Chapter 2 #37
Abril de 1944. Joaquín volvía del campo por la tarde, tras haber estado recogiendo almendras para los Olmedo a cambio de unas monedas.
El camino pasaba por encima de un barranco seco que en invierno se llenaba de agua y en verano era una zanja con piedras grandes en el fondo.
Aquel día estaba en el medio: un poco de agua estancada, mucho fango, y las piedras del fondo asomando como dientes.
Damián lo estaba esperando en el puente del barranco.
Solo. Sin Tomás, sin Eladio. Solo. Tenía dieciséis años y ya era prácticamente un hombre y a Joaquín, al verlo, le sorprendió darse cuenta de que ya no era mucho más alto que él.
Damián había dejado de crecer y Joaquín, en aquel invierno solitario, había pegado el estirón.
—¿Qué llevas ahí? —dijo Damián, señalando el saquito de monedas que Joaquín se guardaba en el bolsillo del pantalón.
—Nada.
—Suéltalo.
Joaquín no lo soltó.
Damián se acercó. Joaquín no se movió. Esto, en sí, ya era nuevo. Damián se detuvo un instante, sorprendido, y luego sonrió de la manera en que sonreía siempre antes de hacer algo realmente desagradable.
—¿Te acuerdas de la última vez? —dijo—. ¿Te acuerdas de cómo te dejé en el camino?
Joaquín se acordaba.
Damián dio el último paso, y aquí es donde Joaquín, durante el resto de su vida, no fue capaz de explicarse a sí mismo lo que ocurrió.
Recordaba estar mirando a Damián a los ojos, con el estómago apretado en un nudo que ya no era de miedo y mientras lo miraba sintió que algo se le movía por dentro.
Algo en el pecho, en el centro del pecho, justo donde aquella noche en la cama de su madre había crecido la rabia.
Algo que se desplazó hacia delante, como un puño, como una respiración soltada de golpe, y salió disparado por los ojos.
No lo tocó.
No le puso ni un dedo encima.
Damián dio un pequeño respingo. Un empujón que no provenía de Joaquín. Un empujón que parecía venir desde dentro del propio Damián.
Damián abrió la boca. Iba a decir algo. Quizá una pregunta, quizá un insulto, eso Joaquín nunca lo sabría.
Entonces resbaló.
El borde del puente del barranco era de tierra suelta, llevaba siéndolo desde siempre, y todos los niños del pueblo sabían no acercarse demasiado al borde porque un mal paso te llevaba al fondo.
Damián, que había caminado por aquel borde mil veces, aquella tarde dio un mal paso.
Su pie derecho pisó donde no había suelo.
Su cuerpo, ya inclinado hacia atrás por aquel respingo extraño, perdió el equilibrio.
Cayó.
Joaquín lo vio caer en silencio, sin gritar, con los brazos abiertos como un pájaro al que se le hubiera olvidado de pronto cómo se vuela.
Tres metros. Tal vez cuatro. Lo justo para que la cabeza de Damián diera contra una de las piedras grandes del fondo del barranco con un ruido que Joaquín no olvidaría nunca.
Un ruido seco, hueco.
Joaquín se asomó al borde del barranco.
Damián estaba boca abajo, con el cuello en un ángulo imposible. La piedra debajo de su cabeza se estaba poniendo oscura. Una de sus piernas se movió un poco, un pequeño temblor, y luego se quedó quieta.
Joaquín se quedó allí, inclinado, durante mucho tiempo. El sol estaba bajando. El aire se enfriaba. En el campo, lejos, alguien llamaba a las cabras.
Lo primero que pensó fue que había sido su culpa.
Y entonces vino la paz. A continuación, una sonrisa pequeña.
Y luego, junto con la sonrisa, vino la vergüenza.
Una vergüenza brutal, ácida, que le hizo doblarse sobre sí mismo y vomitar al borde del barranco.
Vomitó hasta que solo le quedó bilis. Vomitó porque había sonreído.
Vomitó porque, durante aquel segundo, había sido feliz.
Más feliz de lo que había sido en mucho tiempo.
Cuando se enderezó, con el sabor amargo en la boca, Damián seguía allí abajo y la piedra estaba más oscura.
Joaquín bajó al barranco. Lo bajó muy despacio, agarrándose a las raíces que sobresalían del terraplén. Cuando llegó al fondo se acercó al cuerpo de Damián. Le tocó el cuello. Estaba caliente, todavía, pero no había pulso. Le miró la cara. Damián tenía los ojos abiertos, fijos.
Joaquín le cerró los ojos con dos dedos. Como había visto hacer a las vecinas viejas con su madre.
Después se enderezó. Subió por el terraplén. Recogió su saquito de monedas, que se le había caído en algún momento sin que se diera cuenta, y se fue a casa.
No corrió. No se escondió. No miró atrás.
Esa noche, en la cama de su madre, no soñó con sangre.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, durmió.
Encontraron el cuerpo de Damián a la mañana siguiente. El padre de Damián lo subió del barranco a hombros y lo trajo al pueblo gritando. El médico itinerante, que estaba de paso, certificó accidente: caída desde altura, fractura de cuello, sin signos de violencia previa.
