Chapter 2 #28
Sesenta kilómetros después, el GPS marcó una desviación que no figuraba en ningún mapa anterior: una salida, a tres kilómetros. La salida, según la pantalla, estaba a doscientos metros. Cuando llegó, no había salida. Solo asfalto recto y olivos a ambos lados.
Ciento veinte kilómetros después, vio el primer letrero de Alicante: 78 km.
Veinte kilómetros más adelante, vio el segundo: 102 km.
Elisabeth detuvo el coche en el arcén. Comprobó el cuentakilómetros. Se había movido. Comprobó la gasolina. Estaba a la mitad, exactamente donde había estado al salir. Comprobó el reloj del salpicadero. Marcaba las once y nueve, el mismo minuto que cuando había arrancado.
— Mami —dijo Samantha desde el asiento del copiloto.
Estaba despierta.
Elisabeth se giró.
Samantha la miraba con los ojos abiertos del todo. Con esa esclerótica perlada y esas pupilas que no se contraían. Con esa sonrisa que llegaba dos milímetros más allá de donde su cara terminaba. En el asiento del copiloto. A treinta centímetros. Sin parpadear.
—Mami, este coche no va a ningún sitio. Ya deberías haberlo entendido.
La voz no era exactamente la de Samantha, sino dos voces hablando en perfecto sincronismo: una de ellas la de su hija, la otra de un registro mucho más bajo, casi vibrante, que no debería caber en el cuerpo de una niña de catorce años.
Elisabeth no respondió. Volvió a poner el coche en marcha. Pisó el acelerador hasta el fondo. El motor rugió, las ruedas chirriaron y el coche se lanzó hacia adelante con una violencia que Elisabeth no había permitido en treinta años de carné.
El paisaje no cambió.
Olivos a la izquierda. Olivos a la derecha.
Asfalto. Y en el retrovisor, el cuentakilómetros marcando los kilómetros pasando, los letreros indicando que se acercaba a Alicante, los minutos transcurriendo en el reloj.
Todos los datos diciendo que estaba avanzando, mientras lo que veía a través del parabrisas era exactamente el mismo tramo de carretera que llevaba viendo desde las once de la noche.
El espacio entre Murcia y cualquier otro lugar parecía haberse borrado.
A las cuatro de la mañana, sin saber cuántas vueltas había dado, Elisabeth dejó de pelear.
Bajó la velocidad y dejó que el coche fuera por sí mismo.
Al cabo de diez minutos, en la siguiente curva, vio el camino de tierra que llevaba al monasterio, y al final del camino, en la casa donde se alojaban, las luces encendidas.
Las luces no las había dejado encendidas.
Aparcó en el patio. Samantha bajó del coche por sí misma, sin esperarla, y entró en la casa.
Elisabeth se quedó al volante un rato más.
Después abrió el maletero.
El espejo seguía allí, envuelto en la sábana. Pero la sábana, en el centro, había desarrollado una mancha redonda, oscura, húmeda al tacto.
Cuando entró en la casa fue directa a la cocina. Abrió un cajón y sacó un martillo. Al ir a buscarlo, el espejo ya no estaba donde lo había dejado.
Esa misma noche ocurrió el primer contacto.
Elisabeth lo presenció y no pudo impedirlo.
Eran las cinco menos diez de la mañana. Elisabeth encontró el espejo y lo había vuelto a meter en el salón, apoyado contra la pared. Estaba en la cocina, hirviendo agua para un té que no iba a beberse, cuando oyó pasos descalzos en el pasillo.
Era Samantha, caminando hacia el salón.
Elisabeth corrió.
Cuando llegó, Samantha estaba de pie frente al espejo, ahora girado de nuevo hacia la habitación. La superficie de obsidiana ya no absorbía: brillaba con esa luminiscencia interior que tienen las pantallas de televisión cuando están encendidas, pero sin mostrar ninguna imagen.
—Samantha. Apártate de ahí. Ya.
Su hija no la miró. Tenía los brazos a los lados y los pies juntos. Y, dentro del espejo, otra Samantha tenía los brazos abiertos hacia ella, como esperándola.
—Mami, dice que todo está bien —dijo Samantha—. Dice que ya no me dolerá nada.
Elisabeth dio dos pasos hacia su hija. La superficie del espejo cambió de calidad: pasó de luminosa a líquida, ondeándose desde el centro hacia los bordes.
Y entonces Samantha levantó la mano y la metió en el espejo. La superficie, donde tocó, se abrió como una piel cediendo. La mano de Samantha se hundió hasta la muñeca. Hasta el codo. Hasta el hombro.
La otra Samantha, la del reflejo, había desaparecido.
En su lugar, ahora, había algo más grande, algo cuya forma Elisabeth no consiguió fijar porque cambiaba con cada parpadeo: un rostro que era una boca, una boca que era un ojo, un ojo que era una mano, una mano que cogía la mano de Samantha desde dentro y tiraba.
—Samantha —dijo Elisabeth, y su voz salió tan baja que ni ella misma se reconoció—. Sam. Cariño. Mírame.
Samantha giró la cabeza.
