Los Olivos Chapter 2 #23
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Chapter 2 #23

Pensó: Lucas lleva días hablando con una niña llamada Samanta que vive en el rincón de su habitación.

Pensó: Samantha desapareció en 1997. Tendría casi cuarenta años si siguiera viva.

Pensó: lo que habla con Lucas no es Samantha.

Pensó: es lo que absorbió a Samantha.

Se levantó. Subió las escaleras.

Fue a la habitación de Lucas primero. Abrió la puerta despacio.

Lucas dormía. El dinosaurio estaba debajo de la almohada, con la cola asomando. Su respiración era regular y pausada.

Marina miró el rincón oscuro de la habitación.

Fue al pasillo. A la habitación de Claudia.

La puerta de Claudia estaba cerrada.

Marina llamó con los nudillos. No hubo respuesta.

—Clau.

Nada.

Entonces lo oyó.

Un sonido desde dentro. Un roce sobre la madera de la puerta, desde el otro lado, lento y regular. Como uñas que se desplazan de arriba abajo, despacio.

—¿Claudia? —repitió Marina, con la voz más baja de lo que pretendía.

El roce se detuvo.

Silencio.

Luego la voz de Claudia, desde dentro, pero con algo diferente en el tono. Más grave. Más lenta.

—No me hagas daño, porfa —dijo la voz—. Como a Gonzalo.

Marina se quedó inmóvil con la mano en el pomo.

Gonzalo. Claudia sabía quién era Gonzalo, por supuesto.

Era su hermano pequeño que había muerto cuando Marina tenía siete años.

Pero Marina tenía siete años y no lo recordaba con claridad, y lo que sí sabía con certeza era que Claudia nunca hablaba de Gonzalo.

Nunca. Era una de las reglas no escritas de la familia: el nombre de Gonzalo se mantenía en un terreno que nadie pisaba.

—Claudia —dijo Marina—. Para ya.

Una risa desde dentro. Baja, distorsionada. Con esa calidad específica de un sonido que proviene de alguien que sabe algo que tú no sabes y disfruta del desequilibrio.

—Me hiciste daño —repitió la voz—. Como a Gonzalo.

Marina abrió la puerta de golpe.

Claudia estaba en la cama. Tumbada boca arriba, los ojos abiertos hacia el techo, las manos sobre el pecho. No miraba a Marina. Miraba arriba, con una fijeza sin parpadeo, como alguien que está viendo algo en el techo que Marina no podía ver.

Sus labios se movían ligeramente. Sin sonido. Pronunciando algo en silencio, en un ritmo regular, como quien reza o como quien responde a algo.

—Claudia.

Sin respuesta.

—Claudia, para.

Marina cruzó la habitación y le puso las manos en los hombros. Los sacudió.

Claudia parpadeó.

Una vez. Dos. Como alguien que sale de un trance.

Miró a Marina. Sus ojos volvían a ser los suyos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con su voz normal, ligeramente irritada—. ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa contigo? —preguntó Marina.

—¿Qué? Nada. Estaba intentando dormir.

Marina la miró durante un momento largo. Claudia le devolvió la mirada con una expresión de confusión genuina.

—Nada —dijo Marina finalmente—. Olvídalo.

Salió. Cerró la puerta.

Se quedó de pie en el pasillo, con el diario apretado contra el pecho.

Pensó en lo que había leído. En Nemorak. En cómo preparaba a sus víctimas haciéndolas permeables al miedo de manera gradual. En cómo tomaba primero a los más jóvenes, los más maleables.

Pensó en Lucas dormido con el dinosaurio debajo de la almohada.

Pensó en Claudia mirando al techo sin parpadear.

Fue a su propia habitación. Cerró la puerta con llave. Sacó el teléfono. Le escribió un mensaje a su madre.

Escribió: Mamá, llámame cuando puedas. Es importante.

Lo borró.

Escribió: Mamá, ven a casa pronto.

Lo borró.

Escribió: Mamá.

Envió ese solo y se quedó mirando la pantalla esperando respuesta. Tenía el diario de Elisabeth Varla apretado contra el pecho, intentando protegerse de lo que describía.

El coche de los Gutiérrez avanzaba por las calles del residencial en silencio.

Ana miraba por la ventanilla. Las farolas del camino principal iluminaban los senderos de piedra, pero el espacio entre las fachadas y los jardines era negro.

—Mañana nos vamos —dijo.

Jorge no respondió de inmediato. Sus manos estaban sobre el volante, con sus nudillos ligeramente blancos.

—Ana.

—No. Escúchame. Saben lo de Sofía. Saben lo de la negligencia. Saben cosas que solo podemos saber nosotros dos y que nunca hemos contado a nadie aquí. Y los hijos de los Martínez tienen marcas en la frente y ese reflejo en el espejo...

—¿Qué reflejo?

Ana lo miró.

—En el espejo del comedor. El reflejo de Marta. estaba sin expresión, con los ojos en blanco.

Jorge guardó silencio.

—¿Tú también lo has visto? —preguntó Ana.

—No he visto nada.

—Jorge. ¿Lo viste o no lo viste?

Él desvió la mirada hacia la carretera.

—Vi a Marta sirviendo el postre. Eso vi.

Ana apretó los dientes.

