Chapter 2 #32
Grande. Encuadernado en algo que no era cuero, pero que se le parecía. Las páginas del centro manchadas de sangre. Abierto por un capítulo cuyo título era el único en castellano en todo el texto visible desde donde estaban.
Raúl se agachó. Leyó el título moviendo los labios, pero sin decirlo en voz alta.
Después se quedó muy quieto. Lo bastante quieto para que Ana levantara la cabeza desde el otro lado del círculo.
—¿Qué dice? —preguntó Ana.
Raúl tardó un momento en responder.
—Nada. Latín. Algo de un siervo.
Ana supo que mentía. Lo supo por el modo en que Raúl miró el suelo entre el libro y sus pies, por la fracción de segundo en que había desviado los ojos antes de hablar.
—Raúl. ¿Qué pone exactamente?
Raúl se incorporó.
—Te lo enseño después —dijo—. Vamos a fotografiar todo antes de que llegue el equipo forense.
Raúl no era supersticioso. Llevaban diez años trabajando juntos.
Ana había visto a Raúl entrar en pisos donde la sangre cubría las paredes sin que la voz le temblara.
Había visto a Raúl recoger huesos pequeños sin que se le alterara el pulso.
Había visto a Raúl hacer chistes ásperos en escenarios que dejaban a los novatos vomitando en el rellano.
—¿Es que tienes miedo? —preguntó Ana, medio sonriendo—. No creerás en estas tonterías, ¿verdad?
Raúl no contestó.
Trabajaron durante seis horas en la finca.
El equipo forense llegó a las nueve. El juez de guardia, a las diez.
La mujer de las trenzas estaba muerta, según el forense, desde antes de la medianoche del día anterior.
Ana le pidió, en privado, que repitiera la prueba pupilar.
El forense la repitió tres veces. Las pupilas no respondieron a la luz.
Para cuando el sol estaba alto en el cielo frío de marzo y el pueblo había empezado a despertar, Ana y Raúl habían fotografiado cada centímetro del granero.
Hablaron con los tres únicos vecinos que habían visto algo en los últimos días, y habían encontrado en la habitación trasera de la finca el archivo que los Hijos del Redentor llevaban años construyendo.
Carpetas. Decenas de carpetas con nombres, fechas, correspondencia.
Una lista de miembros que empezaba con veintidós personas y que en los últimos meses se había reducido a diecisiete.
Los cinco que habían elegido no participar en lo que el archivo llamaba, con esa eufemística precisión de las sectas, el paso final.
Y debajo de todo aquello, en una caja de metal cerrada con un candado que Raúl abrió en dos minutos con una horquilla, los diarios del fundador.
Un hombre llamado Aurelio que había llegado al pueblo hacía doce años con un libro bajo el brazo y una certeza que, según sus propias palabras, venía de algo que le había sido revelado por alguien que no era de este mundo.
Ana leyó los diarios durante dos horas, sentada en el suelo de la habitación trasera con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas. Raúl leyó por encima de su hombro, de pie, sin decir nada.
El libro era el centro de todo. Aurelio lo describía como una llave, como un mapa, como una puerta. Describía lo que había en él con una precisión mística.
Un nombre aparecía constantemente en las páginas, repetido con la devoción de los rezos.
Raúl fotografió las páginas en silencio sin comentarlas.
Ana cerró el diario. Lo miró.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Raúl.
—Estoy pensando que dieciséis personas murieron anoche creyendo que lo que hacían tenía sentido. Y que algo les convenció de que lo tenía. —cerró el diario—. Quiero saber qué.
La autopsia confirmó lo que la escena sugería: intoxicación voluntaria por una combinación de sustancias letales.
Lo que no confirmó, porque no había manera de confirmarlo en ningún informe, era lo que Ana había visto en las caras de las dieciséis personas del círculo. Esa expresión de satisfacción.
El caso fue clasificado como suicidio colectivo de carácter sectario. El informe oficial recogió los hechos, pero no recogió el libro, que había desaparecido del granero entre la llegada del equipo forense y el levantamiento del cadáver, sin que nadie pudiera explicar cómo ni cuándo.
No recogió las fotografías que Raúl había hecho antes de que llegara nadie.
Esas las guardó en un disco duro externo que metió en el cajón de la mesita de noche y que nunca borró.
El caso Esperanza quedó cerrado en cuatro meses.
Ana y Raúl no volvieron a hablarlo directamente. Pero quedó entre ellos.
La noche después de cerrar el caso, Raúl la llamó.
No desde el trabajo. Desde su teléfono personal, a las once de la noche.
Ana cogió al primer tono.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Ana tardó un momento en responder.
—No lo sé —dijo, que era la respuesta más honesta que había dado en semanas.
Raúl no dijo nada durante un rato. Al otro lado de la línea, Ana escuchó el sonido de fondo de su piso: una ventana abierta, el ruido lejano de la calle. La respiración de alguien que está esperando sin prisa.
—Lo del caso Esperanza —dijo, finalmente—. ¿Estás bien?
