Los Olivos Chapter 2 #17
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Chapter 2 #17

Luego el humor. Marta había sido una persona con sentido del humor antes de que los últimos tres años lo fueran erosionando. Ese sentido del humor volvió, gradualmente, con esa naturalidad de algo que estaba ahí antes y que simplemente había necesitado condiciones para salir de nuevo.

Luego la tranquilidad. Una manera de moverse por la casa y por el residencial que no tenía la tensión de quien espera que algo salga mal.

Javier lo vio y lo sintió como un alivio enorme.

Se percató de que había estado más preocupado de lo que admitía, que el peso del matrimonio deteriorado había sido más intenso de lo que reconocía en voz alta.

Y que este lugar, de alguna manera, estaba haciendo algo que los terapeutas, las conversaciones y los intentos de los últimos años no habían conseguido.

Los chicos también cambiaron.

Iván, el mayor, había sido durante dos años un adolescente de esos que responden con monosílabos y miran el teléfono en la mesa. Aquí empezó a hablar en las cenas. No mucho ni de manera forzada, simplemente empezó a estar presente.

Sergio, el menor, siguió a su hermano con la obediencia automática de los hermanos pequeños.

Javier observaba todo aquello con cautela. Había aprendido, a base de palos, a desconfiar de las cosas buenas que se presentaban tan fácil.

Pero los días pasaban y la trampa no aparecía.

Y Javier empezó a creer.

La primera vez que Javier notó algo que no encajaba fue un martes de la tercera semana.

Marta estaba en el jardín y Javier salió a buscarla para decirle que la cena estaba lista.

La encontró de pie junto al muro del fondo, mirando los arbustos, con los brazos caídos y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

No hacía nada. No miraba nada específico.

Solo estaba ahí, completamente paralizada.

—Marta.

Ella se giró. Sus ojos tardaron un segundo en enfocarse, como cuando alguien sale de una ensoñación profunda.

—¿Qué? Ah. Sí. Ahora voy.

Javier la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —respondió ella, con una sonrisa.

—¿Qué escuchabas?

Marta pareció considerarlo.

—No sé cómo describirlo —dijo—. Es como una melodía. Muy suave. ¿Tú no la oyes?

Javier escuchó. El jardín, el viento leve entre los arbustos, el agua de la fuente de la plaza al fondo.

—No oigo nada especial.

Marta asintió.

—No importa, cariño —dijo, y volvió hacia la casa con esa ligereza nueva, sin darle más importancia.

Javier se quedó un momento en el jardín, escuchando.

Nada.

O casi nada. Algo en el límite de lo audible, tan tenue que podría ser el propio sistema nervioso generando ruido cuando no hay suficiente estímulo externo. Una frecuencia baja, regular.

Javier entró en casa.

Los chicos empezaron a cambiar de manera diferente en la cuarta semana.

Iván dejó de hablar en las cenas. Fue reduciendo las intervenciones hasta que una noche Javier se dio cuenta de que llevaba dos días sin escuchar la voz de su hijo mayor excepto para responder preguntas directas con la menor cantidad de palabras posible.

Sergio siguió a su hermano.

Pero lo que más inquietó a Javier, la noche en que por fin se permitió reconocer que algo no iba bien, fue lo que vio desde el pasillo.

Las dos de la mañana. Javier había ido al baño y al pasar frente a la habitación de Iván vio luz por debajo de la puerta. Llamó suavemente. No hubo respuesta. Abrió.

Iván estaba sentado en el suelo, frente al espejo del armario. De espaldas a la puerta, mirando su propio reflejo sin parpadear. Ese gesto que Javier reconoció porque lo había visto antes, en el jardín, en su mujer.

La misma quietud. La misma cabeza levemente inclinada. La misma actitud de quien escucha.

—Iván.

Su hijo se giró despacio. Sus ojos tardaron ese segundo de más en enfocarse.

—Papá. Estaba... no podía dormir.

—¿Qué estabas haciendo?

Una pausa.

—Nada —dijo Iván—. Mirándome.

Javier lo mandó a la cama. Cerró la puerta.

Fue al dormitorio y se quedó tumbado con los ojos abiertos durante una hora pensando en la cara de su hijo frente al espejo y en la melodía que Marta escuchaba en el jardín y en todo lo que Los Olivos les había dado en un mes y en si era posible que algo que daba tanto pudiera no tener un precio.

A las cuatro de la mañana decidió hablar con Don Santiago.

Santiago lo recibió esa mañana con la calma de siempre.

Javier le contó lo que había visto. La melodía de Marta. El espejo de Iván. El cambio en Sergio. Mientras hablaba se escuchaba a sí mismo y notaba que el tono no era el de alguien que describe síntomas alarmantes sino el de alguien que pide una explicación que ya está medio dispuesto a aceptar.

Santiago escuchó. Bebió el café. Dejó que Javier terminara.

—¿Y cómo estáis vosotros dos? —preguntó finalmente—. Marta y tú.

Javier lo pensó.

—Mejor que en años —respondió. Y era verdad.

—¿Y los chicos parecen sufrir?

Javier lo pensó también. Iván frente al espejo no parecía en absoluto asustado. Parecía... tranquilo. Completamente tranquilo.

