Los Olivos Chapter 2 #24
52%

Chapter 2 #24

Meryl había sonreído demasiado. Lo sabía mientras lo hacía.

Pero el control de los gestos era una de las cosas que había perdido en veintiocho años de convivencia con Nemorak: la frontera entre lo que elegía hacer y lo que él le hacía hacer se había vuelto porosa de maneras que ya no podía cartografiar del todo.

La llave de latón la llevaba escondida desde hacía semanas, desde que supo que llegaba una familia nueva.

La había fabricado durante meses en el taller del sótano de su villa, con herramientas que los directores creían que usaba para mantenimiento.

El mecanismo del marco era algo que había estudiado durante años, en los momentos en que los directores le permitían el acceso al espejo para sus rituales periódicos de renovación.

La primera noche fue para dejar la llave.

Para que, cuando llegara el momento, Ana la tuviera.

Lo de la mano fue diferente.

Meryl no lo había planeado. Planeó entrar a dejar la llave y salir. Lo que no calculó fue que el espejo de obsidiana, que los directores habían escondido en la villa Aurora para el primer ciclo de preparación, estaba activo esa noche de una manera que no había visto en años.

Activo significaba que Nemorak estaba prestando atención. Y cuando Nemorak prestaba atención de esa manera, Meryl perdía el control de sus propios actos con una facilidad que nunca terminaba de aceptar, aunque la hubiera experimentado cientos de veces.

Lo de la mano fue Nemorak expresando su satisfacción por la llegada de la nueva familia.

Lo de la melodía que tarareaba fue Nemorak usando su voz para marcar el territorio.

Meryl lo supo cuando volvió en sí, con la mano vendada y el médico de Los Olivos mirándola con esa expresión técnica de quien atiende síntomas sin hacer preguntas sobre causas.

Lo supo y sintió esa mezcla de horror y resignación que era el estado permanente de quien lleva veintiocho años siendo instrumento de algo que no puede destruir ni abandonar.

Pero la llave había llegado a su destinataria.

Eso era lo que importaba.

Durante los días siguientes Meryl observó a la familia desde los espacios que conocía.

Había construido el pasadizo sola.

Centímetro a centímetro, durante años, excavando en los periodos en que la atención sobre ella era menor: las semanas previas a la Exultación, cuando los directores estaban ocupados con la preparación, y los meses de invierno, cuando el residencial se vaciaba de familias nuevas y la vigilancia se relajaba sin que nadie lo decidiera conscientemente.

Había aprendido a leer los ritmos del lugar con la precisión de quien lleva décadas estudiando a su carcelero.

Los directores no sabían que existía. Nadie lo sabía.

Lo que había empezado como un túnel entre su villa y la que había sido su verdadera casa —la villa Aurora, la que los directores le habían arrebatado cuando llegó la primera familia— se había convertido con el tiempo en una red que llegaba a seis de las dieciséis villas del residencial.

Veintiocho años dan para mucho cuando uno no tiene otra cosa que hacer.

Desde esos accesos podía escuchar. A veces ver, por las ranuras que había abierto en los paneles de los armarios.

Observó a Ana recorrer la villa Aurora con la atención de quien registra anomalías.

Observó a Marina encontrar el diario —el suyo propio, que había enterrado deliberadamente en el jardín sabiendo que tarde o temprano alguien de la familia lo desenterraría.

Observó a Lucas en su habitación hablando con el rincón donde Samantha se instalaba cuando necesitaba un punto de presencia en el mundo físico.

Ver a Lucas hablar con Samantha era la parte más difícil.

Porque Samantha no era Samantha en realidad.

Lo que Lucas llamaba Samanta era la proyección que Nemorak usaba para acceder a los niños, con el nombre y la apariencia aproximada de la hija que le había arrebatado años atrás.

Meryl lo sabía. Sabía que la entidad que su hijo veía en el rincón no era su hija sino algo que usaba el recuerdo de su hija como disfraz.

Aun así, había noches en que se quedaba en el pasadizo escuchando a Lucas hablar con el rincón y pensaba: ¿y si hay algo de ella todavía? ¿Y si dentro de Nemorak queda algo de lo que Samantha fue? ¿Una chispa, un residuo, algún fragmento de su vida que no pudo absorber del todo?

Esa esperanza era el arma más poderosa que Nemorak tenía sobre Meryl.

Y ella lo sabía, y seguía teniéndola de todas formas, porque hay esperanzas de las que uno no puede deshacerse, aunque entienda exactamente de qué están hechas.

La noche en que Ana vio algo en la ventana del dormitorio fue la noche en que Meryl comprendió que el tiempo se acababa.

Estaba en el pasadizo, había escuchado la discusión sobre el espejo, había escuchado a Ana entrar en el baño y el sonido del agua.

Iba a retirarse cuando la sintió: la presencia de Nemorak en la habitación, más intensa de lo habitual, con esa calidad que tenía cuando se manifestaba parcialmente en el mundo físico en lugar de actuar a través de sus instrumentos habituales.

