Los Olivos Chapter 2 #39
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Chapter 2 #39

Era algo que usaba su voz como se usa un instrumento. Algo que había aprendido sus patrones, su ritmo, su manera de pronunciar el nombre de Ana con esa ligera elevación en la segunda sílaba.

El walkie-talkie en su bolsillo empezó a emitir.

—Ana... —La voz de Jorge a través del aparato, suave, casi cariñosa—. Ana, querida, ¿dónde estás?

La voz se duplicaba: en directo desde el otro lado de la puerta del dormitorio y simultáneamente a través del walkie.

Ana se detuvo en el pasillo. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta.

—Ana... quiero verte. —Una pausa calculada—. Y a Marina también.

Se escuchaban pasos al otro lado de la puerta. Lentos. Deliberados. La marcha exacta de Jorge cuando caminaba por la casa de noche sin querer despertar a nadie, ese ritmo que Ana había escuchado miles de veces.

La puerta se abrió de golpe.

Jorge apareció.

Llevaba la ropa de la Exultación, la camisa blanca impoluta y su traje de lino. Los mismos músculos, los mismos dientes, la misma sonrisa un poco torcida hacia la izquierda que había heredado de su padre. Todo correcto. Todo exactamente en su sitio.

Pero no era él.

Sus ojos eran negros. Completamente negros, como los de alguien que ya no está.

—Ana —dijo, con la voz exacta de Jorge—. Por favor, baja la pistola. Soy yo. Soy tu marido.

Dio un paso hacia ella.

—No te acerques —dijo Ana, colocando el dedo en el gatillo y con la voz firme.

Jorge dio otro paso, decidido.

—Esto tiene que pasar —respondió, con tono persuasivo—. Es nuestro destino. El tuyo, el mío, el de los niños. No tiene sentido resistirse a lo que ya ha empezado.

Ana sostuvo la pistola con las dos manos. Calculando la distancia. Calculando si podía permitirse el tiempo que tardaría en bajar las escaleras.

No podía. No mientras Jorge estuviera ahí.

Entonces cambió de tono. La voz de Jorge se convirtió en veneno puro.

—Marina tiene la culpa, ¿verdad? —dijo, con frialdad—.

Gonzalo murió por su culpa. Lo sabes. Lo has sabido desde el principio.

Si Marina no hubiera estado en el pasillo esa noche, si hubiera vuelto a la cama cuando se lo dijiste, tú habrías estado junto a la cuna.

Habrías oído algo. Habrías llegado a tiempo.

Una pausa.

—O quizás no fue solo eso. ¿Te aseguraste de que volvió a su cuarto? ¿Acaso entraste al cuarto de Gonzalo para comprobar que Marina no seguía ahí, en la oscuridad, con el hermano que le había arrebatado la poca atención que le quedaba de sus padres?

De repente, un sollozo contenido. Marina. Que había subido las escaleras desobedeciendo. Que estaba en el pasillo detrás de Ana y que había oído cada palabra.

—Para de una vez —dijo Ana, con la voz completamente plana. La voz de subinspectora—. Para ahora mismo.

—¿Y tú, Ana? —continuó la cosa que usaba la voz de Jorge, pasando al siguiente objetivo con la eficiencia de algo que ha practicado esto muchas veces—.

Siempre tan perfecta. Siempre tan segura de que eres la única que ve lo que nadie más ve.

Mira dónde estás ahora. Mira lo que has construido. Mira lo que has protegido.

Un paso más.

—Por eso me fui con Sofía. Porque ella me miraba sin restregarme todos mis fracasos.

Porque contigo ya no soy un hombre, soy un error al que tienes que sobrevivir.

Ella al menos estaba sobria cuando la necesitaba.

No escondía una petaca en el cajón de la cocina como una borracha que no tiene el valor de reconocerlo.

Ana sintió el impacto de esas palabras. No porque fueran verdad.

Sino porque llevaban la forma exacta de las cosas que Jorge había pensado mil veces y que nunca había dicho en voz alta.

Escucharlas en esa voz que era la suya, pero sin serlo, era una forma de tortura que ningún monstruo habría podido inventar.

Solo algo que había estado dentro de su cabeza durante años podía saber exactamente qué palabras usar.

Ana puso de nuevo el dedo en el gatillo.

Y entonces el disparo llegó desde detrás de ella.

Seco. El sonido de una escopeta en un espacio cerrado que se multiplica y rebota.

El pecho de Jorge se abrió hacia atrás.

No cayó de golpe. Primero las rodillas, luego el resto.

La sangre alcanzó la pared del fondo. El techo. El marco de la puerta. Gotas oscuras sobre la pintura blanca, sobre el suelo de madera, sobre los dedos de Ana que seguía con la pistola levantada sin haber disparado.

Ana se giró.

En el umbral de las escaleras, con la escopeta todavía humeando, estaba Meryl. El cabello sin recoger. El traje sastre raído. Los guantes blancos.

Pálida. Más pálida de lo que estaba cuando se cortó la mano en la cocina. Y, por primera vez desde que Ana la conocía, le temblaban las manos.

—Lo siento —dijo Meryl.

Bajó la escopeta. Se la quedó colgando por el cañón, junto al cuerpo.

Ana se cayó de rodillas junto al cuerpo de su marido.

