Los Olivos Chapter 2 #7
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Chapter 2 #7

Había dormido cuatro horas, lo cual era dos más de lo habitual en los últimos meses.

Había dejado en el mostrador de recepción los bollos que compraba cada miércoles para el turno de noche, había saludado a la enfermera jefe con el gesto de quien comparte un idioma privado, y había subido por las escaleras hasta la tercera planta.

La puerta de la habitación 302 estaba abierta de par en par.

Teresa se detuvo en el pasillo.

Desde fuera podía ver la cama de Eduardo: vacía, las sábanas revueltas, el monitor desconectado. Podía ver la butaca volcada. Podía ver la revista en el suelo, abierta, con las páginas arrugadas.

No podía ver a Sonia.

No podía ver a Eduardo.

Teresa entró en la habitación con la lentitud de quien sabe que lo que va a encontrar al dar el siguiente paso va a cambiar algo de manera permanente.

Comprobó el cuarto de baño. El armario. El espacio bajo la cama —lo hizo, se agachó y miró bajo la cama como no había hecho desde que era niña— y encontró solo el linóleo frío y una pelusa de polvo en la esquina.

Gritó el nombre de su hija.

Gritó el nombre de su hijo.

Nadie respondió.

La enfermera jefa llegó enseguida. La policía, en veinte minutos.

El hospital entero en una hora. Registraron cada habitación, cada armario, cada rincón de la tercera planta y luego de las otras plantas.

Bajaron al sótano, a los aparcamientos y salieron a los jardines.

Revisaron las grabaciones de las cámaras de seguridad, que mostraban el pasillo de la tercera planta desde las once de la noche hasta las siete de la mañana sin ninguna interrupción, sin ningún corte, sin ningún visitante no autorizado.

Las cámaras no mostraban a nadie entrando ni saliendo de la habitación 302.

Solo mostraban el pasillo solitario durante ocho horas y luego a Teresa llegando.

Como si sus hijos hubieran dejado de existir en algún momento entre las once de la noche y las siete de la mañana sin necesitar para ello ninguna puerta, ningún pasillo, ningún espacio físico por el que desaparecer.

El inspector que llevó el caso se llamaba Antonio Ferrer. Tenía treinta y dos años y hacía seis que trabajaba en la brigada de personas desaparecidas de la Policía Nacional en Marbella.

Era un buen investigador. Metódico, paciente, con esa capacidad de sostener la incertidumbre durante semanas sin necesitar resolverla antes de tiempo.

Había cerrado catorce casos en seis años.

Había aprendido que las desapariciones tienen casi siempre una explicación, y que esa explicación es casi siempre humana: fuga voluntaria, violencia doméstica, accidente no reportado, y en los peores casos, algo que a él no le gustaba nombrar.

El caso de los González era diferente.

No en los hechos, que eran suficientemente extraños: dos personas desaparecidas de una habitación de hospital vigilada por cámaras sin que las cámaras registraran su salida.

Eso era raro. Pero había explicaciones para lo raro: manipulación de las grabaciones, puntos ciegos en la cobertura de cámaras, corrupción en el sistema de archivado. Ferrer las había investigado todas.

Lo que hacía diferente este caso era la madre.

Teresa González no era una madre desesperada que buscaba culpables.

Era una enfermera de dieciocho años de experiencia que describía lo ocurrido con la precisión clínica de quien ha aprendido a observar.

No lloraba durante los interrogatorios. No exageraba.

No inventaba. Describió su intuición frente a la puerta, el sonido en el pasillo, la marca de humedad que la enfermera del turno de noche había visto después y que Ferrer había comprobado personalmente en la fotografía forense antes de que alguien la fregara.

Esa marca.

Lo que la enfermera del turno de noche había visto en el linóleo del pasillo a las siete y cinco de la mañana, cuando todavía faltaban diez minutos para que llegara Teresa.

Una marca de humedad. Larga, irregular, como un arrastre.

Que no llegaba a la puerta de la habitación 302 desde el pasillo, sino que salía de ella y terminaba en el centro del corredor. Sin llegar a ninguna salida, sin llegar a ninguna escalera, sin llegar a ningún lugar al que un cuerpo humano pudiera haber ido.

Como si algo hubiera arrastrado a dos personas hasta el centro del pasillo y luego hubiera desaparecido llevándoselas hacia arriba.

O hacia abajo.

La enfermera no lo incluyó en su declaración. No porque quisiera ocultarlo sino porque, en el momento en que intentó describirlo, se dio cuenta de que no había palabras para hacerlo de una manera que sonara a algo que debía ser tomado en serio.

Fregó el suelo ella misma.

No volvió a mencionar la marca.

Pero tampoco la olvidó.

En cuatro meses de investigación, Ferrer habló con cuarenta y siete personas. Revisó doscientas veces las grabaciones. Analizó el historial médico completo de Eduardo. Investigó los antecedentes de cada persona que había tenido acceso a la tercera planta esa noche.

