Los Olivos Chapter 2 #34
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Chapter 2 #34

No era sentimentalismo. O quizás sí. Diez años de trabajo, de confianza, de conocerse en las situaciones que revelan a las personas de verdad.

Pero también esa otra cosa que ninguno de los dos había transformado nunca en palabras, porque ponerla en palabras habría cambiado algo que funcionaba perfectamente como estaba.

Jorge lo sabía. Por eso lo evitaba.

Por eso Ana nunca le decía a Jorge que llamaba a Raúl.

Por eso Raúl estaba en una carretera de Murcia a las nueve de la mañana con una bolsa de viaje, una pistola y cinco horas de sueño en los últimos dos días.

Porque Ana había llamado.

Y porque él siempre contestaba.

Encontró el desvío a las diez y cuarto.

El camino de tierra entre los cipreses, exactamente donde el GPS marcaba el punto sin nombre. Las puertas de hierro forjado al fondo, cerradas. Raúl aparcó el coche en el arcén de la carretera comarcal, fuera de la línea de visión desde las puertas, y se quedó mirando durante un momento.

No había ruido.

Los cipreses estaban completamente inmóviles, aunque hacía viento.

Eso no era imposible, era el tipo de cosa que puede explicarse con la orografía del terreno, con cómo las colinas desvían las corrientes de aire.

Era el tipo de cosa que Raúl habría aceptado como explicación sin pensarlo dos veces si no llevara tres días leyendo sobre Nemorak y sobre Los Olivos.

Sacó el teléfono. Llamó a Ana una vez más.

Esta vez conectó.

Un solo tono. Dos.

—Raúl —dijo una voz—. Qué bien que hayas venido.

No era Ana. La cadencia era la suya, los patrones de entonación eran los suyos, pero había algo en el fondo que no era ella.

—¿Ana? —dijo Raúl, aunque ya sabía la respuesta.

—Estamos esperándote —respondió la voz—. Las puertas se van a abrir. Solo entra.

La llamada se cortó.

Raúl se quedó mirando el teléfono durante un momento.

Estuvo a punto de dar media vuelta, llamar a sus compañeros de la Policía Nacional y esperar refuerzos antes de entrar a ningún sitio.

Pero Ana y sus hijos seguían allí. Y él ya sabía lo que era Los Olivos.

Cogió la pistola de la bolsa. La verificó una segunda vez. La metió en el cinturón y salió del coche.

Avanzó por el camino de tierra hacia las puertas de hierro forjado, que efectivamente estaban abriéndose despacio, con ese gemido de las cosas que llevan mucho tiempo en la misma posición.

Lo último que escribió fue un mensaje a su compañero en la comisaría, con las coordenadas exactas del punto y tres palabras:

Caso Esperanza. Aquí.

Lo envió.

Cruzó las puertas.

Dentro, el residencial estaba en silencio. Las casas blancas, los jardines perfectos, los senderos de piedra caliza. Todo exactamente como Ana se lo había descrito. Todo exactamente como el lugar donde nada podía salir mal.

Raúl avanzó por el camino principal con la mano derecha cerca de la pistola.

Si salgo de aquí, voy a decirle a Ana lo que nunca le he dicho.

Mala señal. La gente solo piensa esas cosas cuando presiente que no va a volver.

Siguió caminando.

17 LA EXULTACIÓN

El mercadillo medieval que llenaba el claro parecía salido de otra época: antorchas en hileras, puestos de madera con toldos de tela oscura, asadores girando sobre brasas que impregnaban el aire de humo, grasa y especias.

Música de violines, flautas y tambores latiendo entre las tiendas con un ritmo casi ritual.

Estaban todos vecinos. Treinta y dos familias. Todos sonrientes, todos con esa energía desinhibida y ligeramente fuera de lugar que Ana había visto en los Martínez y que ahora veía multiplicada por treinta. Saludaban, brindaban, bailaban.

Feliz Exultación.

Feliz Exultación.

Feliz Exultación, repetían sin cesar. Como una letanía.

Javier Martínez le puso un vaso de ponche en la mano. Ana lo sostuvo, pero no bebió. Lo reconoció enseguida. Esa mezcla de tierra y café que había olido en la iglesia, con algo más intenso de base que no era alcohol.

Jorge bebió el suyo en cuanto lo tuvo en la mano.

Ana lo vio hacerlo y apartó la mirada.

Se alejó del grupo en cuanto pudo.

Buscó un espacio retirado detrás de una de las tiendas y sacó el teléfono.

Por segunda vez en horas, las barras de cobertura subieron lo suficiente y los mensajes llegaron de golpe.

Además, un correo de Raúl con las imágenes de los recortes procesadas por el software de envejecimiento facial de la Policía Nacional, los niños desaparecidos proyectados a la edad que tendrían ahora.

Y debajo, un mensaje de texto enviado hacia seis horas:

Estoy de camino. Si no me contestas en dos horas activo el protocolo del caso Esperanza. Cuídate.

Se quedó mirando la pantalla.

Sonrió.

No había sonreído en días y no se había dado cuenta hasta ahora. Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria.

Raúl siempre llegaba.

Abrió las imágenes.

El primer resultado: el niño de ocho años desaparecido en Murcia en 1962. Proyectado a los setenta y dos años. Pómulos altos, cabello castaño claro, gafas finas sobre la nariz.