—Siempre haces esto —dijo Jorge, con ese tono de voz que ella conocía y que indicaba que lo que venía a continuación llevaba un rato preparado—. Cuando no puedes controlar algo, tu respuesta es huir. Siempre ha sido así.

—¿Huir? Los niños no están seguros aquí. Hay algo que está pasando en este lugar y tú lo sabes y eliges no verlo.

—Lo que sé es que llevamos días aquí y que desde el primer momento has buscado razones para irte.

—He encontrado razones. No las he buscado, me las han dado.

Silencio.

—No podemos irnos así —dijo Jorge—. Hemos dejado todo atrás. Solo necesitamos tiempo.

—No tenemos tiempo, Jorge. Eso es exactamente lo que no tenemos.

El coche se detuvo frente a la villa Aurora.

Jorge apagó el motor. Ninguno de los dos bajó de inmediato.

Ana sacó el teléfono. Vio el mensaje de Marina.

Mamá.

Un solo nombre. De su hija. Enviado hacía cuarenta minutos sin que ella lo hubiera visto.

Salió del coche antes de que Jorge hubiera quitado el cinturón.

Fue entonces cuando lo vio.

En el tejado de la villa Aurora, en el filo del alero que daba al jardín, había una figura. Oscura, inmóvil, acuclillada. No parecía un animal. Y tenía la postura de quien lleva un rato ahí, esperando, mirando hacia abajo.

Cuando los faros del coche se apagaron, la figura desapareció.

—¿Has visto eso? —preguntó Ana.

—¿El qué?

—En el tejado. Había algo.

Jorge miró hacia el alero.

—Un gato —dijo—. O un pájaro grande. Estás cansada, Ana.

Ana no respondió.

Cruzó el jardín hacia la puerta principal, con el teléfono en la mano y el nombre de su hija en la pantalla, y tuvo la certeza de que lo que había visto en el tejado no era un gato.

Y de que cuando ella miraba hacia arriba hacia el filo del alero, lo que había en el filo del alero miraba hacia abajo.

Hacia Claudia.

Hacia la ventana de la habitación de Claudia.

11 MERYL

Meryl llevaba veintiocho años contando familias.

Era lo que hacía para no perder la cordura, porque el tiempo en Los Olivos era distinto al de fuera.

No había estaciones visibles desde dentro del residencial, o las había, pero de una manera amortiguada, como vista a través de cristal esmerilado.

No había noticias del mundo exterior que llegaran con naturalidad.

El tiempo pasaba porque los cuerpos envejecían, incluido el suyo.

Si no lo anclaba a algo concreto, el tiempo se volvió algo impreciso que podía jugarle malas pasadas.

Las familias eran lo más concreto que tenía.

Llegaban, permanecían el tiempo que Nemorak necesitaba para prepararlas, y en la noche de la Exultación el ciclo se completaba. Los adultos que quedaban después ya no eran del todo los mismos adultos. Los niños desaparecían.

Meryl lo había visto diecisiete veces.

Diecisiete familias en veintiocho años. Algunas con un solo hijo. Algunas con tres. Una, hace doce años, con cuatro: los cuatro menores de diez años, lo que había sido la Exultación más eficiente que ella había presenciado desde su posición de testigo forzada, y también la más difícil de sostener.

Llevaba la cuenta en un segundo cuaderno, distinto del que había enterrado en el jardín para que alguien lo encontrara.

Este lo guardaba en el pasadizo de su propia villa, la que los directores le habían asignado cuando le arrebataron la suya —la que ahora ocupaba la familia Gutiérrez—.

No estaba destinado a ser encontrado. Solo a recordarle cuántas habían sido.

En la página dieciocho había escrito, con letra más grande que el resto:

Familia Gutiérrez. Llegada: junio. 2 adultos, 3 hijos. El pequeño habla con Samantha.

Esta última línea la escribió y borró tres veces antes de dejarla definitivamente. Porque escribirla la hacía real. Y si era real, había que hacer algo. Y Meryl llevaba veintiocho años haciendo muy poco, porque hacer algo tenía un precio que siempre pagaban otros.

Pero esta familia tenía un niño de siete años que hablaba con Samantha.

Y eso cambiaba las cosas.

Lo supo la primera noche, cuando fue a llamar a su puerta.

No fue un impulso, sino un cálculo. Llevaba ya el tiempo suficiente en Los Olivos para no actuar por impulsos: cada gesto era considerado, cada movimiento medido en función de lo que los directores podían ver y de lo que no podían o no se molestaban en vigilar.

Su margen de acción era estrecho, pero existía.

Lo había cartografiado con paciencia durante años.

Ir a llamar a la puerta de los Gutiérrez la primera noche era arriesgado. Los directores lo verían, o se enterarían, y reforzarían la vigilancia sobre ella. Pero también era la única oportunidad de evaluar a la nueva familia antes de que el proceso estuviera avanzado.

Necesitaba ver al niño.

La mujer que abrió la puerta tenía los ojos de policía. Meryl lo supo de inmediato: esa manera de evaluar sin que parezca que evalúa, de registrar los detalles sin señalarlos. Era exactamente el tipo de persona que Los Olivos necesitaba que no llegara.

Eso era bueno.

Eso era también exactamente lo que Nemorak había elegido, porque Nemorak siempre elegía a las personas que más resistencia ofrecían, cuyo miedo era más puro e intenso porque había sido cultivado durante más tiempo.