Chapter 2 #16
Día 7: El monasterio es más antiguo de lo que indicaban los documentos previos.
Las paredes de la nave principal tienen estratos que sugieren construcción sobre construcción, cada una borrando casi por completo la anterior.
El lugar había necesitado ser reinventado varias veces.
Hoy levantamos una losa sellada bajo un metro de tierra compactada.
Debajo había una cámara pequeña, del tamaño de un armario.
El aire que salió era frío. Llevaba mucho tiempo encerrado y lo notamos al salir.
Nadie lo mencionó. Pero todos lo notamos.
Marina pasó varias páginas. Los días intermedios eran técnicos, llenos de medidas y catalogaciones. Luego:
Día 14: En el corazón del monasterio hemos encontrado lo que quizás sea el hallazgo más importante de mi carrera.
Un espejo de obsidiana de aproximadamente ochenta centímetros de alto por cincuenta de ancho, enmarcado en madera negra con tallados que no pertenecen a ningún estilo regional que reconozca.
La superficie no refleja con normalidad.
La imagen que devuelve tiene un ligero retardo.
Samantha lo encontró fascinante. Yo intenté convencerme de que era fascinante y no otra cosa.
Lo he traído a la casa donde nos alojamos. Sé que no debería haberlo hecho. El protocolo es claro. Pero había algo en dejar ese objeto solo en esa cámara, en ese monasterio, en esa oscuridad, que me resultó imposible.
No sé explicar por qué.
Marina cerró el diario de golpe.
No porque tuviera miedo exactamente, sino porque la lectura le produjo la sensación de estar leyendo algo que estaba ocurriendo ahora. Allí, en el bosque donde ella estaba sentada con la espalda contra las raíces de un árbol y el sonido del viento entre las ramas sobre su cabeza.
Guardó el diario.
Miró a su alrededor.
No había rastro de Claudia ni de Lucas.
—¿Claudia? —llamó.
Nada.
—¿Lucas?
Solo el bosque. La luz filtrándose. El viento.
Marina se puso en pie.
Lucas había llegado al arroyo siguiendo una atracción que no era exactamente la de Samanta pero que tampoco era completamente suya.
Era algo intermedio. Una dirección que sentía más que pensaba, como cuando uno sabe sin mirar que alguien está detrás.
Se había alejado de sus hermanas, siguiendo el sonido del agua entre la vegetación hasta que el arroyo apareció ante él: un hilo de agua que serpenteaba entre las raíces, no más ancho que un brazo extendido, con el fondo de piedra visible a través del agua transparente.
Se agachó. Tocó la superficie con la punta de los dedos.
El agua estaba fría. Más de lo que debería estar en junio.
Miró su propio reflejo en el agua. Los ojos, el pelo alborotado, la camiseta azul. Y luego, detrás de su propio reflejo, en el fondo del agua, vio otra cosa.
No un reflejo del cielo ni de los árboles.
Una cara.
Mirándolo desde abajo.
Lucas no gritó. Retiró los dedos del agua muy despacio. Se incorporó y dio un paso atrás.
El reflejo del agua volvió a ser solo el cielo y los árboles.
Lucas se quedó mirando el arroyo durante un momento más.
—Samanta —dijo en voz muy baja—. ¿Eres tú?
El agua no respondió.
Pero el frío siguió ahí, aunque sus dedos no estuvieran mojados.
Ana se levantó de la manta para llamar a los niños. Caminó unos metros hacia los árboles y entonces la vio.
Meryl. De pie. Entre dos pinos, a unos veinte metros, con el traje sastre raído y los guantes blancos. No hacía nada. No se movía. Solo estaba ahí, mirando.
No miraba a Ana.
Miraba el punto exacto en el que los niños se habían adentrado en el bosque unos minutos antes.
—¡Meryl! —llamó Ana.
La mujer no se giró. No le respondió. No pareció siquiera escuchar su nombre. Tenía la cabeza ligeramente inclinada y la mano izquierda en alto.
Ana dio dos pasos hacia ella. Meryl, sin dejar de mirar el punto entre los pinos, dio varios pasos hacia atrás. Sin tropezar. Sin volverse a comprobar el suelo. Conocía cada raíz y cada piedra de aquel bosque mejor que la palma de su propia mano.
—¡Niños! —gritó Ana, sin dejar de mirar a Meryl—. ¡Volved aquí ahora mismo!
Las voces de los niños llegaron desde algún punto del bosque, todavía distantes. Y en el momento exacto en que Ana giró un instante la cabeza para localizar de que dirección venían, Meryl desapareció.
Ana corrió hacia los pinos donde Meryl había estado. Llegó al punto exacto. Se agachó. En la tierra blanda dos huellas pequeñas, de zapato bajo. Pero no había más rastro de ella.
Claudia se quitó los auriculares cuando tropezó con una raíz y estuvo a punto de caer.
El silencio del bosque la golpeó de inmediato, ese contraste brusco entre el sonido que llenaba sus oídos y la ausencia repentina de todo. Se quedó quieta un momento, dejando que los oídos se adaptaran.
