Chapter 2 #33
Abrió el caso de la desaparición de Samantha Varla.
Lo que encontró en las notas del investigador que llevó el caso a finales del 97 era escaso: la niña había desaparecido de la casa donde Elisabeth y ella se alojaban durante la excavación, en las afueras de un pueblo de la comarca.
No había signos de violencia. No había testigos.
La madre, Elisabeth, estaba en un estado que el investigador describía como severamente alterada y no colaborativa.
Una nota al margen, añadida a mano, decía: sujeto menciona reiteradamente un objeto de la excavación. No coherente.
Raúl fotografió esa nota con el teléfono.
Luego buscó el nombre del investigador del caso. Treinta años después tendría unos sesenta y tantos, si seguía vivo. Encontró una dirección en Cartagena.
Marcó el número.
El hombre se llamaba Antonio Ferrer y tardó cuatro tonos en contestar.
Raúl se presentó con su nombre y su número de placa. Explicó que estaba investigando un caso relacionado con una desaparición en Murcia en 1997, y esperó.
Al otro lado de la línea hubo un silencio que no era el silencio de alguien que piensa sino el de alguien que decide.
—¿La arqueóloga? —dijo finalmente Ferrer.
—Elisabeth Varla, sí.
—Llevo treinta años esperando que alguien llamara por eso —dijo el hombre—. Y al mismo tiempo esperando que nadie llamara nunca.
Pausa.
—¿Qué quiere saber?
—Todo lo que no está en el informe.
Ferrer tardó un momento más. Raúl escuchó el sonido de una silla arrastrándose.
—El objeto que mencionaba —empezó Ferrer— era un espejo.
Lo describía como negro, sin reflejo. Decía que lo habían sacado de una cámara sellada bajo un monasterio en ruinas y que desde que entró en la casa todo se descontroló.
—Una pausa—. La niña desapareció. La madre perdió la cabeza.
Cuando llegamos al lugar donde se alojaban, el espejo no estaba. No había rastro de él.
—¿Lo buscaron?
—Lo buscamos. No encontramos nada. —Otra pausa, más larga—. Lo que sí encontramos fue al colega que le había ofrecido la excavación. El que la reclutó, un tal Joaquín. Fuimos a buscarlo para tomarle declaración.
—¿Y?
—La dirección que tenía Elisabeth no existía.
El número de teléfono estaba desconectado.
La universidad que supuestamente lo conocía no tenía ningún registro de nadie con ese nombre —Ferrer bajó la voz ligeramente—.
Llevo treinta años en este trabajo. He investigado desapariciones, homicidios, todo tipo de casos.
Ese fue el único que me quité de encima a propósito.
No quería entenderlo, porque entenderlo me daba más miedo que dejarlo sin resolver.
—¿Por qué?
Raúl esperó.
—Porque la última vez que vi a Elisabeth Varla, antes de que la ingresaran, me dijo algo: no busquen a mi hija en ningún lugar que puedan encontrar. Ella está donde van los que Nemorak elige. Y los que Nemorak elige no se van jamás.
Silencio en la línea.
—¿Le dice algo ese nombre? —preguntó Raúl—. ¿Nemorak?
—No. No me dijo nada entonces. Me lo anoté porque en mi trabajo uno anota todo, aunque no lo entienda. ¿Ha aparecido?
—Todavía no. Estoy en ello —respondió Raúl.
Le dio las gracias y colgó.
Se quedó con el teléfono en la mano durante un momento.
Nemorak. El nombre le resultaba familiar. Lo había visto escrito en algún sitio. Estaba seguro. En algún momento, en algún documento de algún caso que había pasado por sus manos.
Esa noche Raúl no durmió.
En la mesa del comedor de su piso de Lavapiés había cuatro líneas de investigación.
Las había abierto por separado. Eran las dos de la mañana, la tercera cerveza seguía sin abrir, el bolígrafo no tenía ya espacio en blanco, y las cuatro líneas se habían juntado en un punto.
Raúl no lo llamó teoría: no creía en teorías hasta tener evidencia.
Pero tampoco era casualidad. Las casualidades no se apilan así.
Primera línea: los registros borrados de Los Olivos.
Alguien con acceso a múltiples sistemas administrativos había limpiado la existencia legal del residencial.
Eso no era obra de una persona. Era una operación que requería coordinación, tiempo y conocimiento preciso de dónde buscar en cada sistema para saber qué borrar.
Segunda línea: Elisabeth Varla y la desaparición de Samantha en 1997. Una excavación en Murcia, un objeto recuperado, un colega llamado Joaquín que no existía en ningún registro. Treinta años después, Ana estaba en un residencial en Murcia que tampoco existía en ningún registro.
Tercera línea: las desapariciones de niños. Raúl había hecho lo que Ana le pidió: buscar casos sin resolver que, de una forma u otra, terminaran apuntando a la provincia de Murcia. Esperaba no encontrar nada. Encontró cinco.
Ninguno de los cinco había desaparecido en La Región. Esa era la razón por la que nadie los había relacionado nunca.
