Los Olivos Chapter 2 #12
27%

Chapter 2 #12

La policía de Middleton tomó la denuncia de desaparición a las dos de la tarde, cuando los padres de Sarah confirmaron que no había vuelto a casa. Registraron la galería. Interrogaron al director y a los empleados. Revisaron las calles del entorno.

No encontraron nada que indicara qué había ocurrido con una chica de catorce años que había salido de casa antes del amanecer y no había llegado a ningún sitio.

Los padres de Sarah se llamaban Robert y Helen Matthews.

Robert era profesor de matemáticas en el colegio del pueblo, un hombre metódico y callado que procesaba las cosas despacio.

Helen trabajaba en la biblioteca municipal tres días a la semana.

Los otros cuatro los llenaba con tareas domésticas.

Le gustaban, sí. Pero sobretodo la mantenían lejos de los pensamientos que aparecían cuando se quedaba quieta.

Cuando la policía llamó a su puerta a las dos de la tarde del primero de mayo, Robert abrió la puerta y lo supo antes de que el agente dijera nada.

Helen estaba en la cocina. Robert la llamó. Ella llegó secándose las manos en el delantal y vio la cara de su marido y vio la cara del agente.

No hicieron falta más palabras.

Los días siguientes fueron el tipo de días que los que los han vivido describen siempre de la misma manera: interminables y a la vez imposibles de recordar con claridad.

La policía. Los vecinos. Los formularios.

Las preguntas que se repiten porque cada turno de investigadores necesita empezar desde el principio.

Las llamadas de conocidos que no saben qué decir, pero dicen de todas formas.

El silencio de la habitación de Sarah, a la que Robert y Helen no entraron durante semanas.

Un día Robert miró los cuadros de Sarah guardados en el armario del pasillo.

Los sacó uno a uno.

Los miró durante un rato largo.

Helen le preguntó qué hacía.

—Intentar entender qué veía ella —respondió Robert.

Helen se quedó mirando los cuadros también.

El bosque de Sarah, en sus distintas versiones: el bosque gris, el bosque bajo la lluvia.

Siempre los mismos árboles retorcidos. Siempre las mismas sombras con geometría incorrecta.

Siempre esa sensación de que había algo entre los árboles que la mano de Sarah había sugerido sin llegar a pintar del todo.

—No lo entiendo —dijo Helen finalmente.

—Yo tampoco —respondió Robert—. Pero ella sí.

Guardó los cuadros de nuevo.

Nunca volvió a sacarlos.

Pero tampoco los tiró. Y en los años siguientes, cuando Helen mencionaba la posibilidad de limpiar el armario, Robert siempre decía lo mismo: todavía no. Esperar no tenía ningún propósito y los dos lo sabían. Sarah no iba a volver a necesitar sus cuadros. Aún así, todavía no.

El caso quedó abierto durante años.

Nunca se resolvió.

El cuadro seguía colgado en la pared norte cuando el director llegó esa mañana. El Bosque Nocturno, exactamente donde lo habían puesto.

Pero el director, que llevaba veinte años trabajando con arte y que tenía un ojo entrenado para los detalles, se quedó mirándolo durante un momento más largo de lo habitual antes de llamar a la policía.

No porque el cuadro hubiera cambiado, exactamente.

Sino porque tenía la certeza de que había algo en el cuadro que no había estado la noche anterior.

Una figura pequeña entre los árboles del fondo, apenas visible, que podría haber sido una variación en la textura de la pintura o podría haber sido una persona de pie mirando hacia fuera desde dentro del bosque.

El director miró el cuadro durante un rato.

Luego lo descolgó.

Lo llevó al almacén del sótano.

Lo colocó cara a la pared.

Nunca lo volvió a exponer.

Pero tampoco lo tiró. Y en los años siguientes, cuando algún empleado nuevo preguntaba por el cuadro que estaba cara a la pared en el almacén del sótano, el director siempre respondía lo mismo: que era una obra en proceso. Que el artista todavía estaba trabajando en él.

Nadie preguntó nunca quién era el artista.

El marco también seguía en la sala.

El director lo miró un momento. Luego llamó al personal para preguntarles quién lo había colgado ahí y con qué autorización.

Nadie supo responder.

El marco no estaba en ningún inventario. No tenía etiqueta de procedencia. No había ningún registro de entrega ni ningún albarán. Como si siempre hubiera estado allí y la sala hubiera sido construida a su alrededor.

El director ordenó que lo retiraran.

Dos empleados intentaron descolgarlo esa misma tarde.

Uno de ellos dijo después, en una conversación que no fue nunca oficial, que cuando puso las manos en el marco sintió algo extraño.

No calor ni frío. Solo la certeza, completamente irracional, de que si tiraba del marco hacia fuera algo tiraría desde el otro lado con más fuerza.

Soltó el marco.

El otro empleado también.

Ninguno de los dos volvió a intentarlo.

El marco siguió en la sala norte de La Maison durante dos años, hasta que la galería cerró por reformas.

Durante ese tiempo, varios visitantes lo mencionaron en los libros de comentarios.

