Chapter 2 #29
—Definitivamente mañana nos vamos —se dijo, mientras envolvía el cadáver del gato en una bolsa de plástico.
Y entonces vio la luz en la habitación.
Una luz encendida en la planta de arriba, en la ventana del dormitorio principal que daba al jardín. En su propia habitación. La luz que estaba apagada al bajar.
Y en la ventana había una figura.
Ana se quedó inmóvil junto al cristal de la cocina.
La figura estaba de pie junto a la cama. De espaldas a la ventana, parcialmente. Ana podía ver los hombros, el perfil, el cabello recogido, plateado. La silueta de una mujer mayor, delgada, con la postura recta e inconfundible de Doña Elvira.
En su dormitorio.
A las cuatro de la mañana.
Ana puso la mano en el cristal de la cocina y siguió mirando y lo que vio a continuación fue lo que le arrancó el aire de los pulmones.
Doña Elvira se inclinó sobre la cama. Estaba desnuda.
Sobre Jorge.
No como alguien que va a despertarlo.
Se colocó sobre él con suavidad. Las manos de Doña Elvira se posaron en el colchón a ambos lados de su cuerpo. Y Jorge sin moverse, sin mostrar resistencia, mantuvo los ojos cerrados.
Ana abrió la boca.
No salió ningún sonido.
Y entonces la luz de la habitación cambió de calidad. Se volvió más amarilla, con esa textura que tienen las pesadillas cuando la luz proviene de todas partes a la vez.
Y Doña Elvira se giró.
Giró la cabeza hacia la ventana. Hacia el jardín. Hacia Ana.
Y lo que Ana vio en ese momento no era el rostro de Doña Elvira.
Era algo que llevaba el rostro de Doña Elvira puesto.
La piel muy tensa en algunos ángulos, demasiado laxa en otros, como una máscara que no ha terminado de adherirse.
Los ojos sin párpados, o con párpados que se movían de una manera irracional.
La boca ligeramente abierta, con una geometría que no correspondía a ninguna articulación humana, como algo que ha aprendido a imitar la boca sin entender del todo para qué sirve.
Y se reía.
Sin sonido. Con esa risa que existe solo en la expresión, en el gesto, en la manera en que las comisuras se estiraban hacia los lados mientras sus ojos sin párpados se clavaban en los de Ana a través del cristal de la ventana.
Ana subió las escaleras.
No corrió. Sus piernas no respondían para correr. Subió aferrada a la barandilla, de escalón en escalón.
Llegó al pasillo. Llegó a la puerta del dormitorio y la abrió de golpe.
Jorge dormía. Solo. Boca arriba, con los brazos a los lados, en la oscuridad de la habitación.
Nada ni nadie excepto su marido durmiendo.
Ana se quedó en el umbral con la mano en el marco de la puerta y los ojos recorriendo cada rincón de la habitación dos veces, tres.
Nada.
Encendió la luz de techo. Recorrió la habitación. Miró debajo de la cama y encontró solo el suelo, el polvo y los zapatos de Jorge alineados contra la pared.
Nada.
Se sentó en el borde de la cama. Las manos le temblaban.
Jorge no se despertó.
Ana miró la ventana. Cerrada. La cortina estaba corrida. Desde fuera, desde el jardín, desde la cocina, no habría podido ver el interior de la habitación con la cortina corrida.
No habría podido ver nada.
Repasó todo aquello que podía estar nubándole el juicio.
El vino de las botellas sin marca. La petaca.
El cansancio acumulado. El miedo sostenido durante días sin descanso real.
El duelo sin nombre que llevaba meses cargando.
Las cosas que el miedo hace con la mente cuando no descansa lo suficiente y ha estado bajo presión constante.
Cualquiera de esas cosas. Todas a la vez.
Y luego, porque era subinspectora de policía y los subinspectores de policía trabajan con evidencias, se levantó, fue a la ventana, descorrió la cortina, y miró al jardín desde arriba.
La piscina brillaba.
Los árboles eran meras siluetas.
Todo en orden.
Excepto en el suelo del jardín, bajo la ventana del dormitorio, en la tierra del macetero que colgaba del alféizar exterior. Había dos marcas paralelas, alargadas. La presión de dos pies sobre tierra blanda.
Ana corrió la cortina de nuevo.
Se quedó de pie en el centro de la habitación. No fue hacia la cama. No hizo nada durante un momento.
Luego lloró. Con ese llanto que sale cuando ya no queda energía que lo contenga ni nadie delante a quien proteger de verlo.
Lloró con la mano sobre la boca para no despertar a Jorge, de pie en el centro de su habitación nueva en su casa nueva en su nueva vida, y cuando terminó se limpió la cara con el dorso de la mano. Se acostó al lado de Jorge.
No apagó la luz.
A las seis de la mañana, Jorge se despertó y encontró la luz encendida y a Ana sentada en la cama con los ojos abiertos y el walkie-talkie en la mano.
—¿Has dormido algo?
—No.
—¿Qué pasa?
Ana lo miró durante un momento. Quiso contarle lo que había visto. Pensó en la manera en que Jorge lo recibiría: el gesto racional, el tono tranquilizador, la explicación razonable que ella misma ya se había dado y que no había conseguido que el temblor de las manos se fuera del todo.
