Los Olivos Chapter 2 #8
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Chapter 2 #8

Se acercó despacio, sin querer asustarlo. El hombre no levantó la vista. Seguía con el coche, con su sonido, con esa concentración total de quien está en un lugar que le pertenece y no necesita justificarlo ante nadie.

—Hola —dijo, deteniéndose a un metro de distancia—. ¿Te gustan los coches?

El hombre levantó los ojos.

Y entonces su expresión cambió: primero la sorpresa, luego el reconocimiento —como si la hubiera visto antes en algún lugar que ella no recordaba— y, por último, una carcajada. Alta, seca, que salió de algún lugar profundo y resonó entre las fachadas blancas del residencial.

Claudia dio un paso atrás.

La carcajada se convirtió en otra cosa. En un sonido opuesto a la risa: agudo, sostenido, el sonido de alguien que tiene miedo o que de repente ha visto algo que los demás no pueden ver.

Las puertas se abrieron. Se escucharon pasos apresurados desde el interior de la villa. Voces.

—¡Claudia! ¿Sigues ahí? —preguntó Javier desde el teléfono.

—Sí —dijo ella—. Tengo que dejarte.

Colgó. El hombre seguía gritando, encogido sobre sí mismo en el escalón, mientras dos mujeres mayores se acercaban desde la puerta de la villa. No miraban al hombre. Miraban a Claudia. Vigilantes.

Claudia se dio la vuelta y echó a andar de vuelta a casa, primero despacio para no parecer que huía, luego más rápido porque le daba igual parecerlo.

No miró atrás.

Pero tuvo la certeza de que las dos mujeres seguían mirándola hasta que dobló la esquina.

Marina encontró el diario por culpa de un gato.

O eso fue lo que le contó después a su madre.

En realidad, no sabía si el gato la había llevado hasta allí o si ella habría llegado sola de todos modos, porque llevaba veinte minutos en el jardín trasero mirando los arbustos del fondo con esa sensación de que había algo que debía encontrar, sin saber todavía qué ni dónde.

El gato apareció de entre las macetas sin hacer ruido, como hacen los gatos.

Blanco, con los ojos de un verde muy oscuro que la miraron un momento antes de que el animal se diera la vuelta y se adentrara en la zona más densa del jardín.

Marina lo siguió. No porque creyera que el gato la llevaba a ningún sitio en particular, sino porque seguir a un gato era una razón tan buena como cualquier otra para ir en esa dirección.

El animal se detuvo junto a un pequeño montículo de tierra entre dos arbustos. Se sentó. Miró a Marina.

Marina se agachó y apartó las ramas. La tierra allí era diferente: más suelta, más oscura, como removida hace no mucho tiempo. Empezó a apartar tierra con las manos.

Encontró la caja a unos diez centímetros de profundidad.

Era de metal, del tamaño de una caja de zapatos, oxidada y abollada en una esquina con restos de pintura azul que debía haber sido brillante en otra época. La abrió con cuidado. Dentro, envuelto en un trozo de plástico que lo había protegido de la humedad, había un cuaderno.

Cubierta de tela verde. Páginas llenas de letra manuscrita apretada, con márgenes llenos de notas y pequeños dibujos: croquis de algo que parecía una excavación, esquemas de objetos que Marina no reconoció, fechas y coordenadas.

El tipo de cuaderno que lleva alguien que trabaja sobre el terreno y necesita registrar todo lo que ve porque sabe que los detalles importan.

Un nombre se repetía en los encabezados de cada página.

Elisabeth Varla.

Marina pasó las páginas despacio. La letra era pequeña y precisa, la de alguien acostumbrado a escribir en condiciones difíciles.

Las entradas tenían fecha, pero no año, lo cual resultaba extraño.

Hablaban de una excavación en algún lugar que no se nombraba directamente, solo se llamaba el sitio.

Hablaban de un hallazgo. Hablaban de algo que Elisabeth Varla había encontrado y que claramente no esperaba encontrar, porque el tono de las primeras entradas era el de la excitación profesional y el de las últimas era algo completamente diferente.

Marina no llegó a leer esas últimas páginas. Escuchó la voz de sus padres y cerró el cuaderno.

Lo envolvió de nuevo en el plástico, lo metió en la caja y la abrazó contra el pecho mientras cruzaba el jardín.

El gato había desaparecido.

Marina miró por última vez el lugar donde había estado sentado y entró.

Ana y Jorge habían estado sentados en el sofá del salón durante un rato sin hablar.

No era el silencio cómodo de dos personas que se conocen lo suficiente para no necesitar llenar el aire con palabras. Era el otro silencio. El que se instala entre dos personas cuando hay demasiadas cosas que decir y ninguna de ellas es agradable.

Jorge fue el primero en levantarse.

—Ven —dijo.

—¿A dónde?

—Fuera. Solo un momento.

—Los niños...

—No iremos lejos.

Ana lo miró. Estaba a punto de decir que no, que había demasiadas cosas pendientes, que el residencial le parecía lo último que quería explorar en ese momento. Pero Jorge tenía una expresión que no había visto desde hacía meses. Una pequeña chispa en los ojos.

Se levantó.

Caminaron dos manzanas por una calle secundaria entre villas idénticas hasta que Jorge se detuvo junto a un garaje comunitario.

