Chapter 2 #36
La marca no era dolorosa. No era visible desde lejos. Era exactamente el tipo de diferencia que resulta invisible para quien no la busca y que se convierte en lo primero que ven quienes han decidido buscar algo.
Los niños del pueblo habían decidido buscarlo.
Empezó cuando Joaquín tenía siete años. Antes de eso lo dejaban en paz porque era pequeño y porque su madre todavía iba a misa y la iglesia, en aquel pueblo, todavía tenía algo de peso.
Pero al cumplir los siete su madre dejó de ir a misa —no por desafío, sino porque ya no le quedaban fuerzas— y los niños lo entendieron como una autorización.
El primero fue Damián, el hijo del herrero. Damián tenía diez años y un cuerpo que ya empezaba a parecer el de un hombre. Se acercó a Joaquín en la fuente, en pleno mediodía, le puso un dedo en el hundimiento de la frente y dijo, lo bastante alto como para que los demás lo oyeran:
—Aquí es donde el diablo le metió el pulgar.
Los otros niños se rieron. No fue una risa cruel todavía.
Fue una risa que tanteaba si estaba permitido reírse.
Damián vio que sí lo estaba y al día siguiente lo repitió.
Y al siguiente. Hasta que ya no hizo falta que lo dijera nadie en voz alta, porque todos los niños del pueblo, al ver a Joaquín, le miraban primero la frente y después se reían entre dientes.
Joaquín aprendió, a los siete años, lo que la mayoría de la gente tarda toda una vida en aprender: que el cuerpo es lo único que se tiene de verdad y que el cuerpo, en cuanto alguien decide que tiene un defecto, deja de pertenecerte.
Lo miran. Lo señalan. Lo nombran. Y aunque tú lo laves, lo cubras y lo escondas, el defecto vive en la cabeza de los demás y vuelve cada mañana, intacto, esperando.
La humillación pequeña duró tres años.
A los diez fue cuando empezaron a pegarle.
El primero, otra vez, fue Damián, que ya tenía trece años y la nuez de Adán marcada y un olor a sudor de hombre que le precedía.
Lo arrinconó en el callejón detrás de la herrería y le dio un puñetazo en el estómago.
No por nada. Por probar. Joaquín se dobló sin gritar —ya entonces había aprendido a no gritar, porque gritar empeoraba las cosas— y Damián, al ver que no gritaba, le dio otro.
Y otro. Y luego le escupió en la frente, justo en el hundimiento.
Esa noche Joaquín no le contó nada a su madre.
Su madre tenía un dolor en el costado que no se le iba desde hacía meses y trabajaba en el campo de los Olmedo de sol a sol y volvía a casa con las manos cuarteadas.
A Joaquín le pareció que añadirle una preocupación más sería como echarle una losa encima.
Se acostó. Se durmió pensando en su padre, al que no había conocido, y en cómo habría sido su vida si su padre no se hubiera muerto.
Se imaginó a su padre apareciendo en el callejón al día siguiente y rompiéndole la nariz a Damián.
Se durmió con esa imagen y por primera vez en su vida soñó con sangre.
Las palizas fueron a más durante los dos años siguientes.
No todos los días. No siquiera todas las semanas.
Lo bastante para que Joaquín nunca pudiera bajar la guardia, lo bastante poco para que no terminara de acostumbrarse.
Damián tenía paciencia. Damián entendía, sin saber que lo entendía, que el miedo dosificado dura más que el miedo constante.
Hubo otros que se sumaron. Un tal Luis, hijo del panadero, que tenía la mano izquierda más rápida que la derecha y le gustaba dar bofetadas.
Una niña, Concha, que no le pegaba pero que un día le robó la merienda y, al día siguiente, se la devolvió con una piedra dentro del pan, riéndose mientras Joaquín se mordía la lengua y escupía sangre.
La risa de Concha fue, de todas las cosas que le hicieron en aquellos años, la que Joaquín recordaría con más claridad.
La risa de un niño que descubre, por primera vez, que puede hacer daño y que nadie va a pararle.
Su madre murió en el otoño de 1943. Joaquín tenía doce años.
La causa oficial, según el médico itinerante que pasó por el pueblo dos veces al año, fue un cáncer de algo que no especificó.
La causa real, Joaquín lo entendería años después, fue cansancio.
Su madre llevaba diez años cansada de una manera que no se cura.
Una mañana se acostó y ya no se levantó.
El día del entierro fue el día en que Joaquín comprendió que estaba completamente solo.
Fueron cuatro personas al cementerio. El cura, que tenía prisa porque le esperaba un bautizo en el pueblo siguiente.
Dos vecinas viejas, que habían querido a su madre pero que tenían demasiado dolor propio como para encargarse del de un huérfano.
Y Joaquín. Damián no fue al entierro, pero esa misma tarde, cuando Joaquín volvía a casa con un saco de pan que le había dado una de las vecinas viejas, lo estaba esperando en el camino.
