Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 11 #4
58%

11 #4

—Ésa ha sido siempre la mejor manera de tener controlada a la prensa, pero en este caso particular no me gusta un pelo. Si Serafian está al corriente de lo que ocurre te puede pasar cualquier cosa…

Apuró su cerveza, arrojó como siempre la lata a la vieja caja de cartón que aparecía ya más que mediada, y permaneció en silencio observando cómo uno de los ruidosos y espectaculares Antonov tomaba tierra para encaminarse, muy despacio, al punto en que aguardaba una larga fila de vehículos.

Cuando al fin el gigantesco monstruo mecánico se detuvo apagando los motores, inquirió bajando instintivamente la voz aunque resultaba evidente que no había nadie en las proximidades que pudiera escucharles.

—Creo que lo que debes hacer es salir de aquí cuanto antes. ¿Dónde tienes tus cosas?

—En mi tienda de campaña.

—¿Cuánto tardarás en recogerlas?

—Ni un segundo porque no tengo más que ropa sucia, una vieja máquina de escribir y una sombrilla. Nada por lo que valga la pena ir hasta allí si corro peligro. La cámara, las fotos y la documentación las llevo siempre conmigo.

El piloto lanzó un bufido con el que pretendía manifestar su desconcierto o más bien su malhumor.

—¡Puede que lo corras y puede que no! —replicó—.

Tal vez esté exagerando, pero será mejor no arriesgarse.

Pensaba ir a ver al tuareg, pero creo que lo mejor será sacarte de aquí…

—Hizo un gesto hacia el avión—. Vete hasta allí, mézclate entre la gente, y dentro de media hora da la vuelta por detrás de aquellas dunas, métete en el helicóptero por la puerta trasera y escóndete bajo el asiento posterior.

Yo fingiré que regreso de darme una ducha y no me he dado cuenta de nada, pero te advierto que si tengo la más mínima sospecha de que alguien te ha visto, no me arriesgaré.

No quiero líos con Fawcett, y mucho menos con ese Mecánico de los cojones.

—Confía en mí.

—Confiaré por la cuenta que te tiene, aunque aún no sé por qué coño hago esto.

—Supongo que porque eres un tipo decente.

—¿Y de qué sirve ser decente? —se lamentó el piloto—.

Llevo casi veinte años jugándome la vida subido en estos trastos, expuesto a caerme cualquier día en mitad del desierto para acabar de merienda de las hienas, y aún no tengo ni siquiera una casa propia.

¡Maldita sea mi suerte! Y ahora lárgate antes de que me arrepienta.

Cuando el periodista se alejaba le advirtió roncamente:

—¡Y recuerda…! Arrástrate debajo de los camiones si es necesario, pero procura despistar a quien pueda seguirte…

—¡Descuida! ¡Ve a ducharte…!

Hans Scholt no tuvo necesidad de arrastrarse por debajo de los camiones puesto que nadie demostró el menor interés por su persona, por lo que media hora más tarde se encontraba ya volando sobre la soledad de las arenas,

momento en que colocó la mano sobre el antebrazo del piloto para apretárselo con fuerza al tiempo que señalaba:

—Gracias por ayudarme.

—Espero no tener que arrepentirme.

—También yo… ¿Por qué no me haces un último favor?

—¿De qué se trata ahora?

—Llévame a ver al tuareg.

—¡Ni hablar!

—¡Por favor…!

—He dicho que no.

—Pero ¿por qué?

—Porque ha puesto como condición que vaya solo, y no pienso poner en peligro vidas humanas por el simple capricho de que tú consigas una entrevista que ni siquiera puedes publicar.

—Existen otros periódicos.

—Dudo que exista un solo periódico al que un tipo como tú pueda acceder que esté dispuesto a buscarse la enemistad de Alex Fawcett…

—Nené Dupré se volvió a observarle antes de añadir—: ¡Créeme!

Lo mejor que puedes hacer es largarte lo antes posible y lo más lejos posible para dejar pasar el mayor tiempo posible con el fin de que Fawcett se olvide de ti.

Le conozco hace años y me consta que no va a permitir que nadie ponga en peligro un negocio tan lucrativo.

—Pero ayer me aseguraste que no piensas seguir con este asunto.

—Que no piense seguir no significa que tenga intención de enemistarme con nadie.

No estoy de acuerdo en cómo se están llevando las cosas, pero eso no afecta a mi lealtad para con quienes han sido mis compañeros durante tanto tiempo.

Y no todos son como Alex Fawcett. Yves Clos, sin ir más lejos, es un tipo estupendo.

—¿Y por qué no hace nada?

—¿Y qué quieres que haga? —fue la agria respuesta—.

¿Secuestrar a Marc Milosevic y entregárselo a los tuaregs para que lo azoten y le corten una mano?

¡Por Dios…! Lo peor de todo este maldito embrollo es que no existe una solución que contente a todas las partes, porque se da el asqueroso caso de que todos tienen algo de razón pero ninguno tiene toda la razón.

Llevo tres días sin pegar ojo, pero por más vueltas que le doy no encuentro una salida lógica.

—Tal vez si yo, que soy neutral, hablara con ese tuareg podría hacerle recapacitar.

—Ni tú eres neutral, ni él tiene el más mínimo interés en recapacitar —le hizo notar el francés—.

Están en juego leyes y tradiciones totalmente obsoletas, pero que por eso mismo resulta imposible combatir.

Nosotros vivimos en un mundo que cambia día tras día, pero el de los tuaregs continúa inmutable a través de los siglos.

—¿Y cuál es mejor?

—Ninguno es bueno. El ideal sería un mundo que evolucionase técnicamente al tiempo que valores como la honradez, el honor y la ley de la hospitalidad se mantuvieran inalterables, pero eso es tanto como pretender que exista una libertad absoluta sin que con el tiempo la gente se desmadre.