Los Olivos Chapter 2 #35
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Chapter 2 #35

Echó a andar hacia el bosque, cargando con él, siguiendo a los niños hacia la oscuridad entre los árboles.

El aplauso fue ensordecedor.

Marta, por primera vez, pareció nerviosa. Sus manos se movían inquietas, aunque intentaba disimularlo. Pero era tarde. Los jóvenes ya se habían perdido entre los árboles.

Pasaron unos minutos de absoluto silencio. Y entonces, se escuchó el rugido.

Un rugido horripilante, profundo, inhumano. El sonido recorrió el bosque y la plaza, llenando el ambiente con una tensión sofocante. Era un sonido primario, gutural, cargado de una ferocidad que no pertenecía a este mundo. La piel de Ana se erizó.

Acto seguido, los gritos desgarradores de los jóvenes cortaron el aire. Eran gritos de agonía, de dolor puro. No duraron mucho, pero resonaron en los oídos de todos los presentes. Estaban cargados de una violencia insoportable.

Y luego, silencio.

La comunidad volvió a aplaudir. Con más fuerza, si cabe.

Javier y Marta se abrazaron, llorando de emoción.

Después se unieron al aplauso. Sus manos chocaban con un ritmo frenético.

Los directores, uno a uno, se acercaban a ellos para felicitarlos.

Como si aquellos gritos desgarradores fueran el final esperado, la culminación de un sacrificio que les había producido placer.

Ana no lograba comprender lo que estaba sucediendo. Su visión del mundo se desmoronaba. Hasta ese momento, creía que todo era obra de una secta de fanáticos, que orquestaban un macabro montaje.

Don Santiago tomó el micrófono una vez más, invitando al silencio con un gesto.

—Hermanos, hoy es un día de gozo y alegría, —anunció, con una emoción apenas contenida—. Porque hoy, un nuevo miembro se unirá al cónclave directivo. Alguien que nuestra madre ha elegido. Alguien que, por fin, está con nosotros.

Otro murmullo de emoción recorrió la multitud, aunque Santiago no dijo quién sería.

Entonces, Don Santiago continuó:

—Pero hay alguien que aún no disfruta de la Exultación. Alguien que no ha abierto los brazos a nuestra madre. Vamos a ayudarle a encontrar su camino. Ayudarle a ver.

Un silencio mortal cayó sobre la plaza.

De pronto, todos giraron sus cabezas lentamente, dirigiendo sus miradas hacia Ana. Sus ojos eran negros como el azabache, carentes de humanidad. Jorge incluido.

Sonrieron al unísono. Una sonrisa siniestra y grotesca, idéntica la que ella misma había visto esa noche reflejada en su espejo.

Ana comprendió en ese instante que no estaba escondida. Nunca lo estuvo.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente, echando a correr. No tenía un plan, solo la necesidad visceral de escapar.

Los gritos y risas deformes comenzaron a resonar tras ella. Era una cacofonía de voces que se entremezclaban en un coro monstruoso. Las campanas de la iglesia seguían sonando. Su tañido marcaba un ritmo retorcido mientras las pisadas de la multitud se acercaban.

Luego se giró y echó a andar hacia la salida del claro.

Hacia la villa Aurora.

Hacia sus hijos.

Rápido.

Corría entre las tiendas medievales, esquivando mesas y manteles. Sus pies golpeaban la tierra, levantando polvo bajo la luz de las antorchas. Su respiración era frenética y su mente solo pensaba en Marina, Lucas y Claudia, solos en la casa.

De repente, tropezó con una cuerda de una de las tiendas, cayendo de bruces contra el suelo.

Su chaqueta se enganchó en una esquina y por un momento pensó que la atrapaban.

Al mirar hacia atrás, un grupo de vecinos, encabezados por Javier, se acercaba.

Sus ojos negros estaban fijos en ella. Se soltó a tiempo y volvió a correr.

A lo lejos, divisó el coche. Estaba cerca, pero el camino hasta él le pareció eterno.

Todo se movía con lentitud, como en una pesadilla.

Las sombras de los árboles la envolvían, estirándose hacia ella entre la oscuridad.

A su vez, el sonido de las pisadas se acercaba, mezclándose con una risa que ya no sonaba humana.

—¡Ana! —gritó una voz a lo lejos. Reconoció a Marta, pero no era la misma mujer. Su tono era dulce, pero completamente hueco—. No huyas... Es por tu bien.

La vista de Ana se nubló por un momento, pero sacudió la cabeza. No podía dejar que la distrajeran. Su pecho ardía con cada inhalación, pero no se detuvo. No podía.

Giró una esquina, bordeando una de las tiendas. Casi chocó con Doña Elvira, quien la esperaba con los brazos abiertos, para abrazarla. La mujer sonreía. Esa misma sonrisa retorcida, con los dientes apenas visibles bajo unos labios tirantes.

—Ven, hija mía... —susurró Elvira, pero Ana no se detuvo. Pasó a su lado de un salto, sintiendo cómo los dedos de la mujer rozaban su chaqueta. El efímero contacto fue frío como el hielo.

Siguió corriendo, mientras veía cómo más figuras emergían de entre las sombras. La comunidad entera la perseguía. Una jauría dispuesta a devorarla. Parecía que los árboles del bosque se movían a su ritmo.

