Los Olivos Chapter 2 #21
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Chapter 2 #21

No de golpe. Con esa lentitud digna de las cosas mecánicas que llevan años funcionando: un primer crujido del cable, una vibración del suelo de la cabina, y a continuación el descenso, suave, controlado, exactamente como subiría un ascensor que llega tarde a buscar a su pasajero.

Doña Pilar todavía estaba asomada. La parte superior de su cuerpo estaba fuera, sobre el rellano de la primera planta. La parte inferior, dentro de la cabina, que descendía.

El borde superior del marco de la puerta exterior llegó a la altura de su esternón.

Doña Pilar lo entendió antes de gritar: el cálculo geométrico exacto de lo que va a pasar a continuación.

Y luego, solo después, vino el grito.

El borde llegó a su clavícula.

Doña Pilar intentó tirarse hacia delante, hacia el rellano, para soltarse de la cabina antes de que el marco cerrara. Casi lo consiguió. Le faltó un segundo. El brazo derecho lo sacó. El izquierdo no.

El marco de la puerta exterior, al cerrarse contra el techo de la cabina que ahora bajaba a otra altura, hizo de tijera.

Don Anselmo cerró los ojos en ese instante, pero aun así, el sonido se le quedó grabado: primero el crujido de la chaqueta de Doña Pilar al engancharse, después un chasquido seco como el de una rama gruesa al partirse, y por último un sonido más mojado, más concentrado, que venía del esternón hacia adentro.

Cuando volvió a abrir los ojos, la cabina seguía descendiendo.

Doña Pilar había quedado partida en la altura del marco.

La mitad superior, sobre el rellano de la primera planta, tirada de bruces, todavía con un brazo extendido hacia adelante.

La mitad inferior, todavía en la cabina, desplomándose lentamente hacia el suelo de madera oscura mientras el ascensor seguía bajando con esa puntualidad mecánica que, a Don Anselmo, a partir de aquel día, le costaría no encontrar deliberada.

El timbre de alarma, pulsado por Doña Pilar dos minutos antes, seguía sonando. No paró de sonar en los siguientes diez minutos. Don Anselmo no fue capaz de moverse para apagarlo.

Se sentó en el escalón un momento. Apoyó la palanca contra la pared. Miró sus manos. Tenía el guante derecho manchado de sangre.

Después se levantó y bajó al sótano del edificio central.

En el cuarto de la centralita eléctrica abrió la caja de fusibles, accionó la palanca general y cortó la corriente del edificio.

El timbre paró. La luz amarilla del rellano se apagó.

Solo quedó el sonido de las cigarras del jardín, que aquella tarde eran particularmente intensas.

Después subió otra vez. Pasó junto al cuerpo partido de Doña Pilar sin mirarlo.

Salió del edificio. Cerró con llave la puerta principal.

Se sentó en el banco de la garita y se quedó mirando los olivos que rodeaban el residencial durante un rato largo, con las manos apoyadas sobre las rodillas, como un hombre que espera el autobús.

A las siete y cuarto, cuando Don Manuel apareció caminando por el sendero, Don Anselmo se levantó y le contó lo que había pasado, en orden, con la voz neutra de quien lee un parte. Don Manuel lo escuchó hasta el final mientras se acomodaba la corbata. Asintió una sola vez.

—Pobre Pilar —dijo Don Mnuel—. Llevaba semanas insistiéndome con el ruido del ascensor. Tenía que haberle hecho más caso. En fin. Mañana tiene que estar todo limpio antes de las nueve.

—Sí, señor —dijo Don Anselmo.

—Avisaremos a su sobrino esta noche. Que venga a recoger lo que sea de valor. Mañana cerraremos su villa.

—Lo que usted diga, señor.

—Hacía tiempo que no pasaba algo así —inclinó un poco la cabeza—. Habrá que darle de comer —añadió con una sonrisa.

Don Manuel le puso una mano en el hombro al conserje. Una sola vez. La presión justa. La calidez justa. Y luego siguió su camino hacia el edificio central, sin prisa.

Don Anselmo volvió a sentarse.

Ana se puso los pendientes frente al espejo del dormitorio con esa concentración que se pone en los gestos pequeños.

Llevaba el pelo recogido, la blusa azul marino que Jorge le había regalado en un cumpleaños de hace tres años y el gesto de alguien que ha decidido parecer normal durante las próximas dos horas. Lo había practicado suficiente como para saber cuánto esfuerzo costaba.

Jorge terminaba de abrocharse la camisa a su lado, deprisa, con la eficiencia de quien no quiere que el proceso dure más de lo necesario.

Llevaban un rato en el dormitorio sin hablar.

No era el silencio cómodo que habían tenido en otros tiempos, sino el que se instala cuando ya no hay más que decir.

—Hace tiempo que no salimos los dos solos —dijo Ana, sin apartar los ojos del espejo.

—Sí —respondió Jorge. Una sola sílaba, plana.

Ana lo miró en el reflejo. Él no la miraba a ella.

Bajaron. Claudia estaba en el sofá con el teléfono, Marina y Lucas medio dormidos bajo una manta con la televisión encendida. Ana se agachó junto a ellos, les tocó la frente a los dos, les dijo que Claudia estaba al cargo y que estarían de vuelta antes de las once.