—No —admitió.

—Lo que estáis experimentando —dijo Santiago— es el efecto de un lugar que trabaja en profundidad.

No en la superficie, no en los síntomas, sino en lo que hay debajo.

En los miedos que uno lleva sin saber que los lleva.

La melodía que escucha Marta, los chicos.

.. son señales de que el proceso funciona. De que están soltando algo.

—¿Qué proceso? —preguntó Javier.

Santiago lo miró a los ojos.

—La Exultación —dijo—. Que se celebra en tres semanas. Es el momento en que todo lo que este lugar ha estado construyendo en vosotros madure del todo. —Una pausa—. Os pido que confiéis. Y que dejéis que los chicos sigan su proceso también.

Javier quería hacer más preguntas. Tenía más preguntas. Pero había algo en la voz de Santiago, en el hecho irrefutable de que su matrimonio estaba mejor que en años y de que sus hijos parecían en paz, que hacía que las preguntas parecieran un gesto de ingratitud.

—De acuerdo —dijo.

Esa noche, en la cama, le contó a Marta lo que Santiago le había dicho. Marta escuchó sin la tensión de antes, y cuando Javier terminó dijo:

—Yo ya lo sabía.

—¿Cómo?

—La melodía me lo dijo —respondió, con la naturalidad de quien comenta el tiempo—. Que esto iba a terminar bien.

Javier la miró durante un momento en la oscuridad del dormitorio.

No dijo nada.

Pero esa noche tardó mucho en dormirse, y cuando por fin lo hizo soñó con un espejo negro en el que no había reflejo y con una melodía que venía de dentro del espejo.

A la mañana siguiente no la recordaba del todo.

Solo tenía la sensación de que había sido bella y de que le había prometido algo que él todavía no comprendía.

En la última semana antes de la Exultación, las marcas aparecieron.

Iván fue el primero. Un miércoles por la mañana bajó a desayunar con un aspa de ceniza en la frente, oscura y precisa, dibujada con una regularidad que no era la de alguien que se mancha sin querer.

—¿Qué es eso? —preguntó Javier.

—Don Santiago me la puso ayer —respondió Iván, con la indiferencia de quien habla de algo completamente ordinario—. Para la Exultación.

Javier miró a Marta. Marta miraba a Iván con la expresión de alguien que entiende algo que el otro todavía no.

—Es una preparación —dijo ella—. Es bonito, ¿no?

Al día siguiente Sergio tenía la misma marca.

Javier fue a ver a Santiago esa tarde.

—Las marcas en los chicos —empezó.

—Son una señal de que están listos —dijo Santiago, antes de que Javier pudiera continuar—. De que la Exultación va a ser completa para ellos. Es un honor.

Honor. La palabra aterrizó en Javier de una manera que no era del todo incómoda.

—¿Y nosotros? —preguntó—. Marta y yo.

—Vosotros ya estáis preparados de otra manera —respondió Santiago—. Los adultos no necesitan la marca. Ya llevan en su interior.

Javier lo miró.

—¿Qué señal?

Santiago sonrió.

—El alivio —dijo—. ¿No lo sientes? Ese peso que llegó contigo y que ya no está. Eso es la señal. Eso es lo que Nemorak reconoce en ti.

Era la primera vez que Santiago pronunciaba ese nombre en voz alta frente a Javier. Nemorak. Javier no lo conocía, pero le resultó extrañamente familiar.

—¿Quién es Nemorak? —preguntó.

—Lo que este lugar ofrece —respondió Santiago—. Lo que os ha devuelto lo que teníais. Lo que os dará algo que no sabíais que os faltaba.

Javier debería haber tenido miedo.

No lo tenía.

Eso era lo que Nemorak llevaba tres semanas construyendo en él: la ausencia exacta de miedo.

Javier volvió a casa.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, toda la familia cenó junta en silencio. No el silencio incómodo de antes. El silencio de las personas que no necesitan palabras porque comparten algo mucho más trascendental.

Iván y Sergio tenían las marcas en la frente.

Javier los miraba y pensaba: esto es lo que habíamos perdido. Esta presencia. Esta paz.

No pensó en preguntarse a qué precio.

Ya no tenía esa clase de preguntas.

8 CLAUDIA

Claudia había aprendido a dormir con auriculares desde los catorce años. No por la música precisamente, sino por el silencio que producían. Un silencio que ella elegía y que podía controlar.

Esa noche, con los auriculares puestos, el teléfono apoyado en el pecho y la pantalla oscurecida porque Javi había dejado de contestar mensajes a las once, Claudia miraba el techo de su habitación nueva y pensaba en la pregunta que nadie le había hecho todavía pero que ella llevaba haciéndose a sí misma desde antes de salir de Madrid.

¿Cuándo había empezado su padre a romperse?

No la negligencia. Antes. Porque la negligencia era el nombre oficial que el mundo le había puesto a algo que, para Claudia, tenía otro: el momento en que su padre dejó de parecer invencible.

Ella lo había notado antes que nadie. Lo había notado porque llevaba dieciséis años estudiando a sus padres con la atención de los hijos que saben que la estabilidad de su mundo depende del estado de esas dos personas.

Había notado lo de Sofía también.