22
Los cuatro miembros de la familia se apartaron porque al alzar el vuelo el helicóptero levantaba nubes de arena y polvo y permanecieron muy quietos observando cómo la rugiente máquina voladora ganaba altura,
trazaba un amplio círculo y regresaba para cruzar sobre sus cabezas mientras varios de los pasajeros les despedían agitando la mano.
De pronto, la portezuela se abrió y la pesada bolsa de color naranja voló por los aires para ir a caer a unos veinte metros de distancia.
En lo alto Nené Dupré sacó casi medio cuerpo al exterior, les dedicó un rotundo corte de mangas y sonrió de oreja a oreja al gritar con toda la fuerza de su pulmones.
—¡El que ríe el último ríe mejor!
Dicho eso puso rumbo al nordeste y a los pocos minutos el aparato no era ya más que un punto en el horizonte.
Tan sólo entonces la familia Sayah se aproximó a la bolsa, Aisha la abrió y se quedó unos instantes alelada, con la boca abierta y los ojos como platos.
—¿Es posible que exista tanto dinero? —exclamó al fin.
—Exista o no exista, no vamos a quedárnoslo —le hizo notar su hermano—. No es nuestro.
—¿Y qué piensas hacer con él? —quiso saber Suleiman—. ¿Dejarlo aquí para que los chacales se limpien el culo? ¿O dejarlo aquí y esperar a que dentro de cien años un viajero perdido se tropiece con él?
—No lo sé, ni me importa
—¡Escucha, hijo…! —intervino Laila que había tomado asiento en una piedra mientras observaba con atención un grueso fajo de billetes muy nuevos que Aisha le había entregado—.
Tú eres el jefe de la familia y siempre respetaré tus decisiones, pero tu hermano tiene razón y dejar aquí todo este dinero no beneficiaría a nadie…
—Está manchado de sangre.
—Si todo el dinero manchado de sangre se abandonara en el desierto, jamás volveríamos a ver la arena… —sentenció la buena mujer con una leve sonrisa—. Y lo mejor que se puede hacer para «lavarlo», no es lo que hace el padre de Pino Ferrara, sino emplearlo bien.
—Todo el mundo asegura que va a emplear bien el dinero, pero a la hora de la verdad nadie lo hace.
—Podemos ser una excepción… —le hizo notar su madre—. Te propongo un trato: nos quedamos con la mitad de este dinero, y la otra mitad la empleamos en mejorar los pozos de la zona que buena falta les hace. Nuestra gente necesita agua y lo sabes.
Gacel Sayah tardó en responder, observó uno tras otro a sus hermanos, leyó en sus ojos una velada súplica que permitía adivinar que aceptarían su decisión por dolorosa que pudiera parecerles, y al fin se inclinó para observar por primera vez el contenido de la bolsa naranja.
—¡De acuerdo! —masculló—. Me parece un trato justo.
Aisha no pudo contenerse y se precipitó a abrazarle mientras Suleiman se limitaba a esbozar una leve sonrisa de satisfacción al tiempo que comentaba:
—Me encanta que ese francés sea más testarudo que tú. ¿Qué hacemos ahora?
—Marcharnos cuanto antes.
—¿Con un solo camello…? —le hizo notar Suleiman—. Las mujeres no aguantarían tres días de marcha.
—¿Y qué remedio nos queda?
—Iré hasta Sidi-Kaufa y regresaré con un camión —señaló Suleiman.
—¿Un camión…? —repitió asombrada su madre—. ¿Pretendes alquilar un camión para nosotros solos?
—¿Por qué no? Ahora podemos permitírnoslo.
—¡Qué pronto te has acostumbrado a ser rico…! —ironizó Laia en tono burlón—. ¡Nada menos que un camión…!
—¡No es para tanto!
—¿Y adónde iremos a parar con semejante despilfarro…?
Gacel se vio obligado a intervenir, por lo que, acuclillándose junto a su madre, eligió dos de los billetes del gran fajo que tenía en la mano y los abanicó muy suavemente ante sus ojos.
—«Esto» bastará para pagar un camión que nos lleve muy lejos… —dijo al tiempo que con la otra mano le acariciaba el cabello tal como le gustaba hacer a menudo—. Es más dinero del que hemos visto en años, y tienes que empezar a hacerte a la idea de que las cosas han cambiado.
—¡Pero es que…!
—No quiero discusiones —añadió él con cierta sequedad pero con manifiesta intención—. Si el dinero empieza a traernos problemas, prefiero que las cosas continúen como están. ¡Lo dejamos aquí y que no se hable más!
—¡Ah, no…! —se apresuró a replicar ella apartándose como si creyera que le iban a quitar lo que tenía—. ¡Eso sí que no! Acepto lo del camión, pero tenemos que guardar una parte para la dote de tu hermana…
—Aisha es joven, hermosa, inteligente, decente, buena y trabajadora… —fue la respuesta—. Encontrará el marido que quiera, pero te doy mi palabra de que además tendrá la mejor dote que ninguna muchacha del «Pueblo del Velo» haya tenido nunca.
—Eso es lo que quería oír.
—¡De acuerdo entonces…! —Gacel se volvió a su hermano al tiempo que hacía un gesto hacia la bolsa de deportes—.
Coge lo que necesites y vuelve con ese camión.