Y se acordó de otra cosa. De la conversación en el coche. En la manera en que Jorge había dicho que no había visto nada en el reflejo del espejo del comedor.
—Anoche vi algo —dijo—. Desde la cocina. En la ventana del dormitorio.
Jorge esperó.
—Vi a Doña Elvira. Aquí. En nuestra habitación. Contigo.
—Ana… —dijo Jorge, con una voz muy controlada.
—Lo sé.
—Doña Elvira no estuvo aquí.
—Eso es lo que vi.
—Eso es lo que creíste ver. Hay una diferencia.
Ana se levantó de la cama.
—Hay marcas en la tierra del macetero de la ventana —dijo—. Ve a mirarlas si quieres.
Jorge no se movió.
—Hay muchas explicaciones para unas marcas en la tierra.
—¿Cuántas de ellas incluyen a Doña Elvira en nuestro dormitorio?
—Ninguna, Ana. Porque Doña Elvira no estuvo en nuestro dormitorio. Lo que viste fue...
—¿El qué? ¿Mi imaginación? ¿El cansancio? ¿Las copas de vino?
Jorge no respondió.
Y esa no respuesta fue exactamente lo que más le dolió a Ana. No la negación, no el argumento razonable, no siquiera la condescendencia. El silencio. El mismo silencio que habían construido juntos alrededor de la madrugada de aquel noviembre. Ese silencio que tenían tanta práctica en mantener.
—Voy a ducharme —dijo Ana—. Y después hago las maletas.
Se fue al baño y cerró la puerta.
Abrió el grifo de la ducha y se metió sin esperar a que el agua calentara, porque el frío era una forma de asegurarse de que estaba despierta.
Cerró los ojos.
Y vio la boca de aquella cosa estirándose.
La risa sin sonido.
Los ojos sin párpados mirándola directamente.
14 CENIZAS
El desayuno de esa mañana fue el más silencioso desde que llegaron.
Lucas no comió. Tenía la taza de leche frente a él y la miraba desconcertado. El dinosaurio no estaba en la mesa. Lo llevaba en el bolsillo, con la cola asomando por el borde.
Marina tenía los ojos enrojecidos de quien ha dormido mal o no ha dormido. Miraba a Claudia con esa rabia contenida que las hermanas se tienen cuando algo ha ocurrido entre ellas y ninguna quiere ser la primera en mencionarlo.
Claudia desayunaba con apetito. Tenía ese gesto de alguien que ha dormido bien y que no entiende muy bien por qué todos los demás están tan serios.
Ana se sirvió el café. Abrió el cajón del fondo casi sin pensarlo, sacó la petaca, echó un poco en la taza sin que nadie se diera cuenta. Luego cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.
—¿Vas a comer algo? —le preguntó a Lucas.
—No tengo hambre.
Ana se la bebió de un trago y dejó la taza en el fregadero. Se giró hacia Marina.
—Anoche me mandaste un mensaje y luego nada. ¿Qué pasó, cariño?
Marina no levantó los ojos del plato.
—Nada. Me asusté. Ya está.
—¿Qué te asustó?
Silencio.
—Marina, mírame.
Marina la miró. Y Ana vio en su cara algo que reconoció porque era lo mismo que ella llevaba días intentando esconder: el gesto de alguien que sabe demasiado y no sabe cómo decirlo sin derrumbarse.
—Estoy bien —dijo Marina.
Claudia se encogió de hombros.
Ana los miró uno a uno. Tres niños, cada uno en su propio tipo de silencio.
Se sentó junto a Lucas.
—Cariño, necesito preguntarte algo sobre Samanta.
Lucas apretó el bolsillo donde estaba el dinosaurio.
—¿Qué quieres saber?
—Cómo es. Cómo te encontró. Qué os decís.
Lucas tardó en responder. Miraba la taza de leche.
—No es como los otros amigos —dijo finalmente, en voz muy baja—. Los otros amigos se van cuando quiero. Samanta no. Siempre está, aunque yo no quiera que esté.
Una pausa.
—A veces me despierto y ya está ahí, en el rincón. No me habla, solo me mira. Y cuando me mira... siento que sabe cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
Lucas frunció el ceño.
—Cosas que van a pasar.
Ana sintió un escalofrío.
—Lucas. ¿Quieres que Samanta se vaya?
El niño la miró asustado.
—No puedo hacer que se vaya, mamá. Me lo dijo ella misma. Dijo que siempre estará conmigo. Hasta el final.
Hasta el final.
Ana se quedó muy quieta. Buscó en la cara de su hijo algo que le dijera que esas palabras eran las de un niño jugando, las de un niño que repite frases sin entenderlas, las de un niño que ha oído algo en un cuento y lo ha hecho suyo. No lo encontró.
—¿Cuánto tiempo lleva Samanta contigo? —preguntó, con la voz lo más neutra que pudo.
Lucas lo pensó.
—Desde que llegamos aquí —respondió—. Antes no estaba. Aquí estaba desde el primer día. Ya estaba cuando llegamos, creo.
Ana le besó en la cabeza. Se levantó y salió de la cocina antes de que él viera su rostro.
En el pasillo se detuvo un momento, con la espalda contra la pared, controlando la respiración.
Como si nos estuviera esperando.
La familia entera era el objetivo. Lucas era solo una puerta de entrada.
Ana salió de la villa a toda velocidad, sin decirle nada a Jorge.