Se asomó por la ranura del panel del armario.

Vio lo mismo que Ana vio desde la cocina.

La forma en la ventana.

La risa sin sonido.

Los ojos sin párpados mirando hacia el jardín, hacia Ana.

Meryl esperó a que la presencia se disolviera. Luego se quedó en el pasadizo durante un buen rato, sentada en el suelo de piedra fría, con la espalda contra la pared y las rodillas encogidas.

Se acordó las diecisiete familias anteriores.

Pensó en que nunca había encontrado la manera de intervenir a tiempo.

Siempre había algo que faltaba: el momento, el acceso, la voluntad de pagar el precio que la intervención requería.

Veintiocho años de ser testigo. Veintiocho años diciéndose que la próxima familia sería diferente, que la próxima vez tendría todo listo.

Esta era la dieciocho.

Y esta familia tenía a Ana.

Y Ana tenía la llave.

Y Meryl tenía la escopeta. La de Don Anselmo, la que el conserje guardaba en el cobertizo de mantenimiento para los jabalíes que de vez en cuando bajaban del monte y se metían en los jardines.

Meryl la sustrajo un sábado de septiembre del año anterior, aprovechando que Don Anselmo había dejado la puerta del cobertizo entornada mientras iba a por una pala.

Tardó cuarenta segundos en entrar, descolgarla del soporte, sacar la caja de cartuchos y salir.

Cuando Don Anselmo volvió, ni siquiera notó la diferencia.

Llevaba semanas sin abrir esa esquina del cobertizo.

La escopeta llevaba escondida desde entonces detrás del panel falso del armario, junto al cuaderno con los nombres de las diecisiete familias anteriores.

Por primera vez en veintiocho años, pensó: quizás esta vez.

Quizás esta familia.

Quizás esta mujer con ojos de subinspectora.

Meryl se levantó del suelo.

Fue hacia el panel del armario de su villa.

Sacó la escopeta.

La sostuvo un momento delante del pecho con las manos temblorosas.

Samantha.

Quizás aún había algo que liberar. Y si no lo había, al menos podía evitar que volviera a ocurrir. Que los niños de esta familia no terminaran como ella había terminado.

Guardó la escopeta.

Fue a buscar a Ana.

No esa noche. Esa noche Ana estaba cerca del colapso.

Lo de la iglesia había ocurrido el día de antes.

Meryl se había colocado en el banco del principio donde Ana pudiera verla.

No para hablar. Para que Ana supiera que estaba ahí.

Para que cuando llegara el momento de confiar en alguien dentro de Los Olivos, hubiera un rostro ya conocido al que recurrir.

Y cuando Ana pasó por su lado después de la ceremonia, Meryl se había acercado lo suficiente para susurrarle al oído.

Suficiente para plantar la semilla sin decir más de lo que podía decir en ese momento sin que los directores lo registraran como una transgresión.

Luego desapareció entre la gente con la facilidad de quien lleva décadas aprendiendo a no ser vista en el único lugar donde todo el mundo te conoce.

Esa tarde, en el pasadizo, escuchó a Ana decirle a Jorge que necesitaba hablar con ella.

A solas. Sin que nadie lo supiera.

Meryl cerró los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, lo que sintió no era resignación.

Era algo más parecido a la esperanza.

Quizás esa también era un arma.

Quizás todas las esperanzas lo son, si uno aprende a usarlas en el momento correcto.

12 el peso JUSTO

Jorge no podía dormir.

Llevaba cuarenta minutos tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos mientras Ana estaba en la ducha. Escuchaba el sonido del agua al otro lado de la pared con la pasividad de quien sabe que debería hacer algo y no encuentra las fuerzas suficientes.

El frasco de lorazepam estaba en la mesita de noche.

Lo había mirado dos veces desde que se tumbó.

Todavía no lo había cogido. No porque no lo necesitara, sino porque esta noche quería estar despierto.

Quería que la mente funcionara sin el algodón del hipnótico, quería pensar con la claridad incómoda de quien no se da permiso para evadirse.

Ana había visto algo en la ventana del dormitorio.

O no lo había visto.

Esa era la pregunta que llevaba dando vueltas desde que Ana había entrado en el baño. La pregunta que Jorge no sabía cómo resolver porque las dos respuestas posibles tenían consecuencias que no estaba seguro de poder gestionar.

Si Ana había visto lo que decía que había visto —una figura en la ventana, un rostro que no era del todo humano— entonces Los Olivos era lo que ella llevaba días intentando convencerlo que era.

Y si eso era verdad, entonces Jorge había estado eligiendo no verlo.

Había estado eligiendo la voz de Santiago, la calma que le ofrecía ese hombre en el bosque a las seis de la mañana, la posibilidad de un lugar donde el peso que cargaba podía aligerarse de alguna manera.