Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 22 #2
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Con agua y alimentos en abundancia, se encerraban en la cueva durante las horas de mayor bochorno, para sentarse en las noches a contemplar las estrellas y hacer planes sobre un futuro que cada miembro de la familia imaginaba de un modo diferente.

En un momento dado fue la propia Laila la que definió la situación con una acertada frase:

—Ser ricos obliga a pensar demasiado… —dijo—. Ser pobres no exige tanto esfuerzo.

No obstante, resultaba más que evidente que era aquél un esfuerzo que le agradaba, puesto que tanto ella como Aisha no cesaban de fantasear sobre cómo se las ingeniarían para dedicar parte de aquel dinero a mejorar los pozos de la región sin que se llegara a saber que eran los Sayah quienes los

financiaban.

El desierto no era un lugar en el que resultara conveniente hacer alardes de riqueza.

No todos sus habitantes eran tuaregs.

Ni tampoco todos los tuaregs gente de fiar.

Gacel se mantenía en cierto modo al margen de las desmedidas ilusiones de las mujeres.

Sus sueños eran otros.

En un momento dado incluso soñó con viajar a París y dedicar dos o tres años a estudiar la forma de ser y de pensar de los franceses, con el fin de regresar lo suficientemente preparado como para aspirar a convertirse en el líder que las tribus tuaregs necesitarían si es que algún día decidían

fundar una auténtica nación, libre y soberana.

A su modo de ver, los poderosos clanes del «Pueblo del Velo», el «Pueblo de la Espada» y el «Pueblo de la Lanza» tenían la ineludible obligación de olvidar sus viejas rencillas y aglutinarse en torno a un caudillo que les condujera a la victoria que por tradición se merecían.

Si eso llegaba a ocurrir, ¿por qué no podía ser Gacel Sayah, hijo del mítico Gacel Sayah, ese caudillo?

Al amanecer rechazó tan irracional sueño consciente de que un auténtico líder acababa por convertirse en rehén de sus propios seguidores, perdía su libertad y perdía por tanto la posibilidad de dedicarse a vagabundear por los inexplorados confines del desierto.

Perdía, en definitiva, su condición de nómada.

Tal vez por ello entre los imohag jamás había surgido un verdadero caudillo.

Su carácter estaba reñido con el mando del mismo modo que estaba reñido con la obediencia.

Gacel Sayah era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta por sí solo de que para hacer estallar una revolución hacía falta un líder carismático que fuera capaz de movilizar a las masas en un momento dado.

Pero por desgracia en el Sahara no existía masa alguna que movilizar. Tan sólo existían grupúsculos de seres humanos que difícilmente se dejarían arrastrar por un ideal que no estuviese relacionado con sus más firmes convicciones religiosas.

Probablemente una sangrienta «Guerra Santa» les impulsaría a luchar hombro con hombro, pero no se consideraba a sí mismo persona capaz de iniciar una de aquellas injustas y crueles contiendas fundamentalistas que tan sólo traían aparejadas muerte, destrucción y sufrimiento.

Buscó otros sueños.

Imaginó otros destinos.

En ello estaba la mañana en que les sorprendió un rumor que iba en aumento, y cuando distinguió a lo lejos la inconfundible silueta de un helicóptero que no se parecía en absoluto al de Nené Dupré,

se apresuró a cargar su rifle para apostarse en una atalaya desde la que dominaba la mayor parte del macizo rocoso.

El aparato se detuvo en el aire, a unos cien metros de altura y poco más de trescientos de donde el beduino se ocultaba.

Permaneció allí durante unos cuantos minutos, y al fin descendió muy lentamente para ir a posarse muy cerca de donde días antes lo hiciera el francés.

Gacel observaba.

Las puertas se abrieron y dos hombres saltaron a tierra.

Se les advertía incómodos y desconfiados.

El piloto permanecía en su sitio, los rotores continuaban girando, y resultaba evidente que los recién llegados se mostraban más que dispuestos a regresar a la cabina con el fin de poner pies en polvorosa a la menor señal de peligro.

Al poco uno de ellos, que lucía una más que llamativa camisa rosa con flores estampadas, sacó del bolsillo posterior de su pantalón un enorme pañuelo blanco y lo agitó repetidas veces al tiempo que alzaba las manos como si tratara de dejar clara evidencia de que se encontraba desarmado.

Tras unos instantes de duda Gacel decidió dejarse ver.

El propietario de la horrenda camisa se dirigió a su encuentro, y cuando se hallaba lo suficientemente cerca, inquirió en un francés en verdad chapucero y macarrónico:

—¿Gacel…? ¿Eres Gacel, el tuareg?

—Lo soy.

—Traemos algo para ti…

Se volvió e hizo un gesto a su compañero que permanecía junto al aparato, quien penetró en la cabina para empujar fuera, sin miramiento alguno, a un hombre maniatado que al caer sobre las rocas perdió el pie y quedó de hinojos.

Gacel lo reconoció en el acto.

—¿Y eso…? —no pudo evitar inquirir desconcertado.

—De parte del «comendatore» Ferrara.

—Hace días que dejé en libertad a los rehenes.

—Lo sabemos, pero el «comendatore» siempre cumple sus promesas.

Juntos se aproximaron hasta donde un aterrorizado Marc Milosevic les observaba con el rostro desencajado por el terror, y el imohag no pudo por menos que arrugar la nariz con gesto de desagrado.