Apoyadas contra la pared había dos bicicletas blancas con cestas de mimbre. Viejas, pero en buen estado, con los neumáticos bien inflados y el manillar sin óxido.

Ana se quedó mirándolas.

—Si me caigo, será tu culpa —dijo.

—¿Y cuándo no lo es? —respondió él.

No era un chiste especialmente bueno. Pero Ana se rió, y fue una risa real, de las que salen antes de que uno pueda decidir si son apropiadas o no.

Jorge la miró con esa expresión que ella recordaba de hace mucho tiempo, de antes del quirófano, de Gonzalo y de todo lo que había venido después.

Por un instante los problemas desaparecieron.

Pedalearon torpemente entre las casas, eligiendo los senderos más anchos, sin hablar mucho. El sol bajó y la luz se volvió más dorada, del tipo que suaviza los ángulos y hace que los lugares parezcan más amables de lo que son.

Al doblar una curva, Ana frenó en seco.

Al fondo del sendero, colgado de la rama gruesa de un olivo viejo y torcido, había un columpio.

Solo una tabla y dos cuerdas, pero la inclinación del árbol, el ángulo de las cuerdas, la forma en que la luz llegaba exactamente desde detrás y hacía que todo brillara con ese tono específico de las tardes de verano. ..

Era casi idéntico al árbol junto al río donde Jorge y ella se habían dado su primer beso con dieciséis años.

—No puede ser —murmuró.

—Te dije que te gustaría —dijo Jorge, en voz baja.

Se sentaron en la hierba, codo con codo.

Ana apoyó la cabeza en el hombro de Jorge y cerró los ojos un momento.

Sintió el calor de su cuerpo, ese calor familiar que conocía mejor que cualquier otra cosa y que en los últimos meses había dejado de buscar porque buscar implicaba la posibilidad de no encontrar.

Jorge giró la cara hacia ella.

Ana desvió la suya, con suavidad. Como quien protege algo frágil.

—Despacio —dijo—. ¿Vale?

Él tragó saliva. Asintió y forzó una sonrisa.

—Debemos volver —dijo Ana, al cabo de un rato.

—Sí, tienes razón —respondió Jorge.

Se levantaron, devolvieron las bicicletas y caminaron de vuelta a la villa Aurora sin hablar.

Ahora el silencio era diferente al de antes.

No más cómodo, exactamente. Pero sí distinto.

Algo que llevaba mucho tiempo bloqueado se había movido apenas un centímetro.

Lo suficiente para recordarles que todavía podía moverse.

Cuando llegaron a la villa, la puerta trasera estaba abierta.

—¿La dejaste así? —preguntó Ana.

—No —respondió Jorge con rotundidad.

Entraron. El vestíbulo estaba en silencio. En el suelo, entre la puerta trasera y el pie de las escaleras, había unas huellas húmedas. Pequeñas, del tamaño del pie de un niño, que llegaban desde el jardín y subían por los escalones.

—Son de Lucas —dijo Jorge, agachándose.

Ana ya estaba subiendo.

La puerta de la habitación de Lucas estaba entreabierta. Desde dentro llegaba un sonido que Ana tardó un segundo en identificar porque no esperaba escucharlo ahí, en ese contexto, a esa hora de la tarde.

Era una melodía. Tarareada en voz muy baja, con la concentración distraída de quien canta sin darse cuenta de que canta.

Era la misma melodía que había escuchado tararear a Meryl en su cocina a las tres de la madrugada.

Ana empujó la puerta.

Lucas estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas, mirando la pared frente a él. La habitación estaba a oscuras salvo por la luz que entraba del pasillo. El dinosaurio de plástico estaba en el suelo, a sus pies, colocado de manera precisa.

—Lucas —dijo Ana.

El niño dejó de tararear. Giró la cabeza hacia ella lentamente, con el fastidio de quien ha tenido que interrumpir algo importante.

—Hola, mami.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Con quién hablabas? —preguntó Ana, mirando alrededor de la habitación vacía.

Lucas dudó un momento. Luego respondió con naturalidad.

—Con Samanta.

—¿Samanta?

—Mi amiga. —dijo, con el tono de quien da la explicación más evidente del mundo—. Vive aquí. Dice que llevaba mucho tiempo esperando que llegara alguien con quien jugar.

Ana sintió un escalofrío por su espalda.

—¿Y dónde está Samanta ahora? —preguntó.

Lucas miró hacia un rincón de la habitación, el que quedaba fuera del ángulo de la luz del pasillo.

—Ahí —dijo.

Ana miró al rincón.

No había nadie.

Solo sombra y la pared.

—¿Qué canción es esa que estabas tarareando? —preguntó, controlando el tono.

Lucas frunció el ceño levemente, extrañado.

—No lo sé. Me la ha enseñado Samanta. Es su favorita.

De repente, se escuchó un ruido dentro del armario.

Ana se acercó al mueble, apoyó su mano temblorosa sobre el pomo y aguantó el aliento. Luego tiró de la puerta con un movimiento brusco.

Nada. Solo oscuridad.

De repente, una figura apareció detrás de ella. Ana dio un pequeño grito.

—¡Joder, Jorge! —dijo, llevándose una mano al pecho.

—¿Qué pasa? —preguntó él, alarmado.