Chapter 2 #15
—Todos bebiendo del mismo recipiente. No, Jorge. No hemos aprendido nada de la pandemia.
Él la miró. Y Ana vio en sus ojos algo que no le gustó. El sermón de Don Santiago parecía haber encontrado en Jorge un territorio sin defensas.
—Solo será un momento —dijo Jorge.
Se levantó y se puso en la fila.
Ana no lo siguió. Se quedó en el banco con los niños, mirando. El anciano sostuvo el cáliz frente a Jorge. Jorge lo cogió con las dos manos y se lo llevó a los labios.
Bebió.
Devolvió el cáliz. Volvió al banco y se sentó. Luego miró al frente.
—¿Qué sabor tiene? —preguntó Ana.
Jorge tardó un momento en responder.
—No es vino —dijo—. Es terroso. Con algo metálico. Como un aceite de oliva muy intenso y un poco amargo.
Ana no dijo nada más. Pero miró el cáliz en la distancia, pensando en el color que había descrito Jorge. Y pensó en el sabor metálico y en lo que sabía de su trabajo sobre los sabores metálicos.
A su lado, Claudia se había levantado.
Ana tardó un segundo en procesarlo. Claudia de pie, con los auriculares en el cuello, mirando la fila con esa expresión nueva que no era la suya. Dando un paso hacia el pasillo.
—Claudia —dijo Ana, con la voz baja pero firme.
Su hija se detuvo. Parpadeó. Se giró hacia ella con el gesto de alguien que sale de un trance y no sabe exactamente cómo ahí.
—¿Qué? —dijo Claudia.
—Siéntate.
Claudia se sentó, con ese gesto suyo de ceder sin admitir que cede. Pero Ana había visto el paso que había dado hacia el pasillo, y había visto la expresión que tenía mientras lo daba.
Lucas, a su lado, tarareaba algo muy bajo, casi inaudible.
Era la misma melodía.
Al terminar la comunión, Don Santiago anunció La Exultación .
—¡Faltan dos días! —proclamó, con la energía recuperada de golpe—. Dos días para la celebración más importante del año en Los Olivos. Un momento para unir nuestras historias y abrazar lo que está por venir.
La congregación aplaudió. Un aplauso colectivo, sincronizado.
—Y hoy —continuó Don Santiago, mirando directamente a los bancos del fondo— celebramos también la llegada de dos familias maravillosas. Los Gutiérrez y los Martínez.
Todos los rostros de la congregación se giraron hacia ellos al mismo tiempo.
Ana sintió el peso de esas miradas. No eran miradas hostiles. Eran peores: eran miradas de expectativa. De quien lleva tiempo esperando algo y por fin lo tiene delante.
Jorge brillaba. Su pecho se ensanchó y sonrió.
—Esto es un buen comienzo —le susurró.
Ana asintió sin responder.
Buscó a Meryl con los ojos. El banco del fondo donde había estado sentada estaba vacío.
Fuera, en el espacio abierto entre la iglesia y el bosque, los vecinos se dispersaron en grupos pequeños con la naturalidad de quien continúa una conversación interrumpida por la ceremonia.
Ana encontró a la familia Martínez junto a una fuente ornamental.
Marta, la mujer, tenía la expresión de alguien que quiere hablar, pero no sabe si puede hacerlo con seguridad.
Ese gesto de mirar brevemente alrededor antes de decir algo, esa manera de bajar ligeramente el volumen, aunque no haya nadie cerca.
—Hola —dijo Ana, acercándose—. Soy Ana. Llegamos hace dos días.
—Lo sé —respondió Marta—. Os vimos de camino a casa de los directores. —Una pausa—. Yo soy Marta. Él es Javier.
Javier estrechó la mano de Ana con firmeza. Tenía los ojos de alguien que evalúa antes de hablar, lo cual a Ana le pareció una buena señal.
—¿Qué os ha parecido la ceremonia? —preguntó Javier, con un tono neutro.
—Interesante —dijo Ana, con el mismo tono.
Se miraron un momento. Marta soltó una pequeña risa, aliviada.
—¿Cenáis mañana con nosotros? —dijo Marta—. Villa catorce, al final de la calle principal, junto al roble grande. A las ocho.
—Allí estaremos —respondió Ana.
Había algo entre los cuatro que no necesitaba ser dicho en voz alta. Un entendimiento tácito que a Ana le relajó.
Meryl apareció cuando Ana se estaba girando para buscar a los niños.
Salió de entre la gente con esa capacidad suya de materializarse sin que nadie la viera llegar.
Se colocó junto a Ana, tan cerca que hasta pudo oler su perfume —floral, anticuado, con un ligero toque a lavanda.
Le habló al oído con la voz baja y aguda de quien comparte un secreto.
Ana sintió contra el lóbulo de su oreja el roce áspero del guante de algodón.
—Tienes una hija que canta dormida —dijo Meryl—. Yo también tuve una. Cuídala.
La mano enguantada se cerró un momento alrededor de la muñeca de Ana, con una fuerza que no correspondía a una mujer de su edad. Lo justo para que Ana no pudiera apartarse en el primer impulso.