La mayoría de las notas decían variaciones de lo mismo: que el marco les había parecido inquietante, que no podían explicar por qué, que habían preferido no acercarse más de la cuenta.

Una nota, escrita por una visitante cuyo nombre no constaba en ningún registro, decía algo diferente.

Decía: he reconocido la inscripción del marco. Es una invocación de contención. Alguien la puso ahí para mantener algo dentro.

El director guardó la nota en un cajón.

Cerró el cajón con llave.

No mencionó la nota a nadie.

Pero esa noche, antes de cerrar la galería, fue a la sala norte y miró el marco durante un buen rato.

El interior seguía siendo negro.

Y tuvo la impresión —que descartó de inmediato, porque era un hombre razonable— de que el negro palpitaba.

Muy despacio.

Con la cadencia regular de algo que respira.

6 EL SERMÓN

Esa mañana Ana desempacó cajas desde las siete.

No porque hubiera dormido bien. Sino porque las manos ocupadas eran su mejor método para mantener la cordura.

Cada objeto que sacaba del papel de periódico —los vasos de los domingos, los marcos con fotos, el juego de cubiertos que les regaló la madre de Jorge— iba tomando su lugar en los armarios y en las estanterías con esa obediencia silenciosa de las cosas inanimadas que no tienen opinión sobre dónde están. Ana se sentía reflejada en eso.

La casa olía a madera nueva y a cloro de la piscina que llegaba por la ventana entreabierta. Era un olor limpio. Neutro. El olor de un lugar que todavía no había acumulado el rastro de ninguna vida.

Cuando terminó con las cajas se quedó quieta un momento, con las manos apoyadas en la mesa de la cocina.

Todo en su sitio.

Fue hasta el cajón del fondo y lo abrió de manera casi automática.

La petaca estaba ahí, entre los utensilios, donde la había colocado al desempacar.

La cogió. La sostuvo en la palma de la mano un momento, con esa mezcla específica de alivio y vergüenza que solo entiende quien la ha sentido más veces de las que querría admitir.

Dio un trago corto.

Lo justo.

Cerró los ojos.

El calor bajó por la garganta y el nudo del pecho se aflojó exactamente un grado, que era lo que necesitaba para seguir funcionando. Ni más ni menos. Lo justo para que las cosas siguieran moviéndose.

Guardó la petaca. Cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.

—¿Mamá, vamos a la piscina? —llegó la voz de Lucas desde el pasillo.

Ana se alisó el pelo con una mano y se giró.

—Claro, campeón.

Lucas se lanzó al agua antes de que Ana hubiera colocado la toalla en la tumbona.

Descalzo, con el bañador a medio poner y un cubo rojo en la mano, se plantó al borde y saltó sin pensárselo, con esa confianza total en su propio cuerpo que tienen los niños que todavía no han aprendido a tener miedo del agua.

Su risa estalló en el momento del impacto.

Era de esos niños que parecen haber nacido para nadar: se movía en el agua con una facilidad que a Ana siempre le había parecido casi sobrenatural.

El agua era su elemento y la tierra simplemente el lugar donde esperaba para volver a ella.

Ana se dejó caer en la tumbona. Abrió el libro que había cogido de la estantería, lo puso en el regazo, y no leyó ni una línea. Solo escuchó la risa de Lucas y el sonido del agua y dejó que el sol de la mañana le calentara la cara.

Era agradable.

Al cabo de un rato se metió en el agua. Se deslizó hasta la colchoneta que flotaba junto al borde y se acomodó en ella con las piernas colgando. Cerró los ojos. El sol, el agua, la risa de Lucas a lo lejos.

Por un momento no existía nada más.

Entonces sintió el cosquilleo en los pies.

Reconoció la sensación de inmediato. Lucas tenía esa costumbre desde los cuatro años: morderle suavemente los dedos de los pies, solo a ella, como una forma de decirle algo que no tenía palabras. Ana siempre fingía molestarse, pero por dentro se derretía.

Sonrió sin abrir los ojos.

El cosquilleo se convirtió en presión.

La presión en dolor.

Un pinchazo agudo que le subió desde el talón hasta la pantorrilla, como si algo se hubiera aferrado a su pie con una fuerza que no era la de un niño de siete años jugando.

—¡Lucas! —exclamó, incorporándose.

Las gafas de sol cayeron al agua.

—¡Lucas, me haces daño!

Y entonces escuchó su voz. Desde fuera de la piscina.

—¿Mamá? ¿Qué pasa?

Ana miró hacia las escaleras.

Lucas estaba ahí, con el torso mojado y los ojos muy abiertos. Fuera del agua. No había nadie a su lado.

Ana miró hacia el fondo de la piscina.

En el agua, entre los reflejos distorsionados de la luz, creyó ver algo. Una forma oscura. Cabello largo y castaño flotando. Un segundo. Menos que un segundo. El tiempo que dura un parpadeo antes de que el ojo decida que no ha visto lo que cree haber visto.

Luego nada. Solo el agua azul y los reflejos del sol.

Salió de la piscina. Le temblaban las piernas. Llegó hasta Lucas y lo agarró del brazo.