No encontró nada.

Cerró el caso con la clasificación que el lenguaje burocrático reservaba para las cosas que no tienen explicación.

Pero antes de archivarlo, escribió en la última página del expediente, con su propia letra una sola frase:

No logro comprenderlo. La marca de humedad sale de la habitación. Nada ni nadie entra.

Luego cerró el expediente.

Llevaba treinta años sin abrirlo. Pero en todos esos años, cada vez que un caso nuevo le traía ese mismo olor —el olor de algo que no tiene explicación dentro de los límites de lo explicable— recordaba la habitación 302 del Hospital San Juan de Dios de Marbella.

La investigación policial duró cuatro meses.

Teresa González siguió trabajando en el hospital San Juan de Dios durante dieciséis años más.

Pidió el traslado a otra planta. Se lo concedieron.

Nunca volvió a subir a la tercera.

Pero en las noches en que se quedaba a hacer el turno doble —lo cual ocurría más a menudo de lo que le convenía para distraerse— a veces, cuando el hospital se quedaba en ese silencio de madrugada que ella conocía mejor que nadie, creía escuchar algo.

No eran voces ni pasos.

El sonido de un monitor cardíaco. Constante, regular, inconfundible.

El ritmo cardíaco de Eduardo.

Siempre en la habitación 302.

Siempre a las dos de la mañana.

Siempre solo durante treinta segundos exactos, y luego nada.

Teresa nunca subió a comprobarlo.

4 brUM, brUM

Claudia salió por la puerta trasera cuando sus padres llevaban diez minutos en silencio en el salón.

No fue un impulso. Fue una decisión tomada con la misma lógica con la que tomaba casi todas sus decisiones.

Al menos desde que había aprendido que los impulsos dejaban rastro y el rastro daba pie a conversaciones que no quería tener.

Había esperado a que la conversación entre sus padres —la que podía escuchar a medias desde el pasillo, esa mezcla de palabras cuidadosas y silencios elocuentes— se apagara.

A que cada uno se quedara mirando un punto distinto de la misma habitación.

Entonces salió.

El aire de la tarde era cálido y seco, con ese olor a tierra caliente que tiene el interior de Murcia en junio y que no se parecía a nada que Claudia hubiera olido antes. Madrid olía a asfalto, a escape y a cocido. Esto olía diferente. No supo si le gustaba.

Caminó sin dirección precisa, disfrutando la sensación de no tener que justificarse ante nadie.

Era la primera vez desde que salieron de Madrid que estaba fuera del coche, fuera de la casa, fuera del campo de visión de sus padres.

El residencial estaba en silencio, como cuando llegaron.

Los senderos de piedra caliza serpenteaban entre los jardines bien cuidados y las fachadas blancas que devolvían el calor de la tarde.

Nadie en las terrazas. Nadie en los jardines.

Solo Claudia caminando y el sonido de sus propias pisadas.

Fue entonces cuando se fijó en los nombres de las calles.

Letreros pequeños, pintados en un tono apagado con un tipo de letra anticuado que no pegaba con el diseño moderno del residencial.

Carteles de otro sitio y de otra época, traídos hasta allí por alguien que no había reparado en el contraste.

Claudia se detuvo frente al primero: Calle del Olvido.

Siguió andando. Avenida de las Lágrimas. Dobló una esquina. Pasaje de la Agonía.

De pronto, atravesó una nube de mosquitos al cruzar el camino junto al canal de riego. Se golpeó el brazo con fuerza y se miró la palma: una mancha oscura, una pata todavía moviéndose. Se la limpió en la falda y sacó el teléfono.

Llamó a Javier, su mejor amigo desde los doce años y la única persona en su vida que nunca le pedía que fuera de otra manera. No más optimista, no más comprensiva, no más nada. Le cogió al segundo tono, como siempre.

—¿Cómo va el destierro? —preguntó él, con ese tono suyo que conseguía que las cosas malas sonaran manejables.

—Raro —dijo Claudia—. No hay nadie. Da yuyu, la verdad.

—Igual son todos vampiros y salen de noche.

—No descarto nada.

Sonrió. Era la primera vez que sonreía desde Madrid.

Estaba doblando otra esquina, con el teléfono en la oreja y la guardia un poco más baja que hacía diez minutos, cuando lo vio.

En el porche de una de las villas, sentado en el último escalón con los codos sobre las rodillas, había un hombre joven.

Treinta años, quizás algo menos. Tenía el cabello rojizo y revuelto, la complexión ancha, los rasgos redondeados que Claudia reconoció de inmediato.

En las manos sostenía un coche de juguete, uno de esos de metal con la pintura desgastada de tanto uso, y lo hacía avanzar despacio sobre el escalón mientras producía un sonido con la boca.

—Brum, brum.

Bajo, regular, completamente absorto.

Claudia se detuvo.

—Javi, espera —dijo en voz baja—. Hay alguien aquí.