Los Olivos Chapter 2 #19
42%

Chapter 2 #19

Jorge lo sabía también. Porque él había estado en el sofá con los ojos cerrados fingiendo que no se le había pasado el efecto del whisky, en lugar de estar junto a su mujer en el cuarto de Gonzalo.

Ninguno de los dos se lo dijo al otro.

Nunca.

Eso fue lo que acabó con ellos de verdad.

No la infidelidad, no la negligencia en el quirófano que vino después, no la inhabilitación.

Sino ese silencio compartido que construyeron alrededor de aquella madrugada de noviembre y que los separó de una manera que no requería distancia física porque ya llevaban puesta la coraza.

Hubo una sola vez, meses después. Ana intentó hablar de Marina en el pasillo. De lo quieta que estaba. De lo expectante.

Jorge la dejó hablar hasta que entendió adónde iba.

—¡Es solo una niña! —dijo, con una voz que Ana no le había escuchado antes—. Estás perdiendo la cabeza. Para.

Ana paró y se odió a sí misma.

Pero el recuerdo nunca desapareció.

Jorge salió a correr al día siguiente de la ceremonia antes de que amaneciera.

Era su manera de procesar. Doce kilómetros, el cuerpo al límite, los pulmones exhaustos, la mente más ocupada en sobrevivir el esfuerzo que en otra cosa.

En Madrid lo hacía por el parque del Retiro, entre otros corredores, perros y ciclistas madrugadores.

Aquí lo hacía por los senderos que bordeaban el residencial y se adentraban entre los árboles, en silencio.

El bosque de Los Olivos a las seis de la mañana parecía otra cosa.

La luz no había llegado todavía a los estratos bajos. Llegaba desde arriba, filtrada por las copas, en esa tonalidad verde y difusa que tiene la madrugada entre árboles altos. Los pájaros empezaban, pero el sonido era todavía escaso, puntual.

Jorge corría con los auriculares puestos, pero sin música, porque necesitaba escuchar sus propios pasos para saber que estaba donde creía estar.

El teléfono vibró en el bolsillo.

Miró la pantalla sin detenerse del todo. Sofía.

Se detuvo.

Llevaba tres semanas sin contestar sus llamadas. Desde antes de la mudanza. Desde que había decidido que lo de Sofía había terminado y que lo que quedaba de su matrimonio merecía al menos un intento honesto.

Lo que tenía con Sofía había durado seis meses.

Seis meses de detalles. El café que ella pedía siempre a las cuatro en la máquina del pasillo del hospital.

La manera en que se ataba el pelo antes de entrar a quirófano.

Una cicatriz pequeña bajo el pómulo izquierdo que ella nunca explicó y por la que él nunca preguntó.

No era amor. Jorge sabía distinguir el amor del alivio.

Era alivio. El de alguien que ha estado aguantando y que encuentra un lugar donde la carga se reduce, aunque sea temporalmente.

Aunque sea a un precio que no ha terminado de calcular.

Sofía no sabía lo de Gonzalo. No sabía lo de la negligencia, que ocurrió después.

Conocía la versión anterior: el cirujano de prestigio que se sentía invisible en su propio matrimonio.

Esa versión ya no existía.

Contestó de todas formas.

—Sofía.

—Jorge. —Su voz tenía esa calidad específica de alguien que ha ensayado las primeras palabras y luego no sabe qué sigue—. Necesitaba oírte.

—Ya hemos hablado de esto.

—Lo sé, pero no es tan fácil para mí.

Jorge apoyó una mano en la corteza de un árbol. El sudor se enfriaba en su piel.

—Se acabó, Sofía. No puedo seguir con esto. Estoy intentando arreglar algo que se rompió hace tiempo y no puedo hacerlo si tú sigues llamando.

—¿Arreglar qué? —dijo ella—. ¿Volver a fingir que todo está bien? ¿Con una mujer que lleva años mirándote como si fueras el problema?

Jorge apretó la mandíbula.

—No sabes nada de Ana.

—Sé lo que me has contado tú —respondió Sofía—. Que ya no os tocáis. Que dormis en la misma cama como dos extraños. Que llevas meses sin sentir que eres alguien en esa casa, no solo una función. —Una pausa—. Eso me lo contaste tú, Jorge. No me lo he inventado.

Silencio.

Era cierto. Se lo contó una noche en el bar cerca del hospital, con el whisky entre las manos y la guardia baja.

Jorge dejó la copa en la mesa.

—No llames más, por favor —dijo. Y colgó.

Se quedó con el teléfono en la mano durante un momento. El bosque a su alrededor permanecía completamente en silencio.

Luego guardó el teléfono y siguió corriendo.

Pero no pudo dejar de pensar en lo que Sofía había dicho. En que llevaba meses sin sentir que era alguien en esa casa. Y en que eso era verdad, era completamente verdad. En que la razón de que fuera verdad no era Ana sino él mismo, la cosa que cargaba desde noviembre, el silencio que no había roto.

Corrió más deprisa.

El bosque absorbió el sonido de sus pasos.

El olor habitual a estiércol llegaba ahora con más fuerza.

Fue veinte minutos después cuando tropezó con algo en el camino.

Al principio pensó que era una raíz. El tipo de obstáculo habitual en un sendero de tierra sin mantenimiento. Pero algo en la forma, en la manera en que la tierra estaba removida en ese punto concreto, hizo que se detuviera y mirara.

