Los Olivos Chapter 2 #38
81%

Chapter 2 #38

Era verano. El pueblo dormía la siesta y las calles estaban vacías excepto por la taberna, que a esa hora tenía siempre a dos o tres hombres mayores bebiendo en silencio. El viajero entró y se sentó en la mesa del fondo. Pidió agua. No vino ni aguardiente: agua. Algo inusual.

Llevaba un abrigo largo, a pesar del calor, y un sombrero de ala ancha que le cubría la mayor parte del rostro. Joaquín lo vio desde la barra donde estaba sentado y sintió algo que le generó inquietud.

Sintió que llevaba años esperando aquel momento sin saber que lo estaba esperando.

El viajero lo miró expectante.

—Buscas algo —dijo el viajero, cuando Joaquín se acercó sin saber exactamente por qué.

No era una pregunta.

—Todo el mundo busca algo —respondió Joaquín.

—No de la manera en que tú lo buscas.

El viajero se quedó un momento mirando a Joaquín. Después, en voz muy baja, casi sin mover los labios, dijo:

—Yo también empujé a alguien una vez sin tocarlo.

Joaquín no respondió. Pero algo dentro de él, algo que había sido suyo y solo suyo durante seis años, se encogió y se reconoció en aquella frase.

El viajero sacó de su bolsa un libro. Viejo, encuadernado en cuero que no era piel de vaca ni de ningún animal que Joaquín pudiera identificar.

Las páginas, cuando el viajero lo abrió brevemente y lo volvió a cerrar, tenían ilustraciones que Joaquín no alcanzó a ver del todo pero que le produjeron una sensación que no supo describir hasta años después, cuando ya no había manera de deshacer lo que habían desencadenado.

—Dentro de este libro hay una puerta —dijo el viajero—. No es una metáfora. Es una puerta real, hacia algo real. Una vez que la abres, no puedes cerrarla.

—¿Y qué hay al otro lado?

El viajero lo miró durante un momento.

—Lo que siempre has querido —dijo—. Y lo que nunca imaginaste que conllevaría.

Joaquín cogió el libro.

Lo cogió sin dudarlo. Sin preguntar el precio.

Sin preguntar quién era el viajero ni de dónde venía ni por qué le estaba dando aquello a él.

Lo cogió porque llevaba seis años haciéndose la pregunta de hasta dónde llegaba lo que tenía dentro y aquel libro, con solo posarlo en la palma de la mano, le estaba diciendo que la respuesta estaba dentro.

El viajero, antes de irse, se quitó el sombrero y se lo tendió.

—Para que recuerdes —dijo— que el verdadero poder nunca necesita mostrarse.

Joaquín se puso el sombrero. El viajero salió de la taberna. Para cuando Joaquín llegó a la puerta para ver adónde iba, la calle estaba vacía en ambas direcciones.

Nunca lo volvió a ver.

Pero pensó en él muchas veces en los años siguientes. Sobre todo, en la última cosa que había dicho antes de salir, algo que Joaquín no escuchó bien y que solo reconstruyó parcialmente con el tiempo.

El libro lo llevó hasta Murcia.

No de manera directa: fueron años de lectura, de búsqueda, de seguir rastros que otros habían dejado sin saber qué eran. El libro no explicaba. El libro insinuaba, señalaba otros textos que eventualmente llevaban, siempre, al mismo lugar.

Un monasterio del siglo XII en las colinas al sur de Murcia. Una cámara sellada bajo el claustro. Un espejo de obsidiana con inscripciones en espiral.

Joaquín tardó veinte años en llegar.

Cuando llegó, en 1955, el monasterio era una ruina que nadie visitaba y que no constaba en ningún mapa.

Encontró la losa. No pudo levantarla solo. Necesitaba a alguien con conocimiento técnico, con equipamiento, con credenciales que le permitieran excavar sin que nadie hiciera preguntas.

Necesitaba a alguien a quien poder convencer de que lo que iba a encontrar merecía la pena.

Esperó. Construyó la red de contactos. Plantó semillas en lugares donde las semillas tardan en germinar, pero cuando germinan lo hacen sin que nadie recuerde quién las plantó.

Cuarenta años de preparación, porque Nemorak le había enseñado en sueños que la paciencia es la única moneda que nunca se devalúa.

Lo que Joaquín no había entendido todavía, en esos años de preparación, era la diferencia entre esperar a algo y ser usado por algo.

Pensaba que era él quien esperaba. No se había dado cuenta de que era Nemorak el que esperaba, y que Joaquín era simplemente el instrumento más reciente de esa espera.

No lo entendió hasta mucho después.

Cuando ya era tarde para que importara.

En 1997 Elisabeth Varla llegó a Murcia.

Lo que Joaquín no había calculado, con esa lógica que había sido su herramienta durante décadas, era que Nemorak no hace pactos.

Nemorak no negocia. Nemorak no recompensa. Nemorak toma lo que necesita y deja lo que no le sirve.

Joaquín había esperado poder. Control. La validación de una vida entera que había sido la de alguien a quien el mundo miraba con desprecio.

Lo que recibió fue una función. El papel del viajero, repetido una y otra vez: aparecer ante el siguiente Joaquín, el siguiente desesperado con suficiente ambición y suficiente dolor como para coger el libro sin preguntar por el precio.

