Chapter 2 #27
Nunca supo explicar por qué tomó esa decisión.
No era el protocolo. No había ninguna razón profesional para hacerlo.
Simplemente lo hizo, con la naturalidad de alguien que recoge algo que le pertenece.
No fue hasta que estaba en el coche de vuelta al pueblo cuando se preguntó qué había pasado entre el momento de ver el espejo y el momento de estar en el coche con él en el asiento trasero.
No había respuesta para esa pregunta.
Nunca la tuvo.
Samantha lo encontró esa misma noche.
Elisabeth lo había dejado en el salón, apoyado contra la pared, cubierto con una sábana. A la mañana siguiente la sábana estaba en el suelo y el espejo estaba en la habitación de Samantha.
Su hija dijo que no lo había movido.
Elisabeth dijo que lo había movido ella misma sin recordarlo. Le dijo a Samantha que lo sacarían de allí al día siguiente. Esa noche durmió mal, con esa inquietud de los sueños en que uno sabe que tiene que hacer algo urgente pero no recuerda qué.
Al día siguiente el espejo seguía en la habitación de Samantha.
Lo sacó ella misma. Lo llevó al coche. Lo dejó en el maletero.
Por la tarde, cuando volvió del yacimiento, el espejo estaba de nuevo en la habitación de Samantha.
Samantha no había ido al coche. Elisabeth lo sabía porque Samantha había estado con ella en el yacimiento todo el día, sentada en la sombra leyendo, que era su manera de acompañarla sin estorbar.
Elisabeth cerró la puerta de la habitación de Samantha.
No tocó el espejo.
Esa noche escuchó a su hija hablar en sueños. No palabras que pudiera entender. Un ritmo, algo que se parecía a una pregunta repetida en un idioma que no reconoció.
A la mañana siguiente Samantha tenía ojeras y dijo que había dormido bien.
Pasaron dos semanas.
Dos semanas de deterioro gradual que Elisabeth documentaba en el cuaderno con la misma precisión con que documentaba los hallazgos del yacimiento, porque era la única manera que tenía de sostener la cordura: registrarlo todo, ponerle fechas y medidas, tratarlo como datos.
Día 16. Samantha se niega a comer carne.
Día 17. Samantha se niega a comer cualquier cosa cocinada.
Pide la fruta y el pan duros, sin tostar.
Día 18. Encuentro a Samantha de rodillas en el cuarto de baño, mordiendo el borde de la bañera de cerámica.
Cuando me ve, se levanta y dice que se le había caído un pendiente.
No lleva pendientes desde que tenía once años.
Día 19. Aparición del primer cambio físico.
Elisabeth lo escribió tal cual y se quedó mirando la frase durante un minuto antes de continuar.
Esa mañana Samantha se había levantado tarde.
Cuando bajó a desayunar, llevaba el flequillo cubriéndole los ojos, lo cual no era habitual en ella.
Se sentó. Cogió la taza con las dos manos.
Levantó la cabeza para mirarme y tenía los ojos diferentes.
Era el blanco. La esclerótica. Tenía un tono perlado, ligeramente azulado.
Y las pupilas, en lugar de adaptarse a la luz de la cocina, no se contraían.
Se quedaban dilatadas, como en una habitación a oscuras, aunque el sol entraba por la ventana de pleno.
—Buenos días, cariño —dijo Elsabeth.
—Buenos días, mami —respondió Samantha. Y sonrió.
Y al sonreír, durante un instante, las comisuras de la boca subieron un poco más de lo que las comisuras de Samantha habían subido nunca. Un par de milímetros. Lo justo para que la sonrisa quedara ligeramente fuera de su cara.
Día 20. Samantha empieza a tener una temperatura corporal de treinta y cinco grados constantes. Su piel está fría al tacto. No tiene síntomas de hipotermia.
Día 21. He encontrado a Samantha en el sótano de la casa, agachada, lamiendo la pared.
No la pared entera. Solo el rincón sureste, donde la pintura está descascarillada y se ve la piedra.
Lleva ahí, según mis cálculos, al menos cuarenta minutos.
Cuando la separo, tiene la lengua rasposa y un olor a tierra que reconozco: es el mismo que salió de la cámara del monasterio.
Y empezó a notar también cosas en el equipo.
Pequeñas variaciones. Mateo había vuelto al yacimiento al cuarto día con los ojos enrojecidos y el corte en el dedo que no terminaba de cicatrizar.
Carla había dejado de hablar durante los descansos.
Antes era la que ponía la radio. Ahora se sentaba sobre una piedra al borde de las ruinas y miraba el lugar donde había estado la losa con un interés absoluto.
Y Pablo, el tercero, había empezado a llegar tarde. Cada día un poco más. El último día llegó a las once. Cuando Elisabeth le preguntó qué pasaba, Pablo se quedó mirándola durante varios segundos antes de contestar.
—No sé —dijo finalmente—. Me ha costado encontrar el camino.
Llevaba tres semanas haciendo ese mismo trayecto.
Elisabeth les preguntó cómo estaban a los tres por separado.
Todos dijeron que bien.
Todos con exactamente el mismo tono.
Escribió en el cuaderno: Joaquín. Buscar a Joaquín.
