Los Olivos Chapter 2 #9
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Chapter 2 #9

Ana no respondió de inmediato. Seguía mirando dentro del armario.

—No lo sé… he tenido la sensación de que…es igual.

Jorge le puso una mano en el hombro. Un gesto que decía: tranquila, es un niño de siete años con una amiga imaginaria, esto es normal.

Ana asintió.

Claudia se encerró en su dormitorio. Lo sucedido en el porche seguía dando vueltas en su cabeza. Pensó en contárselo a sus padres, pero lo descartó. Bastante raro era ya todo como para añadir más leña al fuego. Y, sinceramente, sabía lo que iban a decir: que tenía demasiada imaginación.

Se tomó un segundo para respirar hondo, cerrar los ojos y olvidar todo lo que tuviera que ver con el residencial.

Pero entonces llamaron a la puerta. Unos golpecitos cortos que no se rendían.

Era Marina. Podía reconocer el ritmo indeciso de esos nudillos que tanteaban en espera de una respuesta.

Desde el pasillo, se coló una voz tímida:

—Clau, ¿puedo entrar?

Claudia se quedó en silencio. No sabía como describir lo que sentía en ese momento: culpa, pero también una distancia que no lograba averiguar cuando empezó.

Recordó cuando Marina la seguía a todas partes.

La admiraba sin reservas, copiando todo lo que hacía, cada palabra, cada gesto.

Era su sombra, siempre cerca. Pero cuando Claudia cumplió trece años, algo cambió.

De repente, sintió la necesidad de estar sola.

Se empezó a alejar de su hermana sin razón aparente, buscando consuelo en nuevos amigos y en cosas que no la incluían.

Y Marina, aunque no lo entendiera, se quedó atrás.

Con el tiempo, se abrió una brecha entre ellas, una distancia que relucía en los pequeños comentarios y miradas.

—Claudia, por favor... —insistió Marina desde el otro lado de la puerta. Su voz estaba cargada de un anhelo que Claudia conocía bien.

—No, Marina. Estoy ocupada —respondió Claudia, con tono cortante.

Claudia sintió el silencio al otro lado de la puerta. Sabía que había vuelto a perder la oportunidad de acercarse a su hermana, de intentar arreglar las cosas.

Marina se fue en silencio, llevando consigo las mismas preguntas sin respuesta que le habían estado atormentando durante años.

Claudia, al escuchar cómo los pasos de su hermana se alejaban, dejó que una lágrima se le escapara. Decidió quedarse en su habitación, acurrucada en la cama. Volver a empezar, a reparar lo que ya estaba roto, era superior a sus fuerzas.

Ana hizo la paella con los ingredientes que habían traído de Madrid y con esa concentración específica de quien necesita tener las manos ocupadas.

Los niños llegaron a la mesa de uno en uno.

Lucas primero, con los hombros caídos, la mirada en el suelo y el dinosaurio apretado en el puño. Ana se agachó y le pasó la mano por la mejilla. Él asintió sin decir nada.

Claudia después, con los ojos levemente enrojecidos que intentaba disimular mirando hacia la ventana. Se sentó sin saludar.

Marina la última, más pálida de lo habitual, con algo cuadrado y rígido que sobresalía del bolsillo de la sudadera.

Jorge se sentó al final de la mesa con la mandíbula tensa y la camisa desabrochada un botón de más. Miró a sus hijos uno a uno con esa expresión de quien evalúa daños sin saber todavía cómo repararlos.

Ana sirvió la paella. Puso extra de alcachofas en el plato de Claudia sin decirlo.

Comenzó a hablar de cosas sin importancia: el jardín, la piscina, si habían visto el armario del pasillo que cerraba mal.

Era su manera de sostener el peso de la mesa, de interponer palabras entre el silencio y lo que el silencio podría dejar salir si le daba espacio.

—¿Está buena, Lucas? —preguntó, al ver que el niño removía el arroz sin comer.

Lucas miró el plato un momento.

—No me acuerdo cómo sabía antes —dijo.

Jorge dejó de masticar. Marina miró a su hermano. Ana siguió sonriendo porque era lo único que podía hacer.

—Samanta dice que va a ayudarnos a encontrar tesoros en el jardín —anunció Lucas, con desparpajo.

Marina levantó la vista.

—Qué casualidad —dijo, y su tono era más serio de lo que pretendía—. Yo he encontrado algo en el jardín hoy. Un cuaderno enterrado. Era de una arqueóloga, Elisabeth Varla.

El nombre no produjo ninguna reacción visible en Jorge ni en Ana. Pero Marina lo había dicho mirando a sus padres, y lo que buscaba en sus caras no era reconocimiento sino confirmación de que podía seguir. Ana la miró.

—¿Has estado sola en el jardín? —preguntó.

—Solo un momento.

—Marina. —con tono firme, intentando mantener la calma—. Ya hemos hablado esta mañana de esto.

—Lo sé. Lo siento.

Silencio.

Fue entonces cuando Claudia dejó el tenedor con un gesto deliberado, de los que se hacen cuando se ha decidido decir algo y se quiere que todo el mundo lo note.

—¿Os acordáis de cuando nos dijisteis que nos mudábamos?

Jorge y Ana se miraron.

