Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 22 #3
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Tendido sobre la oscura tierra apisonada y recostado en una de las infinitas piedras que parecían haber sido caprichosamente esparcidas por la llanura por un ciclópeo sembrador borracho, apenas hizo ademán de ponerse en pie,

convencido de que realizar tan pequeño esfuerzo significaba una pérdida de tiempo.

Le habían condenado a muerte y lo sabía, pero sabía también que le habían condenado a la más cruel e inhumana de las muertes; aquella que ni tan siquiera el peor de los beduinos infligiría al peor de sus enemigos.

Únicamente alguien nacido muy lejos del Sahara sería capaz de elegir tan espantosa forma de ejecución.

Y nadie nacido en el Sahara hubiera sido tan cruel como para proporcionarle, además, el agua necesaria para prolongar su agonía.

Buscó a su alrededor.

El horizonte era el mismo hacia cualquier punto que se volviese: una delgada e imprecisa línea de color castaño que allá muy lejos se juntaba con un cielo de un azul virulento.

Ni una minúscula montaña, ni una amarillenta duna que sirviera de punto de referencia; ni tan siquiera un mísero matojo polvoriento que intentara dar fe de que se encontraban en la Tierra y no en la Luna.

Ninguna otra llanura podía ser más plana, ni ningún otro paisaje más monótono, puesto que cabría asegurar que cada una de las piedras era idéntica a la siguiente, y que había sido puesta allí, más para confundir al viajero que para ayudarle a orientarse.

Aguardó, como una piedra más entre tanta piedra, confiando en que el corazón de quienes le habían abandonado se ablandara.

Aguardó más de una hora.

Pero todo resultaba inútil puesto que en lo más profundo de sí mismo sabía que incluso la roca en la que se apoyaba podría llegar a ser mucho más humana que aquel indiferente trío de asesinos.

Ni siquiera lloraba.

Ni siquiera maldecía su suerte o se lamentaba por haber cometido el absurdo e infantil error que le había llevado a poner colofón a su vida de una forma tan trágica.

No necesitaba hurgar demasiado en su interior para aceptar que en realidad no estaba siendo castigado por el simple delito de haber arrojado una lata de aceite a un miserable pozo beduino, sino por otros muchos delitos, incomparablemente más graves,

de los que no deseaba acordarse en aquellos momentos.

Siempre había presumido de haber sido capaz de pasar la mayor parte de su vida haciendo equilibrios en el filo de una afilada navaja, y debido a ello ahora no tenía derecho a lamentarse por el hecho de que al fin dicha navaja se hubiera vuelto contra él.

De lo que en verdad se lamentaba era de que se hubiese vuelto por una muerte absurda de la que no se sentía en absoluto responsable.

Tal vez un juez demasiado meticuloso podría haberle pedido responsabilidades por algunos de los acontecimientos ocurridos años atrás en Bosnia, pero estaba convencido de que ni al más intransigente de dichos jueces se le ocurriría relacionarle de forma directa con el trágico fin de Mauricio Belli.

Él nunca pretendió que sucediera cuanto había sucedido.

Ni tan siquiera se le pasó por la mente que un absurdo arranque de ira —en cierto modo justificado por las circunstancias— desembocara en tan lamentable cadena de disparates.

Pasó mucho tiempo antes de que se decidiera a descalzarse, quitarse los pantalones, limpiarse el culo con los calzoncillos y arrojarlos lo más lejos posible.

Ya que iba a morir pretendía conservar al menos una cierta dignidad.

Le avergonzaba no haber sabido controlar su esfínter delante de aquellos tres hijos de mala madre.

Les había proporcionado una divertida anécdota que contar a sus nietos: contarían cómo muchos años atrás un bosnio acojonado se les había cagado literalmente de miedo.

No era digno de alguien que, como él, había encarado tantas veces la muerte.

La muerte ajena, eso sí.

Al fin se puso en pie y echó a andar en dirección opuesta a aquella hacia la que había lanzado los calzoncillos.

Nunca supo por qué lo hizo, pero debió responder a un instintivo impulso de alejarse cuanto antes de una prueba tan física y palpable de su incontrolable cobardía.

En realidad… ¿qué más daba un punto que otro?

Lo único que buscaba era un lugar en el que caerse muerto, y en aquella inconcebible llanura cualquier lugar parecía bueno para eso.

Avanzaba como un autómata, sin pensar en nada, huyendo de los recuerdos, y huyendo sobre todo de la posibilidad de sentir lástima de sí mismo.

¿De qué le serviría sentir autocompasión si nadie sería testigo?

Sudaba a mares y sabía muy bien que eso era lo peor que podía ocurrirle en semejantes circunstancias, pero en realidad no le importaba.

Cuanto antes le llegara la muerte, mejor.

Cuanto antes perdiera el conocimiento, menos sufriría.

El corazón le latía con fuerza, la sangre le golpeaba en las sienes como el retumbar de lejanos cañonazos, la vista comenzaba a fallarle, le faltaba el aire, y tenía plena conciencia de que aquéllos eran los primeros síntomas de un próximo colapso.

Hizo un supremo esfuerzo para no beber.

Sabía que de nada le serviría intentar prolongar su agonía.

Resultaba, eso sí, muy difícil resistirse a la tentación.

Muy, muy difícil.

Un pequeño reflejo parpadeó en la distancia.

Se detuvo, prestó atención y se limpió el sudor que le caía sobre los ojos, para llegar a la amarga conclusión de que se había tratado de un espejismo.

La llanura continuaba siendo la misma, y mismos los horizontes.

Nada destacaba por parte alguna y el reflejo, corto e intermitente, tenía que haber sido fruto de su imaginación.

Continuó su avance y luchó de nuevo contra el ansia de beber.

Se repitió el reflejo que duró apenas una décima de segundo, y que provenía de un punto no demasiado lejano, tal vez a poco más de un kilómetro de distancia.

Intentó tranquilizarse y aguzar la vista, pero una vez más no distinguió nada.

Nada de nada.

—¡Esto se acaba…! —musitó apenas—. Me estoy volviendo loco.