Los Olivos Chapter 2 #20
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Chapter 2 #20

—Lo que necesitas —continuó Santiago— no es un registro de la propiedad ni una explicación racional de Los Olivos. Lo que necesitas es lo que todos los que vienen aquí necesitan: que alguien les diga que el sufrimiento no tiene por qué ser eterno.

Algo en esas palabras era exactamente lo que Jorge necesitaba escuchar. Eso era lo que lo perturbaba: la idea de estar condenado en vida.

—¿Y eso es lo que ofrece este lugar? —preguntó.

—Entre otras cosas —respondió Santiago, sonriente.

Jorge dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué otras cosas?

Santiago lo miró durante un momento largo.

—Todo a su tiempo, Jorge. Esta noche tenéis una cena con los Martínez, ¿verdad? Disfrutadla.

Jorge abrió la boca, pero no dijo nada.

Volvió a casa repasando lo que Don Santiago le había dicho y lo que él, sin darse cuenta, le había permitido decir.

Las cigarras habían empezado al amanecer y no habían parado en todo el día. A las cinco de la tarde su sonido era una sierra continua que se metía en el cráneo de Ana y se quedaba allí, vibrando, incluso después de cerrar las ventanas.

Ana llevaba dos horas delante del ordenador cuando Jorge entró por la puerta. Cerró el portátil en un movimiento fluido, sin prisa.

—¿Dónde has estado? —preguntó.

—Corriendo. Me encontré con Don Santiago en el bosque y me ha invitado a un café.

Ana lo miró. Estaba ahí, en sus ojos. Ese brillo ligeramente distinto de los últimos días. La resignación de no seguir luchando contra algo que se estaba asentado en él.

—¿Y sobre qué hablasteis?

—Cosas del residencial. De adaptarse. —Hizo una pausa—. Me dijo algo sobre los fantasmas que traemos con nosotros.

—¿Y bien?

—Que tiene razón —respondió Jorge, y en su voz había algo que a Ana no le gustó.

Silencio.

—Jorge —dijo Ana—. He seguido buscando Los Olivos. Tampoco hay nada en el catastro ni en el registro mercantil. Este lugar no existe en ningún documento oficial.

La reacción fue inmediata. Un gesto en la mandíbula. Apenas visible. Suficiente.

—¿De dónde has sacado eso?

—Lo he buscado yo. Y estoy intentando contrastar con un contacto, pero la cobertura aquí no llega bien. No me llegan los mensajes desde esta mañana.

Jorge se cruzó de brazos.

—¿Qué contacto?

—Raúl.

Un silencio diferente.

—Siempre Raúl, Ana.

—Esto no va de Raúl. Va de que vivimos en un sitio que oficialmente no existe, en una casa comprada con un contrato de una inmobiliaria que tampoco existe en ningún registro. —Se levantó—. ¿No te parece que eso merece más que un café con Don Santiago?

—Hablaré con él —dijo Jorge—. Seguramente hay una explicación administrativa. Estas urbanizaciones privadas a veces tienen estructuras legales complejas.

—¿Estructuras legales complejas? —repitió Ana, con un tono que no era ira exactamente sino asombro—. Jorge. Te están mintiendo. Y tú estás eligiendo no verlo.

Jorge la miró. Y Ana vio algo en sus ojos que hizo que el frío del pecho se extendiera hasta los brazos.

No era negación. Era algo más profundo.

Jorge parecía saber algo que ella todavía ignoraba.

—Esta noche tenemos la cena con los Martínez —dijo, cambiando el tono—. Nos vendrá bien conocer a gente.

—No sé si deberíamos dejar solos a los niños.

—Claudia puede cuidarlos. Es casi mayor de edad.

Ana lo miró durante un momento largo.

—Está bien —dijo finalmente.

Ana se fue al cuarto de baño y cerró la puerta.

Se quedó de pie frente al espejo durante un momento, con las manos apoyadas en el lavabo.

Los pensamientos aterrizaban en su mente sin orden ni concierto. Sofía. Raúl, y las horas que llevaba sin saber de él. La manera en que Jorge había dicho que Santiago tenía razón. Y, sobre todo, lo que Meryl le había susurrado al oído fuera de la iglesia.

Miró su propio reflejo.

El reflejo la miraba de vuelta con sus mismos ojos, su mismo gesto, su mismo pelo desaliñado de la mañana.

Exactamente igual.

Ana apartó los ojos del espejo.

Abrió el grifo. Se lavó la cara. Contó hasta diez.

Y se dijo a sí misma, mirándose al espejo: esta noche en la cena con los Martínez voy a averiguar si ellos también han notado lo que yo he notado. Y si lo han notado, voy a averiguar cuánto llevan notándolo y por qué no han dicho nada.

Y pensó: tengo que hablar con Meryl.

A solas. Sin que nadie lo sepa.

En la habitación de Lucas, a esa misma hora, el niño estaba sentado en el suelo con el dinosaurio de plástico en la mano.

No jugaba. Lo sostenía y miraba el rincón donde Samanta solía estar.

Llevaba un rato así. Sin que nadie lo viera. Sin que nadie supiera que estaba esperando.

Lucas dejó el dinosaurio en el suelo con cuidado, de pie.

—¿Dónde estás? —preguntó en voz muy baja.