Compra también algo de ropa porque lo cierto es que con estos andrajos no podemos presentarnos en ninguna parte, pero procura no llamar la atención.
—¡Haré una lista de lo que necesitamos…! —se apresuró a señalar Laila.
Su hijo mayor la observó de arriba abajo y no pudo por menos que esbozar una leve sonrisa humorística al tiempo que negaba una y otra vez con la cabeza:
—¡Aún no hace diez minutos que somos ricos, y ya empezamos a tener «necesidades»…!
Permitió no obstante que, de regreso a la gran cueva, ambas mujeres apuntaran cuidadosamente sus peticiones en un pedazo de papel, y ayudó a Suileman a cargar el único dromedario que les quedaba.
—Ve con cuidado… Supongo que aún continuamos teniendo enemigos —le recomendó—. No hagas alardes de dinero, y tómate el tiempo que necesites.
—Me preocupa dejarte solo… ¿Y si surgen problemas?
—¿Aquí…? No lo creo. Las mujeres estarán seguras en la cueva y siempre he sabido cómo arreglármelas…
—¿Y si se les ocurriera volver?
—¿A los mercenarios…? Imagino que no estarán tan locos… ¡Ve tranquilo y que Alá te guíe!
—¡Que él te proteja!
Cuando su hermano desapareció tras una lejana duna, Gacel Sayah tomó asiento sobre una roca y se dedicó a contemplar la puesta de sol mientras meditaba sobre cuanto había ocurrido y sobre cómo debía enfocar el futuro de su familia de allí en adelante.
Aún le costaba trabajo hacerse a la idea de que la miseria en que siempre habían vivido había quedado definitivamente atrás.
Aún su mente se negaba a asimilar que la mitad de la asombrosa cantidad de dinero que contenía aquella bolsa pudiera ser suya.
Aún le parecía estar viviendo un sueño.
Estaba asustado.
Por primera vez en su vida, el valiente «immouchar» que había demostrado ser capaz de encarar incontables peligros sin perder la calma se sentía atemorizado por el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.
Su padre y la experiencia le habían enseñado a enfrentarse a la miseria y a todos los posibles enemigos de los habitantes de los desiertos más inhóspitos, pero nadie le había enseñado a convivir en armonía con uno de sus más viejos enemigos: el dinero.
Tradicionalmente, para los beduinos ese dinero no constituía más que una forma práctica de equilibrar pequeñas diferencias cuando se trataba de realizar un trueque, útil en especial a la hora de compensar el precio de dos camellos con el de siete cabras,
o el de cinco metros de tela con el de un saco de cebada.
En los grandes mercados de los oasis solían abundar los dátiles y el ganado, pero por lo general escaseaban los billetes, y cuando al fin estos últimos se dignaban hacer su aparición,
acostumbraban a estar tan viejos y manoseados que más parecían reliquias de tiempos muy remotos que auténtica moneda de curso legal.
Ahora, sin embargo, y en lo más profundo de «La Cueva de las Gacelas» se ocultaba una panzuda bolsa de colores chillones que contenía más billetes nuevos, relucientes y embriagadoramente olorosos de los que hubieran circulado jamás a todo lo largo de la historia del afamado mercado de Sidi-Kaufa,
y por lo tanto resultaba en cierto modo lógico que el imohag Gacel Sayah se sintiera confuso hasta el punto de plantearse serias dudas sobre cuál debería ser la actitud a adoptar frente a tan impactantes e insospechados acontecimientos.
Para la inmensa mayoría de los seres humanos, pasar bruscamente de la pobreza a la riqueza se traducía de inmediato en una rápida y casi compulsiva ansiedad a la hora de adquirir todos aquellos bienes materiales —por lo general superfluos— que desde siempre habían poblado sus más locos sueños,
pero para cierto tipo de nómadas, tales bienes superfluos podían llegar a convertirse en una auténtica pesadilla.
Quienes en realidad amaban al desierto amaban ante todo la libertad de movimientos, y tras años de verse obligado a permanecer en un mismo punto por causas totalmente ajenas a sus deseos, Gacel Sayah aspiraba a emular las hazañas de su padre,
que había sido el único guerrero capaz de atravesar por dos veces «La tierra vacía de Tikdabra», así como explorar los más olvidados rincones del Teneré.
Cierto era que ahora tenía la oportunidad de conseguir una hermosa esposa con la que establecerse en algún fértil oasis chadiano, o incluso descender hasta las orillas del Níger con el fin de comprarse una amplia casa en la mítica Tombuctú donde podría dedicarse a criar docenas de camellos,
pero lo cierto era que ni una cosa ni otra le atraía.
Le constaba que no tenía ningún derecho a arrastrar consigo a su madre y sus hermanos, por lo que sospechaba que a partir de aquel momento tal vez se iniciara un lento aunque inevitable relajamiento en lo que se refería a la conexión del núcleo familiar.
Paradójicamente, la libertad de elegir que proporcionaba la riqueza solía distanciar más a las personas de lo que las acostumbraba a unir la miseria, y sentado aquella tarde allí, en aquella roca de aquel lejanísimo lugar,
Gacel Gayah pareció comprender la evidencia del solitario futuro que le aguardaba.
¡Insh’Alá…!
Si el Señor había decidido que fueran ricos, no le quedaba otro remedio que aceptarlo con todas sus consecuencias.
Los días que siguieron fueron tranquilos.