—Ahora ya no tienes a nadie —dijo Damián.
Joaquín no respondió. Apretó el saco de pan contra el pecho. Sabía lo que venía.
Lo que vino fue distinto.
Damián no le pegó. Damián, con una calma que daba más miedo que cualquier puñetazo, le quitó el saco de pan, lo abrió, sacó una hogaza, le dio un mordisco y lo tiró al suelo.
Después le hizo un gesto con la cabeza a otros dos chicos que Joaquín no había visto venir, dos chicos un par de años más jóvenes que se llamaban Tomás y Eladio.
Los dos chicos se acercaron, le sujetaron los brazos a Joaquín por detrás, lo doblaron hacia delante hasta dejarlo arrodillado en el camino, y se quedaron así, sosteniéndolo, esperando.
Damián los miró con una sonrisa pequeña.
—Hoy ha sido un día triste para Joaquín —dijo—. Vamos a hacer que se acuerde de él.
Tomás se rió. Eladio no. Eladio era el más joven de los tres, no había cumplido los trece, y por la manera en que apretaba los brazos de Joaquín, Joaquín entendió mucho después que aquel chico tenía miedo. Miedo de Damián. Miedo de lo que Damián iba a hacerles hacer.
Damián se acercó. Se agachó delante de Joaquín, le puso la mano abierta sobre la frente, justo encima del hundimiento, y empujó hacia atrás. La cabeza de Joaquín se inclinó hasta que sus ojos quedaron mirando el cielo.
—Sigue mirando al cielo, Joaquín. Si bajas la vista te parto la boca.
Joaquín obedeció.
Empezó a contar nubes. Era lo único que se le ocurrió hacer. Contó una, dos, tres. No había nubes. Era una tarde de cielo despejado. Contó estrellas, las primeras estrellas pequeñas que empezaban a aparecer. Una. Dos. La tercera no consiguió encontrarla.
Mientras contaba, abajo, lejos, en una parte de su cuerpo que dejó de pertenecerle del todo aquella tarde, oyó las risas.
Oyó la voz de Damián diciendo cosas que él no quiso escuchar y que su memoria, generosa esa única vez, le borraría después.
Oyó a Tomás reírse otra vez, esta vez más fuerte.
Oyó a Eladio, en algún momento, decir muy bajito Damián, ya está, déjalo , y a Damián responderle con un golpe seco y la palabra cállate .
Joaquín siguió mirando al cielo.
Encontró la tercera estrella.
Cuando terminó — aquello terminó, lo que fuera que duró cinco minutos y treinta años a la vez— Damián le soltó la frente.
Joaquín mantuvo la cabeza echada hacia atrás un rato más, porque le habían dicho que la mantuviera así y porque ya no le quedaban más decisiones propias aquella tarde.
Tomás y Eladio le soltaron los brazos. Cayó hacia delante sobre el camino, sobre los codos, sobre las rodillas, con los pantalones bajados.
La tierra del camino estaba seca y le rascó la cara.
Damián le dio un beso en la frente, justo encima del hundimiento, y le dijo al oído:
—El diablo va a venir a buscarte esta noche, Joaquín. Y nadie va a venir a por ti, porque ya no le importas a nadie.
Después se fueron, los tres, riéndose. La risa de Damián fue la última cosa que Joaquín oyó antes de quedarse solo en el camino.
Esa noche no lloró. Eso fue lo más extraño.
Se sentó en la cama de su madre, que olía a su madre todavía, y se quedó mirando la pared durante horas.
Lo que sentía no era tristeza. La tristeza la había gastado en el entierro.
Lo que sentía, por primera vez en su vida, era una cosa nueva, una cosa que crecía despacio en el centro del pecho, como un calor.
Era rabia.
Y al lado de la rabia había otra cosa que Joaquín no supo nombrar entonces y que solo nombraría décadas después: el deseo, no de defenderse, sino de devolver el daño multiplicado por mil.
De que Damián supiera, antes de morir, lo que era no tener a nadie.
Esa noche Joaquín no durmió. Se quedó despierto hasta el amanecer, con los puños cerrados sobre la falda de su madre. Repitió en silencio una palabra que se le había instalado en la cabeza como si alguien la hubiera plantado allí.
Espera.
Espera.
Espera.
El invierno de 1943 fue largo y húmedo y Joaquín lo pasó casi entero en silencio.
Vivía solo en la casa de su madre. Las dos vecinas viejas le llevaban comida una vez por semana.
Damián seguía buscándolo en los caminos, pero algo había cambiado en Joaquín durante aquella noche en la cama de su madre, y ese algo Damián lo notó sin saber qué era.
Joaquín ya no agachaba la cabeza. Joaquín lo miraba directamente cuando abusaba de él.
Y a Damián, aunque no lo habría dicho en voz alta, eso le incomodaba.
La diferencia no estaba en el cuerpo de Joaquín, que seguía siendo flaco y pequeño para sus doce años. La diferencia estaba detrás de los ojos.