Había cumplido esa función docena de veces en los años siguientes a la liberación de Nemorak.

Familias elegidas, sobres de pergamino, contratos sin registro legal, residenciales que no existían en ningún mapa.

Cada ciclo de la Exultación era una cosecha.

Cada cosecha requería preparación. Cada preparación requería al viajero.

Eso era Joaquín ahora. El viajero. El que llegaba antes. El que plantaba la semilla y desaparecía antes de que nadie pudiera preguntarle adónde iba.

Y en sus noches más oscuras, bajo el peso del sombrero que ya no podía quitarse, Joaquín comprendía lo que nunca había querido ver:

Que él también había tenido un viajero.

Que alguien antes que él había cogido el mismo libro, hecho el mismo trato y terminado haciendo el mismo trabajo.

Que la cadena era más larga de lo que cualquier persona podía imaginar.

Y que Nemorak no la había creado para dar poder a nadie.

La había creado para alimentarse.

19 nemorak

El coche de Ana se detuvo frente a la villa Aurora con un chirrido.

Bajó antes de que el motor se apagara del todo y subió los escalones del porche de dos en dos.

Se detuvo en el umbral. Sostuvo la respiración.

El vestíbulo estaba en silencio. Las luces de la planta baja encendidas. La televisión apagada. El sofá con la manta caída a medias, como la había dejado Marina al rendirse al sueño antes de que llegaran sus padres.

Nada fuera de lugar.

Excepto el silencio.

—¡Marina! ¡Lucas! ¡Claudia!

Pasos en la escalera. Rápidos, descalzos. Marina con el pijama y los ojos de alguien que lleva horas sin dormir.

—¡Mamá! — gritó Marina.

Ana sintió alivio y corrió a abrazarla.

—¿Dónde están tus hermanos?

—No lo sé, mama —respondió nerviosa—. Cuando me he despertado ya no estaban.

De pronto, el rostro de Marina palideció. Tenía los ojos desorbitados y el cuerpo tieso.

Ana se detuvo en seco.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó en voz baja, sin apartar la vista de su rostro petrificado.

Marina no contestó. Señalaba, con una mano temblorosa, hacia la ventana del salón.

Ana siguió su mirada.

Por un segundo no vio nada, pero entonces, lentamente, algo comenzó a moverse en las rendijas de las persianas.

Primero fue un solo dedo, gris, delgado y retorcido, que se asomó despacio, casi con cautela.

Luego otro. Y otro. Decenas de dedos, deformes y huesudos, comenzaron a aparecer entre las rendijas. Se retorcían como serpientes.

Ana contuvo la respiración.

Los dedos se movían de manera errática, algunos arañando el cristal, otros estirándose hacia adentro. Un enjambre de criaturas esperando la oportunidad para entrar.

Ana abrazó a su hija, sin apartar los ojos de la ventana.

El sonido macabro de los dedos golpeando la ventana, raspando el vidrio, llenaba la habitación. Las manos, aquellas manos inhumanas, seguían apareciendo, una tras otra. Se deslizaban por las rendijas, intentando abrirse paso.

Ana retrocedió lentamente, sin soltar a Marina. No podía gritar. Solo podían mirar.

Entonces, uno de los dedos comenzó a deslizarse por la persiana, más cerca de ellas.

—No. Esto no está pasando… —pensó Ana, tratando de controlar el miedo.

De golpe, los dedos se retiraron y desaparecieron con la misma rapidez con que habían aparecido.

Ana respiró.

—Ya está, mi vida, ya ha pasado —dijo Ana temblorosa y sin convicción.

—Mamá. —dijo Marina, susurrando entre lágrimas—. Está aquí. Papá está aquí.

Ana la miró.

—¿Dónde?

—Arriba. Lleva un rato... lleva un rato hablando raro.

—¿A qué te refieres, cariño?

Marina no respondió de inmediato. Buscó las palabras.

—Osea, es su voz… —dijo finalmente—. Pero a la vez no.

Ana ya lo sabía. Lo sabía desde el claro, desde el momento en que vio a Jorge entre la congregación aplaudiendo con los ojos completamente negros. Lo sabía desde antes incluso.

Sacó la pistola.

—Mamá —dijo Marina con una voz que Ana no le había oído desde que tenía cinco o seis años. La voz de cuando se despertaba de una pesadilla y necesitaba que alguien le dijera que no era verdad.

Marina miraba la pistola. No a su madre. Solo el arma.

—No pasa nada —dijo Ana—. Marina, mírame a los ojos. No al arma. A mí, cariño.

Marina levantó los ojos despacio. Le temblaba la barbilla, con ese temblor que solía preceder al llanto.

—Tú no te muevas de aquí. Todo va a salir bien —dijo, y le besó en la frente.

Subió las escaleras.

Antes de llegar al pasillo escuchó la voz.

Era la voz de Jorge. Exactamente su voz: la cadencia, las pausas, esa manera específica que tenía de dar énfasis a las últimas sílabas de las frases cuando quería que algo quedara claro.

Doce años de matrimonio le habían enseñado a Ana cada variación en esa voz de la misma manera en que le habían enseñado cada variación en su manera de colgar la chaqueta o de evitar el contacto visual cuando mentía.

Conocía esa voz mejor que cualquier otra cosa del mundo.

Y sabía que lo que escuchaba no era Jorge.