Los Olivos Chapter 2 #30
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Chapter 2 #30

Era media mañana y el residencial estaba, por primera vez desde que llegaron, lleno de actividad.

Los vecinos iban y venían cargando mesas, sillas, guirnaldas, cajas con materiales para la celebración de esa noche.

Saludaban a Ana con esa familiaridad excesiva que ella ya ignoraba.

Feliz Exultación. Feliz Exultación, repetían.

Aprovechó el movimiento para avanzar hacia el edificio central.

Había estado pensando en ello desde la noche anterior. Y en la pregunta que llevaba días sin respuesta: ¿qué querían exactamente de su familia?

La puerta principal del edificio central estaba abierta. La gente entraba y salía con distintos materiales. Nadie la miró dos veces.

Ana entró.

El vestíbulo estaba más concurrido que en su primera visita: mesas plegables apiladas contra las paredes, guirnaldas de flores oscuras esperando ser colgadas, varias personas cruzando en distintas direcciones con el propósito de quien tiene una tarea concreta y un tiempo limitado para completarla.

Nadie coordinaba el trabajo. Todos sabían exactamente qué les correspondía hacer sin que nadie se lo dijera.

Como si lo hubieran hecho cientos de veces.

Ana caminó con la confianza de quien pertenece al lugar. Lo había aprendido en sus primeros años de trabajo: la gente no para a quien parece saber adónde va. Giró por el pasillo lateral. Pasó frente a dos puertas cerradas sin detenerse. Llegó a la oficina.

Cerrada con llave.

Ana miró a ambos lados del pasillo. El bullicio de los preparativos amortiguaba cualquier sonido desde el vestíbulo.

Sacó del bolso una horquilla de metal, la dobló en el ángulo correcto y se agachó frente a la cerradura con la concentración de doce años de trabajo que incluían situaciones bastante más complicadas que esta.

El mecanismo de la cerradura era viejo. Eso facilitaba las cosas: los pestillos más antiguos tienen menos pines, menos resistencia, menos margen de tolerancia.

Ana escuchó el primer pin alinearse, luego el segundo.

Respiró despacio. El tercero. El sonido del metal contra metal era suave, pero regular, y cualquier persona que pasara por el pasillo en ese momento habría podido verla.

Nadie pasó.

Dos minutos. El cerrojo cedió con un clic que sonó más fuerte de lo que era.

Entró y cerró la puerta tras de sí.

La oficina era como la recordaba: muebles de madera oscura, estanterías con libros encuadernados en piel, el reloj de péndulo en la pared marcando los segundos con una regularidad que en ese silencio se hacía casi opresiva.

Ana fue directa al escritorio. No tenía tiempo para hacer la búsqueda sistemática que habría preferido. Abrió el primer cajón: documentación administrativa, contratos de suministros, facturas de mantenimiento. Lo hojeó en treinta segundos. Nada.

El segundo: folletos del residencial, cartas formales con membrete de una empresa desconocida, un libro de registro encuadernado en tela negra. Ana lo abrió.

Treinta y dos entradas a lo largo de veinte años.

Cada entrada con fecha de llegada, número de villa, composición de la familia.

Todos con la misma caligrafía, lo que significaba que alguien había transcrito los registros de manera centralizada, no que cada familia hubiera rellenado su propia ficha.

La columna de la derecha estaba en blanco en todas las entradas.

Estaba encabezada con una sola palabra: Salida.

Ninguna fecha. Ninguna nota. Ningún registro de que ninguna de esas treinta y dos familias hubiera salido nunca de Los Olivos.

Ana fotografió todas las páginas.

El tercer cajón tenía, debajo de varias capas de papeles sin interés, un sobre de papel manila sin marcar.

Dentro, una serie de recortes de periódico plastificados.

Todos de décadas distintas. Todos sobre desapariciones de niños: un niño de ocho años en la meseta castellana en 1962.

Dos adolescentes en Marbella en 1980. Una niña de catorce años en Inglaterra en 1975.

Las fechas. Los nombres.

Fotografió todo con el teléfono.

Se giró hacia la puerta pequeña en la pared lateral de la oficina que había notado al entrar. Sin cerrojo visible. La abrió.

Detrás había una sala pequeña, sin ventanas, con una mesa en el centro. Sobre la mesa, el libro.

Era el mismo que había visto en el altar el día de la ceremonia.

Grande, encuadernado en algo que no era piel de animal, con el lomo tan viejo que la tela se había fundido con la madera de la tapa.

Lo abrió con cuidado, por el centro, donde el papel era más grueso y las páginas estaban escritas en un latín que Ana podía leer solo parcialmente.

Pero había ilustraciones. Y algunas páginas estaban en un castellano antiguo que resultaba comprensible si uno se esforzaba.

De la naturaleza de Nemorak. Nemorak no es una criatura de este mundo ni de ningún infierno que el hombre haya conocido.

Fue convocado en el origen de los tiempos, como instrumento mortal en las guerras de los antiguos.

Su naturaleza es el miedo: se alimenta de él, crece con él, y sin él se debilita hasta la extinción.

