de ellos.

En la bifurcación del corredor, Elisabeth se detuvo.

—Por ahí —dijo, señalando una puerta de madera al fondo—. Lleva al bosque. Lo construí siguiendo los túneles de drenaje que ya existían bajo el residencial. Los directores nunca supieron que llegaba hasta aquí. También funciona al revés.

—¡El Néctar ! —dijo, Elisabeth mientras buscaba en sus bolsillos—. Quédatelo, por si acaso.

Ana no respondió de inmediato. Miró a los niños. Luego a Elisabeth. Evaluando cuánto tiempo había.

—No elimina el miedo —continuó—. Obliga a enfrentarlo. Completamente. Sin posibilidad de escapar. El que lo bebe deja de sentir el miedo porque deja de estar ahí para sentirlo.

—¿Es un veneno? —dijo Ana.

—Es un veneno con un propósito —respondió Elisabeth—. El miedo es lo que Nemorak usa para poseer a alguien. Si el miedo desaparece, no puede entrar. Pero la única manera de que desaparezca de verdad es...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Sacó el frasco del bolsillo de su chaqueta. Pequeño, de vidrio opaco, con un líquido del color del ámbar casi negro y viscoso.

—Lo fabriqué hace años con arsénico —dijo—. Cuando entendí que no había otra salida. Pero nunca me he atrevido a usarlo.

Una pausa.

—Ya no falta nada —dijo, y se lo puso en la mano a Ana—. Si llega el momento en que Nemorak intenta tomarte, es la única cosa que no puede usar contra ti. Lo que ya no siente miedo no le sirve de alimento.

Ana miró el frasco. El líquido en el interior del vidrio. Pensó en lo que significaba sostener eso en la mano. En lo que significaría usarlo.

Lo guardó en el interior de la chaqueta, junto al walkie-talkie.

—¿Por qué no vienes con nosotros? —preguntó Ana.

Elisabeth miró a Marina, que sostenía el diario con las dos manos.

—Ese diario —dijo—. Todo lo que está ahí dentro es verdad. Que alguien lo lea. Que alguien sepa lo que pasó aquí, lo que lleva pasando décadas. No solo por Samantha. Por todas las familias. Por todos los niños.

—Elisabeth —dijo Ana—. Ven con nosotros.

—No puedo —respondió ella. Su voz, por primera vez desde que Ana la conocía, no tenía filtros.

Solo la voz de alguien que ha tomado una decisión y la sostiene—.

Llevo veintiocho años aquí. Veintiocho años con el espejo cerca, con Nemorak.

Hay un límite a lo que uno puede resistir. Lo traspasé hace tiempo.

Detrás de ellos, desde el fondo de la pared que no habían cerrado del todo, llegó el primer golpe. Luego otro. Una garra grisácea y deforme asomando por la rendija, los dedos doblados en ángulos que no correspondían a ninguna articulación.

—¡No los miréis! —gritó Elisabeth—. ¡El miedo los alimenta! ¡Corred!

Corrieron.

El pasadizo era estrecho. Las paredes les rozaban los hombros. El polvo se levantaba con cada paso y se les metía en la garganta. Elisabeth cerró la retaguardia. Marina iba por delante. El olor a moho y a años encerrados iba haciéndose más denso a medida que avanzaban.

Llegaron a la bifurcación.

Elisabeth se detuvo.

Ana se giró.