Nadie sospechó de Joaquín. Joaquín tenía doce años y un cuerpo flaco y una marca en la frente.
Joaquín era la víctima de Damián, no su asesino.
La idea no se le ocurrió a nadie, ni siquiera al padre de Damián, que conocía perfectamente lo que su hijo le hacía a Joaquín y que en el fondo, aunque jamás lo habría dicho en voz alta, sentía un alivio amargo de haber dejado de ser el padre de un niño cruel.
Al entierro de Damián fue todo el pueblo. Joaquín también. Se quedó al fondo, con la cabeza agachada. Cuando bajaron el ataúd a la fosa, Joaquín levantó la vista un instante, miró el agujero, y volvió a sentir aquella paz lenta y gruesa que había sentido al borde del barranco. Esta vez no sonrió.
Pero la paz seguía presente.
Y Joaquín, a los doce años, en aquel cementerio polvoriento, comprendió dos cosas que cambiarían el resto de su vida.
La primera: que era posible hacer daño sin tocar.
La segunda: que el daño, ejecutado de la manera correcta, aliviaba.
Tomás y Eladio dejaron de molestarlo aquel verano.
No porque Joaquín los amenazara. Simplemente, los miraba.
Los miraba de una manera nueva, con los ojos sin parpadear.
Ellos, sin saber por qué, se cambiaban de acera.
Concha, la del pan con piedra, tuvo un accidente doméstico en el otoño de 1944: tropezó en su propia casa con una alfombra y se rompió un brazo.
Joaquín no estuvo cerca. Joaquín estaba al otro lado del pueblo cuando ocurrió.
Pero esa mañana, al levantarse, había pensado en Concha.
Había pensado en su risa cuando le devolvió la merienda con la piedra dentro.
Había sentido, durante un instante, aquel desplazamiento en el pecho, aquel puño hacia delante.
No lo había hecho a propósito. O eso creyó entonces.
Cuando se enteró del brazo roto de Concha, Joaquín se sintió, de nuevo, ligero. Y esta vez la vergüenza fue más pequeña. Y vomitó menos. Y se acordó de la palabra que se había repetido aquella noche en la cama de su madre.
Espera.
Pero ya no la dijo. Ya no hacía falta.
Los seis años siguientes Joaquín los pasó aprendiendo a controlar lo que hacía.
Lo hizo solo, sin nadie que le enseñara, porque en aquel pueblo no había nadie que pudiera enseñarle nada.
Probó pequeñas cosas. Probó pensar en alguien con la suficiente intensidad como para que esa persona tropezara, o se cortara con un cuchillo, o se le secara la leche a la vaca.
No siempre funcionaba. La mayoría de las veces no pasaba nada y Joaquín se quedaba con la sensación frustrante de haberse vaciado por dentro a cambio de nada.
Pero a veces sí. Lo bastante a menudo como para que Joaquín supiera que aquello era real, y que era suyo, y que iba a más con la práctica.
También aprendió otra cosa: que aquello, fuera lo que fuera, se alimentaba de algo concreto.
No de su rabia, que había sido el motor inicial.
Sino de su miedo. Cuando Joaquín tenía miedo, lo que tenía dentro crecía.
Cuando Joaquín tenía miedo y conseguía darle la vuelta, transformarlo en daño hacia fuera, lo que tenía dentro se hacía más fuerte y, al mismo tiempo, le devolvía aquella paz gruesa que le había acompañado desde el borde del barranco.
El miedo entraba. El daño salía. La paz quedaba.
Era una ecuación sencilla y, una vez Joaquín la entendió, no la abandonó nunca.
Lo que no entendió hasta mucho después es que aquella ecuación no era suya.
Que no la había inventado él. Que alguien, o algo, llevaba siglos enseñándole esa misma ecuación a niños como él, en pueblos como aquel, en países distintos, en idiomas distintos, y que cada niño, al aprenderla, creía estar descubriéndola por primera vez.
Joaquín cumplió los dieciocho en 1949. Para entonces el pueblo tenía la mitad de habitantes que cuando él había nacido y la herrería de Damián llevaba años cerrada.
Joaquín vivía solo en la casa de su madre, cultivaba un huerto pequeño, vendía hortalizas en los pueblos cercanos, leía libros que pedía prestados al cura del pueblo siguiente, que era un hombre culto y triste y que veía en Joaquín algo que le inquietaba sin saber qué era.
Para entonces Joaquín ya había hecho daño a otras seis personas. Ninguna había muerto, salvo Damián. Pero todas habían sufrido. Y a Joaquín, cada vez que sufrían, le venía aquella paz, cada vez más rápida y cada vez más necesaria. Estaba, sin saberlo, construyendo una dependencia.
Lo que también había construido, aunque no se daba cuenta, era una pregunta.
La pregunta era esta: ¿hasta dónde llega esto que tengo dentro?
Joaquín sospechaba que llegaba muy lejos.
Pero estaba solo. No tenía a quien preguntar.
Cada noche, antes de dormir, miraba al techo de la habitación de su madre y se decía a sí mismo que tenía que haber alguien, en alguna parte, que supiera más que él.
Alguien que pudiera enseñarle lo que estaba al otro lado de aquella ecuación.
Y entonces, en el verano de 1950, llegó el viajero.