El coche estaba a unos metros. Podía oír su propia sangre retumbando en sus oídos, pero también los pasos de sus perseguidores cada vez más cerca.

Llegó a la puerta, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó las llaves, temblando.

Las introdujo en la cerradura, pero falló.

No podía detenerse. No podía dejar que la atraparan.

Los gritos se intensificaron, y en ese preciso momento, un par de manos la agarraron por la chaqueta.

Sintió cómo la fuerza la arrastraba hacia atrás, pero tiró con toda su alma, cayendo dentro del coche.

Cerró la puerta de golpe justo cuando Javier golpeaba la ventana. Su rostro estaba desencajado y furioso.

Ana arrancó el motor y pisó el acelerador con una fuerza que casi hizo derrapar el coche. Mientras se alejaba, podía verlos en el retrovisor. Estaban de pie, mirándola en silencio.

Sus hijos. Solo pensaba en ellos.

Ana llegó hasta la esquina de la calle principal cuando lo vio.

No lo buscaba. Lo encontró. Raúl en medio de la calle del residencial, con la bolsa de viaje en el suelo y la mano derecha cerca del cinturón.

Esa manera de estar de pie que tenía cuando evaluaba un espacio antes de moverse por él.

Diez años trabajando juntos le habían enseñado a Ana ese gesto con la misma precisión con que le había enseñado sus otros gestos: la manera de doblar el informe antes de presentarlo, la manera de pedir el café, la manera de mirar a Ana cuando pensaba que ella no lo miraba a él.

Raúl estaba en medio de la calle principal del residencial, con las farolas encendidas a ambos lados proyectando sombras largas sobre la piedra caliza.

Y no estaba solo.

A su alrededor, formando un semicírculo que todavía no se había cerrado del todo, había seis o siete vecinos. No corrían. Avanzaban con lentitud, reduciendo el espacio disponible para escapar con cada paso.

Raúl los veía. Tenía la pistola en la mano.

Ana salió del coche y abrió la boca para llamarlo.

Y entonces la puerta de una de las villas se abrió detrás de Raúl.

Don Santiago salió.

No caminaba. Se desplazaba con fluidez, desafiando a la gravedad.

Raúl se giró.

Ana vio el brazo de Santiago elevarse. Se extendía más de lo que ningún brazo puede extenderse.

Raúl no tuvo tiempo de girarse del todo.

El sonido fue lo que llegó primero.

Seco. Húmedo. Definitivo.

Y luego el silencio.

Ana no gritó. No porque no quisiera, sino porque el aire no llegaba a sus pulmones.

Santiago se giró hacia ella.

Tenía en la mano la cabeza de Raúl.

La sostenía con su calma habitual, con la naturalidad de quien ha hecho aquello muchas veces. Los ojos de Raúl estaban abiertos.

—¡Bravo, Ana! —dijo Santiago, con la voz de los sermones—. Casi lo consigues.

Ana vomitó sin aviso, sin poder evitarlo, doblada sobre sí misma en medio de la calle.

Se quedó inmóvil en la esquina durante el tiempo que tardó su mente en procesar lo que sus ojos habían visto. Ese tiempo fue muy corto. Años de trabajo habían entrenado esa parte de ella para no detenerse ante lo que no tiene solución y seguir moviéndose hacia lo que todavía la tiene.

Pero ese tiempo existió.

Y en ese tiempo, Ana miró la cabeza de Raúl en el suelo de la calle del residencial. Pensó en todas las cosas que nunca le había dicho.

Volvió a vomitar.

Diez años.

Siempre cogía al primer tono.

El mensaje que le había enviado hacía quince minutos: “Ven directamente a la villa. No entres por la entrada principal”.

Un mensaje que Raúl había recibido tarde o que había elegido ignorar, porque cuando Ana necesitaba ayuda Raúl nunca esperaba que el terreno fuera seguro.

Ese era su sistema desde siempre. Ese era exactamente el sistema que lo había matado esta noche.

Don Santiago la miraba desde el otro extremo de la calle.

—La villa Aurora —dijo, con la voz de predicador que llenaba el espacio sin esfuerzo—. Tus hijos te esperan.

Ana se giró y corrió hacia el coche.

Corrió como si le fuera la vida en ello.

18 EL VIAJERO

Joaquín Menéndez nació en 1931 en un pueblo del sur de España cuyo nombre no importa porque ya no existe.

El pueblo se vació durante la guerra y nunca volvió a llenarse.

Las casas fueron quedando vacías una a una, los pozos se secaron, las calles se llenaron de polvo blanco que el viento traía desde la mina abandonada al norte.

Para cuando Joaquín cumplió los diez años, en el pueblo quedaban apenas treinta familias, casi todas viejas, y un puñado de niños que habían crecido juntos como crece la mala hierba: sin agua, sin atención y sin nadie que les enseñara a no hacerse daño.

Joaquín nació con una malformación en el lado derecho de la frente: un hundimiento pequeño, del tamaño de una moneda, que hacía que la sombra cayera sobre ese lado de la cara de una manera ligeramente asimétrica.

Su madre, que era una mujer práctica y cansada, le decía que era una marca de Dios.

Su padre no decía nada porque su padre había muerto antes de que Joaquín pudiera recordarlo, atropellado por un camión militar que jamás se detuvo.