Chapter 2 #11
Sarah había dicho que sí. Que todo iba perfectamente bien.
Y era verdad. Lo que pasaba en sus cuadros no pasaba en su casa. Pasaba en algún lugar que ella reconocía sin haberlo visto, como ocurre en los sueños.
Ese sitio era el bosque. Siempre el bosque. Con sus árboles que no eran de ninguna especie, con su luna que no tenía la tonalidad correcta, con esas sombras que se movían en el ángulo del ojo pero que se detenían cuando intentaba mirarlas directamente.
Llevaba cinco años pintando ese bosque de distintas maneras.
El Bosque Nocturno era el primero en que había conseguido pintarlo exactamente como era.
La mañana del primero de mayo llegó a Middleton con ese frío húmedo del norte de Inglaterra que no es exactamente invierno, pero tampoco ha decidido ser otra cosa todavía.
Sarah salió de casa antes del amanecer.
No porque tuviera que hacerlo. La inauguración era a las doce.
Pero llevaba días con la necesidad de ver el cuadro colgado antes de que lo viera nadie más, de estar con él un momento en la quietud del lugar, como se visita a alguien querido en el hospital antes de que lleguen el resto de la familia.
Las aceras de Middleton estaban desiertas a esa hora. Las farolas todavía encendidas, la luz anaranjada mezclándose con el gris azulado del amanecer. Sus pasos resonaban en el pavimento mojado. No había nadie.
O casi nadie.
En la esquina de Market Street con la calle que llevaba a la galería, había un hombre parado.
Sarah lo vio desde lejos y cruzó al otro lado de la acera sin pensarlo, con ese gesto automático que las chicas de catorce años aprenden antes incluso de entender por qué lo aprenden.
El hombre no se movió. Llevaba un abrigo largo y un sombrero de ala ancha que, a esa hora y con esa luz, hacía difícil ver su cara.
Estaba de pie mirando hacia la galería, con las manos en los bolsillos, completamente inmóvil.
Sarah pasó por el lado opuesto de la calle sin mirarlo directamente.
Pero tuvo la certeza, sin poder justificarla, de que él sí la miraba a ella.
La puerta lateral de La Maison estaba abierta, como siempre a primera hora.
Sarah entró. La galería a esa hora parecía otra cosa: sin las voces y los pasos de los visitantes, sin la luz artificial encendida al máximo, solo la claridad grisácea del amanecer filtrándose por los ventanales altos y ese silencio sepulcral de los espacios grandes solitarios.
Sus pasos resonaban en el suelo de madera.
Recorrió las salas de la planta baja hasta llegar a la principal, la que tenía la pared norte con esa luz indirecta que el director había descrito como perfecta para los óleos de formato grande. Y allí estaba El Bosque Nocturno, colgado exactamente donde el director le había dicho que estaría.
Sarah se quedó parada frente a él.
No era vanidad lo que sentía. Era algo más parecido al reconocimiento, a la extraña sensación de que el cuadro era más real colgado en esa pared que cuando lo tenía en su habitación.
Había llegado al lugar al que pertenecía.
Las ramas retorcidas bajo la luz gris del amanecer parecían distintas a como las recordaba: más densas, más oscuras, con una geometría que le costaba seguir con los ojos porque siempre parecía que había algo más en el ángulo siguiente que no había visto en el anterior.
Se acercó un poco más.
Y entonces lo vio.
Colgado a la derecha de El Bosque Nocturno, en una pared que Sarah habría jurado que estaba vacía la última vez que estuvo en la galería, había un marco.
Solo el marco. Sin lienzo, sin cristal, sin nada en el interior excepto oscuridad.
Era de madera oscura, casi negra, tallado con una precisión que no tenía nada de decorativo sino de funcional.
Los motivos —ramas entrelazadas, formas que podrían ser raíces o podrían ser dedos— parecían cumplir algún propósito.
El interior del marco no mostraba la pared de detrás.
Mostraba negro. Un negro que tenía una profundidad absorbente.
Sarah dio un paso hacia él.
No fue decisión, sino instinto.
El borde del marco tenía grabada una inscripción en la madera.
Letras pequeñas y apretadas en un idioma que Sarah no identificó, dispuestas en espiral desde el ángulo superior izquierdo hasta el inferior derecho.
No supo leerlas. Pero al pasar los dedos por encima, sin llegar a tocar la madera, sintió algo.
Como cuando se acerca la mano a una pantalla encendida y se siente el campo estático antes del contacto.
—Es un marco precioso, ¿verdad?
Sarah se giró.
El hombre del sombrero estaba en la sala.
No había escuchado la puerta, no había escuchado pasos.
Simplemente estaba allí, de pie a unos tres metros, con las manos todavía en los bolsillos del abrigo.
El ala del sombrero seguía cubriéndole la mayor parte del rostro, pero Sarah pudo ver la boca.
Una boca sin ninguna expresión particular. Ni amenazante ni amable.
—¿Cómo ha entrado? —preguntó Sarah. Su voz sonó más firme de lo que esperaba.
