Los Olivos Chapter 2 #10
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Chapter 2 #10

Ana lo miró un par de segundos. Pasó la vista por encima. Volvió al texto del artículo. Lo leyó entero por segunda vez. Comprobó que el nombre del hombre no aparecía mencionado en ningún sitio: la foto era de la doctora, el hombre que estaba a su lado era circunstancial, no llevaba pie individual.

Ana cerró el ordenador.

Miró a Jorge dormido en el sofá.

Miró hacia el techo.

Pensó en el día siguiente. En la iglesia. En que iba a fichar a cada uno cruzara esa puerta.

Cuatro de la madrugada.

Ana abrió los ojos de golpe.

No había sonado nada. La habitación estaba tal cual la había dejado: la ventana entreabierta, la cortina ladeada, Jorge respirando hondo a su lado, el walkie talkie encendido y el reloj de la mesilla marcando las tres y cuarenta y dos. Pero algo la había sacado del sueño.

Se quedó quieta, escuchando.

La casa emitía sus ruidos habituales. El frigorífico abajo, los crujidos de la madera al enfriarse, el tic-tac del reloj del salón. Nada nuevo.

Entonces, desde la habitación de Lucas, llegó la risa.

Una risa de niño. La de Lucas. Pero pequeña, ahogada, esa risa que los niños hacen cuando alguien les está haciendo cosquillas en susurros para no despertar a nadie. Una risa que necesita a otra persona.

Ana se incorporó.

—Lucas —le llamó, en voz baja.

La risa paró.

Se levantó y salió al pasillo descalza.

La puerta del cuarto de Lucas estaba entornada. Por la rendija salía la luz tenue y rojiza del piloto que Jorge le había puesto la primera noche para que el niño no se desorientara al despertarse. Ana se acercó sin hacer ruido. Empujó la puerta.

Lucas estaba sentado en la cama, con el dinosaurio en el regazo y la espalda apoyada en el cabecero. Sonreía.

Sonreía mirando al rincón de la habitación que quedaba justo a la izquierda del armario, ese rincón en sombra donde el piloto no llegaba.

—Lucas, mi amor. ¿Qué haces despierto?

Lucas se volvió hacia ella sin sobresaltarse, como quien lleva un rato esperando a que entre alguien. La sonrisa no se le borró del todo.

—La señora me estaba haciendo reír.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué señora, cariño?

Lucas señaló el rincón con la barbilla. Ana miró. Nadie. Una sombra de armario, la esquina de la pared, el rodapié blanco.

—Estaba ahí —dijo Lucas.

—¿Y qué te dice la señora, Lucas?

—Que tengo que ser bueno. Y que no le diga a nadie que viene a visitarme.

—¿Viene mucho?

Lucas se quedó pensando. Apretó el dinosaurio contra el pecho. Lo miró a Ana con la naturalidad de quien comparte una rutina conocida.

—No, mami. Es la primera vez que la veo.

Ana se quedó muy quieta.

—¿Y por qué me lo habías dicho?

Lucas la miró con esa paciencia que ponen los niños cuando los adultos no se enteran de algo evidente.

—Es que me dijo que no.

Ana abrió la boca para responder y no le salieron las palabras. Y en ese mismo instante, en el pasillo, a su espalda, oyó pasos.

Pasos rápidos. Cortos. Pies descalzos sobre el parquet, alejándose de la puerta del cuarto de Lucas hacia la escalera. Una carrera corta, sigilosa.

Alguien había estado escuchando desde fuera y había echado a correr al verse descubierto.

Ana se levantó de un salto.

—¡Eh!

Salió al pasillo, que estaba vacío. Pero los pasos seguían oyéndose hacia delante, ya en la escalera, bajando con el ritmo nervioso de algo que huía.

Corrió.

Corrió por el pasillo descalza, sintiendo el suelo helado, buscando equilibrio en la pared con sus manos.

Cuando llegó a la escalera los pasos ya estaban abajo, en el recibidor.

Bajó los escalones de tres en tres, con el corazón golpeándole las costillas, oyendo cómo aquellos pies descalzos cruzaban el recibidor hacia la cocina.

—¡Quieta! ¡Policía!

Lo gritó por reflejo, como en cualquier intervención, sin pensar que dentro de su propia casa la palabra sonaba absurda.

Al llegar al recibidor pulsó el interruptor con la palma. La luz del techo la cegó un segundo, ese segundo que tarda el ojo en pasar de la oscuridad al fluorescente, y en ese segundo oyó la puerta del sótano abrirse.

Era inconfundible: el chirrido de la bisagra de arriba, la que Jorge le había prometido engrasar.

Corrió hacia la cocina. La puerta del sótano —al fondo de la cocina, junto al cuarto de la lavadora— estaba entreabierta.

Y desde el hueco, hacia abajo, le llegaba ya un sonido distinto: pies bajando los escalones del sótano, rápidos, no del todo silenciosos, con el ruido particular que hacían los peldaños viejos.

Ana llegó a la puerta del sótano con la respiración acelerada.

Olor.

Le dio en la cara como una bofetada. Madera vieja. Naftalina. Un perfume floral antiguo. Estaba allí concentrado, denso. El olor de alguien que acababa de pasar por aquella puerta y había dejado su rastro suspendido en el aire.

Los pasos seguían bajando.