—Cualquier cosa, llamas —le dijo a Claudia.

—Sí, mamá. Ya lo sé.

Jorge abrió la puerta. El aire de la noche entró por el umbral con ese calor seco del verano murciano que no refresca, aunque hayan pasado horas desde la puesta de sol.

Ana miró la casa desde el porche un momento antes de bajar los escalones. Las ventanas iluminadas, los niños dentro, todo en su sitio.

Casi.

La luz de la cocina estaba encendida. Ana estaba segura de haberla apagado. O quizás no.

Se quedó un segundo más en el umbral. Luego resopló y siguió a Jorge al coche.

Al girar la última curva antes de la villa catorce, Ana vio a Don Santiago y Doña Elvira.

Estaban en la entrada de la villa de los Martínez, en plena noche. Conversaban con esa naturalidad de quien se ha quedado a charlar después de una visita rutinaria.

Jorge aparcó. Bajaron.

—¡Qué sorpresa! —dijo Jorge, con una sonrisa.

—Solo estábamos de paso —respondió Doña Elvira, con voz de terciopelo gastado—. Traíamos un obsequio para la víspera de la Exultación. No queríamos interrumpir vuestra velada.

Don Santiago miró a Ana. No dijo nada. Solo la miró con atención, y luego sonrió con esa sonrisa que nunca llegaba del todo a los ojos.

—Disfrutad —dijo, con la seguridad de quien ya conoce el final de la noche.

Se fueron. Sus pasos sobre el camino de piedra se alejaron con una regularidad casi metronómica. Ana los siguió con los ojos hasta que la oscuridad los envolvió.

—¿Qué están haciendo aquí a estas horas? —le dijo a Jorge en voz baja.

—Siendo amables —respondió él.

—Don Santiago aparece en el bosque cuando estás solo, y ahora aquí cuando estamos los dos. —Una pausa—. Nadie es tan amable sin querer algo a cambio.

Jorge llamó al timbre sin responder.

La puerta se abrió antes de que el sonido terminara. Marta los recibió con una sonrisa y los brazos abiertos. Abrazó a Jorge primero, luego a Ana, con esa efusividad de quien lleva esperando este momento más tiempo del que la situación justifica.

—¡Por fin! —dijo Marta, sin soltar del todo a Ana—. Llevamos toda la tarde pensando en vosotros.

Ana se separó con una sonrisa forzada.

La villa de los Martínez era idéntica a la de los Gutiérrez en estructura, pero completamente diferente en todo lo demás.

Las velas en la mesa, la vajilla antigua de porcelana con bordes dorados, los arreglos florales con variedades que Ana desconocía. Todo estaba dispuesto con un cuidado que excedía lo que uno prepara para recibir a unos vecinos recién conocidos.

Javier y Marta sonreían. Mucho.

Sus hijos, Iván y Sergio, adolescentes de unos quince y dieciséis años, estaban sentados a un extremo de la mesa.

No hablaron cuando Ana y Jorge entraron.

No saludaron. Miraban el plato con la concentración de quien espera que la cena termine para poder hacer lo que realmente necesita hacer.

Tenían el mismo gesto, como gemelos, aunque no lo fueran, y en la frente de cada uno había una marca oscura: algo aplicado con un dedo, irregular.

—¡Esta noche es muy especial! —exclamó Marta, sirviendo vino—. Llevábamos días esperándola.

—Nosotros también —respondió Jorge, con una calidez que a Ana le pareció excesiva.

La conversación de los primeros veinte minutos fue el tipo de conversación que se tiene en estas situaciones: el residencial, qué tal el verano, los niños, Madrid.

Javier hablaba deprisa, con esa fluidez de alguien que ha bebido lo justo para que las palabras salgan más fáciles.

Marta rellenaba las copas sin preguntar.

Ana se llevó el tenedor a la boca.

La carne que Marta había servido —pollo guisado en almendras, según había anunciado al traer la fuente— estaba tibia, demasiado especiada, con una textura blanda que se deshacía en la lengua sin necesidad de masticar.

Ana masticó por costumbre. Y entonces algo pequeño y duro le crujió entre las muelas.

Se quedó quieta un momento.

El crujido había sido limpio, seco. No el chasquido blando de un cartílago. Algo más sólido. Hueso. Sacó la lengua despacio hasta empujar el bocado hacia los dientes delanteros. Cogió la servilleta, se la llevó a la boca y escupió en ella con discreción.

Bajó la mirada a la servilleta.

Sobre el lino blanco, entre el resto de la carne mascada, había tres huesos.

Muy pequeños. Muy finos. Curvados con la curvatura específica que tienen las costillas.

Con el tamaño de las costillas de un pájaro recién salido del huevo, pero con la forma de algo bípedo.

De algo que no había llegado a ser. Y al lado, redondeado, perfectamente reconocible, un fragmento de hueso plano, blanquecino, con la curvatura inconfundible de la bóveda craneal de un niño muy pequeño.

Ana cerró la servilleta con dos dedos. Se obligó a respirar por la nariz. Se obligó a no levantar la cabeza hasta haber recuperado la cara que tenía dos segundos antes.

Cuando levantó la vista, Marta la miraba sonriente con la copa a medio camino entre la mesa y los labios.

—¿Está rico, Ana?