Chapter 2 #13
—¿Te crees que esto es gracioso? —le dijo, con una voz que no era la que quería usar.
Lucas se encogió.
Ese gesto. Ese encogerse específico, con los hombros subiendo y el cuello hundiéndose, como un animal que espera el golpe. Ana lo conocía. Lo había visto antes en otros niños, en entornos que no eran el suyo, y siempre le había partido algo por dentro. Verlo en su propio hijo la atravesó.
Lo soltó.
—Perdona —dijo—. Perdona, Lucas. Creí que estabas en el agua. Me he asustado.
Lucas no lloraba. Pero sus ojos estaban a punto. Y lo peor no eran los ojos sino el modo en que había dado un paso atrás, ese medio paso pequeño que no era miedo al agua sino miedo a ella.
—Yo no he sido —dijo en voz muy baja—. Te lo prometo, mamá.
Ana se agachó hasta quedar a su altura. Le apartó el pelo mojado de la frente.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Ha sido mi cabeza, que a veces se inventa cosas.
Lucas la miró un momento. Luego asintió.
Pero el medio paso atrás no lo deshizo.
Ana se quedó de rodillas frente a él durante un momento más largo de lo necesario, mirando el agua de la piscina por encima del hombro de su hijo.
Azul. Quieta. Sin nada.
Recogieron las toallas. Entraron en la casa.
Ana fue a la cocina a por un vaso de agua. Abrió el grifo, llenó el vaso, lo sostuvo un momento sin beber. Luego abrió el cajón del fondo y cogió la petaca. La sostuvo en la palma de la mano. Dio un trago corto.
Fue entonces cuando encontró la nota de Jorge sobre la encimera: había ido al supermercado con las niñas, quedaban en la iglesia más tarde. Al final, con la letra apretada de quien añade algo después de haber pensado si ponerlo: Te quiero.
Ana leyó esas dos palabras dos veces.
Las dobló junto con el resto de la nota.
Las guardó en el bolsillo.
Ir al único supermercado del complejo les llevó más de lo esperado. Había que coger el coche, seguir las indicaciones vagas del folleto y confiar en no perderse entre tantas calles iguales. Jorge conducía en silencio, concentrado, con el mapa doblado en las rodillas.
De camino, empezaron a ver gente andando por los senderos. Siempre en pareja. Caminaban en paralelo, al mismo ritmo. No parecía natural.
Jorge redujo un poco la velocidad, sin decir nada, pero atento.
—Papá, ¿por qué nadie habla? —preguntó Marina desde el asiento trasero.
Jorge tardó unos segundos en responder. Seguía con la mirada perdida en la carretera, pero su tono fue distinto esta vez.
—No lo sé… —respondió, al fin, encogiéndose de hombros—. Hay sitios donde la gente viene a desconectar de verdad. Sin ruido, sin móvil, sin chácharas.
Claudia frunció el ceño y desvió la mirada hacia la ventana.
Al tomar la siguiente curva, las personas quedaron atrás. Y entonces apareció un edificio moderno rodeado de cristaleras. Parecía una pecera enorme en mitad del bosque, fuera de lugar, pero perfectamente integrada.
El aparcamiento del supermercado estaba flanqueado por dos olivos enormes, uno a cada lado, plantados como guardianes simétricos.
Sus troncos eran tan gruesos que harían falta tres personas cogidas de la mano para abarcarlos.
De las ramas más bajas colgaban tiras de plástico ennegrecido —lo que un día fue cinta para espantar pájaros— que el viento del medio día agitaba con pereza.
Marina se acercó a uno de los troncos sin saber por qué. Apoyó la mano. La corteza estaba caliente. Y debajo de la corteza, contra su palma, sintió algo: un latido lento y constante. Apartó la mano deprisa, creyendo que se trataba de su propio pulso.
—¿Qué pasa? —dijo Jorge.
—Nada, nada —dijo Marina, y se metió las manos en los bolsillos.
Las puertas automáticas se deslizaron con un zumbido casi imperceptible.
Dentro, el aire estaba más fresco y olía a fruta cortada y pan caliente.
Las estanterías relucían, llenas hasta arriba.
Pero lo que realmente destacaba era la música.
Una canción antigua, de esas que uno no escucha desde hace años, pero reconoce al instante.
Marina se detuvo sin saber por qué. Le vino a la cabeza la imagen de su abuela en la cocina, horneando sin prisa, con las ventanas abiertas y la radio puesta. A Jorge, en cambio, la canción le devolvió tardes de verano sin reloj ni obligaciones.
Estaban cruzando el pasillo de los cereales cuando la música cambió.
Una percusión rítmica, que reconocieron al instante, llenó el supermecado. El “Day-O” de Harry Belafonte empezó a sonar por los altavoces, y Jorge se quedó congelado un segundo. Luego se giró lentamente hacia sus hijas con una sonrisa traviesa.
—No… —dijo Claudia, anticipándose—. No te atrevas.
Pero ya era tarde. Jorge alzó las manos fingiendo llevar dos plátanos invisibles y empezó a imitar los movimientos exagerados de la escena de Beetlejuice. Sacudía sus hombros y deslizaba los pies torpemente por el suelo de mármol.
—Daylight come and me wan´go home… —entonó mal y fuerte.
Marina soltó una risa ahogada. Claudia se cruzó de brazos, fingiendo indignación, pero los ojos le brillaban.
