Chapter 2 #22
—Mucho —dijo Ana mientras trataba de impedir el vómito.
—Es una receta de mi abuela. Yo le añado las almendras al final, así no se ablandan.
Marta sonrió más. Bebió un sorbo y siguió hablando con Javier de algo que Ana ya no escuchaba.
Ana se llevó la servilleta al regazo y la dejó allí, en el borde de la silla, con los huesos doblados dentro. Cogió el tenedor y cortó otro trozo de carne. Lo miró. Era carne. Pollo, fibras blancas y salsa de almendras. La pinchó. Se la metió en la boca y la masticó.
Esta vez no crujió nada. Se deshizo en la lengua como tenía que deshacerse.
Ana tragó.
Bajó la mano disimuladamente a la servilleta del regazo. La palpó a través de la tela. Ya no notó los bordes pequeños y duros bajo los dedos.
Ana levantó la copa y se la bebió de golpe. Se obligó a sonreír a algo que Jorge acababa de decir.
Cuando terminaron el plato principal, Javier se recostó en la silla con el gesto de quien va a contar algo que ha estado esperando el momento adecuado.
—Este lugar nos salvó —dijo, sin preámbulo—.
Marta y yo llegamos aquí al borde del abismo.
Diez años de matrimonio, dos hijos que no te escuchan, y de repente te das cuenta de que no sabes por qué sigues con esta persona.
—Miró a Marta. Ambos rieron—. Pero este lugar lo cambia todo. Todo cobra sentido aquí.
—¿Qué clase de sentido? —preguntó Ana.
Javier la miró.
—El tipo de sentido que no necesita explicación —respondió—. Ya lo entenderéis.
—¿Cómo llegasteis aquí? —preguntó Ana—. ¿Cómo os enterasteis del residencial?
Marta dejó la copa sobre la mesa.
—Un sobre —dijo—. Blanco, con caligrafía antigua. Pensé que era una broma, pero aquí estamos.
Exactamente igual que el suyo.
Ana se estremeció.
—¿Y habéis experimentado algo raro desde que llegasteis? —preguntó, con el tono más neutro que pudo sostener.
Javier lanzó una carcajada que Iván y Sergio miraron desde su extremo de la mesa sin reírse.
—¿Raro? —repitió—. Solo que somos más felices que nunca. ¿Eso cuenta como raro?
Marta asintió con entusiasmo. Sus ojos brillaban de una manera que Ana empezaba a encontrar más alarmante que tranquilizadora.
—Todo fluye aquí —dijo Marta—. Los problemas, las dudas, las crisis... todo se suaviza. Vosotros también lo notaréis. Ya lo estáis notando, ¿verdad?
Ana no respondió. Miró a Jorge. Él cortaba la carne con un gesto concentrado que podría haber sido indiferencia o podría haber sido la misma evasión que usaba cuando no quería que ella viera lo que pensaba.
Fue Javier quien lo dijo. Sin previo aviso, con una naturalidad que descolocó a todos.
—Sabemos que habéis tenido un año difícil. Lo de la negligencia, las discusiones, la distancia emocional... Todos pasamos por eso, ¿verdad?
La mesa se detuvo.
Algo en el aire de la habitación cambió de la manera en que cambia cuando una frase aterriza en un espacio donde no tenía ningún derecho a estar.
—¿Perdona? —dijo Ana, muy despacio.
—Oh, no te lo tomes a mal —intervino Marta, con esa sonrisa que ya no le parecía amable sino estructural—. En un lugar tan íntimo como este, las cosas se saben. Es parte de la comunidad.
—Esas cosas no son vuestras —dijo Ana—. Nadie os las ha contado.
—Querida —dijo Javier, con la paciencia de alguien explicando algo obvio—. Aquí todo se sabe. No es que alguien lo cuente.
Jorge estaba paralizado. Sus nudillos, alrededor de la copa, empezaban a ponerse blancos.
—¿Y lo de Sofía también? —preguntó Javier.
El nombre ocupó toda la habitación.
—¿Qué diablos acabas de decir? —preguntó Jorge. Su voz tenía un temblor que Ana no le había escuchado antes.
Marta bajó la cuchara de postre. Se inclinó hacia adelante con esa complicidad de quien comparte un secreto.
—Lo importante no es cómo lo sabemos. Lo importante es que lo habéis superado. Y este lugar os ayudará a seguir adelante. A todos nos ayuda.
Ana se levantó.
No de golpe. Con una lentitud deliberada que expresaba más que cualquier gesto brusco.
—Nos vamos —dijo.
Javier y Marta se miraron con esa expresión de dos personas que comparten algo que los demás todavía no saben.
—Como queráis, queridos —dijo Marta—. Ah, por cierto. Las marcas en la frente de Iván y Sergio. Son parte de la preparación para la Exultación. Solo una señal de lo que está por venir.
Ana se había girado para coger su bolso. Se detuvo.
Se giró despacio hacia Marta.
—¿Qué marca? —preguntó.
Marta señaló con un gesto tranquilo hacia sus hijos, que seguían sentados en silencio.
En la frente de Iván: un aspa oscura, del tamaño de una mano, dibujada con algo espeso. En la de Sergio: la misma marca, en el mismo lugar, con la misma precisión.
—Solo ceniza —dijo Marta—. Una tradición antigua.
Ana asintió. Y al hacerlo sus ojos pasaron por el gran espejo que ocupaba la pared lateral del comedor.