El bosque estaba en silencio.
El silencio de un espacio que contiene el sonido, que lo absorbe antes de que pueda propagarse. La sensación de que algo enorme e inmóvil estaba prestando atención.
—¿Lucas? —llamó—. ¿Marina?
Nada.
Miró a su alrededor. Los árboles eran más altos de lo que recordaba. La luz llegaba desde arriba en ángulos que no correspondían a la hora. No sabía con certeza de qué dirección había venido ni cuánto tiempo llevaba caminando.
Y entonces lo vio.
Entre dos árboles, a unos veinte metros, había una figura. Quieta. Del tamaño de un niño, o quizás algo más alta. Oscura.
Claudia se quedó inmóvil.
La figura tampoco se movió.
Duraron así unos segundos que Claudia no habría sabido cuantificar. Luego escuchó la voz de su madre llamándola desde algún punto detrás de ella, y el sonido de esa voz conocida fue suficiente para que sus pies respondieran.
Se giró y caminó de vuelta hacia la voz.
No corrió.
Pero no miró atrás.
7 TRES SEMANAS ANTES
Javier Martínez llegó a Los Olivos convencido de que el matrimonio no tenía arreglo.
No lo dijo así. No lo pensó con esas palabras exactas, porque hay cosas que la mente esquiva durante meses, como los pájaros que sobrevuelan el lugar donde van a posarse.
Pensaba que necesitaban un cambio. Que, si no hacían algo diferente, en dos años habrían perdido incluso la energía para discutir.
Lo que pensaba, las madrugadas que no podía dormir y Marta descansaba a su lado con esa indiferencia de quien ya no espera nada, era: no sé si todavía la quiero. Y no sé si ya me importa.
El sobre llegó en febrero, cuando llevaban diez años casados y cuando los últimos tres de esos diez se habían deteriorado sin que nadie hiciera nada para evitarlo porque nadie sabe exactamente qué habría que hacer.
Pergamino color marfil. Caligrafía antigua.
Una villa de lujo en Murcia a un precio que no tenía ningún sentido de mercado.
Las condiciones extrañas —sin visita previa, aceptación en quince días— que Javier habría rechazado en cualquier otra circunstancia pero que en esa circunstancia leyó como señal.
Marta lo leyó con escepticismo. Luego con curiosidad. Luego con algo que Javier interpretó como la primera emoción compartida que habían tenido en meses.
—¿Y los chicos? —preguntó ella.
—Iván y Sergio se adaptan a todo —respondió Javier—. Siempre lo han hecho.
Eso era verdad. Era también una manera de no decir que Iván y Sergio llevaban dos años adaptándose a unos padres que compartían techo y poco más, y que su capacidad de adaptación no era virtud sino consecuencia.
Firmaron el contrato.
En mayo llegaron a Los Olivos.
Las primeras dos semanas fueron mejores de lo que esperaban.
No de manera espectacular. No hubo una reconciliación inmediata ni conversaciones reveladoras ni ninguno de esos gestos cinematográficos que en las películas marcan el punto de inflexión de un matrimonio.
Fue más sutil que eso. Javier empezó a despertarse por las mañanas sin ansiedad.
Marta empezó a cocinar de nuevo, no por obligación sino por placer.
Iván y Sergio salían al jardín por las tardes y volvían a las ocho con tierra en los zapatos y sin los teléfonos en la mano.
Pequeñas cosas que en conjunto configuran algo semejante al bienestar.
Los vecinos eran amables. Los directores habían organizado una bienvenida que a Javier le pareció un poco excesiva en sus formas pero que en el fondo encontró genuina: cuatro personas que se alegraban de verdad de que estuvieran allí, que hacían preguntas sobre sus vidas con una atención que resultaba agradable después de años de conversaciones de relleno.
Don Santiago en particular.
Javier había hablado con él tres veces en los primeros diez días.
Las tres veces en circunstancias aparentemente casuales: en el camino principal una mañana, en la pequeña plaza central una tarde, en la ladera del bosque un atardecer cuando Javier salió a caminar solo porque necesitaba silencio y encontró silencio, pero también a Santiago.
Santiago escuchaba de una manera que Javier no había encontrado en muchas personas: sin preparar la respuesta mientras el otro habla, sin desviar la conversación hacia sí mismo en cuanto aparece una pausa. Solo escucha, con esa atención completa que hace que uno sienta que lo que dice importa.
Javier le habló del matrimonio. De los diez años. De los tres últimos.
Santiago no ofreció soluciones. No dijo lo que Javier esperaba que dijera. Dijo algo diferente:
—El problema no es que hayas dejado de querer a Marta. El problema es que llevas años con una versión de ti mismo que ya no te corresponde. Y eso agota cualquier cosa, incluso el amor.
Javier lo miró.
—¿Y cómo se cambia eso?
—Dejando que este lugar haga lo que sabe hacer —respondió Santiago, con una sonrisa completamente.
El cambio en Marta empezó en la tercera semana.
Primero fue el sueño: Marta empezó a dormir de una manera diferente, más profunda, sin los movimientos constantes que le impedían el descanso.