Había lágrimas en sus ojos. Ahora sí. Por primera vez en dos semanas, Elisabeth vio en los ojos de su hija la mirada limpia de la niña que había sido hasta hace unos días, la mirada de la Sam de las mañanas en Yorkshire, la Sam de los rosales de William, la Sam que cabía en su regazo.
—Mami —dijo Samantha—. No me sueltes.
Elisabeth se lanzó.
Cogió a su hija por la cintura y tiró hacia atrás con todo el peso de su cuerpo.
Sintió el contrapeso del otro lado: algo dentro del espejo que se aferraba al brazo de Samantha y tiraba hacia adentro con una fuerza sobrehumana.
Elisabeth gritó. Tiró más. Los pies de su hija se elevaron del suelo. Cayó hacia atrás con Samantha encima.
Y Samantha, en sus brazos, ya no tenía brazo izquierdo.
Amputado hasta el hombro. Limpio. Sin sangre. La piel estaba cerrada en una superficie lisa, pulida, exactamente igual que la del espejo.
Elisabeth la abrazó. La sostuvo en el suelo del salón, contra su pecho, mientras el espejo, frente a ellas, volvía a su superficie negra y sólida.
Las dos se quedaron en el suelo del salón hasta el amanecer. Samantha durmió sobre el regazo de su madre. Elisabeth la cubrió con dos mantas y se quedó despierta, sosteniéndola, sin moverse, sintiendo cómo la respiración de su hija se hacía cada hora un poco más superficial, un poco más espaciada.
Cuando Elisabeth perdió a su hija del todo intentó huir.
Tres veces en el primer año, dos en el segundo.
Cada vez que intentaba marcharse de Los Olivos algo se lo impedía: una avería en el coche, una llamada que la retenía, una confusión en los documentos que necesitaba.
Pequeños obstáculos que por separado tenían explicación y que juntos formaban una jaula sin barrotes.
La cuarta vez que lo intentó, Joaquín apareció en su puerta.
Sin amenazas. Sin explicaciones. Solo la miró con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo y dijo: «Samantha te necesita aquí».
Elisabeth no volvió a intentarlo.
Eso fue en 1998.
Después, durante muchos años, no quedó nadie de fuera que pudiera contar lo que había pasado en aquella casa de Yorkshire ni en aquella excavación al sur de Murcia.
El equipo entero —Mateo, Carla, Pablo— fue saliendo del país a lo largo de los meses siguientes; ninguno de los tres llegó a sus respectivas casas.
Sus desapariciones se atribuyeron a accidentes de carretera y a problemas personales no especificados.
El monasterio del siglo XII fue cerrado al público y vallado por la diócesis ese mismo otoño.
El nombre de Elisabeth Varla apareció una última vez en una nota de una revista británica de arqueología en abril de 1998, anunciando que la profesora Varla había decidido retirarse anticipadamente por motivos personales y trasladarse a un destino no especificado.
Después, durante veintiocho años, ningún periódico ni ningún registro académico volvió a mencionarla.
Como si nunca hubiera existido.
Ana no llegó a dormirse.
Se acostó, encendió el walkie-talkie y cerró los ojos. Pero el sueño era esa clase de sueño que llega hasta el umbral y luego se retira, que promete y no cumple, que te deja en ese espacio intermedio donde los pensamientos siguen activos, pero sin la supervisión de la lógica.
Jorge dormía a su lado. Pero esta noche era diferente. No el sueño profundo de siempre. Esto era más natural. La respiración de alguien que descansa de verdad.
Luego dejó de escucharlo.
Llegó a dormise a ratos. Sueños cortos y fragmentados que se interrumpían cada media hora.
A las cuatro de la mañana Ana se levantó.
No porque hubiera oído algo. Simplemente porque seguir en la cama dando.
Vueltas, entrando y saliendo del sueño, la desesperaba.
Cogió el vaso de agua de la mesita, fue al cuarto de baño, bebió, se miró al espejo un segundo —el reflejo en su sitio, exactamente en su sitio— y salió al pasillo.
Fue a la habitación de Lucas primero. La puerta entreabierta, la respiración pausada, el dinosaurio en el suelo junto a la cama. Luego Marina, de lado, con el diario en la mesita. Por último, Claudia, con los auriculares colgados del cuello.
Todo en su sitio.
Bajó las escaleras. Fue a la cocina. Se sirvió otro vaso de agua que no necesitaba y se quedó de pie junto a la ventana que daba al jardín.
La noche murciana de junio tenía esa luminosidad específica de los cielos sin nubes: no luz exactamente, pero tampoco oscuridad completa. Los focos estaban apagados. La piscina brillaba ligeramente con su luz sumergida. Los árboles del fondo eran siluetas.
A pesar de la hora, el termómetro del porche seguía marcando treinta y dos grados. El suelo todavía irradiaba el calor acumulado durante el día.
De pronto, algo en el jardín llamó su atención.
Allí, sobre las baldosas, yacía el gato blanco que Marina solía alimentar.
Ana se inclinó. El animal estaba rígido, pero no había rastro de sangre ni de lucha.
Al examinarlo de cerca, se le heló la sangre: el cuella había sido quebrado con precisión, girado en un ángulo imposible que solo manos humanas podrían haber logrado.
Se acordó del mensaje de Marina. En la figura en el tejado. En el reflejo de Marta con los ojos en blanco. En la llave de latón.