Los Olivos Chapter 2 #31
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Chapter 2 #31

—¿Y lo has hecho sin consultarme?

—Ana, es ceniza, por Dios. Es simbólico. Como el miércoles de ceniza en la iglesia católica, no es...

—No es lo mismo.

Se acercó a los niños. Les limpió la frente uno a uno con un poco de saliva y el borde de su manga. Lucas la miró agradecido. Marina se dejó hacer. Claudia abrió la boca como para decir algo y luego la cerró.

—Los niños no van esta noche —dijo Ana.

—Ana...

—He dicho que no van.

Jorge la miró durante un momento.

—Está bien —dijo finalmente—. Se quedan en casa.

—Yo sí voy —añadió—. Quiero ver con mis propios ojos qué demonios es la Exultación y qué circo tienen montado. Quiero verlo todo. Y mañana a primera hora nos largamos de aquí.

Jorge la miró.

—Ana…

—No era una pregunta, Jorge. Esto es una secta. Muy bien organizada, puede que con mucho dinero detrás, pero una secta.

—Claro —dijo Jorge con demasiada facilidad—. Mañana nos vamos.

Fuera ya era de noche cuando Ana entró al baño. Fue al espejo primero. Se miró: la cara de cansancio, los ojos de alguien que no ha dormido suficiente en días, el pelo con más gris del que recordaba. Se lavó la cara con agua fría. El contacto fue brusco y efectivo.

Se miró de nuevo.

El reflejo era el suyo. Exactamente el suyo.

Abrió el bolso. Sacó la segunda petaca. Le dio un trago largo, más largo del habitual, y la dejó sobre el lavabo.

Se aplicó algo de base, algo de color, con movimientos mecánicos. Llevaba el lápiz coral sobre la palma de la mano. Al llegar a los labrios, el espejo le devolvió algo diferente.

Su reflejo sonreía.

Ana no estaba sonriendo.

Dejó caer el lápiz. Observó el espejo sin moverse. Su reflejo la observaba con esa sonrisa que se estiraba muy lentamente, hacia los lados, más allá de donde la anatomía humana puede permitir.

Las comisuras de los labios en el reflejo comenzaron a rasgarse.

Una línea fina, precisa, hacia cada lado.

Mostrando algo debajo de la piel que no era carne.

Ana sintió el dolor en su propia boca. Se llevó las manos a las mejillas.

Nada. Su piel estaba intacta, pero el dolor era real. Y el reflejo seguía sonriendo.

Cogió la petaca. La abrió sobre el inodoro y la vació de golpe.

Se quedó mirando la petaca vacía.

Esto es el alcohol, se dijo. Nada más.

Volvió a mirarse en el espejo. Su cara, la suya. Sin sonrisa, como correspondía.

De pronto, nada.

Golpes en la puerta del baño.

—Mamá, papá dice que ya es la hora —dijo la voz de Claudia.

Ana respiró profundo. Una vez. Dos veces.

Recogió el lápiz. Lo dejó sobre el lavabo.

—Ahora salgo, cariño —dijo.

Escuchó como Claudia salía corriendo de la habitación.

Fue al armario. Al fondo, detrás de la ropa, estaba la caja de madera vieja que había traído de Madrid a escondidas. La abrió. La Glock 19 estaba en su sitio. La cogió con las dos manos, verificó el cargador y la deslizó en el compartimento interior de la chaqueta negra.

Jorge no sabría que tendría un arma.

Esa noche, eso era exactamente lo que necesitaba.

Se ajustó el walkie-talkie al cinturón con el gesto automático que llevaba doce años repitiendo, el que la mantenía cuerda, y bajó las escaleras.

15 ESPERANZA

El pueblo al norte de Asturias se llamaba Esperanza y tenía doscientos habitantes. O los había tenido alguna vez.

Cuando Ana y Raúl llegaron aquella mañana, en el coche de servicio, con la calefacción rota y cuatro horas de autopista encima, nadie los recibió.

Las persianas estaban bajadas. Los coches aparcados, pero sin señales de haber sido movidos en días.

Un perro suelto en la plaza principal los miró sin ladrar y luego siguió caminando.

La llamada había llegado a las dos de la madrugada.

Una denuncia anónima desde una cabina, lo cual ya era raro porque las cabinas habían desaparecido de casi todos los pueblos de la región.

El operador que la recibió, un agente de cuarenta y dos años con catorce de servicio en el 091, hizo lo que se hace en estos casos: la grabó.

La grabación se le entregó a Ana en formato digital tres horas después, mientras Raúl conducía hacia Esperanza. Ana la escuchó con auriculares, en el asiento del copiloto, dos veces. La primera para entender el mensaje. La segunda porque no estaba segura de lo que había oído.

La voz era de mujer. Hablaba arrastrando las palabras. Hasta ahí lo que decía el informe del operador. Lo que el informe no decía, porque no se podía escribir en un informe sin perder credibilidad, era hasta qué punto las arrastraba. Las vocales se estiraban. Las consonantes se sostenían.

—En. La. Finca. Del. Molino. Hay. Dieciséis. Personas. Muertas.

Una respiración larga.

—Han. Elegido. Irse. Juntas.

Otra pausa. Y en el fondo de la cabina, un sonido que el operador había marcado en el informe simplemente como «interferencia».

