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Pero por tercera vez algo brilló entre las piedras.
Apretó el paso y se dirigió directamente hacia allí alimentando alguna especie de impalpable esperanza, pero al llegar al punto marcado se dejó caer de rodillas al tiempo que dejaba escapar un ronco lamento.
El viento jugueteaba caprichosamente con una lata de refresco, y cada vez que su plateada parte inferior quedaba expuesta a los rayos del sol que había empezado a declinar, lanzaba violentos destellos.
¡Una simple lata de refresco!
Aquélla había sido su vana y postrera esperanza de salvación: una lata de refresco que giraba una y otra vez sobre sí misma.
Permaneció largo tiempo observándola sin hacer tan siquiera intención de tocarla, puesto que su aparición se le antojaba una cruel y estúpida burla del destino.
¿Cuántas veces había tenido en sus manos una de aquellas latas sin imaginar siquiera que sería la última cosa «civilizada» que vería?
Resultaba en verdad demoledor e incongruente.
Uno de los más conocidos símbolos del consumismo y el progreso humano, bailando al ritmo del viento en el más desolado de los paisajes del planeta.
¿Cómo era posible?
Poco a poco la pregunta comenzó a abrirse camino a través de la brumas que se habían adueñado de su cerebro: ¿Cómo era posible?
¿Cómo había llegado hasta allí aquella lata?
¿Y cómo era que aún no se hubiera oxidado y continuara siendo capaz de lanzar destellos cuando el sol la golpeaba?
¿Quién la había abandonado allí?
De pronto, una absurda idea cruzó por su mente.
Intentó desecharla, pero regresó una y otra vez intentando adquirir el carácter de absoluta certeza.
Absurdo, pero cierto… ¡Había sido él mismo!
Había sido él mismo, Marc Milosevic, el que abandonara allí aquella lata el día en que se vieron obligados a detenerse con el fin de reponer una vez más el agua que perdía el radiador de su vehículo.
Buscó a su alrededor.
Allí estaban, muy cerca, las huellas de su coche.
Y junto a ellas, las huellas del coche de Marcel Charriere, al que con tanta rabia había estado persiguiendo durante aquel maldito día de infausta memoria.
Aquélla tenía que ser, necesariamente, la pedregosa llanura que se extendía entre el pozo de los tuaregs al que había arrojado una lata de aceite a primera hora de la mañana y el gran pozo del palmeral de Sidi-Kaufa al que habían llegado al atardecer.
Aquélla era, por tanto, una ruta que ya había recorrido.
Un lugar conocido.
Y las rodadas de dos vehículos que destacaban como ancho camino le señalaban de forma inconfundible en qué dirección se encontraba exactamente el oasis de Sidi-Kaufa.
Allí, al nordeste, en algún punto perdido, tal vez muy cerca, tal vez muy lejos.
Miró al frente y apretó con fuerza los dientes.
Si estaba allí, y ahora sabía que estaba, él, Marc Milosevic, lo encontraría.
¡Le iba la vida en ello…!