Lo cogió. Lo sostuvo. Sus manos se posaron en la camisa blanca ahora manchada de rojo. Su cara se apoyó contra su pelo, ese pelo que había tocado miles de veces en miles de circunstancias distintas.

—¡Lo has matado! —le gritó, aunque la voz apenas salió—. ¡Lo has matado!

—Eso ya no era tu marido —respondió Elisabeth, bajando la escopeta—. Hace días que dejó de serlo.

Ana no respondió. Tenía el cuerpo de Jorge entre los brazos y no tenía palabras para lo que sentía: rabia, duelo, alivio, horror y, debajo de todo eso, la certeza terrible de que Elisabeth tenía razón.

Recordó los ojos de Jorge. En ese brillo nuevo que ella había interpretado como resignación y que ahora entendía que era otra cosa: la pérdida gradual de sí mismo, pieza a pieza, entregada voluntariamente porque alguien le había ofrecido el alivio exacto que más necesitaba.

Nemorak no lo había tomado. Jorge se lo había regalado.

Eso era lo más difícil.

—Mamá... —susurró Marina desde el pasillo. Su voz estaba quebrada—. Papá...

Ana la apretó contra su cuerpo sin soltar a Jorge todavía. Y entonces, sin poder evitarlo, se rompió. Lloró con la cara hundida en el pecho de su hija y la otra mano agarrada a la camisa de Jorge. Lloró como no se había permitido llorar en todos aquellos días.

Se secó la cara con el dorso de la mano. Respiró hondo una vez. Recompuso la voz antes de necesitarla. Y se puso en pie.

Meryl se acercó al cuerpo de Jorge. Se agachó. Comprobó el pulso con dos dedos enguantados sobre el cuello. Mantuvo los dedos ahí cinco segundos. Luego le cerró los ojos.

—Ana —dijo Meryl, sin girarse—. Necesito que me escuches. Y necesito que me creas, porque no vamos a tener mucho tiempo antes de que vengan a por nosotras.

—Quítate los guantes —dijo Ana.

Meryl levantó la cara.

—¿Qué?

—Quítate los guantes. Quiero verte las manos.

Era una orden absurda, en aquella habitación, junto al cuerpo de su marido. Pero Ana lo había dicho con la voz de subinspectora. Esa voz que reservaba para los interrogatorios en los que no había margen. Y Meryl, después de un instante de duda, lo entendió.

Se quitó el guante derecho. Lo dejó caer al suelo.

Después el izquierdo.

Y Ana lo vio: las manos tenían cicatrices blancas, redondas, del tamaño exacto de una moneda, en el centro de las palmas.

Le vinieron a la cabeza unos vendajes. Una mujer de cuarenta y pocos años posando con las manos cruzadas por delante en la entrada de un yacimiento de la provincia de Murcia, con la sonrisa cansada de quien no tiene ganas de sonreír pero sabe que la foto forma parte del trabajo.

Una fotografía de la BBC del año 1997 que Ana había mirado durante un buen rato delante del ordenador.

—Tú eres Elisabeth Varla —dijo, en voz baja.

Meryl asintió una sola vez.

—Llevo veintiocho años aquí —dijo—. He visto entrar a diecisiete familias antes que la tuya.

He visto desaparecer a treinta y nueve niños.

He intentado escapar cuatro veces. La cuarta, cuando vino Joaquín a buscarme, entendí que ya no era yo quien decidía si me iba.

He estado esperando, todos estos años, una familia con alguien capaz de mirar y de no apartar la vista.

La tuya es la primera. No vine la primera noche a hacerte daño.

Vine a darte la llave. La que tienes en el bolsillo derecho.

Una pausa.

—Sé que te parezco un monstruo —dijo Elisabeth—.

Y tenía que parecerlo. Si los directores hubieran sospechado un solo segundo que estaba ayudándote, habrían cerrado el ciclo antes de la Exultación y os habrían matado a los cuatro mientras dormíais.

Mi única manera de protegeros era haciéndolos creer que yo era parte del peligro.

Aunque cuando esa cosa se acerca demasiado, nadie es inofensivo.

—Necesito sentarme —dijo Ana.

—No tenemos tiempo —dijo Elisabeth, ya levantando la escopeta otra vez—. ¿Dónde están Lucas y Claudia?

—No lo sé. Tenemos que encontrarlos —respondió Ana, tratando de recomponerse.

Marina miró el umbral del dormitorio donde estaba el cuerpo de Jorge.

No dijo nada.

Ana le puso una mano en la cara. La miró directamente.

—Estoy aquí —dijo—. Escúchame. Estoy aquí.

Marina parpadeó. Una vez. Dos veces.

—Mamá —dijo en voz muy baja.

Ana la abrazó.

Luego se separó.

—Tenemos que salir por el sótano —dijo Elisabeth.

Bajaron corriendo y Elisabeth fue directamente a la pared del fondo. Apartó una de las mesas de trabajo. Detrás, en la piedra, una sección de pared que cedió cuando la empujó con fuerza.

—Por aquí —dijo.

Se adentraron en un corredor estrecho de piedra. Olía a humedad y a tierra. El suelo era irregular. Había fotografías clavadas en las paredes con chinchetas oxidadas, algunas caídas, algunas medio despegadas. Todas ellas registro de los años que Elisabeth había pasado allí recogiendo evidencias.