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Se aproximó a observar una vez más al muchacho, advirtió que sudaba a chorros y que todo su cuerpo ardía de fiebre mientras centenares de moscas se cebaban en las abiertas llagas de sus pies, y le asaltó la desagradable sensación de que muy pronto aquel infeliz ardería en los infiernos.
Alex Fawcett extendió en abanico las cuatro páginas del documento que descansaba sobre su mesa al señalar:
—¡Muy interesante! Realmente alentador. A la vista de lo que ha escrito, cualquiera llegaría a la conclusión de que no soy el simple jefe de seguridad de una empresa deportiva, sino más bien un loco violento,
racista y de tendencias neonazis que lo único que busca es el enriquecimiento a costa de embaucar, mentir, ocultar e incluso asesinar.
—¿Quién le ha dado eso?
—Su director acaba de enviármelo por fax.
El rostro de Hans Scholt, que ya había palidecido, se demudó hasta transformarse en una auténtica máscara antes de acertar a musitar apenas:
—¡No puedo creerlo!
El inglés sonrió con absoluta calma al replicar:
—¿Que no puede creerlo? Pues aquí está, junto a este otro fax en que le comunican que queda despedido.
Aguardó unos instantes a la espera de la reacción del austriaco, pero al comprender que había quedado tan desconcertado como si de pronto le hubiesen propinado un traicionero puñetazo en la frente, inquirió:
—¿Qué es lo que esperaba? ¿Que le felicitaran?
Su agencia le envía a cubrir un evento deportivo para una serie de periódicos y revistas que lo único que pretenden es informar de la forma más objetiva posible, y usted les sale con un sucio panfleto en el que casi nos acusa de ser los culpables de que África esté sembrada de minas antipersonales.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo insinúa, o al menos insinúa que estamos en connivencia con quienes fabrican esas minas.
—Y es verdad.
—Por esa regla de tres, todos los gobiernos, e incluso todas las personas del mundo están en connivencia con ellos, puesto que compran coches, trenes o aviones de empresas que también fabrican esas minas.
Señalarnos como únicos culpables de un «delito» universalmente extendido se me antoja una falacia impropia de un auténtico periodista.
—Nunca he dicho que sean los «únicos» —puntualizó Hans Scholt que hacía ímprobos esfuerzos por recuperar la calma—.
Lo que destaco es que hacer un derroche de medios como el que están haciendo ante las narices de quienes se mueren de hambre o han quedado mutilados por culpa de esas minas se me antoja una muestra de inhumanidad y un absoluto desprecio a las más elementales reglas de la solidaridad entre los
pueblos.
—Nunca hemos pretendido ser misioneros. Ni una ONG.
—Resulta evidente. Y también resulta evidente que toda la buena imagen que los misioneros y algunas ONG consiguen con mucho esfuerzo, duro trabajo e incontables sacrificios, se destruye en cuanto llegan ustedes mostrando la otra cara de la moneda.
¿Cómo le explica un agotado médico voluntario a un pobre nativo que no puede operar a su hijo porque hace tres semanas que no recibe ni una cápsula de anestesia, cuando le basta con asomarse a la ventana del dispensario para ver cómo aterrizan gigantescos aviones repletos de cervezas y refrescos?
—No creo que nadie tenga derecho a culparnos por haber conseguido ser eficaces donde otros fracasan…
—replicó con su imperturbable calma de siempre Alex Fawcett—.
Ni tampoco creo que sea éste el momento de ponerse a discutir sobre ello, puesto que nos encontramos en plena operación de transporte y tengo un millón de cosas que hacer.
Lo que en verdad importa es que le han despedido, ya no representa a ningún medio de comunicación, y por lo tanto le ruego que abandone nuestras instalaciones o me obligará a ordenar que le expulsen por la fuerza.
—¿Cómo lo ha conseguido?
—¿Conseguir qué?
—Que me despidan.
—Recordándole a su director que sin nuestra colaboración ningún periodista del mundo podría cubrir esta información.
Y recordándole también, que la mayor parte de «sus clientes» pueden serlo gracias a la publicidad que les proporcionan «mis clientes».
No creo que exista ningún medio de comunicación de ningún país civilizado al que le apetezca enfrentarse al mundo del motor, que es, junto al del tabaco y los refrescos, el que mayor presupuesto publicitario maneja.
Y sabido es que hoy por hoy sin publicidad nadie subsiste.
—Entiendo.
—Me agrada que lo entienda, y confío en que le sirva de lección.
A su edad no conviene ser demasiado ambicioso haciéndote la ilusión de que sin ayuda de nadie te las vas a arreglar para derribar un edificio que ha costado años de sudor y sangre levantar.
—Alex Fawcett abrió su caja de habanos, extrajo uno y lo encendió con todo el absurdo ceremonial que acostumbran a utilizar quienes presumen de entendidos.
En aquellos momentos semejante parafernalia parecía hacerle sentirse aún más importante, porque tras lanzar el primer chorro de humo, puntualizó—: Y ni siquiera debe hacerse la ilusión de que ha sido el primero en intentar jodernos.