—¡Huele a perros muertos! —dijo.

—¡Dínoslo a nosotros, que llevamos horas soportándolo…! —masculló el otro—. En cuanto se dio cuenta de que veníamos hacia aquí se cagó encima. ¡Ahí dentro no hay quien pare!

—¿Y qué esperan que haga con él?

—Cortarle una mano.

El tuareg medió unos instantes sin apartar la vista de aquella piltrafa humana sucia, apestosa y con los ojos enrojecidos por el llanto que parecía a punto de sufrir un ataque de histeria, y que en nada recordaba al prepotente y agresivo Marc Milosevic que un día le amenazara con un arma.

El piloto, que había detenido los rotores, y sus dos acompañantes aguardaban expectantes.

Sin prisas, plenamente consciente de la importancia del momento, Gacel Sayah extrajo de la funda una larga y afilada gumía de la que jamás se separaba y se apoderó de la mano derecha del cautivo que lanzó un profundo gemido de terror.

—¡No! —casi aulló—. ¡No por favor! ¡Perdóname! ¡Perdóname, te lo suplico! Estaba muy cansado y no sabía lo que hacía.

Su verdugo aguardó hasta que instintivamente cerró los ojos para no ver lo que iba a ocurrirle y en ese justo momento se limitó a producirle un ancho corte en el dorso de la mano.

—Ya ha habido suficiente dolor… —dijo—. Lo único que deseo es que cada vez que contemples esta cicatriz recuerdes la magnitud del mal que causaste y reflexiones sobre las consecuencias de tus actos…

—Limpió la sangre de la gumía en el pantalón del herido y señaló al tiempo que la enfundaba nuevamente—: Por lo que a mí respecta, todo ha terminado…

—Se volvió al hombre de la impactante camisa rosa para concluir—: Saluda de mi parte a Pino Ferrara y dile que lamento profundamente la muerte de Mauricio.

Luego dio media vuelta y se alejó por donde había venido.

Los italianos permanecieron unos instantes confusos y sin saber qué hacer, hasta que al fin el piloto señaló:

—¡Más vale que nos larguemos! El viaje es largo.

El dueño del pañuelo se lo entregó a Marc Milosevic para que se restañara la sangre al tiempo que le ayudaba a erguirse.

—¡Te has librado de una buena! —masculló—. Yo te hubiera cortado la mano y los cojones, pero ese morito te despacha con una simple cicatriz de la que incluso presumirás exhibiéndola como heroico recuerdo de la guerra en Bosnia. ¡Y a los muertos que los jodan! ¡Anda vámonos de aquí!

Lo empujó obligándolo a trepar al aparato, y pocos instantes después se encontraban de nuevo en vuelo, rumbo al nordeste.

Sin embargo, al cabo de unos veinte minutos el italiano estudió con detenimiento la oscura llanura salpicada de pedruscos que se extendía bajo él, se cercioró de que el macizo rocoso había desaparecido por completo a sus espaldas y se inclinó para golpear levemente el hombro del piloto.

—¡Aquí está bien! —dijo.

El otro asintió con un gesto e inició la maniobra de descenso para concluir por tomar tierra aunque sin hacer intención de detener los motores.

El mafioso de la camisa rosa abrió una afilada navaja y cortó con ella las ataduras de su prisionero al tiempo que indicaba la pesada cantimplora que se encontraba bajo su asiento:

—Si la administras bien, ese agua te puede durar un par de días.

Marc Milosevic le observó con los ojos desorbitados por el terror.

—¿Pero es que piensan abandonarme en mitad del desierto? —inquirió como si se sintiera incapaz de aceptar un hecho tan inconcebiblemente monstruoso.

—Cumplimos órdenes.

—Pero ¿por qué…? —casi sollozó fuera de sí—. ¿Por qué? El tuareg me ha perdonado.

—Ese tuareg es muy dueño de hacer lo que quiera, aunque personalmente no esté de acuerdo con su decisión —fue la tranquila respuesta—. Es el «comendatore» el que no te perdona que hayas sido el causante de la muerte del mejor amigo de su hijo…

—¡Pero yo no lo maté! Fueron los de la organización.

—Lo sabemos, y nos ocuparemos de ellos a su debido tiempo, pero lo que está claro es que todo esto lo empezaste tú por imbécil y por bocazas… ¡Así que, abajo!

—¡No pueden hacerlo! Sería un asesinato.

Su interlocutor se limitó a abrir la portezuela empujándole al exterior.

—¡En ese caso dormiré mal esta noche! —comentó al tiempo que inquiría sarcásticamente—: ¿No buscabas emociones…? Pues ahora tienes ocasión de experimentar auténticas emociones.

Cerró de un golpe e hizo un significativo gesto al piloto alzando el pulgar de tal modo que en cuestión de segundos el aparato ganó altura para continuar su marcha como si nada hubiera ocurrido.

Marc Milosevic tardó largo rato en reaccionar.

Había quedado tendido en el suelo, asido a la cantimplora, cegado por el polvo que levantaban las hélices, y tan aturdido por cuanto acababa de suceder,

que tuvo que esperar a que el aparato dejara de ser una mosca en el horizonte para llegar a la conclusión de que le habían abandonado y no tenían la más remota intención de regresar en su busca.