Los Olivos Chapter 2 #26
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Chapter 2 #26

Y en Sofía. En los seis meses que habían durado y en la manera en que habían terminado: él diciéndole que se acababa, ella diciéndole que lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo.

Quizás tenía razón. Quizás la versión de Jorge que Sofía había conocido era la que todavía podía creer que las cosas se reparaban, antes de marzo, antes de la paciente, antes de que las manos dejaran de ser de fiar.

Paró en el camino.

Miró el cielo. La luna. Los cipreses.

Mañana era la Exultación. Si Santiago tenía razón, algo cambiaría. Y si era Ana quien la tenía, y este lugar era lo que ella decía que era, entonces mañana también algo cambiaría, pero de otra manera.

En cualquier caso, mañana sería otro día.

Eso era, extrañamente, lo más tranquilizador que había pensado en ocho meses.

Entró en la villa Aurora. Subió las escaleras. Se acostó al lado de Ana sin hacer ruido.

Cogió el frasco de lorazepam.

Lo miró durante un momento.

Lo volvió a dejar en la mesita.

Esta noche no.

Cerró los ojos.

Y por primera vez desde marzo, el sueño llegó sin química. Profundo. Sin la cara de la paciente esperando al otro lado.

Solo oscuridad.

Solo descanso.

Que era exactamente lo que Nemorak necesitaba que sintiera.

13 EL COMIENZO

1997-Yorkshire, Inglaterra/Murcia, España

Elisabeth Varla aprendió a distinguir dos tipos de silencio después de que William muriera.

El primero era el silencio funcional: el de las habitaciones mientras trabajaba, el de las mañanas antes de que Samantha se despertara, el de los trayectos en coche entre el pueblo y la universidad. Un silencio que simplemente era la ausencia de sonido, sin más significado que eso.

El segundo era diferente. Era el silencio de los lugares que recuerdan a alguien.

La cocina recordaba a William porque él era el que cocinaba los domingos.

El estudio recordaba a William porque sus libros seguían en los estantes en el orden que él había elegido y que Elisabeth no había cambiado en dos años.

El jardín recordaba a William porque él plantó los rosales y los rosales seguían floreciendo cada primavera.

La casa de piedra en las colinas de Yorkshire era enteramente del segundo tipo.

Samantha lo sabía. Tenía catorce años y esa capacidad de los adolescentes para ver las cosas que los adultos fingen no ver.

Nunca lo decía directamente, pero cada vez que Elisabeth la encontraba sentada en el estudio de William pasando las páginas de sus libros sin leerlos, entendía que su hija también cargaba ese silencio y que ninguna de las dos sabía cómo ayudar a la otra a sobrellevarlo.

La oportunidad llegó en marzo.

Un colega al que no había visto desde antes de que William enfermara. Elisabeth lo conoció en un congreso dos años antes. Un hombre mayor, de modales anticuados y preguntas muy precisas que no admitían cualquier respuesta.

Un mensaje breve, un número de teléfono, y una propuesta: liderar una excavación en Murcia, en un monasterio del siglo XII cuya existencia apenas constaba en los archivos de la diócesis.

Remuneración generosa, equipo pequeño, plazo de seis meses.

El nombre del remitente era Joaquín Menéndez.

A Elisabeth le costó un par de minutos ubicarlo.

Lo había conocido brevemente en un congreso en Leeds seis meses atrás, donde Joaquín se había presentado como mecenas independiente con interés en yacimientos eclesiásticos menores.

Cruzaron quizás veinte minutos de conversación en un cóctel, y en aquellos veinte minutos Joaquín había le había preguntado por su hija Samantha, con la naturalidad de quien la conoce.

Elisabeth no recordaba haber hablado de Samantha en aquel congreso.

Tampoco recordaba que su nombre figurara en su biografía oficial.

Habría jurado que no se lo había dicho. Pero Joaquín lo pronunció con tanta familiaridad que la descolocó .

Elisabeth le devolvió la llamada y le planteó cuatro preguntas concretas.

Joaquín se había preparado una respuesta para cada objeción. Al final de la conversación, Elisabeth se encontró diciendo que lo pensaría, que era posible, que quizás.

Esa misma noche fue al estudio de William y cogió el primer libro del estante.

Lo abrió. Lo leyó durante dos horas.

A la mañana siguiente le dijo a Samantha que se iban a Murcia.

—¿Por qué? —preguntó Samantha.

—Porque necesitamos un cambio —respondió Elisabeth.

Samantha la miró durante un momento con esa atención suya que escucha lo que no se dice.

—¿Cuándo nos vamos? —dijo.

No era entusiasmo. Era la decisión de alguien que entiende que hay formas de quedarse atrapado en un lugar y que moverse, aunque sea hacia lo desconocido, es mejor que eso.

Murcia en junio era todo lo contrario a Yorkshire.