Ana, al escucharla con los auriculares, lo identificó claramente: era el sonido de una segunda voz, mucho más débil, que estaba diciendo otra cosa al mismo tiempo.

No alcanzaba a distinguir las palabras. Pero cuando se concentraba, el ritmo de la segunda voz coincidía con el tarareo de una melodía.

—Hay. Un. Libro. En. El. Centro. Del. Círculo. No. Toquen. El. Libro.

La línea se cortó.

Pero no antes de que la mujer al otro lado, justo después de decir «el libro», dijera un nombre, en un tono mucho más bajo, casi un susurro, antes de que el clic de la cabina se llevara la transmisión.

«Ana».

Se quitó los auriculares y miró hacia adelante, hacia la carretera.

Ana estaba despierta cuando sonó el teléfono.

Llevaba tres semanas sin dormir más de cuatro horas seguidas, desde que el caso de la menor desaparecida en Vallecas había terminado de aquella manera.

Solo se permitía el descanso superficial de quien sabe que en cualquier momento puede sonar el teléfono y que necesita estar lista antes de que termine el segundo tono.

Raúl la recogió en veinte minutos. Ni siquiera preguntó si había dormido. La miróƒ una vez cuando subió al coche y luego arrancó.

—¿Has comido algo? —dijo, a la altura de la M-40.

—He tomado café.

—Eso no es comer.

—Raúl.

—Hay una bolsa en el asiento de atrás.

Ana no respondió. Cogió la bolsa. Dentro había un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio, todavía tibio, y dos manzanas. Lo miró durante un momento.

—¿A qué hora te has levantado?

—Antes de que llamaras.

Ana se comió el bocadillo sin decir nada más. Raúl conducía en silencio, concentrado.

Llevaban dos años trabajando juntos cuando Ana aprendió a leer ese silencio.

El primer año lo había interpretado como frialdad, como la distancia profesional de alguien que prefería no mezclar el trabajo con nada más.

Luego entendió que era lo contrario: que Raúl era de las personas que se implican tanto en lo que hacen que necesitan protegerse activamente de la distracción.

Que era, a su manera, la forma más intensa de estar.

La finca del Molino estaba a dos kilómetros del casco urbano, al final de un camino de tierra bordeado de chopos pelados por el invierno.

El agente local que los esperaba en la entrada tenía la cara pálida. Tenía treinta años, quizás menos.

—Están todos dentro —dijo—. En el granero. Hay que verlo para creerlo.

El granero era una construcción de piedra de dos plantas, con las puertas abiertas de par en par.

El olor llegó antes de entrar: incienso, algo más dulce debajo, y debajo de todo eso algo que Ana reconoció de inmediato.

Algo que nunca dejaba de producirle el mismo efecto independientemente de las veces que lo hubiera olido.

Raúl se puso los guantes en el umbral. Ana también.

Entraron.

Lo primero que Ana percibió no fue la disposición de los cuerpos, ni el olor, ni el libro.

Fue la temperatura. Dentro del granero, en marzo, hacía calor.

No el calor humano que dejan dieciséis personas que han estado vivas hasta hace pocas horas.

Un calor seco, terroso, como el que sale de un horno cuando lo abres tres minutos después de apagarlo.

El termómetro digital del kit forense, cuando Raúl lo sacó, marcaba veintiocho grados. Fuera marcaba seis.

El olor llegó a continuación: incienso, algo más dulce debajo, y después, ese aroma a aceite quemado.

Dieciséis personas. Distribuidas en un círculo perfecto sobre el suelo de tierra del granero, cada una tumbada con los brazos a los lados y los ojos cerrados.

Casi todas con los ojos cerrados.

Una de ellas no.

Una mujer joven, de unos treinta y pocos años, con el pelo trenzado y la ropa blanca como las demás, tenía los ojos abiertos.

Mirando hacia el techo. Y mientras Ana avanzaba por el perímetro del círculo, anotando posiciones, fotografiando, registrando, sintió la sensación absurda y absoluta de que esa mujer la estaba mirando.

—Raúl —dijo Ana, en voz baja.

—Sí.

—La de las trenzas. Tiene los ojos abiertos.

Raúl se acercó y se puso en cuclillas a un metro del cuerpo.

—Tendrá los párpados parcialmente vencidos. Pasa con algunas posiciones de cabeza.

—No. Tiene las pupilas centradas. No están vueltas hacia atrás. Están enfocando.

Raúl no respondió. Sacó la linterna y la pasó delante de los ojos de la mujer. Las pupilas se contrajeron.

Ana y Raúl se miraron sin decir nada.

Raúl pasó la linterna otra vez. Más despacio. Las pupilas se contrajeron de nuevo. Después, sin que ningún músculo del rostro se moviera, sin que la pecho subiera ni bajara, sin que ninguna otra parte del cuerpo diera el menor signo de actividad, los labios de la mujer se separaron muy levemente.

Y, durante un solo segundo, oyó —o creyó oír— su nombre.

Después los labios volvieron a juntarse. Las pupilas se quedaron fijas y la mujer ya no se movió nunca más.

—¿Estás bien? —dijo Raúl, cuando la última prueba terminó.

—Sí —dijo Ana.

Y siguió trabajando.

Todas las víctimas estaban vestidas con ropa blanca. Todas con una expresión de satisfacción.

En el centro del círculo, sobre una tela de terciopelo rojo, el libro.