El teléfono daba señal, pero nadie contestaba. El correo electrónico rebotaba con un mensaje de error. La universidad que supuestamente le había dado el contacto no tenía ningún registro de un arqueólogo con ese nombre en su plantilla de colaboradores externos.
Elisabeth pasó esa noche sentada en el salón, con el cuaderno y un té, calculando cuánto tiempo llevaban en Murcia y cuánto podría llevar Samantha mirando el espejo.
Hizo los cálculos.
Vomitó.
Volvió al salón.
Cogió las llaves del coche y fue a la habitación de Samantha.
Su hija dormía. El espejo, en la pared frente a la cama, devolvía el reflejo de una habitación normal: la cama, Samantha, la ventana. Todo en su sitio.
Excepto que el reflejo de Samantha tenía los ojos abiertos.
Y Samantha, en la cama, los tenía cerrados.
Elisabeth se quedó en el umbral sin poder moverse durante lo que podrían haber sido diez segundos o diez minutos.
Era una imagen contra todas las leyes de la óptica. El reflejo, dentro del espejo, tenía las pupilas fijas en el techo del cuarto reflejado, sin pestañear.
Y entonces el reflejo giró la cabeza.
Despacio.
La Samantha del espejo giró el cuello hacia la derecha sobre la almohada, hasta que sus ojos abiertos quedaron mirando, dentro del espejo, en la dirección equivalente a donde estaba Elisabeth en la habitación real.
Las miradas se encontraron.
Y la Samantha del espejo sonrió de manera intencionada. Las comisuras se elevaron. Los dientes aparecieron. La sonrisa llegó hasta el lugar donde las comisuras dejan de poder subir más. Subió hasta una posición que ninguna cara humana debería poder mantener.
Elisabeth quiso retroceder, pero no pudo.
Sus pies estaban clavados al suelo. Sentía las piernas, sentía los músculos, sentía el deseo claro de moverlas, pero los pies no respondían.
El reflejo levantó la mano izquierda.
Samantha, en la cama, no la levantó.
El reflejo se incorporó hasta sentarse.
Samantha, en la cama, siguió tumbada.
Y entonces el reflejo se bajó de la cama. La Samantha del espejo puso un pie en el suelo de la habitación reflejada, después el otro, y se quedó de pie. La Samantha real, en la cama, seguía dormida.
Elisabeth oyó algo dentro de su propia cabeza. No fue un pensamiento suyo. Fue una voz. Una voz pequeña, infantil, dolorosamente parecida a la de su hija a los siete años, antes de que William muriera, antes de que nada se rompiera, cuando Samantha se subía a su regazo a leer.
Mami, decía la voz dentro de la cabeza de Elisabeth. Mami, ven. Estoy aquí dentro. Ayúdame a salir.
El reflejo dio un paso hacia el espejo. Hacia el cristal. Acercándose, con su sonrisa monstruosa fija y sus ojos abiertos, sin pestañear, mirando a Elisabeth desde el otro lado.
Mami, sácame.
Elisabeth recuperó las piernas en el momento exacto en que el reflejo apoyó la palma de la mano contra el cristal desde dentro. Y el cristal, donde la palma tocó, se hundió ligeramente.
No supo de dónde sacó la voluntad. Cruzó la habitación. Agarró el espejo con las dos manos por el marco —el marco quemaba por el frío, un frío seco que se le quedó pegado a las manos durante días— y lo sacó al pasillo.
Lo arrastró por la escalera, golpeando los escalones, hasta el salón. Lo apoyó contra la pared con la superficie hacia adentro, para que no pudiera reflejar nada.
Se sentó en el suelo. Se miró las manos.
Tenía las palmas quemadas por el frío. Manchas lívidas con la piel arrugada y muerta. Tardó meses en curarse. Cuando finalmente sanó, le dejó cicatrices redondas y blancas que Elisabeth, durante el resto de su vida, llevaría escondidas bajo guantes de algodón.
Lo que ocurrió entonces no lo escribió en el cuaderno.
Nunca encontró las palabras adecuadas.
Pero fue suficiente para que por la mañana hiciera las maletas de las dos y le dijera a Samantha que se volvían a Yorkshire, y condujera hasta el aeropuerto sin mirar atrás.
El espejo lo dejó en la casa.
O creyó dejarlo.
Diez kilómetros después, Samantha giró la cabeza hacia el asiento trasero.
—¿Por qué te has traído el espejo, mami? —dijo Samantha.
Elisabeth miró por el retrovisor y no dijo nada.
El espejo estaba en el asiento de atrás, envuelto en la sábana.
Esa noche no durmieron en ningún sitio.
El plan era simple: el aeropuerto de Alicante, el primer vuelo de la mañana, Manchester, casa.
Elisabeth había metido el espejo envuelto en la sábana en el maletero, había cerrado el coche con doble vuelta de llave y había arrancado a las once de la noche.
La carretera estaba desierta. Samantha dormía en el asiento del copiloto.
La radio sintonizaba sola las emisoras locales, y al pasar entre dos pueblos, durante un breve tramo, el dial se quedó en una frecuencia que no debería haber emitido nada y que sin embargo emitía el sonido de una mujer respirando muy cerca del micrófono. Elisabeth la apagó.
Treinta kilómetros después, el GPS empezó a pedirle que diera la vuelta.
Elisabeth lo ignoró.