Fue entonces cuando ocurrió.
El reflejo de la mesa era normal. Jorge, el plato, las velas, Javier. Todo correspondía.
Excepto Marta.
En el espejo, Marta no estaba mirando a Ana. Estaba mirando a sus hijos. Tenía la boca ligeramente abierta. Los ojos completamente blancos.
Y en la comisura derecha de su boca, en el reflejo, algo se movía.
Ana se obligó a no apartar la vista.
Era una cucaracha. Pequeña, marrón oscura, brillante.
Estaba saliendo de la boca de Marta. Salía despacio, con las antenas tanteando el aire, asomando primero la cabeza y dos patas delanteras por la comisura de los labios.
Avanzó unos milímetros sobre la piel del labio.
Se quedó allí un instante, inmóvil, con las antenas moviéndose.
Después, dio media vuelta y volvió a entrar.
La cabeza, las patas y el cuerpo entero se deslizaron hacia atrás, hacia dentro de la boca de Marta, hasta que solo quedó el extremo de un ala desapareciendo entre los labios.
Marta cerró la boca. No había dejado de sonreír en ningún momento.
Ana apartó la vista.
Respiró por la nariz, despacio, contando hasta tres. Intentando no reaccionar antes de procesar.
Levantó la copa. Bebió un sorbo que no saboreó.
Volvió a mirar el espejo.
Marta sonreía, animada, sirviendo el postre. Normal. Completamente normal.
Nadie más lo había visto.
O nadie más lo decía.
—Nos vamos —repitió Ana. Esta vez no como una decisión sino como un hecho.
Claudia se encerró en su habitación después de que Lucas se durmiera. Marina no intentó retenerla. Ella también necesitaba sus propias paredes, solo que las suyas eran las páginas de un cuaderno con letra de otra persona.
Se instaló en el sofá, con la televisión de fondo a volumen bajo, y abrió el diario por donde lo había dejado la última vez.
Día 23: Samantha ha empezado a escuchar susurros. No en toda la casa: solo en su habitación, solo de noche. Yo le pregunté qué decían las voces y ella dijo que hablaban en un idioma que no reconocía pero que de todas formas entendía. Me quedé un momento sin saber qué responder.
Marina levantó los ojos de las páginas.
Samantha. La hija de Elisabeth. Catorce años en 1997. El mismo nombre que la amiga imaginaria de Lucas.
Siguió.
Día 28: Samantha ya no duerme en su habitación.
La encuentro cada mañana en el pasillo, sentada contra la pared, con los ojos abiertos, pero sin estar del todo despierta.
Dice que algo la llama desde dentro del espejo de noche y que si se queda en la habitación tiene que mirarlo.
Que no puede evitarlo. He intentado cubrirlo con una sábana.
A la mañana siguiente la sábana está doblada en el suelo y Samantha está frente al espejo descubierto, con las manos en el cristal.
Hoy he buscado al hombre que nos recomendó el yacimiento. Joaquín. El número de teléfono que me dio ya no existe.
Marina paró un momento.
Joaquín.
Siguió leyendo.
Día 35: He encontrado en la biblioteca del pueblo un manuscrito que describe a Nemorak.
No es un nombre que conociera. Es una entidad, dice el texto, nacida del terror colectivo, alimentada por el miedo de los individuos.
No habita ningún lugar físico: necesita un recipiente.
Algo que la contenga mientras espera. El espejo de obsidiana es ese recipiente.
Pero lo que más me ha costado leer, lo que he releído tres veces antes de entender que no estaba equivocada, es esto: Nemorak no consume a sus víctimas de golpe.
Las prepara. Las hace permeable al miedo de manera gradual, durante semanas, hasta que el miedo es todo lo que son. Y entonces las absorbe.
Samantha lleva cuatro semanas mirando ese espejo.
La televisión del fondo emitió un sonido diferente. Marina levantó los ojos. Un documental sobre pueblos abandonados. Paredes cubiertas de musgo, puertas resistiendo al tiempo. Lo apagó.
El silencio de la casa era completo excepto por el crujido ocasional de la estructura, esos sonidos que hacen las casas de noche y que de día pasan desapercibidos.
Marina volvió al diario.
Día 40: Esta noche he visto cómo ocurría.
Estaba en el umbral de la habitación de Samantha.
El espejo estaba frente a ella. Mi hija de pie, en pijama, con su mano en el cristal, susurrando.
Intenté moverme. No pude. No era parálisis exactamente: el espacio entre el umbral y ella se volvió más denso, imipidiéndome que llegara a tiempo.
La superficie del espejo se ondulaba. Algo dentro del cristal, algo que se desplazaba desde el fondo hacia la superficie con lentitud.
Una mano salió del espejo.
Larga, oscura, con los dedos demasiado largos para ser humanos. Se posó en el hombro de Samantha con una delicadeza que era peor que cualquier violencia. Y Samantha no se resistió. Se giró hacia el espejo y su figura empezó a volverse menos presente, menos ella.
Grité. No sé si salió algún sonido.
Cuando pude moverme, el espejo era solo un espejo. Y Samantha no estaba.
Marina cerró el diario.
Lo hizo despacio, con cuidado, evitando que el gesto brusco pudiera despertar algo.
Se quedó quieta en el sofá con el cuaderno en el regazo y el corazón latiendo muy fuerte.