—La puerta estaba abierta —respondió el hombre, con un acento que Sarah no supo situar—. Igual que para ti.
—La galería no abre hasta las doce.
—Lo sé.
Silencio.
El hombre miró el marco. Luego miró El Bosque Nocturno. Luego volvió a mirar a Sarah con calma.
—¿Lo has pintado tú? —preguntó, señalando el cuadro con la cabeza.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo tardaste?
—Seis semanas.
—¿Y cuánto tiempo llevaba esperando que lo pintaras?
Sarah abrió la boca. La cerró.
No era una pregunta que tuviera respuesta fácil. Y sin embargo entendió exactamente lo que el hombre quería decir.
El cuadro había estado esperando. Eso era lo que había sentido durante seis semanas de trabajo nocturno: no que lo estaba creando, sino que lo estaba encontrando. Que ya existía en algún lugar y que ella solo tenía la habilidad de trasladarlo a un sitio donde los demás pudieran verlo.
—No lo sé —dijo.
—Mucho tiempo —respondió el hombre—. Mucho más del que crees.
Se acercó al marco. Se colocó frente a él con la atención de alguien que examina algo valioso, algo que ha estado buscando.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó, sin girarse.
—Un marco —dijo Sarah—. Sin cuadro.
—Sin cuadro todavía —corrigió el hombre, en voz baja.
Sarah debería haberse ido.
Lo supo en el momento en que el hombre dijo todavía.
Fue una palabra pequeña, de cuatro sílabas, pero cayó en el aire de la sala con el peso de algo que cambia el significado de todo lo que viene después.
Sarah lo supo y no se fue. No porque no pudiera.
Porque algo en ella —la misma parte que había pintado El Bosque Nocturno durante seis semanas, la parte que entendía sin palabras lo que el hombre había querido decir— necesitaba saber qué había dentro del marco.
El interior negro seguía siendo negro. Profundo. Sin reflejo.
—Hay lugares —dijo el hombre, todavía de espaldas a ella— que existen en paralelo a este. No encima ni debajo. Al lado. Como dos habitaciones separadas por una pared muy delgada. La mayor parte del tiempo la pared es suficiente. Pero a veces alguien hace un agujero.
Se giró hacia ella.
Sarah vio sus ojos por primera vez. Eran claros, de un gris verdoso.
—Tu cuadro es un agujero —dijo—. Llevas seis semanas abriéndolo sin saberlo. Y ahora ellos pueden verte.
—¿Quiénes? —preguntó Sarah.
El hombre no respondió. Miró el marco.
Y el interior del marco dejó de ser negro.
Fue un cambio gradual, como cuando los ojos se adaptan a la oscuridad y las formas empiezan a separarse del fondo.
Primero Sarah creyó que era un efecto de la luz del amanecer.
Luego comprobó que no. Que lo que había en el interior del marco tenía movimiento propio.
Una densidad que se desplazaba con la lentitud de algo muy grande.
Sarah retrocedió un paso.
Sus pies respondieron. Podía moverse. Eso fue lo que pensó: puedo moverme, puedo salir por donde he entrado, la puerta lateral está al fondo del pasillo.
Y luego pensó: ¿por qué no me muevo?
Porque el interior del marco seguía cambiando. Y lo que había dentro —eso que se desplazaba con esa lentitud enorme— estaba tomando una forma que la miraba.
Sarah lo supo porque sintió la mirada antes de verla. Esa presión que no es física pero que el cuerpo registra igual.
—No tengas miedo —dijo el hombre, desde algún punto de la sala que Sarah ya no podía localizar sin apartar los ojos del marco—. El miedo es solo la distancia entre lo que conoces y lo que estás a punto de conocer.
La oscuridad del marco se extendió.
No hacia Sarah. Hacia el suelo. Una sombra que no necesitaba una fuente de luz para existir, que se desplazaba por el suelo de madera de la sala como algo que conoce el camino de memoria.
Sarah abrió la boca.
No gritó. El sonido no llegó. No porque el miedo lo bloqueara sino porque en el momento en que la sombra tocó sus pies, algo cambió en el interior de la sala de una manera que Sarah no habría podido describir, una variación en la presión del aire, en la temperatura, en algo más fundamental que ambas cosas, y el sonido simplemente dejó de ser necesario en ese lugar.
Lo último que Sarah Matthews vio con claridad fue su propio cuadro.
El Bosque Nocturno, colgado en la pared norte de La Maison, iluminado por la luz del amanecer que ya entraba con más fuerza por los ventanales. Y en el cuadro, entre las ramas retorcidas y las sombras con geometría imposible, había algo que Sarah nunca había pintado.
Una figura.
Pequeña, en el fondo del bosque, entre los árboles.
Mirando hacia fuera.
Los empleados de La Maison llegaron a las nueve y media.
Encontraron la galería exactamente como la habían dejado la noche anterior. Las pinturas en sus lugares. La luz del amanecer entrando por los ventanales sin obstáculos. El suelo limpio. Nada fuera de lugar.
Sarah Matthews no estaba.