El silencio de la habitación era el silencio normal de una habitación vacía. Pero Lucas había aprendido a distinguir los tipos de silencio. El de cuando Samanta estaba y no hablaba era diferente al de cuando no estaba. Este era el segundo.

Se levantó. Fue a la ventana. Miró el jardín.

La piscina brillaba bajo el sol de la mañana. Los arbustos estaban inmóviles.

Y entonces lo vio.

Al fondo del jardín, en el límite donde los árboles cedían paso al muro exterior, había una niña.

De pie. Mirando hacia la casa. Mirándolo a él.

Tenía el pelo largo y castaño. Era difícil ver los detalles desde la ventana del piso de arriba. Pero Lucas supo con certeza que era Samanta.

Y también supo, por primera vez desde que la conocía, que había algo diferente en ella.

No en cómo se veía, sino en lo que transmitía.

La sensación de que llevaba mucho tiempo esperando algo de él y empezaba a agotársele la paciencia.

Lucas levantó la mano despacio.

La figura del jardín no se movió.

Luego, muy lentamente, inclinó la cabeza hacia un lado.

Escuchando algo que Lucas no podía oír.

Recibiendo instrucciones desde algún lugar.

Lucas bajó la mano.

Se apartó de la ventana.

Cogió el dinosaurio del suelo y lo metió debajo de la almohada, que era el único lugar donde sabía que estaba a salvo.

Luego salió de la habitación.

10 la cena

En el edificio central del residencial, a las seis y veinticuatro de la tarde, Doña Pilar Cifuentes esperaba el ascensor.

Lo había esperado mil veces. Más, probablemente.

Doña Pilar tenía setenta y tres años, vivía sola en la villa siete desde que su marido «se fue».

Dos veces por semana subía a la consulta del médico en la segunda planta del edificio central, donde le tomaban la tensión, le ajustaban la medicación de la rodilla y le daban una pastilla pequeña, redonda, blanca, que ella se metía debajo de la lengua sin preguntar para qué servía.

El ascensor del edificio central era de los antiguos: cabina de madera oscura, puertas de reja metálica que había que cerrar a mano antes de que el ascensor accediera a moverse, panel de botones de baquelita amarillenta.

Olía a aceite viejo y a barniz. Crujía al subir.

Don Anselmo, el conserje, decía siempre que estaban a punto de cambiarlo, que ya había venido el técnico, que era cuestión de semanas.

Lo decía desde antes de que el marido de Doña Pilar se fuera. Lo seguiría diciendo mucho después.

Aquella tarde, la cabina llegó como siempre.

La puerta exterior se abrió con su chasquido seco.

Doña Pilar empujó la reja interior, entró, dejó el bolso en el suelo —le dolían los hombros— y pulsó el dos.

Cerró la reja. La puerta exterior se cerró sola, despacio, con ese movimiento perezoso de las cosas mecánicas que han hecho lo mismo demasiadas veces.

El ascensor empezó a subir.

Y se detuvo con un golpe seco que hizo crujir todo el mecanismo y que dejó la cabina suspendida en algún punto entre la planta baja y la primera. Una sacudida y luego nada. La luz interior parpadeó dos veces y volvió a estabilizarse, ahora con un tono más amarillo.

Doña Pilar respiró hondo. Tampoco era la primera vez que el ascensor del edificio central se quedaba parado entre plantas.

La última fue en marzo. La de antes, en noviembre.

Una vez, hace tres años, había estado allí dentro veinte minutos hasta que vino Don Anselmo con la palanca.

Doña Pilar pulsó el botón rojo de alarma.

Sonó un timbre largo en algún punto del edificio.

Cinco segundos después, oyó la voz pausada del conseje desde el hueco del ascensor.

—Tranquila, Doña Pilar. Ya voy.

—No tengo prisa, Anselmo, no se preocupe.

—Cinco minutos.

Lo que ocurrió a continuación tuvo una secuencia muy precisa, y Don Anselmo, que la presenció desde abajo a través de la ranura de la puerta exterior, sería capaz de describirla años después con una claridad que él mismo encontraba inquietante.

No porque la hubiera reconstruido. Porque no había logrado olvidarla.

Primero, la reja interior de la cabina se abrió sola.

Doña Pilar no la había tocado. Estaba apoyada contra la pared del fondo, con el bolso en el suelo, esperando.

La reja crujió, se deslizó hacia un lado y dejó visible el hueco entre la cabina y la pared del ascensor: un canal de unos veinte centímetros, negro, donde se veían los cables grasientos y el contrapeso descendiendo a su ritmo lento, inverso al de la cabina.

Doña Pilar dijo:

—¡Ay!

Solo eso. Sorprendida, como cuando uno descubre que se ha dejado el grifo abierto.

Después la puerta exterior, la de la planta baja, también se abrió sola, dos pisos por debajo de ella.

Se abrió hacia el rellano, y Don Anselmo —que estaba subiendo las escaleras con la palanca en la mano— se detuvo en el último escalón al ver que la cabina estaba parada arriba, las dos puertas abiertas, y Doña Pilar se asomaba con prudencia, agarrada al marco con las dos manos, intentando ver desde su posición qué estaba pasando.

—¡Doña Pilar, no salga! —gritó el conserje—. ¡No se asome! ¡Quédese atrás!

Doña Pilar lo oyó. Levantó la cabeza para responderle. Y entonces el ascensor, con las dos puertas abiertas y sin que nadie hubiera pulsado nada, decidió moverse.

Hacia abajo.