—He estado mejor —respondió Ana.
—Yo también.
Silencio.
—El libro—dijo Ana.
Raúl tardó en responder.
—Sí, lo sé… —asintió.
No añadió nada. Tampoco hacía falta. Los dos sabían a qué se referían y los dos sabían que no había nada útil que decir al respecto.
—Raúl.
—¿Qué?
—¿Por qué me has llamado?
Una pausa.
—No lo sé —dijo—. Necesitaba saber que estabas ahí.
Ana no respondió, pero no colgó.
Ana pensó en decirle que siempre lo llamaba.
Que era la primera persona a quien llamaba cuando algo no cuadraba.
Pensó en decirle que la razón por la que no había dormido bien en tres semanas también era esto.
Esta llamada. Este hombre que llamaba a las once de la noche desde su teléfono personal para preguntarle si estaba bien, que guardaba bocadillos tibios en el asiento trasero sin que nadie se lo pidiera, que sabía cuándo no hablar y cuándo era exactamente el momento de hablar.
Raúl llevaba dos años siendo la persona más importante de su vida profesional.
Lo de “profesional” era una palabra que Ana añadía siempre, deliberadamente, como quien pone una valla.
Sabía lo que había al otro lado de esa valla.
Jorge. Los niños. No pensaba averiguar cómo se llamaba lo que sentía: ponerle nombre ya habría sido cruzarla.
Pensó en decirle todo eso, pero dijo nada.
Raúl colgó.
Ana se quedó con el teléfono en la mano durante un momento, en la oscuridad de su dormitorio, con Jorge durmiendo al lado.
Fue al cajón de la mesita. Sacó el walkie-talkie. Lo encendió. Lo dejó sobre la mesita con el volumen bajo, orientado hacia la puerta.
Cerró los ojos.
No pensó en Gonzalo. No esa noche.
Pensó en el libro en el centro del círculo. En las dieciséis personas con ropa blanca.
16 RAÚL
Raúl Mendoza llevaba diez años trabajando con Ana y había aprendido a distinguir dos tipos de llamadas suyas.
Las del primer tipo eran las normales: consultas de procedimiento, coordinación de operativos, el tipo de conversación profesional que tenían dos personas que han pasado suficiente tiempo juntas como para no necesitar preámbulos.
Esas llamadas tenían una forma específica: directas, con el tono plano de alguien que sabe lo que quiere y va a por ello.
Las del segundo tipo eran diferentes. Las reconocía por una fracción de segundo de silencio antes de que ella hablara. El silencio de alguien que está calibrando exactamente cuánto va a decir y cuánto no. Esas llamadas siempre significaban que algo estaba mal.
La llamada de hacía tres días había sido del segundo tipo.
Raúl había anotado el nombre —Los Olivos, Murcia— y había empezado a buscar esa misma tarde con la eficiencia de alguien que lleva una década sabiendo exactamente qué bases de datos consultar y en qué orden. Registro de la propiedad. Catastro. Licencias de actividad. Registro mercantil.
Nada.
Había llamado a un contacto en la delegación de Hacienda de Murcia.
Había tirado del hilo de la supuesta inmobiliaria cuyo número de registro constaba en el contrato que Ana le había fotografiado y enviado.
Había consultado los archivos de urbanismo de la Región de Murcia con una credencial de acceso que técnicamente ya no debería tener.
Nada. Nada. Nada.
No existían archivos incompletos o registros desactualizados, que era lo habitual con las urbanizaciones privadas de cierta antigüedad.
El nada específico de algo que ha sido borrado.
Que ha existido en los sistemas y ya no, con esa ausencia que deja una presencia previa: los campos en blanco que deberían tener contenido, las referencias cruzadas que apuntan a documentos que ya no están.
Alguien había limpiado el rastro de Los Olivos.
Eso requería recursos. Requería acceso. Y requería una razón suficientemente importante para justificar el trabajo.
Raúl se sirvió otro café, el cuarto de la tarde, y abrió una nueva pestaña.
Elisabeth Varla fue más fácil de encontrar.
Arqueóloga, especialización en yacimientos subterráneos ibéricos, adscrita a la Universidad Autónoma de Madrid hasta 1995.
Dos años después, en 1997, una nota en el boletín de la Asociación Española de Arqueología informaba escuetamente de que la profesora Varla había interrumpido un trabajo de campo en la provincia de Murcia y no había vuelto a ponerse en contacto con la asociación.
Raúl buscó más atrás.
William Varla, esposo de Elisabeth, fallecido en 1993. Una hija, Samantha, desaparecida en 1997 durante el mismo periodo en que Elisabeth trabajaba en Murcia. Denuncia presentada por la tutora legal de la menor. Caso sin resolver.
Raúl se quedó mirando la pantalla durante un momento.
Murcia, 1997. Una arqueóloga que interrumpe un trabajo de campo sin explicación. Una niña de once años que desaparece en el mismo lugar y al mismo tiempo. Un residencial que no existe en ningún registro pero que está físicamente ahí, con familias dentro, con un contrato firmado.