Adrián Varela, ocho años, desaparecido en 1962 en un pueblo del interior.
Caso cerrado por falta de pistas. Sara Matthews, catorce años, desaparecida en Inglaterra en 1975.
Eduardo y Sonia González, nueve y diecisiete años, desaparecidos en Marbella en 1980.
Y Samantha Varla, vista por última vez en 1997.
Cuatro desapariciones, cuatro lugares distintos, cuatro décadas distintas. Sobre el papel, nada en común. Raúl había tardado tres noches en encontrar lo que sí lo tenía.
No era una persona. Era un nombre administrativo.
En el expediente de Adrián Varela, 1962, figuraba una entidad que se había hecho cargo de los gastos de búsqueda cuando la familia no pudo seguir pagándolos: la Fundación Hispania para el Patrimonio Eclesiástico.
En el caso de Sara Matthews, 1975, esa misma fundación constaba como propietaria de la galería londinense donde la niña había sido vista por última vez.
En el de los hermanos González, 1980, la fundación había financiado el costoso tratamiento que Eduardo estaba recibiendo.
Y en el de Samantha Varla, 1997, la fundación era quien había contratado y pagado la excavación arqueológica que llevó a su madre, Elisabeth, a la provincia de Murcia.
La misma entidad. En cinco casos. A lo largo de treinta y cinco años.
Nunca como sospechosa: siempre como pagadora, patrocinadora, propietaria, contacto administrativo.
Siempre en el margen del expediente, nunca en el centro.
El tipo de nombre que ningún investigador subraya porque las fundaciones culturales no secuestran niños.
Raúl había buscado la sede fiscal de la Fundación Hispania para el Patrimonio Eclesiástico. Llevaba inactiva desde hacía años, pero la última dirección registrada seguía constando en el registro mercantil. Una sola dirección. Una urbanización en la provincia de Murcia.
Los Olivos.
Cuarta línea: el caso Esperanza. Raúl y Ana habían estado en ese pueblo del norte de España cuando todo se derrumbó: los Hijos del Redentor, el suicidio ritual.
Lo que el informe oficial nunca recogió fue lo que Raúl y Ana habían encontrado en el centro del círculo de cuerpos: un libro antiguo con páginas cubiertas de sangre, abierto por un capítulo cuyo título era el único en castellano en todo el texto.
El título era: De la naturaleza de Nemorak.
Raúl había fotografiado esas páginas. Las tenía guardadas en un disco duro externo que había sobrevivido a tres cambios de ordenador y a una mudanza porque nunca había podido decidir si destruirlas era más sensato que conservarlas.
Sacó el disco duro.
Abrió las fotos.
Leyó durante dos horas.
A las cuatro de la mañana escribió un WhatsApp a Ana.
Lo redactó tres veces. La primera versión decía lo que había encontrado con todo el detalle. La segunda versión era más corta pero igual de alarmante. La tercera versión, la que envió, decía solo:
Necesito que salgas de ahí con los niños. Mañana a primera hora.
Esperó respuesta durante veinte minutos.
Nada.
Llamó, pero saltó el buzón de voz: apagado o fuera de cobertura.
Raúl miró las fotografías del libro en la pantalla de su ordenador.
Miró las anotaciones en la mesa. Miró el mapa de Murcia que había impreso esa tarde y sobre el que había marcado, en la zona sur de la comarca, el punto aproximado donde debería estar Los Olivos según las coordenadas del GPS que Ana le había enviado.
El punto no correspondía a ninguna carretera. A ningún núcleo de población. Correspondía, según el mapa topográfico que había superpuesto, a una zona de monte bajo y colinas entre dos municipios cuya única infraestructura registrada era un camino rural sin nombre.
Raúl cerró el ordenador.
Fue al dormitorio. Sacó del armario la bolsa de viaje que tenía siempre lista y terminó de meter sus pertenencias: ropa, cargadores y el bloc de notas con todas las anotaciones de los últimos tres días.
Dudó un momento.
Fue al cajón de la mesita de noche. Sacó la pistola de servicio. La verificó. La guardó en la bolsa.
Luego se sentó en el borde de la cama y escribió otro mensaje a Ana, más largo esta vez:
Te envío información valiosa de los cuatro casos de niños desaparecidos. He leído sobre Nemorak. Creo que sé lo que es ese residencial. Estoy de camino. Si no me contestas en dos horas activo el protocolo del caso Esperanza. Cuídate.
Lo envió.
Cogió la bolsa.
Salió de casa a las cuatro y veinte de la mañana.
Condujo cinco horas sin parar.
Con el mapa en el asiento del copiloto y el teléfono en el soporte del salpicadero intentando conectar con Ana cada media hora.
Buzón de voz, buzón de voz, buzón de voz.
A la tercera hora dejó de marcar y empezó a escuchar los mensajes de voz que tenía de ella archivados, porque era lo más cercano que podía tener a su voz en tiempo real.
Había guardado todos los mensajes de voz de Ana desde hacía seis años.