Demasiados periodistas tienen la fea costumbre de querer llamar la atención a base de achacarnos supuestos escándalos de todo tipo, pero le garantizo que la mayoría de los que nos atacaron también están en el paro.
—Sin embargo, los hechos continúan ahí, y pronto o tarde toda esa mierda aflorará por mucho que intenten ocultarla…
—le recordó Hans Scholt que comenzaba a recuperarse de la impresión pese a lo cual aún la voz le temblaba de forma perceptible—.
Este año les han obligado a suspender la mitad de la prueba, y con suerte muy pronto se la suspenderán toda.
—Eso está por ver —le hizo notar el inglés al tiempo que se ponía en pie dando por concluida la conversación—.
De momento esa «suspensión» nos está produciendo más beneficios que si nosotros mismos la hubiéramos planificado con todo detalle.
Y en el futuro surgirá cualquier otra cosa de igual modo aprovechable…
El austriaco se puso en pie a su vez, se encaminó a la salida, pero a mitad de camino se volvió para señalar casi mordiendo las palabras:
—Le advierto que si alguno de esos desgraciados muere me pondré en contacto con sus familiares para contarles lo ocurrido. Y me ofreceré como testigo si es que deciden presentar una querella por complicidad en un asesinato, ocultación de datos y manifiesta mala fe.
—¡Mira cómo tiemblo! —fue la descarada y casi infantil respuesta.
—Ya sé que la ley no le hace temblar… —Ahora Hans Scholt le apuntó con el dedo en un gesto claramente amenazador—.
Pero recuerde que el padre de Pino Ferrara es uno de los hombres más ricos y menos escrupulosos de Italia.
Si su hijo muere y yo le convenzo que usted es el culpable, le aseguro que su vida va a valer menos que ese puro que se está fumando.
Jamás volverá a dormir tranquilo porque sabe muy bien que por muy hijo de puta que se considere, siempre existe alguien mucho más hijo de puta.
—Le guiñó un ojo al concluir—. Y ahora yo sé quién es, dónde encontrarlo y cómo echárselo encima.
Abandonó la tienda de campaña consciente de que sus últimas palabras habían causado el efecto deseado, para encaminarse directamente al punto en que un Nené Dupré cubierto de grasa se concentraba en la tarea de desmontar los filtros de aire del motor de su helicóptero.
—¡Me marcho! —fue lo primero que dijo a modo de saludo.
—¿Y eso?
—Tu amigo Fawcett ha conseguido que me quede sin trabajo.
—Fawcett no es amigo mío —le hizo notar el piloto—. Ni de nadie… ¿Qué ha pasado exactamente?
Cuando el austriaco concluyó de hacerle un detallado relato de la conversación, el otro le observó con gesto preocupado para inquirir al tiempo que agitaba negativamente la cabeza:
—¿Te has atrevido a amenazarle de muerte en su propia cara? ¿Es que te has vuelto loco? Ese inglés es uno de los tipos más peligrosos que conozco.
—¿Y qué puede hacerme?
—Él nada. Pero el Mecánico mucho.
—¿El Mecánico? —se sorprendió el otro—. ¿Quién es el Mecánico?
—Bruno Serafian, un ex mercenario que se ha pasado más de la mitad de su vida en África, y del que se rumorea que ha cometido todas las tropelías que pueda cometer un ser humano.
Y cuenta con un puñado de facinerosos de la misma calaña, que son los encargados de solucionar «los pequeños problemas» que suelen presentarse cuando más de mil muchachos demasiado «inquietos» tienen que atravesar todo un continente. Gente peligrosa. Muy, muy peligrosa.
—¿Supones que Fawcett puede pedirle que me haga daño?
—Bastaría una palabra suya para que sufrieras uno de los muchos «accidentes» que suelen darse en este tipo de competiciones…
—admitió el piloto al tiempo que abría su socorrida nevera para alargarle una cerveza sirviéndose otra—.
Tengo la impresión de que no te has dado cuenta de que aquí se mueven demasiados intereses, y que se mueven en un entorno en el que las leyes no cuentan.
Casi cada día cambiamos de país, y además son países en los que la única ley que impera es la de la corrupción.
No estamos en París o Viena, donde te basta con marcar un número para que al instante acuda la policía a protegerte.
Aquí, si la policía acude estás jodido, porque suele ser peor que el peor de los delincuentes.
—¿Intentas acojonarme? —se lamentó Hans Scholt que no se esforzaba por ocultar su inquietud—. Porque si es lo que pretendes, lo estás consiguiendo.
El francés negó con la cabeza mientras que se esforzaba por colocar uno de los filtros en su lugar para acabar por fijarlo con ayuda de una llave inglesa.
—No —replicó sonriente—. No intento acojonarte. ¡O tal vez sí! Tal vez lo mejor que te puede ocurrir es que te cagues patas abajo para que te largues de aquí cuanto antes.
—¿Y cómo pretendes que me largue? Siempre he dependido de los organizadores y no tengo medio de transporte.
—¡No fastidies!
—¿De qué me serviría un coche en mitad del desierto? Sabes bien que nos trasladan de un lado a otro en avión o en helicóptero. De lo contrario a la segunda etapa ya nos habríamos quedado definitivamente atrás.