—¡Quieta, joder! —volvió a gritar Ana, con la voz quebrada esta vez, no de subinspectora sino de mujer asustada—. ¡Te he dicho que pares!

Buscó el interruptor del sótano con la mano izquierda. La luz del sótano estaba a la izquierda, bajando, en la pared. Ana lo sabía porque había bajado al sótano solo una vez desde que llegaron.

Su mano dio con el interruptor.

Le costó pulsarlo. Le temblaba el dedo.

Lo pulsó.

La bombilla del sótano se encendió con ese parpadeo amarillo de los fluorescentes viejos. Dos parpadeos. Y entonces, luz plena.

Y los pasos pararon.

Pararon de golpe, en mitad de la escalera.

Ana se quedó quieta arriba, escuchando.

Silencio.

Silencio absoluto. Ni respiración, ni movimiento. Lo que fuera que había estado bajando dejó de existir en el instante exacto en que la luz lo alcanzó.

—Te tengo —dijo Ana, en voz baja, hablándole a la escalera vacía. Y por la manera en que le salió la voz se dio cuenta de que no se lo decía al intruso, sino a sí misma. Una orden. Una mentira útil para poder bajar.

Bajó.

Bajó los escalones uno a uno, despacio, con la espalda apoyada en la pared lateral. El sótano era una habitación rectangular, larga, con el suelo de cemento basto. A la derecha, la caldera. A la izquierda, las cajas apiladas contra la pared. Una sola bombilla colgaba del techo, en el centro.

Ana llegó al pie de la escalera.

Recorrió el sótano sin bajar la guardia. Miró detrás de las cajas. Detrás de la caldera. Nada.

Volvió al centro del sótano.

Se quedó parada bajo la bombilla, con la mano apretándose el pecho, donde el corazón le golpeaba con tanta fuerza que casi le dolía. Respiró. Una vez. Otra. Contó hasta cuatro.

No funcionó.

Olió el aire.

Allí abajo no había olor a nada. Ni a naftalina, ni a jabón viejo, ni a perfume floral. Olía a lo que olía un sótano de Murcia en agosto: a humedad, a cemento, a polvo. Nada más.

El olor había estado arriba, en la puerta. Aquí abajo no había llegado.

Ana subió los escalones del sótano muy despacio, casi de espaldas, sin dejar de mirar al hueco hasta que cerró la puerta detrás de sí.

En el recibidor encendió todas las luces.

Recorrió la planta baja entera, comprobando puertas y ventanas.

Las dos puertas exteriores: cerradas, pestillos echados.

Las ventanas, una por una: cerradas. La del cuarto de la lavadora, la más pequeña, también cerrada.

El felpudo, en su sitio. Ni huellas, ni marcas, ni nada.

Subió a la planta de arriba. En el pasillo, justo delante de la puerta del cuarto de Lucas, el olor seguía allí. Más débil que antes. Pero allí.

Asomó la cabeza al cuarto de Lucas. El niño ya estaba dormido con el dinosaurio apretado contra la mejilla.

Ana se quedó en el umbral mirándolo durante mucho rato.

Cuando volvió a su dormitorio, Jorge no se había movido. Ana se metió en la cama. Se tumbó boca arriba, con la mirada fija en el techo, y allí estuvo, sin moverse, sin cerrar los ojos, hasta que la luz del amanecer empezó a entrar por la cortina.

5 LA PUERTA OSCURA

Sarah Matthews llevaba pintando desde los nueve años y en todo ese tiempo nadie le había dicho que sus cuadros eran bonitos.

Le habían dicho otras cosas. Que eran inquietantes.

Que eran extraños. Que tenían una oscuridad impropia para su edad.

Su profesora de arte del colegio los había mirado una vez durante un buen rato sin decir nada y luego había preguntado si todo iba bien en casa.

Su madre los guardaba en el armario del pasillo en lugar de colgarlos, con la excusa de que el papel era delicado.

Sus compañeras de clase nunca se atrevían a mirarlos del todo.

Sarah lo sabía. Y también sabía, con absoluta certeza, que eso no era un problema de sus cuadros.

Era un problema de ellos.

Por eso el sobre de La Maison había sido tan importante.

La Maison era la única galería de arte de Middleton, un pueblo del norte de Inglaterra donde lo extraordinario escaseaba por costumbre.

Fachada de ladrillo rojo, ventanas altas, una reputación local desproporcionada a su tamaño real.

El director de la galería había visto los cuadros de Sarah en una exposición escolar —los que la profesora había incluido casi a regañadientes— y le había enviado una carta formal diciéndole que le gustaría exhibir uno en la muestra de mayo.

Sarah la había leído ya tres veces.

Luego la guardó bajo el colchón.

Después, la volvió a sacar y la leyó de nuevo.

El cuadro elegido se llamaba El Bosque Nocturno.

Lo había pintado en seis semanas, de noche principalmente, con la sensación constante de que no lo estaba inventando sino descubriendo.

Como si la imagen hubiera estado esperando en algún lugar de su corazón y ella simplemente había tenido la habilidad técnica de trasladarla al lienzo.

Un bosque bajo la luna, con árboles que se retorcían en formas que sugerían movimiento, aunque el cuadro fuera estático.

Ramas que parecían extenderse más allá de los bordes del lienzo.

Sombras con una geometría que no correspondía a ninguna fuente de luz visible.

La profesora lo había mirado y había preguntado de nuevo si todo iba bien en casa.