El socavón era pequeño. La tierra alrededor estaba levantada de manera irregular. Jorge se agachó. Apartó la tierra suelta con la mano.

Sus dedos encontraron algo.

Frío. Rígido. Con la textura inconfundible de piel humana.

Jorge retiró la mano de golpe. Miró. Entre la tierra revuelta, sobresaliendo apenas, había una mano. Pálida. Con los dedos ligeramente curvados, la posición de una mano que ha dejado de tener tensión muscular.

Se incorporó. Retrocedió dos pasos.

Luego, porque era médico y los médicos verifican antes de reaccionar, volvió a agacharse y apartó más tierra con movimientos rápidos y controlados. Un brazo. Un hombro. Un cuello. Un rostro.

Un rostro que conocía.

Era la paciente. La mujer de treinta y cuatro años que había entrado por su propio pie al quirófano ocho meses atrás y que no había salido.

La mujer cuyo nombre Jorge llevaba grabado en lo más profundo de su alma.

La veía cada vez que cerraba los ojos, en el retrovisor, en la cara de sus hijos cuando creían que él no los miraba.

Y ahora la tenía a sus pies, en el suelo de un bosque en Murcia, con los ojos abiertos y la boca entreabierta. La misma posición exacta en que la había dejado al cubrirla con la sábana ocho meses atrás.

Jorge no pudo moverse durante varios segundos.

Luego, con la lentitud de alguien que actúa en contra de todo lo que siente, extendió los dedos temblorosos y tocó la mejilla de la mujer.

La tierra.

Solo tierra compacta y fría. Sin piel, sin forma, sin nada.

Jorge se quedó en cuclillas sobre el suelo. Su mano temblaba sobre la tierra donde, segundos antes, había una cara. El sendero estaba tranquilo, como era habitual. La luz seguía filtrándose entre las copas.

—¿Te encuentras bien?

La voz llegó desde detrás con la tranquilidad de quien ha visto todo y ha deicido no mencionarlo.

Jorge se incorporó demasiado rápido. Casi perdió el equilibrio. Don Santiago estaba de pie a tres metros, con las manos en los bolsillos, con esa sonrisa que nunca llegaba del todo a los ojos.

—Me has asustado —dijo Jorge, alto tembloroso.

—Lo siento —dijo Santiago—. Te he visto detenerte y pensé que tal vez necesitabas ayuda.

Miró el suelo donde Jorge había estado escarbando. Una mirada breve, precisa. Luego volvió a mirar a Jorge con la expresión de alguien que ya sabe la respuesta a la pregunta que está a punto de hacer.

—¿Qué has visto?

Jorge dudó. Una parte de él quería decir: nada, me he caído, estoy bien, buenos días. Pero había algo en la manera en que Santiago lo miraba —esa atención sin juicio, esa calma que no era indiferencia— que lo hizo hablar.

—Me ha parecido ver... un cuerpo. Enterrado. —Hizo una pausa—. Pero no había nada.

Santiago asintió despacio.

—Este bosque es antiguo —dijo—. Tiene una manera de mezclar lo que está fuera con lo que uno lleva dentro. Lo que guardamos con demasiada fuerza acaba encontrando la salida.

Jorge lo miró.

—¿Sabe quién era? —preguntó, antes de poder decidir si quería preguntar eso.

La sonrisa de Santiago no cambió. Pero sus ojos sí. Algo en ellos se movió, brevemente, antes de volver a la calma habitual.

—Vente a casa —dijo—. Un café y hablamos.

La casa de Don Santiago era la más grande del residencial después de la central de los directores.

Jorge la había visto desde fuera pero nunca había entrado.

El interior era lo que esperaba de alguien como Santiago: muebles antiguos y bien conservados, estanterías llenas de libros con un orden que no era decorativo sino de uso real, alfombras de lana que amortiguaban los pasos.

Un reloj de péndulo en la pared del salón que marcaba los segundos con una regularidad que en ese silencio se hacía casi ruidosa.

Santiago le sirvió café sin preguntar cómo lo quería. Negro, en una taza de porcelana blanca sin adornos.

Se sentaron frente a frente.

Por un momento ninguno dijo nada. Jorge sostuvo la taza con las dos manos, agradecido por tener algo a lo que aferrarse.

—El bosque muestra cosas —dijo Santiago finalmente—. No a todo el mundo. Solo a los que traen algo consigo que tiene suficiente peso para crear una imagen.

—Ha sido una alucinación —dijo Jorge. Lo dijo con la firmeza de quien necesita que algo sea verdad para poder seguir.

—Quizás —respondió Santiago—. Pero hay cosas que no se entierran, aunque uno quiera. Tú lo sabes mejor que nadie.

Jorge lo miró.

—¿Qué sabrás tú de mí?

—Lo que sabe cualquiera que haya prestado atención.

—Santiago dio un sorbo al café con esa serenidad que empezaba a resultarle a Jorge más irritante que tranquilizadora—.

Que eres un hombre que ha cometido un error irreparable y que desde entonces se siente culpable de una manera que no es sostenible.

Que has venido aquí buscando algo que tiene que ver con volver a ser el hombre que eras antes.

Jorge no respondió.