Luchó unos segundos con su orgullo, hasta que, casi sin darse cuenta, empezó a seguirle el juego.
Primero solo un gesto, un movimiento de cadera, y después, sin poder resistirse más, rompió en una carcajada y entró de lleno en la escena, bailando como hacía años que no hacían juntos.
Fue un instante breve, pero real. Padre e hija, sincronizados por un recuerdo feliz.
—Qué suerte que solo Claudia tenga recuerdos contigo —soltó Marina.
El golpe fue seco, inesperado. Aunque la música seguía sonando, el hechizo se rompió. Jorge bajó los brazos, incómodo.
—No digas eso, cariño —susurró él.
Pero Marina ya se había girado hacia el carrito, empujándolo con un gesto brusco. En ese momento, Claudia alzó la vista hacia el techo.
—Papá, las luces parpadean.
—Será un fallo eléctrico. Nada más —respondió Jorge, sin pensarlo.
Cuando llegaron al pasillo de los lácteos, Jorge se adelantó unos pasos, buscando yogures.
De pronto, se detuvo. En el cristal empañado del refrigerador vio reflejos que no coincidían con lo que debía haber detrás.
Siluetas humanas. Borrosas. Incompletas.
Aparecían y desaparecían al ritmo de las luces parpadeantes.
Primero creyó que eran clientes. Depués de todo, el supermercado era descomunal, pero algo no encajaba.
Se acercó un poco más hacia el cristal. La figura que apareció a su izquierda era alta, delgada, de una fragilidad casi enfermiza.
La luz del refrigerador la iluminaba de manera tenue, pero el contorno no era nítido.
La silueta se desvaneció y apareció de nuevo, más cerca. Un parpadeo. Luego otro. Y se alejó.
Jorge miró a su alrededor. Claudia estaba a su lado, y Marina, un poco más allá, observando también el pasillo. No había nadie más.
Volvió a girarse hacia el cristal y apareció de nuevo.
Esta vez frente a su rostro. Los ojos, como dos pozos sin fondo, se clavaron en su mirada.
La luz empezó a parpadear con más intensidad.
El reflejo seguía allí, inmóvil, observándolo.
Jorge intentó apartar la vista, pero no podía.
Cuando logró dar un paso atrás, su pie tropezó con algo.
Al mirar hacia abajo, lo vio. En el suelo, bajo sus pies, se había formado una grieta.
Pero lo que realmente le hizo retroceder fue lo que asomaba de ella: unas manos pálidas y delgadas, sin uñas.
Solo piel arrugada y húmeda. Cada dedo parecía torcido, como ramas quebradas, y se estiraban hacia adelante, temblorosas.
Jorge dio un paso atrás, con el corazón acelerado. No era posible, no podía ser real. Y, sin embargo, allí estaban. La grieta se abrió un poco más y, por un momento, el suelo tembló.
Parpadeó y desapareció.
Aterrado, desvió la mirada hacia el fondo del supermercado. Allí, en un rincón apenas iluminado, un empleado con un uniforme gris oscuro estaba inmóvil. Tan inmóvil que parecía una estatua. Su mirada estaba clavada en él, fría, inquebrantable.
Jorge intentó razonarlo, aferrándose a una lógica inexistente.
Tal vez era producto de su mente, sobrecargada por el estrés o los efectos secundarios de las benzodiacepinas, pensó.
Forzó su cuerpo para seguir adelante y empujó el carrito.
Marina y Claudia estaban a su lado, asustadas por su extraño comportamiento.
Al llegar a la línea de cajas, se encontraron con una joven cajera. Tenía el flequillo rubio cortado en línea recta, enmarcando un rostro pálido, casi cadavérico. Sus ojos eran de un azul intenso, casi hipnótico. Lo observaba fíjamente, como midiendo cada movimiento.
—Buenos días, señor —dijo la cajera, sonriendo.
Jorge se detuvo desconcertado.
—Buenos días, señorita —respondió, esforzándose por sonar tranquilo.
Mientras ella deslizada los productos por el escáner con rapidez, sus ojos no dejaban de escrutarlo.
—¿Tienen expectativas especiales para la liturgia de hoy? —preguntó, con un tono familiar.
Jorge respiró profundo.
—Solo estamos preparando un picnic para después —contestó, esperando que la conversación terminara cuanto antes.
La sonrisa de la cajera se estiró aún más.
—Asegúrese de aprovechar cada momento, Jorge —dijo, elongando las palabras más de lo necesario—. La familia es un gran tesoro, ¿verdad?
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó Jorge, siendo incapaz de ignorar más la situación.
Los ojos de la cajera seguían clavados en los suyos.
—No se asuste Sr. Gutiérrez. En Los Olivos las noticias vuelan —dijo, manteniendo esa sonrisa incansable.
Jorge apuró el pago, deseando salir de allí lo más rápido posible. Mientras recogía las bolsas, la cajera les despidió con aquel semblante perturbador.
—Espero verlos de nuevo —dijo—. ¡Disfruten su picnic en familia!
Los tres salieron sin mirar atrás.
Mientras llegaban al coche, Jorge indicó a las niñas que subieran rápidamente. Claudia y Marina obedecieron sin hacer preguntas.
Ya en marcha, se forzó a llenar el coche de palabras.