El olor lo primero: romero, tierra caliente, algo vegetal que llegaba desde las colinas con el viento seco. La luz era diferente también, más horizontal, más densa, sin la suavidad nórdica a la que Elisabeth estaba acostumbrada. Todo era más intenso aquí: las sombras, los colores, el ruido.

El monasterio estaba en una colina a ocho kilómetros del pueblo.

Sus ruinas eran más extensas de lo que los documentos previos sugerían: varias estructuras superpuestas a lo largo de siglos, cada generación construyendo encima de la anterior con ese pragmatismo de quien no quiere saber exactamente qué hay debajo de los cimientos.

El equipo era bueno. Cuatro personas además de Elisabeth, todas con experiencia en excavación en espacios confinados. Trabajaban metódicamente, documentaban con rigor, hablaban poco durante las horas de trabajo. A Elisabeth le gustaba eso.

Joaquín no fue. Le envió un mensaje el día antes de comenzar diciendo que había surgido un imprevisto, que confiaba en ella, que la mantuviera informada.

A Elisabeth le produjo alivio.

La losa estaba en el nivel más profundo del claustro.

La encontraron el día catorce. Era grande, casi dos metros por uno, con unas inscripciones que Elisabeth fotografió antes de intentar levantarla.

Las inscripciones no correspondían a ningún sistema que reconociera: había elementos del latín medieval, algunos símbolos que tenían una semejanza vaga con el árabe andalusí, y otros que no pertenecían a ninguna tradición que Elisabeth pudiera identificar con certeza.

Lo que sí reconoció fue el patrón de disposición. Los símbolos estaban organizados en espiral, de fuera hacia dentro, con la densidad aumentando hacia el centro. Era el tipo de configuración que en distintas culturas y épocas se asociaba a una sola función: contención.

No lo mencionó al equipo. Anotó la observación en su cuaderno y pidió que empezaran a levantar la losa.

Tardaron tres horas. Las palancas resbalaban.

La piedra parecía más pesada de lo que su volumen justificaba.

Parecía que llevara siglos sujetándola desde arriba contra algo que empujaba desde dentro.

Uno de los chicos del equipo, Mateo, se cortó una mano con una esquina mal sujeta.

La sangre cayó sobre la losa antes de que Elisabeth pudiera apartarlo.

Mateo pareció no notarlo al principio. Se quedó mirando la mancha roja sobre la piedra con una expresión vacía hasta que Carla le tiró del brazo y lo apartó.

—Coge agua y ven —dijo Elisabeth, sin apartar la vista de la losa.

La sangre sobre la piedra se estaba moviendo.

No corría hacia abajo, como debería. Estaba siguiendo las inscripciones grabadas, recorriendo los surcos en espiral hacia el centro de la losa. En treinta segundos, las dos primeras vueltas de la espiral exterior estaban completamente delineadas en rojo. En sesenta, llegó la tercera.

Elisabeth puso la mano sobre la espiral para detener el avance. La sangre se detuvo. Cuando levantó la mano, no quedó ninguna mancha en su palma. La piedra estaba seca.

Cuando finalmente cedió, lo hizo con un estruendo que reverberó en las paredes del claustro y tardó mucho en apagarse.

El sonido se quedó dando vueltas en el espacio cerrado del claustro como un perro al que han dejado sin salida, golpeándose contra las paredes, doblándose sobre sí mismo, perdiendo intensidad, pero sin llegar a desaparecer del todo.

Carla soltó la palanca. Mateo retrocedió dos pasos.

Debajo había una cámara pequeña, del tamaño de un armario grande.

El aire que salió era frío, helado, y tenía un olor que Elisabeth no había encontrado en ningún yacimiento anterior. No era el olor a humedad antigua. No era moho. Era algo orgánico y reciente.

Mateo se inclinó sobre el borde para mirar.

Y vomitó con violencia. Estaba doblado en dos, con las manos sobre las rodillas y el cuerpo expulsando algo que Elisabeth, al fijarse, vio que no era el desayuno de Mateo: era casi negro y olía exactamente igual que el aire que había salido de la cámara.

Cuando levantó la cabeza, tenía las venas del cuello marcadas y los ojos llorosos.

—Lo siendo —dijo—. No sé qué me ha pasado.

Elisabeth tampoco lo sabía.

Pero le pidió que se sentara fuera del claustro, en la sombra de la pared norte, y que no volviera a acercarse al hueco mientras ella terminaba de evaluar el contenido

Dentro encontraron el espejo.

Enmarcado en madera oscura, casi negra, con tallados en espiral que Elisabeth reconoció como la misma secuencia que la de la losa, pero invertida. De dentro hacia fuera.

Se quedó mirándolo durante un momento.

El espejo no reflejaba. Su superficie de obsidiana absorbía la luz en lugar de devolverla, y lo que había en su interior no era oscuridad exactamente. Como el interior de un ojo que observa.

Esa noche, Elisabeth llevó el espejo a la casa donde se alojaban.