Don Santiago.

El segundo: la niña de catorce años desaparecida en Middleton en 1975. Proyectada a los sesenta y cinco años. Alta, delgada, ojos de colo verde.

Doña Inés.

El tercero: el adolescente de quince años desaparecido en Marbella en 1980. Proyectado a los sesenta y un años. Bajo, corpulento.

Don Manuel.

El cuarto: la adolescente de diecisiete años desaparecida en Marbella en 1980. Proyectada a los sesenta y tres años. Cabello plateado, arrugas profundas, expresión severa.

Doña Elvira.

Ana guardó el teléfono.

Estaba de pie sola detrás de una tienda del mercadillo mientras a diez metros de ella sus vecinos bailaban y brindaban, con lo que acababa de confirmar: los cuatro directores del Residencial Los Olivos eran los cuatro niños desaparecidos entre 1962 y 1980.

Identidades presuntamente robadas. Una organización que llevaba décadas secuestrando familias.

Una secta. Bien organizada. Como el caso Esperanza.

Ana escribió: Ven directamente a la villa. No entres por la entrada principal.

Cerró el teléfono y se giró.

Las campanas de la iglesia empezaron a sonar.

El mercadillo se detuvo.

No de golpe. Primero la música. Luego las conversaciones. Por último, el silencio.

Treinta y dos familias se giraron hacia el escenario al fondo del claro con esa sincronía que tiene la gente que ha hecho ese mismo movimiento muchas veces antes.

En el escenario: el altar de madera cubierto con un mantel blanco. El libro. Y encima, donde en la ceremonia de la iglesia había habido una figura de ramas entrelazadas, un espejo. Grande, enmarcado en madera negra con tallados en espiral. Su superficie no reflejaba las antorchas. No devolvía nada.

Ana lo intuyó antes de poder verlo con claridad.

Era el espejo de obsidiana.

Y ya se movía. Desde el fondo hacia delante.

No era sugestión.

No era el cansancio ni el alcohol.

Era real.

Ese suelo firme que había tenido bajo los pies ya no estaba. La línea clara entre lo que podía explicarse y lo que no. Esa línea que durante doce años nunca había necesitado cuestionar.

Ana sintió que algo se rompía dentro de ella.

Había comenzado la transición. En la sala pequeña del edificio central el libro lo describía con precisión: Nemorak abandona parcialmente el espejo para manifestarse en el mundo físico.

Eso era lo que estaba viendo. El inicio del proceso.

La noche en que la llave tenía que funcionar o no volvería a tener otra oportunidad.

Ana metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. La llave de latón, fría entre sus dedos.

Don Santiago subió al escenario. El anciano —Joaquín— lo siguió y se sentó en el trono de ramas que habían trasladado desde la iglesia. Doña Inés ocupó su posición a la izquierda del altar. Doña Elvira y Don Manuel, a la derecha.

Los cuatro niños. Los cuatro adultos. Las cuatro piezas que Nemorak había necesitado para construir este lugar durante décadas.

—¡Bienvenidos! —proclamó Don Santiago, con esa voz que llenaba el espacio sin esfuerzo—. Esta noche, después de un año de preparación, de siembra y de cultivo, celebramos la Exultación. La cosecha.

La congregación respondió con un murmullo. Un resonar colectivo.

—Esta noche, los que están preparados dan el paso final —continuó Santiago—. Y los que llegaron hace poco... —Sus ojos encontraron los de Ana entre la multitud con precisión—. Los que llegaron hace poco entenderán por qué fueron elegidos.

Ana no apartó los ojos de los suyos.

Un murmullo de emoción recorrió la multitud, algunos comenzaron a llorar de alegría. Lágrimas sinceras.

Jorge estaba sentado al frente. Su rostro reflejaba gozo y emoción.

Ana lo miró, incapaz de entender cómo su marido podía estar tan entregado, tan cegado por todo aquello. Ella, en cambio, apenas podía contener su pánico.

—Javier, Marta... —Santiago llamó a los Martínez. Subieron al escenario con sus hijos, que todavía llevaban las marcas de ceniza en la frente—. Hoy, sois un ejemplo para todos nosotros. Habéis aceptado la voluntad de nuestra madre. Habéis hecho el sacrificio de alabanza que os exultará por siempre.

Ana sintió una señal de alarma. ¿Qué quería decir con “sacrificio”? Disimuladamente, se llevó la mano al revólver que llevaba escondido en el interior de su chaqueta. No estaba segura de intervenir. No sabía lo suficiente todavía. Y montar una escena que luego no pudiera controlar la frenaba.

—Solo a través del sufrimiento, —añadió Santiago, con un tono más grave—, podemos alcanzar la verdadera salvación.

Con una sonrisa, Santiago miró a los hijos de Javier y Marta y, con una señal, los invitó a adentrarse en el bosque. Los jóvenes corrieron hacia los árboles sin mirar atrás.

El anciano avanzó hacia el centro del escenario.

Alzó el espejo.

La congregación enmudeció. Luego, todos a la vez, se inclinarion. Como quien reconoce algo sagrado. Una reverencia lenta, unánime, que recorrió el claro de extremo a extremo como una ola.

El anciano bajó el espejo.