—Ha sido una decisión difícil —empezó Jorge—. Pero creemos que es lo mejor para todos.

—¿Para todos? —repitió Claudia—. ¿O solo para vosotros dos?

—Claudia, eso no es justo —dijo Ana.

—Lo injusto es traernos a un sitio lleno de gente rara que entra en casa de noche y fingir que estamos aquí de vacaciones.

El teléfono de Jorge sonó.

Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla. Algo en su expresión cambió, un gesto breve que Ana captó: la ausencia de sorpresa.

—¿Sí?

La voz de Don Santiago llenó el comedor, alta y algo chirriante, con esa energía excesiva que tenía en persona multiplicada por el teléfono.

—¡Jorge! Espero no interrumpir. Quería invitaros al servicio litúrgico de mañana. Una tradición antigua del residencial, muy especial. Los nuevos residentes suelen venir. Es una forma bonita de conocer a la comunidad.

—No somos muy religiosos, Don Santiago.

—¡Oh, eso da igual! No es una misa. Es más bien una celebración. Hay cánticos, hay flores. Traed a los niños, les gustará. Os espero a todos.

La llamada se cortó antes de que Jorge pudiera responder.

Jorge dejó el teléfono sobre la mesa. Miró a su familia.

—Mañana hay un acto en la iglesia del residencial. Creo que deberíamos ir.

—¿Se puede venir Samanta? —preguntó Lucas.

Claudia empujó la silla hacia atrás. El chirrido del metal sobre el suelo fue lo bastante brusco como para que todos se sobresaltaran.

—¿Ahora somos la familia feliz que va a misa los domingos?

Se levantó. La silla cayó hacia atrás.

Salió del comedor sin esperar respuesta y sin recoger la silla.

El golpe seco de la silla contra el suelo quedó en el aire un momento. Lucas la siguió con los ojos, asustado. Marina bajó la vista al plato. Jorge no se movió.

Ana miró la silla caída y la dejó donde estaba.

Siguió comiendo, porque era lo único que podía controlar en ese momento: el movimiento del tenedor, el sabor del arroz, el gesto de alguien que todavía tiene apetito, aunque en realidad no lo tenga.

Más tarde, cuando los niños se fueron a sus habitaciones y Jorge se quedó dormido en el sofá con el teléfono en la mano, Ana sacó el ordenador portátil y buscó en el registro de la propiedad.

Buscó Los Olivos, Murcia.

Buscó el nombre del complejo. La dirección. El nombre del titular.

No encontró nada.

Amplió la búsqueda. Buscó en el catastro, en el registro mercantil, en las bases de datos de licencias de actividad de la Región de Murcia. Buscó en los archivos de noticias locales. Buscó en los mapas satelitales, comparando la imagen actual con imágenes de archivo de distintos años.

El complejo aparecía en las imágenes satelitales.

Pero no en ningún registro.

Ningún documento oficial reconocía la existencia de Los Olivos.

Ana se quedó mirando la pantalla durante un momento.

Luego buscó el nombre que Marina había mencionado en la cena.

Elisabeth Varla.

Eso sí dio resultados. Una arqueóloga británica, activa en los años ochenta y noventa, especializada en arqueología subterránea y en lo que los artículos académicos llamaban artefactos de origen incierto.

Varios papers publicados. Una desaparición en 1997 de la que no había información detallada, solo una nota breve en un boletín de la asociación española de arqueología que decía que la profesora Varla había interrumpido su trabajo de campo en la provincia de Murcia y que no había vuelto a ponerse en contacto con la asociación.

Debajo, un artículo de la BBC con una fotografía.

No era institucional. Era tomada al aire libre, en lo que parecía la entrada de un yacimiento arqueológico, con una verja metálica al fondo y un cartel medio borroso del que solo se distinguían las palabras EXCAVACIÓN y PROHIBIDO EL PASO.

Bajo la imagen, una línea de pie: La doctora Varla durante una visita a un yacimiento en la provincia de Murcia. Imagen cedida por la asociación.

Salían dos personas.

A la izquierda, la doctora Elisabeth Varla. Una mujer de unos cuarenta y pocos, pelo claro recogido, pómulos altos, una sonrisa cansada y educada de quien sonríe porque le están haciendo una foto y no porque le apetezca. Vestía una camisa de manga corta, color claro.

Tenía las dos manos cruzadas por delante.

Ana se acercó a la pantalla.

Llevaba las dos manos vendadas. No con apósito quirúrgico, sino con un vendaje de gasa blanca que le envolvía la palma y la parte inferior de los dedos. La izquierda, hasta media muñeca. La derecha igual.

A la derecha de la doctora salía un hombre.

Un hombre joven, de unos treinta años, alto, delgado, vestido con pantalón claro y camisa también clara, sin corbata.

El brazo izquierdo lo tenía apoyado en el hombro de la doctora Varla en un gesto profesional, casi protocolario, de presentador de proyecto.

Sonreía. Lo hacía con una sonrisa amplia, segura, esa sonrisa de quien sabe que las fotos son parte del trabajo.

Pelo oscuro, raya a un lado. Una cara delgada con los pómulos también marcados, las cejas pobladas, una mandíbula angulosa que en una persona más joven era casi atractiva.