—Y otra cosa —añadió Meryl—. Nunca mires en el espejo.
Ana se giró.
Meryl ya no estaba. Se había disuelto entre la gente con la misma facilidad con que había aparecido, dejando solo el rastro de su perfume floral y esas dos frases sin sentido.
Los tres niños se adentraron en el bosque mientras Ana extendía la manta para el picnic.
—No os alejéis —dijo—. Y volved en cuanto os llame.
—Sí, sí —respondió Claudia, con los auriculares ya puestos de nuevo.
Desaparecieron entre los árboles.
Jorge estaba en el teléfono, distraído. Ana esperó a que perdiera la atención del todo y luego se alejó unos pasos hacia la ladera del bosque, lo suficiente para que no pudiera escucharla.
Buscó el contacto de Raúl.
Raúl Mendoza era su antiguo compañero en la comisaría de Madrid.
Llevaban diez años trabajando juntos antes de que Ana renunciara al ascenso para mudarse.
Era la persona en quien más confiaba profesionalmente, y la relación entre ellos tenía la complejidad característica de dos personas que han pasado mucho tiempo en situaciones de presión juntas y que saben cosas el uno del otro que no se dicen, pero tampoco se olvidan.
Jorge no lo quería. Ana entendía por qué.
También entendía que en este momento no tenía otra opción.
Raúl cogió al primer tono.
—Ana. ¿Estás bien?
—Estoy en un sitio que se llama Residencial Los Olivos, en las afueras de Murcia. Necesito que busques todo lo que puedas sobre él. Nombre del titular, licencias, registros de construcción. Yo no encuentro nada, Raúl. Absolutamente nada.
Silencio al otro lado. Luego:
—¿Nada de nada?
—Nada. El GPS nos trajo hasta aquí, pero la calle no tiene nombre. El complejo no aparece en el catastro ni en el registro de la propiedad.
—¿Y cómo compraste la casa?
—Con un contrato que llegó por correo. De una inmobiliaria que tampoco encuentro online.
Otro silencio. Este más largo.
—Hay algo más —añadió Ana—. Busca también a una arqueóloga. Elisabeth Varla. Desapareció en Murcia en 1997 durante un trabajo de campo.
—De acuerdo. —La voz de Raúl tenía esa firmeza típica de quien ya está trabajando mientras habla—. Te aviso en cuanto tenga algo. Ana.
—Llámame loca, pero comprueba también el censo. Menores de catorce. Estoy en una urbanización con quince villas y no he visto ni oído a un solo crío. No me cuadra.
—No te preocupes. Cuídate.
Colgó. Ana se quedó con el teléfono en la mano, mirando el bosque donde habían desaparecido sus hijos.
El bosque era denso. La luz que llegaba desde dentro era diferente a la del exterior, más filtrada, más verde, con esa cualidad de los espacios donde los árboles son suficientemente altos y juntos para crear su propio microclima. No se oían las risas de los niños.
Se metió el teléfono en el bolsillo. Fue a por el vaso de agua que había traído. Lo bebió despacio, mirando los árboles.
Dejó que Jorge se adelantara hacia los árboles a buscar a los niños.
Se quedó sola un momento junto a la manta, tarareando la dichosa melodía ella sola en voz muy baja, intentando retenerla.
Intentando entender de dónde venía. Era antigua, eso era seguro.
El tipo de melodía que no se compone, sino que se transmite, de boca en boca, de generación en generación, sin que nadie recuerde ya quién la cantó por primera vez ni por qué.
Y sin que nadie sepa exactamente qué hace en la cabeza de un niño de siete años que acaba de llegar a un lugar que no existe en ningún mapa.
Marina había encontrado un árbol con las raíces suficientemente grandes para apoyar la espalda y había abierto el diario.
La letra de Elisabeth Varla era pequeña y apretada, la de alguien que escribe para registrar, no para ser leída.
Se detuvo un momento en los márgenes, llenos de notas y pequeños dibujos: esquemas de excavación, perfiles de objetos, coordenadas.
Las primeras páginas tenían el tono tranquilo y profesional de un diario de campo.
Pero Marina había aprendido, en los años que llevaba leyendo, que el tono de un texto cambia cuando algo cambia en quien lo escribe.
Empezó por el principio.
Día 1: Cuando llegamos a Murcia el aire olía a romero y a tierra.
Samantha y yo habíamos dejado atrás las brumosas colinas de Yorkshire y el silencio de nuestra casa de piedra que todavía recordaba la ausencia de William.
Aquí era diferente. Había movimiento, vida, una promesa de nuevos comienzos entre las ruinas por descubrir.
El equipo es bueno. Joaquín, que coordinó la logística desde Madrid, no ha venido, lo cual me alegra.
Hay algo en ese hombre que me incomoda sin que pueda precisar qué.
Pero los demás son estupendos. Mañana empezamos.
Marina levantó los ojos.
Samantha. La hija de Elisabeth se llamaba Samantha. Igual que la amiga imaginaria de Lucas.
Siguió leyendo.