Cuando los dioses lo sellaron en la prisión de obsidiana, no lo mataron.

Lo retuvieron. Y lo que espera con suficiente paciencia, siempre encuentra la manera de despertar.

Pasó varias páginas de golpe.

De la Exultación y su propósito. La Exultación no es una celebración.

Es una cosecha. Nemorak no puede absorber las almas directamente: necesita que el miedo las haya preparado, que las haya hecho permeables durante semanas o meses antes del momento final.

Los que organizan la Exultación son los que él absorbió primero, los que han aprendido a preparar a los demás como ellos mismos fueron preparados.

El miedo de los adultos es combustible. El miedo de los niños es el alimento.

Siguió pasando páginas.

De los niños que llegan antes. Nemorak envía siempre un heraldo a los niños de las familias elegidas: una presencia que se instala bajo la apariencia de compañía, que les infunde el miedo desde dentro, que los prepara para el momento en que él los reclame.

Este heraldo no tiene nombre propio. Usa el nombre de los que ya ha absorbido.

Ana no cerró el libro de inmediato. Lo dejó abierto en esa página y siguió leyendo hacia abajo, hasta donde el castellano antiguo cedía paso a un párrafo que estaba subrayado con algo que podría haber sido tinta u otra cosa:

Del modo de contener a Nemorak cuando ha sido liberado.

Si la llave de Azrael alcanza el mecanismo del marco durante el periodo de transición, la función del espejo puede revertirse.

La transición ocurre en la noche de la Exultación, cuando Nemorak abandona parcialmente el espejo para manifestarse en el mundo físico.

En ese intervalo, y solo en ese intervalo, el espejo es vulnerable.

Fuera de ese intervalo, no hay medio conocido de contención.

Ana sacó la llave de latón de su bolsillo. La que Meryl le entregó.

La miró durante un momento y cerró el libro.

Se quedó de pie en esa sala sin ventanas, con las manos planas sobre la tapa del libro, con el corazón latiéndole a mil por hora.

Todo lo que había estado pasando desde que llegaron a Los Olivos tenía una estructura, un orden, un propósito, y que ese propósito eras sus hijos.

Y que ella, sin saberlo, llevaba la llave en el bolsillo desde la primera noche.

Lucas.

Lucas con su amiga imaginaria que llevaba mucho tiempo esperando que llegara alguien con quien jugar.

Lucas que decía que Samanta estaría con él hasta el final.

La noche de la Exultación era esa noche.

Ana salió de la sala pequeña, cruzó la oficina y abrió la puerta al pasillo.

El anciano estaba ahí.

De pie a dos metros, con el sombrero de ala ancha y el colgante oscuro sobre el pecho, con las manos cruzadas y esa sonrisa incómoda. La miraba con la paciencia de quien lleva mucho tiempo esperando ese momento exacto.

—Feliz Exultación —dijo.

Ana no respondió.

—Es un libro hermoso, ¿verdad? —añadió, con el mismo tono de quien comenta el tiempo.

Ana sostuvo su mirada.

—Sé lo que hacéis aquí —dijo Ana con tono firme—. Y no pienso permitirlo.

La sonrisa del anciano no cambió. Pero algo en sus ojos sí. Un movimiento breve, como cuando alguien oye su nombre en un lugar donde no esperaba que lo conocieran.

Luego la sonrisa se amplió ligeramente.

—Ha hecho usted los deberes —dijo, con una voz que por primera vez desde que Ana lo conocía no tenía ese tono untuoso de los sermones. Era más directa. Más desgastada—. La mayoría no llega tan lejos.

—¿Cuántas han llegado tan lejos? —preguntó Ana.

El anciano lo consideró.

—Una —dijo—. Hace veintiocho años. —Una pausa—. No le sirvió de mucho.

—Que disfrute de la celebración —dijo. Se giró y comenzó a caminar por el pasillo con esa andadura suya casi flotante.

Ana lo siguió con los ojos hasta que dobló la esquina.

Luego sacó el teléfono. La cobertura seguía siendo casi nula, pero llevaba un rato intentándolo y esta vez las barras subieron lo suficiente. Le envió a Raúl las fotografías del libro, los recortes del cajón, el registro de familias con la columna de salidas en blando. Luego escribió:

Necesito que busques las desapariciones de estos niños. Y acelera.

Esperó hasta ver los dos ticks. Luego guardó el teléfono.

Jorge ya había ungido a los niños cuando Ana volvió a casa.

Lo vio desde la puerta: los tres de pie en el vestíbulo, Jorge frente a ellos con el pulgar manchado de algo oscuro.

Lucas cabizbajo. Marina con la frente fruncida.

Claudia con esa sonrisa desconectada que ahora lucía.

Y en la frente de los tres, la misma aspa de ceniza que había visto en Iván y Sergio la noche de la cena.

Ana se quedó inmóvil en el umbral.

—¿Qué coño has hecho, Jorge? —dijo.

Jorge la miró extrañado.

—Don Santiago me pidió que los ungiera para la Exultación. Es una tradición.

—¿Cuándo te lo pidió?

—Esta mañana. Me llamó.